Catequesis litúrgicas
para los cuatro domingos de Adviento

I Domingo

En sintonía con el tiempo que estamos celebrando vamos a iniciar nuestra reflexión sobre este tiempo de Adviento.

¿Qué es el Adviento?

Propiamente la palabra Adviento viene de la conjugación del verbo “venir” en latín (ad-venio) y significa propiamente “lo que esta por venir” o mejor “llegada” una presencia que ya ha comenzado. En el uso actual el adviento es un tiempo en que la Iglesia en su liturgia se prepara para la celebración del misterio de la encarnación del Señor; Dios viene y se acerca para nuestra salvación. Además el adviento tiene otras connotaciones pues, deja de ser sólo un acontecimiento conmemorativo, para hacerse actual y lanzarnos también hacia la meta definitiva de nuestra salvación. En resumen, adviento es el tiempo de preparación para la venida del Señor, en:

Adviento Histórico. Es el recuerdo de la espera en que vivieron los pueblos que ansiaban la venida del Salvador. Desde el origen del universo hasta el momento en que se hace concreta la promesa con el nacimiento de Jesucristo, podríamos decir que es toda la expectativa del Antiguo Testamento a la llegada de su Salvador. Escuchar en las lecturas a los Profetas, nos deja una enseñanza importante para preparar los corazones a la llegada del Señor. Acercarse a esta historia es identificarse con aquellos hombres que deseaban con vehemencia la llegada del Mesías y la liberación que esperaban de él.

Adviento Escatológico. Es la preparación a la llegada definitiva del Señor, al final de los tiempos, cuando vendrá para coronar definitivamente su obra redentora, dando a cada uno según sus obras. La Iglesia invita al hombre a no esperar este tiempo con temor y angustia, sino con la esperanza de que, cuando esto ocurra, será para la felicidad eterna del hombre que aceptó a Jesús como su salvador.

En ese orden de celebrar, como la tradición de la Iglesia lo ha enseñado, “las dos venidas del Señor” no podemos dejar de lado que el punto de articulación de ellas es el tiempo presente y por esta razón el adviento también es la preparación del hombre de hoy a la venida del Señor. Es un Adviento actual. Es tiempo propicio para la evangelización y la oración que dispone al hombre, como persona, y a la comunidad humana, como sociedad, a aceptar la salvación que viene del Señor. Jesús es el Señor que viene constantemente al hombre. Es necesario que el hombre se percate de esta realidad, para estar con el corazón abierto, listo para que entre el Señor. El Adviento, entendido así, es de suma actualidad e importancia. Esta celebración manifiesta cómo todo el tiempo gira alrededor de Cristo, el mismo ayer, hoy y siempre; Cristo el Señor del tiempo y de la Historia.

¿Cuánto dura el Adviento?

Inicia con las vísperas del domingo más cercano al 30 de Noviembre y termina antes de las vísperas de la Navidad (tarde del 24 de diciembre). Los domingos de este tiempo se llaman 1°, 2°, 3° y 4° de Adviento. Los días del 16 al 24 de diciembre (la Novena de Navidad) tienden a preparar más específicamente las fiestas de la Navidad.

El tiempo de Adviento tiene una duración de cuatro semanas. Este año, comienza el domingo 28 de noviembre, y se prolonga hasta la tarde del 24 de diciembre, en que comienza propiamente el tiempo de Navidad. Podemos distinguir dos periodos. En el primero de ellos, que se extiende desde el primer domingo de Adviento hasta el 16 de diciembre, aparece con mayor relieve el aspecto de la segunda venida del Señor y se nos orienta hacia la espera de la venida gloriosa de Cristo. Las lecturas de la misa invitan a vivir la esperanza en la venida del Señor en todos sus aspectos: su venida al final de los tiempos, su venida ahora, cada día, y su venida hace dos mil años.

En el segundo periodo, que abarca desde el 17 hasta el 24 de diciembre inclusive, se orienta más directamente a la preparación de la Navidad. se nos invita a vivir con más alegría, porque estamos cerca del cumplimiento de lo que Dios había prometido. Los evangelios de estos días nos preparan ya directamente para el nacimiento de Jesús.

