Carlo Maria Martini
HABÉIS PERSEVERADO CONMIGO EN MIS PRUEBAS
Meditaciones sobre Job

Meditacion 8
Job y el Cantar de los Cantares

El indecible misterio Trinitario

Me enfrento con temor al tema de esta última meditación—Job y el Cantar de los Cantares—porque se trata de penetrar en aquella zona de la adoración del misterio que forma parte del nivel místico, del que siempre es más oportuno callar que hablar.

Y sin embargo los sucesos de la vida, las pruebas, el acumularse de solicitudes dentro y fuera de nosotros mismos nos impulsan a entrar en contacto con el misterio Trinitario en el que se enraízan la humanidad, el mundo y la historia.

Os leo en primer lugar algunas palabras estimulantes escritas recientemente por David María Turoldo, que reflexiona sobre la enfermedad incurable que está viviendo. Se pregunta si es justo rezar para ser curado de la enfermedad y de la muerte; hojeando el Evangelio que, a su juicio, es muy delicado a este propósito, subraya los episodios a favor (el ciego pide la vista; el siervo del centurión ruega la gracia para la hija; Lázaro ha resucitado; la cananea suplica y obtiene).
Sin embargo—continua Turoldo—el problema se impone con toda su fuerza en el respeto mismo de Dios. No, yo no creo que sea justo rezar para que Dios me cure. Lo puedo comprender, pero sólo a nivel humano, a nivel de Job, que todavía va tanteando en la oscuridad de su dolor y de su desesperación; lo puedo incluso admitir como desahogo necesario, como remedio para mi angustia.
Yo no le pido a Dios que intervenga; yo le pido que me dé la fuerza necesaria para soportar el dolor, para hacer frente incluso a la muerte con la misma fuerza de Cristo. Yo no rezo para que Dios cambie, yo rezo para llenarme de Dios y posiblemente para cambiar yo mismo, e decir nosotros, todos juntos” (
cfr. “Cosa pensare e come pregare di fronte al male”, de D.M. Turoldo, en “Servitium” [1989], n. 64).

Estas palabras nos llevan a ciertos horizontes del misterio que no sabríamos afrontar de forma distinta.

— Sobre todo nos apremian no pocas expresiones de Jesús, comenzando por las predicciones de su propia pasión. “Y comenzó a enseñarles que el Hijo del hombre debía sufrir mucho y ser reprobado por los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas, ser condenado a muerte y resucitar a los tres días. Hablaba de esto abiertamente” (Mc 8,31-32a).

Y este discurso se repite por tres veces. Podemos decir que no conocemos otra persona histórica que durante su vida haya hablado tanto de su muerte como Jesús, más aún, que haya interpretado su vida a partir de su muerte, y, consecuentemente, haya actuado en vistas a ella.

Las profecías de la pasión, que los evangelios recuerdan puntualmente, están avaladas por otras palabras. Por ejemplo: “He venido a traer fuego sobre la tierra y ¡cuánto desearía que ya estuviera encendido! Con un bautismo tengo que ser bautizado y ¡qué angustiado estoy hasta que se cumpla!” (Lc 12,49-50). Acuden a la mente los versículos del Salmo que se aplican a la reflexión espiritual de la Encarnación del Verbo, a su entrada en la lucha contra el pecado:

“En el mar levantó para el sol una tienda,
y él, como un esposo que sale de su tálamo,
se recrea, cual atleta, corriendo su carrera” (Sal 19,5-6).

Se tiene la impresión de que Jesús desea la prueba, la afronta exultante.

Continúa:

“A un extremo del cielo es su salida,
y su órbita llega al otro extremo,
sin que haya nada que a su ardor escape” (v. 7).

Jesús dice al inicio de la última cena: “Con ansia he deseado comer esta Pascua con vosotros antes de padecer” (Lc 22,16). Es la misma ansia de lanzarse a la prueba que leemos en el gesto simbólico del lavatorio de los pies: “Sabiendo Jesús que había llegado su hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo” (Jn 13,1).

