Año A – Tiempo de Pascua – 5.º domingo
Juan 14,1-12: “Voy a prepararos un lugar”

Con los últimos domingos del tiempo pascual entramos en la preparación de las fiestas de la Ascensión y de Pentecostés. Son los domingos de la despedida. En el Evangelio de hoy y del próximo domingo escucharemos algunos pasajes del capítulo 14 de san Juan, tomados del discurso de despedida de Jesús durante la última cena. Se trata de su testamento, antes de la pasión y la muerte.

¿Por qué retomar estos textos precisamente en el período pascual? La Iglesia sigue la antigua tradición de leer durante este tiempo los cinco capítulos del Evangelio de Juan relativos a la última cena, del 13 al 17, en los cuales Jesús presenta el sentido de su Pascua. Además, podríamos decir que, tratándose de su legado, el testamento se abre después de su muerte. Jesús nos deja su herencia, sus bienes, a nosotros, sus herederos.

¡No se turbe vuestro corazón!

El texto evangélico de hoy es uno de los más densos del Evangelio de Juan. El contexto —después del anuncio de la traición y de su muerte violenta— es triste y dramático. Jesús no oculta a los suyos la gravedad de esta hora, pero los consuela, invitándolos a la confianza. Es la hora de la prueba, de la crisis. La noche cae sombría en el corazón de todos.

Es una palabra dirigida también a nosotros que, después de la alegría pascual, volvemos a caer en la dureza de nuestra vida cotidiana. “Creed en Dios y creed también en mí”, ¡esta es la consigna!

¡Voy a prepararos un lugar!

En el pasaje evangélico encontramos, unas diez veces, verbos y nombres relacionados con el movimiento. El hombre es un caminante, un viandante —homo viator, según Gabriel Marcel—. También la fe implica ponerse en camino: “Sal de tu tierra… hacia la tierra que yo te mostraré” (Génesis 12,1). Así fue para Abraham y así sigue siendo para nosotros. La Biblia está llena de caminos y senderos, de bifurcaciones y cruces. “¡Dichoso el hombre que tiene en su corazón tus caminos!” (Salmo 84,6).

Para el hombre bíblico y para Jesús, el camino tiene una orientación precisa: Dios, el Padre. San Ignacio de Antioquía, en su Carta a los Romanos, 7,2, expresa así su experiencia: “Un agua viva murmura dentro de mí y me dice: ¡Ven al Padre!”

Desgraciadamente, hoy parece faltar el sentido de la vida, su orientación. Se cumple lo que dijo una vez el dramaturgo francés Eugène Ionesco (1909-1994): “El mundo ha perdido el camino, no porque falten ideologías que lo guíen, sino porque no llevan a ninguna parte. En la jaula de su planeta, los hombres se mueven en círculo porque han olvidado que pueden mirar al cielo.”

Aunque estamos en camino, nuestro corazón busca el descanso. La promesa de Dios es precisamente la de “entrar en su descanso” (véase Carta a los Hebreos 4,1). No se trata de un descanso pasajero, sino del descanso de quien se siente llegado a casa, a su morada. Jesús, con su Pascua, nos abre el camino: va a prepararnos esa morada y luego volverá para llevarnos consigo. Esta morada es la casa del Padre. Porque uno habita donde es amado, comenta el biblista jesuita Silvano Fausti (1940-2015).

¿Y mi morada dónde está? ¿Dónde me siento en casa, conocido, apreciado y amado? Allí se encuentra mi identidad, mi verdadero yo. ¿Es realmente el corazón del Padre mi morada?

Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida, TOMÁS.

Jesús supone que los apóstoles lo han comprendido: “Y adonde yo voy, ya conocéis el camino.” Pero en realidad no han entendido nada. Como, por otra parte, quizá tampoco nosotros lo hemos entendido.