¿Qué características especiales tiene este tiempo?

En orden a hacer sensible esta doble preparación de espera, la liturgia suprime durante el Adviento una serie de elementos festivos. De esta forma, en la misa ya no rezamos o cantamos el Gloria, se reduce la música con instrumentos, los adornos festivos, las vestiduras son de color morado, el decorado de la Iglesia es más sobrio, etc. Todo esto es una manera de expresar tangiblemente que, mientras dura nuestro peregrinar, nos falta algo para que nuestro gozo sea completo. Y es que quien espera es porque le falta algo. Cuando el Señor se haga presente en medio de su pueblo, habrá llegado la Iglesia a su fiesta completa, significada por solemnidad de la fiesta de Navidad.

En este domingo, con que iniciamos el Adviento,  se resalta como actitud evangélica la vigilancia en espera de la venida del Señor. Y, durante esta primer semana las lecturas bíblicas y la predicación son una invitación con las palabras del Evangelio: “Velen y estén preparados, que no saben cuándo llegará el momento”. Es importante que, como familia nos hagamos un propósito que nos permita avanzar en el camino hacia la Navidad; ¿qué te parece si nos proponemos revisar nuestras relaciones familiares? Como resultado deberemos buscar el perdón de quienes hemos ofendido y darlo a quienes nos hayan ofendido para comenzar el Adviento viviendo en un ambiente de armonía y amor familiar. Desde luego, esto deberá ser extensivo también a los demás grupos de personas con los que nos relacionamos diariamente, como la escuela, el trabajo, los vecinos, etc. Esta semana, en familia al igual que en nuestra comunidad parroquial, encenderemos la primera vela de la Corona de Adviento como signo de vigilancia y deseos de conversión.

Tiempo de Adviento

Tiempo de Adviento,
Tiempo de espera.
Dios que se acerca,
Dios que ya llega.
Esperanza del pueblo,
la vida nueva.
El Reino nace,
don y tarea.

Te cantamos Padre bueno
a la esperanza.
Con María, ayúdanos Señor,
a vivir generosos en la entrega,
a ofrecer nuestra vida como ella,
a escuchar tu Palabra en todo tiempo,
a practicar sin descanso el Evangelio,
ayúdanos a vivir solidarios con los que sufren,
con quienes hoy como ayer
en Belén no tienen lugar.

Te cantamos Padre Bueno
a la esperanza.
Con los pastores de Belén,
ayúdanos señor
a vivir la Vigilia de tu Reino,
a correr presurosos a tu encuentro,
a descubrir tu Rostro en medio del pueblo,
a no quedarnos “dormidos” en la construcción del mundo nuevo.

Te cantamos Padre Bueno
a la esperanza.
Con los ángeles de Belén,
ayúdanos Señor,
a cantar al mundo entero tu Presencia,
¡ Dios-está-con-nosotros !
Construyamos la paz entre los hombres,
Edifiquemos la Justicia entre los pueblos.

Te cantamos Padre Bueno
a la esperanza.
Con Jesús niño-Dios,
ayudanos Señor,
a abrigar la esperanza que nace en cada Adviento,
a escuchar los clamores de tu pueblo,
a regar con nuestras vidas
la semilla de tu Reino,
a ser Mensajeros de tu Amor,
a construir comunidades de servicio y oración.

Navidad, fiesta del hombre.
Navidad, fiesta de Dios.
Queremos ser tus Testigos,
danos la fuerza Señor.

Marcelo A. Murúa
De el libro “Ver la vida con la mirada del Evangelio”,
2da. edición, Ed. San Pablo.

II Domingo

 ¿Con que actitudes se vive este tiempo de adviento?