Después se levanta de la mesa, se quita el manto, toma una toalla, se la ciñe, vierte el agua, lava los pies; para significar que da la vida por nosotros, por nuestra vida, para purificarnos.

Expresamente le dice a Pedro: “Si no te lavo, no tienes parte conmigo” (Jn 13,8).

Intentemos entrar en la conciencia de Jesús, en aquella conciencia que por una parte es ejemplar para toda la humanidad, siendo él cabeza de la humanidad redimida, el primogénito de entre los muertos, el primogénito de la creación, aquel en quien reconocemos nuestra vocación humana de creaturas, porque hemos sido creados y recreados en él; por otra parte nos permite contemplar en Jesús el misterio de la Trinidad, de la vida íntima de Dios.

Dos búsquedas incansables

Con estas palabras previas reflexionaremos sobre la relación entre Job y el Cantar de los Cantares.

A primera vista no parece haber relación alguna entre los dos libros, tan distintos uno del otro. Pero tienen en común al menos el hecho de que ambos describen y representan una búsqueda incansable.

Job es búsqueda incansable de la justicia divina, de la forma como se manifiesta dicha justicia y cómo el hombre puede comprenderla. El Cantar es búsqueda incansable de amor, del rostro del amado, de su presencia, de la alegría de esta presencia.

1. Job procede a tientas, parece un ciego que avanza en la oscuridad y, sin embargo, en su afán aparece de vez en cuando un rayo de luz. Los exegetas han comentado ampliamente este hecho, aunque, como el resto del libro, sea dificilísimo de interpretar; está hacia el final del capítulo 19:

“¡Tened piedad, tened piedad de mí,
vosotros mis amigos,
que es la mano de Dios la que me ha herido!
¿Por qué os cebáis en mí como hace Dios,
y no os sentís ahítos de mi carne?
¡Ojalá se escribieran mis palabras,
ojalá en monumento se grabaran,
y con punzón de hierro y estilete
para siempre en la roca se esculpieran!
Bien sé yo que mi Defensor está vivo,
y que él, el último, se levantará sobre la tierra.
Después con mi piel me cubrirá de nuevo,
y con mi carne veré a Dios.
Yo, sí, yo mismo le veré,
le mirarán mis ojos, no los de otro” (Jb 19, 21-27).

Palabras enigmáticas, en parte porque las traducciones dadas por los intérpretes son diversas; sin embargo todos están de acuerdo en afirmar que expresan un momento de certeza, de confianza, que supera toda condición anterior porque se apoya sobre algo que está más allá de lo que el hombre puede intuir.

2. En el Cantar de los Cantares hay momentos de búsqueda análogos.

Quisiera citar sobre todo los pasajes que en la Biblia de Jerusalén llevan el título de “Segundo poema” y de “Cuarto poema”.

—Habla la esposa:

”La voz de mi Amado!
Helo aquí que ya viene,
saltando por los montes,
brincando por los collados.
Semejante es mi Amado a una gacela,
o a un joven cervatillo.
Vedle ya que se para
detrás de nuestra cerca
mirando por las ventanas,
atisbando por las rejas.
Empieza a hablar mi Amado,
y me dice:
«Levántate, amada mía,
hermosa mía y vente.
Porque, mira, ha pasado ya el invierno,
han cesado las lluvias y se han ido.
Aparecen las flores en la tierra,
el tiempo de las canciones ha llegado,
se oye el arrullo de la tórtola en nuestra tierra.
Echa la higuera sus yemas,
y las viñas en cierne exhalan su fragancia.
¡Levántate, amada mía,
hermosa mía, y vente!
Paloma mía, en las grietas de la roca,
en escarpados escondrijos,
muéstrame tu semblante,
déjame oir tu voz;
porque tu voz es dulce
y gracioso tu semblante»” (Ct 2,8-14).

Al final estas palabras quedarán únicamente como un deseo:

“En mi lecho, por las noches, he buscado
al Amado de mi alma.
Busquéle y no le hallé” (3,1).