Tomás, hombre práctico y concreto, es el portavoz de ellos —y también el nuestro—: “Señor, no sabemos adónde vas; ¿cómo podemos conocer el camino?” Y aquí Jesús nos da una sorprendente y novísima autodefinición: “Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida.” Camino, Verdad y Vida: tres palabras que, en el fondo, se equivalen y pueden aplicarse al mismo Dios. El camino es el amor, la verdad es el amor, la vida es el amor. Y Jesús añade: “Nadie va al Padre sino por mí.” Jesús es el mediador entre Dios y la humanidad. No como un intermediario neutral entre los dos, sino como aquel que asume en sí a ambos.

Quien me ha visto a mí, ha visto al Padre, FELIPE.

En este momento, al oír a Jesús hablar tanto del Padre, interviene Felipe, más idealista y soñador, y hace una oración bellísima: “Señor, muéstranos al Padre y nos basta.” Es el sueño de Moisés (Éxodo 33,18-20) y el deseo secreto de todo hombre: “¿Cuándo iré a contemplar el rostro de Dios?” (Salmo 42,3; 27,8-9). Ante esta petición, sin embargo, Jesús queda decepcionado: “¿Tanto tiempo hace que estoy con vosotros y no me conoces, Felipe? Quien me ha visto a mí, ha visto al Padre… ¿No crees que yo estoy en el Padre y el Padre está en mí?” Por tres veces, Jesús repite esta inhabitación recíproca: “Yo estoy en el Padre y el Padre está en mí.”

Podría ser la misma decepción que Jesús siente hacia nosotros: “Pero ¿cómo? Desde hace tantos años estás conmigo, ves lo que hago y escuchas mi palabra, ¿y todavía no me conoces? Cuando te lavaba los pies, ¡era el mismo Padre arrodillado delante de ti!”

Comenta entonces provocadoramente el biblista italiano Alberto Maggi: Jesús no es como Dios —¡a quien no conocemos!—; es Dios quien es como Jesús. Cristo es la revelación plena del Padre, la imagen perfecta del Dios invisible (Colosenses 1,15). “Lo que era invisible del Hijo era el Padre, y lo que era visible del Hijo era el Padre”, concluye san Ireneo.

Lo que dice Jesús revoluciona completamente nuestra noción de Dios. El monje Enzo Bianchi, fundador de la comunidad de Bose, en una entrevista de hace algunos años, cuando le preguntaron quién era Dios para él, respondió:

«La palabra “Dios” siempre la he percibido como ambigua, insuficiente. Yo siento una relación muy fuerte con Jesucristo. Pienso que iré a Dios, que lo conoceré, a través de Jesucristo, pero no sé quién es Dios; no sabemos nada, nadie lo ha visto jamás, hablamos demasiado de Él sin conocerlo. Según mi parecer, uno de los errores más grandes es seguir hablando de Dios cuando Dios permanece incognoscible, “el misterio”. Para mí basta Jesucristo, que me llevará a Él… No gasto tiempo en discutir sobre Dios ni en anunciar a Dios.»

Y en el comentario al Evangelio de hoy dice: “A veces me pregunto si nosotros, los cristianos, herederos del mundo griego, no terminamos profesando un teísmo con una capa de barniz cristiano. ¡Debemos tener el valor de decir que, para nosotros los cristianos, Dios es una palabra insuficiente!”

En conclusión, en estos tiempos de incertidumbre o incluso de extravío, seamos también concretos como Tomás y preguntemos: Jesús, ¿adónde vamos? Él nos responderá: Sígueme, ¡yo soy el Camino!
Si tenemos un corazón ansioso por ver al Padre, en el contexto de un mundo y de una historia tan atribulados, repitamos también como Felipe: “Señor, muéstranos al Padre.” Y Jesús seguirá respondién­donos: Mírame, escúchame. El Padre está en mi modo de amar, de servir, de perdonar, de lavar los pies.

Si quieres saber quién es Dios, no lo busques lejos: mira a Jesús. Y déjate conducir por él a la casa del Padre.

P. Manuel João Pereira Correia, MCCJ