Adviento quiere decir Dios que viene, porque quiere que «todos los hombres sean salvos y vengan al conocimiento de la verdad» (1 Tim 2, 4). Y esa salvación nos invita a todos nos invita a una preparación penitencial. Si Jesús viene para salvarnos, nosotros debemos reconocer que nos hemos alejado de su presencia y debemos volver nuestros ojos hacia él. Por eso una de las actitudes propias de este tiempo es la conversión, y esta fue también nota predominante de la predicación de Juan Bautista. Ya en ésta segunda semana, la liturgia nos lleva a reflexionar con la exhortación del profeta Juan Bautista: “Preparen el camino, Jesús llega”

Juan el Bautista y María son los dos grandes ejemplos de una espiritualidad como nos la pide el Adviento. Por eso, dominan la liturgia de ese período. ¡Fijémonos en Juan el Bautista! Está ante nosotros exigiendo y dando testimonio, ejerciendo, pues, ejemplarmente la tarea encomendada como precursor del Salvador. Él es el que llama con todo rigor a la conversión, a transformar nuestro modo de pensar. Quien quiera ser cristiano debe “cambiar” continuamente sus pensamientos. Nuestro punto de vista natural es, desde luego, querer afirmarnos siempre a nosotros mismos, pagar con la misma moneda, ponernos siempre en el centro. Quien quiera encontrar a Dios tiene que convertirse interiormente una y otra vez, caminar en la dirección divina. Es preciso convertirse, transformarse interiormente, vencer la ilusión de lo aparente y hacerse sensible, afinar el oído y el espíritu para percibir lo verdadero. El llamado del Bautista a la conversión es una dar una nueva dirección a vuestra mente, disponerla para percibir la presencia de Dios en el mundo, cambiar vuestro modo de pensar, considerar que Dios se hará presente en el mundo en medio de nosotros y por vosotros. Ni siquiera Juan el Bautista fue ajeno al difícil acontecimiento de transformar su pensamiento, de convertirse. ¡Cuán cierto es que éste es también el destino de cada fiel cristiano que anuncia a Cristo, al que conocemos y no conocemos!

Prefigurando a este profeta del Cordero de Dios, está el profeta Isaías. En sus palabras resuena el eco de la gran esperanza que confortará al pueblo elegido en tiempos difíciles y trascendentales, en su actitud y sus palabras se manifiesta la espera, la venida del Rey Mesías. Él anuncia una esperanza para todos los tiempos. En nuestro tiempo conviene mirar la figura de Isaías y escuchar su mensaje que nos dice que no todo está perdido, porque el Dios Fiel en quien creemos no abandona nunca a su pueblo, sino por el contrario, le da la salvación. Y eso se ve reflejado en la primera lectura de todos estos domingos del adviento. Isaías anuncia y proclama la promesa de salvación y el evangelio cumple con esa promesa a través de Juan el bautista y de la Virgen María.

Por esta razón es necesaria una preparación interior, es necesaria la conversión. Convertirse es siempre volverse de… para volverse a Jesús como Salvador, para tener salvación y Vida Nueva. Es un camino en el que hay que dar un giro de regreso por estar yendo en la dirección incorrecta; darse cuenta del error, decidirse a dar media vuelta y dirigirse después en dirección correcta.

En cada momento de conversión se puede dar un brinco fuerte y alto; o bien, brincos débiles y muy sencilllos, pero siempre es salir de… e ir a… subir siempre hacia más arriba.

En un termómetro, hay bajo cero y sobre cero. La primera conversión es salir de bajo cero, y la conversión permanente, es estar ya sobre cero, e ir dejando el hombre viejo y llegar a plenitud del hombre nuevo, según la invitación a ascender, el Espíritu Santo en nuestro interior nos impulsa a hacerlo. Es dejar morir al hombre viejo, al pecado, a la carne; y caminar y ascender hasta la total transformación en Jesús.

La conversión es un ejercicio permanente en la vida del cristiano. Es, no sólo salir del pozo abismal de la oscuridad y caminar a pleno día en el llano, sino que es ir muriendo cada vez más, subir, seguir dando pasos, no quedarse estancado o instalado; la meta es la cima de la montaña: ser otro Cristo.

Se impone un tomar conciencia de la novedad que debemos dejar suceder en nosotros, es decir, para que el Señor sea nuestro rey de Justicia necesitamos la conversión de nuestros corazones, el fruto de todo es la alegría.