El ansia de búsqueda, típica del Libro de Job, se expresa también en el Cantar, pero se expresa al mismo tiempo la desilusión. Una desilusión que no se da por vencida, que no renuncia, porque el que busca está movido por el amor, no por motivos racionales y lógicos. De hecho, continúa buscando, incluso después de no haberlo encontrado:

“Me levantaré, pues, y recorreré la Ciudad.
Por las calles y las plazas
buscaré al Amado de mi alma. …
Busquéle y no le hallé.
Los centinelas me encontraron,
los que hacen la ronda en la Ciudad:
«¿Habéis visto al Amado de mi alma?»
Apenas habíalos pasado,
cuando encontré al Amado de mi alma.
Le aprehendí y no le soltaré
hasta que le haya introducido
en la casa de mi madre,
en la alcoba de la que me concibió” (3,2-4).

La descripción es un juego continuo: el Amado viene, llama, pero no hay encuentro; entonces es invocado, huye, y al final es encontrado y retenido.

—El cuarto poema nos sorprende porque el Amado está de nuevo lejos y vuelve a ser bscado.

“¡La voz de mi Amado que llama!:
«¡Abreme, hermana mía, amada mía,
paloma mía, mi perfecta!
Que mi cabeza está cubierta de rocío,
y mis bucles, del relente de la noche.»
—«Me he quitado mi túnica,
¿cómo ponérmela de nuevo?
He lavado mis pies,
¿cómo volverlos a manchar?»
Mi Amado metió la mano
por el agujero de la puerta;
y por él se estremecieron mis entrañas.
Me levanté
para abrir a mi Amado,
y mis manos destilaron mirra,
mirra fluida mis dedos,
en el pestillo de la cerradura.
Abrí a mi Amado,
pero mi Amado se había ido de largo.
El alma se me salió a su huida.
Le busqué y no le hallé,
le llamé, y no me respondió” (Ct 5,2-6).

Empieza ahora el largo diálogo primero con los vigilantes, después con el coro, y esta vez parece que la esposa no acierte a encontrar al Amado.

En el curso del Cantar, entre un diálogo y otro, reaparece el tema fundamental: “Mi Amado para mí y yo para él”. Son palabras de confianza, pronunciadas siempre en ausencia del Amado, que aparecen tres veces, como todas las realidades importantes en la Biblia:

Mi amado es para mí, y yo soy para mi Amado” (Ct 2,16);
“Yo soy para mi Amado y mi Amado es para mi-‘ (6,3);
“Yo soy para mi Amado, y hacia mí tiende su deseo” (7,11).

Es decir, tú eres mi Dios, nosotros somos tu pueblo; tú eres mi pueblo, yo soy tu Dios. ¿Cómo no ver en estas palabras la fórmula de la alianza expresada en términos de reciprocidad y de intimidad? Alianza indestructible, confianza plena, espera, estupor, certeza absoluta, incluso si el amado no está, si se le está buscando, si aún no se le posee.

En el Cantar de los Cantares leemos, pues, el ema de una búsqueda basada en la indestructible esperanza de que aquel a quien buscamos existe y nos ama, que le encontraremos; pero al mismo tiempo descubrimos el tema del ansia, del sufrimiento, de la espera generada por esta búsqueda. El encuentro suscitará sorpresa, alegría, paz, entusiasmo, e inmediatamente después vendrá de nuevo la pérdida, por tanto el deseo, la pregunta, el ruego. Se tiene la impresión de que se describe el juego de amor, que recorre toda existencia, de una forma muy simple: desde la forma elemental de la madre que se esconde ante el niño para darle entusiasmo y alegría en el encuentro a la experiencia de la auténtica amistad. El amor requiere ausencia y presencia, esconderse y buscar, a fin de aumentar la sorpresa y la alegría.