Por eso necesitamos saber hacia donde nos dirigimos: de lo malo a lo bueno, de menos a más, de lo bueno a algo mejor. Cuando pensamos en la conversión, no pensemos sólo en haber salido hace tiempo ya de la hondura, no pensemos sólo en no haber cometido ningún pecado mortal, y no haber perdido el estado de gracia, pensemos en vivir la alegría de la salvación.

Preguntémonos, ¿qué tanto he subido y acrecentado mi fe, o sigo en el llano?; conversión es caminar y salir de, para ir hacia: del grado uno al grado dos, del dos al diez, del diez al veinte, y no termina nunca. Lo podremos hacer sólo en apertura y docilidad al Espíritu.

“Preparen el camino, Jesús llega” y, ¿qué mejor manera de prepararlo que buscando ahora la reconciliación con Dios? En la semana anterior nos reconciliamos con las personas que nos rodean; como siguiente paso, la Iglesia nos invita a acudir al Sacramento de la Reconciliación (Confesión) que nos devuelve la amistad con Dios que habíamos perdido por el pecado. Encenderemos la segunda vela de la Corona de Adviento, como signo del proceso de conversión que estamos viviendo.

Durante esta semana puedes buscar la confesión, para que cuando llegue la Navidad, estés bien preparado interiormente, uniéndote a Jesús y a los hermanos en la Eucaristía.

Salmo 13

¿Hasta cuándo, Señor,
me olvidarás por siempre?
¿Hasta cuándo apartarás tu rostro de mí?
¿Hasta cuándo tendré congojas en mi alma,
dolor en mi corazón cada día?
¿Hasta cuándo triunfará mi enemigo sobre mí?
Mira y escúchame, Señor, Dios mío.
Ilumina mis ojos para que nunca
me duerma en la muerte,
para que nunca diga mi enemigo:
He prevalecido contra él.
Los que me atribulan se alegrarían si yo cayera;
pero yo he esperado en tu misericordia.
Mi corazón exultará en tu salvación;
cantaré al Señor que me colmó de bienes,
y salmodiaré al nombre del Señor altísimo.

III Domingo 

Jesús es el motivo de nuestra alegría

La iglesia siempre ha llamado a este tercer domingo de Adviento el domingo de la alegría o “Gaudete” y se debe a que toda la celebración nos anuncia a Jesucristo como la causa de nuestra alegría. Ya la misma antífona de entrada nos lo anuncia, “estad alegres en el Señor; os lo repito estad alegres. El Señor esta cerca” Isaías anuncia: “se alegrará el páramo y la estepa”. El adviento nos trae la Buena Nueva de la salvación, nos trae a Jesús. La palabra de Dios al iniciar la cuaresma habla sobre “el tiempo de gracia, el día de salvación (2 Co 6,2). Y el adviento nos muestra que es Jesús el verdadero esperado de los tiempos y que es la promesa cumplida. La salvación se obra para bien del hombre; “los cojos andan, los ciegos ve, los sordos oyen” es el cumplimiento de la profecía de Isaías.

Más no nos podemos quedar en una alegría para gozar internamente sino que nuestra labor es el anuncio, franco y directo: Dios es nuestra fortaleza. ¡Tened valor!

Nuestra alegría se debe volver testimonio. No sin razón estas fiestas de navidad, que ya se acerca, nos invitan a ser personas abiertas y contagiadas de amor fraterno. Pero no de un amor fraterno muy altruista sino de un amor que concreta y hace real el amor de Dios. ¿Eres tú?… o, ¿hay que esperar a otro?… Jesús responde con su obrar. La felicidad  que nos trae celebrar nuevamente la navidad se debe reflejar en obras concretas, reflejo de Cristo, nuestro salvador, en nuestra vida, en medio de nosotros.

Los ciegos ven, los cojos andan…Nos están tocando vivir horas graves y profundos problemas a nivel nacional e internacional y puede ser que nos embargue la lamentación fácil, la pereza ante una impotencia ficticia. Necesitamos apostar por una atmósfera de diálogo, de creatividad y una voluntad sincera de profundizar en los verdaderos problemas que nos rodean a la humanidad. Los creyentes no podemos inhibirnos y permanecer pasivos, la fe no nos aporta soluciones técnicas a nuestros problemas pero nos da un amor apasionado por la justicia, por la paz; nos da libertad de espíritu para buscar honradamente la verdad, nos da un deseo eficaz de concordia, nos da un anhelo sincero del bien. El evangelio que nos alimenta en el tercer domingo de adviento, nos ofrece la buena noticia de la fuerza liberadora de la persona de Jesús; al encontrarse con Él la realidad humana tan doliente y atropellada es transformada y se convierte en agente de transformación.

Aunque la noche pueda parecer muy oscura y el mar muy bravo, aunque las dificultades parezcan ahogar nuestro anhelo de cambiar hay algo que mantiene viva la esperanza y alegra nuestro corazón: Es la certeza y la confianza de que en el horizonte siempre está esa luz que nos marca el camino; que al final Dios nunca nos defrauda porque la luz que nos orienta es Él mismo, porque su promesa es Él mismo.

La causa de nuestra alegría es que al final no nos espera un puerto más, una promesa más, sino Dios mismo, el cumplimiento definitivo de la promesa.

El Evangelio es el anuncio de una inmensa alegría. Esta alegría –y también la conversión a que se invitaba el domingo anterior– ha de ser fermento de un nuevo mundo, de un nuevo orden que relucirá por la transformación de la sociedad, del sistema, donde los últimos serán los primeros, los cojos andarán, los ciegos verán… y a los pobres se les anuncia la Buena Noticia. Buena Noticia para todos, porque todos somos “pobres”.

Un misterio de alegría. Se acabaron las caras tristes, las celebraciones “serias” y rutinarias. La fe es una fiesta. Que se viva. Que se nos note. Que nuestra alegría no sea “light” o falsificada. La verdadera alegría no se compra en nuestros mercados, ni se encuentra en nuestras salas de fiesta. Es un dar. Brota de dentro. Pero eso sólo puede ser si nosotros colaboramos en dicha transformación, los cambios no se dan por sí solos; los milagros son los que Dios hace a través de nuestros corazones y nuestras manos.

¿Con qué talante voy por la vida? ¿Cómo es mi navegar?

¿Cuál es la raíz de mi felicidad, de mi alegría?

¿Hasta qué punto soy fermento transformador de la sociedad?

En el gozo por la espera del Salvador y por ser testigos de su Buena Nueva, encendamos nuestra tercera vela de la Corona de adviento.

Oración

Señor, Tú eres la salud,
Tú viniste para darnos vida.
Tú curas nuestras heridas y
nos invitas a compartir
tu vivir para los demás.
Gracias, Señor,
porque has compartido nuestra vida y,
amándonos hasta el final,
nos has revelado que
sólo el amor sana y salva.Amén.

IV Domingo

María modelo para vivir el Adviento y la Navidad

El anuncio del nacimiento de Jesús hecho a José y a María. Las lecturas bíblicas y la predicación, dirigen su mirada a la disposición de la Virgen María, ante el anuncio del nacimiento de su Hijo y nos invitan a “Aprender de María y aceptar a Cristo que es la Luz del Mundo”.

Cuando el misterio de la Navidad se nos acerca sólo cabe  contemplar el misterio que nos sobrepasa y nos sobrecoge. El Dios que no quiere ser Dios aislado, fuera de nosotros, ni estar por encima de nosotros,  sino  Dios-con-nosotros. Dios encarnado en la fragilidad  y vulnerabilidad de un niño, que nace de una virgen.

María ya ha aceptado la Voluntad de Dios y José es el que se rehúsa a entender esa voluntad, el ángel en sueños lo exhorta a tomar a María por esposa, pues es en ella que se da cumplimiento a lo anunciado por el profeta. La virgen encinta dará al Emmanuel.

María aunque no aparezca con el protagonismo directo en la Palabra de Dios de este domingo, ella es ejemplo de nuestra aceptación de la salvación. Ella en la sencillez y en la discreción del hogar recibe la Buena nueva de Dios, ser Madre del Salvador.