Me han interesado mucho algunas páginas de Adrienne von Speyr. Esta mística contemporánea, reflexionando sobre el tema del juego de amor en todo tipo de relaciones —amistad, matrimonio, familia, etc.—, lo aplica al misterio de la Trinidad como misterio de relación amorosa en la que puede haber algo de similar al juego de amor. Porque en la Trinidad no existe simpleza de amor, sino dulzura, creatividad, impulso, entusiasmo. Me parece que es una observación muy atenta y profunda, si no se quiere reducir el misterio íntimo de Dios a un océano inmóvil, sino que se le comprende como lleno de aquella fuerza, aquel gusto de lo imprevisible, de la aventura, aque dinamismo continuo, que es el único que puede acertar a explicar la creación y el riesgo de tener un partner con quien entrar en diálogo. Dios se enfrenta a la posibilidad de ser rechazado, con tal de poder entrar en una relación de amor auténtico. En la misma línea se puede entender también el deseo del Hijo de lanzarse en la aventura humana, de entrar en la prueba y vivirla desde el interior para constituir, de esta manera, en las relaciones con el hombre y en lasrelaciones con el Padre, esa riqueza de amor que no se cansa nunca, que nunca se apaga.

Un Dios que se oculta

Ahora podremos entender mejor el sentido de las pruebas denominadas místicas, que se cuentan entre las más terribles de la existencia: la noche de los sentidos, la noche del espíritu, la noche de la fe, cuando el hombre va a tientas en un estado de casi desesperación por la ausencia de su amor total, del que no puede separarse. Entendemos en estos movimientos misteriosos del espíritu algo que nos permite comprender cómo, en el trasfondo del misterio de Dios, no por un saber puramente lógico sino por una vía de simpatía con lo divino, tienen un sentido bien preciso. Dios se esconde para hacerse buscar y encontrar; la búsqueda de Dios, aunque sea con sufrimiento y dolorosa, es parte del juego de amor, paso necesario a una experiencia más verdadera. “He buscado pero no he encontrado” subraya así un formidable dinamismo de nuestro conocimiento de Dios.

En el fondo también Job puede decir: He buscado y no he encontrado, porque no he tenido la respuesta en la que quería implicar a Dios. Pero llegará a afirmar: “ahora te han visto mis ojos” mientras que antes “te conocía sólo de oídas” (cfr. /Jb/42/05), porque he penetrado más profundamente en tu misterio.

Si tenemos la gracia de vivir nosotros mismos o de participar en la experiencia de otros que atraviesan momentos de oscuridad, de sufrimiento, de búsqueda y de amor, quizás podamos intuir algo más, incluso si no es lógicamente decible, del misterio de la noche y de la prueba. Y esto no está ligado a rígidos cánones de justicia—”es ciego, por tanto ha pecado él o sus padres” (cfr. Jn 9,1-2)—, sino que se inserta en el misterio expresado por Jesús. “para que se revele en él la gloria de Dios.”

Desde el momento en que Dios es misterio de relacionabilidad sorprendente y continuamente en movimiento, él se comunica en el dinamismo de una búsqueda tejida de sombras y luces, de ocultamientos y manifestaciones. Por tanto no en la claridad lógica, cristalina, cartesiana, que el hombre siempre quisiera. No como quisieran los hermanos de Jesús que le exhortan a manifestarse.

Jesús se manifiesta en relación con ese misterio, es decir volviéndose presente y escondiéndose. Se manifiesta en los milagros y se esconde en la humillación de la cruz; se manifiesta en la resurrección, pero sólo a algunos más íntimos, y se esconde a las grandes y espectaculares expectaciones de su mundo y del mundo de todos los tiempos.

A nosotros nos resultaría ciertamente más fácil creer en un Dios que utiliza el escenario de la historia para un gran espectáculo pirotécnico. Sin embargo el Dios de la Revelación es de naturaleza misteriosa; no es ostensión vana y vulgar de sí mismo, sino búsqueda, juego, relación continuamente renovada.

Para conocerle debemos buscarle, entrar en su juego. Quien lo quiera reducir a una dialéctica distinta de la que es suya propia, se agotará para conocerlo y aceptarlo. Lo aceptará con la inteligencia, pero no se resignará al hecho de que no sea como él se esperaba. Hay que entrar en el juego, “alegrarse como gigantes” para correr ese camino, tal como lo recorre el sol de un extremo al otro. El juego encierra siempre la seriedad de un riesgo y al mismo tiempo ligereza y alegría. Me viene a la memoria la imagen de la ascensión de una pared montañosa; se hace por juego, no se funda en ningún cálculo de intereses. Por eso produce placer, y también porque al mismo tiempo es riesgo, es temor de no lograrlo. Pero cuando, superando las varias dificultades, poco a poco se logra ver la cima, explota en elcorazón la alegría de haberla conquistado, alegría que no puede experimentar aquel que la alcanza cómodamente sentado en el telesilla.

Comprender todo esto equivale a entrar en el conocimiento verdadero de Dios. El conocimiento “de oídas” presenta alguna grieta que otra; podemos conocerle como relación fantástica, jocosa, sorprendente, creativa, podemos conocerle como Trinidad de amor, únicamente si corremos el riesgo de alzarnos intentando asemejarnos al Hijo de Dios, que ha apostado en el universo creado hasta dar su vida por él.

Job, un poema de amor

Al término de nuestros Ejercicios y de nuestras reflexiones sobre el Libro de Job, debemos decir que el problema de Job es también un problema de amor. Un amor que se siente rechazado, pero que cree contra toda esperanza, que lucha, grita, vocea, que sufre porque quiere llegar a desvelar el objeto amado. En la primera meditación introductoria del misterio de la prueba, he hablado del desafío hecho por Satanás al hombre: no existe en el hombre un amor gratuito, no existe una auténtica libertad capaz de entrega.

Yo no sé si mi amor por Dios es verdaderametne gratuito, y si pretendiese saberlo, caería en la dificultad de Job, me angustiaría indefinidamente.

Sé, sin embargo, que Dios me prueba y que llevará mi amor através de sus caminos misteriosos a una completa purificación. E problema del amor puro, del amor gratuito no es el mío, es de Dios, que tiene confianza en mí y me sabe capaz de un amor similar al suyo.

Por mi parte, debo entregarme a Dios con todo mi ser y con toda aquella riqueza de gratificaciones, humanas y divinas, que el Señor me hace vivir. A él le corresponderá atraerme hacia sí de la forma que le parezca más verdadera y auténtica.

Por lo demás, y el Cantar de los Cantares nos lo hace intuir, el amor tiene su plenitud en sí mismo, su belleza, su riqueza, su premio; entender esto es precisamente entrar en el amor de Dios, en aquel amor que tiene el poder de no ser justificado sino por sí mismo. Estos son los horizontes que hemos podido entrever y que todo amante conoce; quien ama sabe perfectamente que el amor brota de la gratuidad, aunque después se nutra de mil gratificaciones. Pero en su esencia más profunda es un don incomparable de sí mismo, y por tanto un reflejo de la vida trinitaria.

Pidamos al Señor que acreciente en nosotros el sentido de las cosas que vivimos para disminuir un poco nuestra ignorancia y para sentir que Jesús nos dice: “Habéis perseverado conmigo en mis pruebas”, ahora me conocéis más, estáis preparados para reinar conmigo porque conmigo habéis sufrido.

Cercano ya el décimo año de mi servicio episcopal, experimento yo mismo la necesidad de expresaros a vosotros y a todos los presbíteros de la Diócesis el reconocimiento más vivo porque habéis perseverado conmigo en mis pruebas, habéis sido fieles en el camino de las pruebas de vuestro Obispo, llevando vuestra cruz con valor y orgullo “Señor, nuestras pruebas son las tuyas y las tuyas son nuestras. Meditanto tu beata pasión, queremos alcanzar aquella koinonía con tus sufrimientos que nos da la certeza de conocer la fuerza de tu resurrección”. Oremos juntos para poder cumplir este camino comprometedor y maravilloso.