Le pedimos a Dios en muchas ocasiones signos grandes, presencias llamativas y no somos capaces de descubrir que él nos visita en la sencillez de María, en la sencillez de muchas personas que están en nuestro alrededor, en la palabra amiga del que marcha a nuestro lado calentando con compañía la soledad de nuestro corazón, llenando el vacío de nuestra existencia. La gran novedad de Dios para traer la salvación está cifrada en una mujer humilde y sencilla que aceptó ser Madre del Hijo de Dios; en medio de su labor doméstica en Nazaret recibe tan gran anuncio y tan gran responsabilidad, habilitando así que lo cotidiano y lo sencillo de la vida de un hogar es espacio ideal para que se geste la salvación de la humanidad. Sin minusvalorar el templo y el culto, Dios quiere que su hijo sea inmerso en un ambiente familiar y casero que muestre el colmo amoroso de la encarnación. Y aún así, es nuestra ceguera sutil (a la acción de Dios) la incapacidad para ver a Dios en los hombres y mujeres que nos rodean y ponen un poco de alegría en nuestra vida. No esperemos señales suntusas y llenas de solemnidad para ver la salvación de Dios obrada para nosotros, no pidamos señales en el cielo extraordinarias como hombres de poca fe, seamos humildes para aceptar dentro de la maravilla del mundo ya hecho, y de las personas próximas, al buen Dios que quiere y busca nuestra salvación.

María es modelo para descubrir en lo sencillo, lo extraordinario de la obra de la salvación. Sin apelar, María se hace la “esclava del Señor” y sin condiciones acepta la salvación realizada en su vientre. José, con dificultades al comienzo, acepta y obra en consecuencia para que María y él den la bienvenida al anunciado por los profetas. ¿Y nosotros?… queremos que la Navidad, que ya esta encima, nos toque y Jesús sea para nosotros fuente de salvación, Dios-con-nosotros. María ya lo vive, ella es Madre del Verbo Divino, la virgen encinta va dar a luz. Que ella interceda por nosotros, para aceptar en esta Navidad la salvación que quiere obrar Dios por su Hijo querido en cada uno de nosotros, en nuestros hogares y en nuestra Patria.

¡Ven que ya María previene sus brazos do su niño vean en tiempo cercano!

¡Ven que ya José con anhelo sacro se dispone a hacerse de tu amor sagrario!

Como ya está tan próxima la Navidad, nos hemos reconciliado con Dios y con nuestros hermanos; ahora nos queda solamente esperar la gran fiesta. Como familia debemos vivir la armonía, la fraternidad y la alegría que esta cercana celebración representa. Todos los preparativos para la fiesta debieran vivirse en este ambiente, con el firme propósito de aceptar a Jesús en los corazones, las familias y las comunidades. Encendemos la cuarta vela de la Corona de Adviento.

Adviento, tiempo de esperanza

Adviento, tiempo de esperanza,
en el seno de María crece el fermento de un mundo nuevo,
el hijo del Dios vivo que llega a compartir con nosotros.

Nace Emanuel, Dios-con-nosotros,
hecho niño, pobre,
pequeño y necesitado.

María nos enseña el camino
para hacer nacer a Jesús en nuestro tiempo:
confianza, entrega, fidelidad, coraje,
y mucha fe en el Dios de la Vida.

Tiempo de espera,
de atención y cuidados,
de respeto y contemplación.

Señor, hay mucho dolor en nuestro tiempo,
hay sufrimiento e injusticia,
ayúdanos a sembrar semillas de esperanza

Descúbrenos la alegría
de la paciente espera, activa y fecunda,
comprometida por la vida de los que nos rodean.

Enséñanos a hacer crecer
la esperanza de algo nuevo,
anímanos a entregar nuestras vidas
para la construcción del Reino.

Es tiempo de espera, Señor,
pero también es tiempo de donación
y compromiso efectivo.

Contagianos la fe sencilla de María,
que dio su vida para alumbrar el Reino
y hacer nacer la esperanza
en medio de su pueblo.


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