La fe lleva al ser humano a un encuentro vivo con Dios en la oración atenta y de corazón. Durante esta oración el ser humano toca la toda poderosa fuerza divina y entonces según las palabras del Salvador, todo se hace posible para el creyente (Mat. 9:23). Por eso: “Todo lo que pidieran en oración con fe, lo recibirán,” y añadió: “Si tuvieran fe como un grano de mostaza y le digan a un monte: muévase de aquí. para allá, y se pasara, y nada os será imposible” (Mat. 21:22 y 17:20). En otras palabras incluso la más pequeña fe puede hacer milagros, con solo que fuera íntegra y viva como una semilla. El gran hombre de oración san Juan de Kronstadt, con base en su experiencia personal llamaba a la fe “llave de los tesoros de Dios.”

Pero la fe religiosa no es fe propiamente fuerte por si sola. Están muy equivocados los representantes de las sectas que confunden la fe religiosa con autosugestión corriente. Ellos enseñan que hay que convencerse a si mismo acerca de lo que se quiera, por ejemplo su salud, la suerte, el bienestar, y eso es suficiente para obtener todo bienestar. Una autosugestión así se parece a un juego de niños cuando los infantes imaginan que ellos navegan por el mar estando sentados en el piso de su cuarto. Una fe así es un autoengaño y contraría al cristianismo.

La fe actúa no por la fuerza de la imaginación ni por autohipnosis, sino por medio de la unión de el ser humano con el manantial de toda vida y fuerza, de la unión con Dios. La fe es el recipiente en el cual se extrae el agua, pero es necesario llegar a esta agua y sumergir el recipiente en ella. Es necesario prudentemente usar la poderosa fuerza de la fe. Cuando oremos debemos preocuparnos no tanto en persistir en mantenernos obstinadamente en nuestra posición, sino acerca de que Dios nos ilumine y comprender sobre qué pedir. Pues la oración es no solo nuestra palabra para Dios, sino especialmente nuestra conversación con Dios. Y en conversación hay que saber escuchar.

A la luz de los relatos del Evangelio, vemos que la gente que se distinguían por su gran fe, como por ejemplo, el soldado romano, la mujer cananea, los amigos del hombre postrado y otros, eran ajenos a cualquier exaltación o énfasis. Al contrario, ellos eran gente muy humilde (Mateo 8:10; 15:2; 9:2). La combinación de una fe fuerte con la humildad no es casualidad. El hombre que tiene una gran fe siente mas que otro cualquiera la grandeza y el poder de Dios. Y entre mas claramente el siente esto, cuanto más el va a reconocer su propia indigencia. Por eso grandes hombres de Dios como por ejemplo los profetas Moisés y Elías, los apóstoles Pedro y Pablo y otros como ellos siempre se distinguían por su gran humildad.

El renacimiento espiritual no se lleva acabo instantáneamente. Las palabras de Cristo cuando afirmó: “Tu fe te ha salvado” se refieren a aquella decisión crucial interna que llevaron a cabo la gente cuando decidieron dejar el pecado y buscaron el camino de la salvación. Sin esta crucial decisión de partida en forma de pensamientos es imposible alguna corrección futura o progreso espiritual. Naturalmente luego de que el ser humano eligió el camino correcto, el debe mas adelante seguir por ese camino. Todas las Escrituras del Nuevo Testamento hablan acerca de como trabajar consigo mismo y asemejarse mas a Cristo (Rom. 6:4, Gal. 5:6).

El santo apóstol Santiago decididamente se levanta contra aquellos que separan la fe de las buenas obras, cuando dice: “…y si su hermano o hermana están desnudos, y tienen necesidad del mantenimiento de cada día, y alguno de vosotros les dice: id en paz, calentaos y saciaos, pero no les dais las cosas que son necesarios para el cuerpo, de que aprovecha?… Pero alguno dirá: tu tienes fe, y yo tengo obras. Muéstrame tu fe sin tus obras, y yo te mostrare mi fe por mis obras. Tu crees que Dios es uno; bien haces. También los demonios creen y tiemblan.” Mas adelante el apóstol menciona ejemplos de hombres justos de la antigüedad que precisamente con buenas obras descubrían su fe; y hace la siguiente conclusión, “No ves que la fe actuó juntamente con sus obras, y que la fe se perfecciono por las obras? Porque cómo el cuerpo sin espíritu está muerto, así también la fe sin obras esta, muerta” (Santiago 2:1526).

De la misma manera también el apóstol Pablo no reconoce la fe sola sin sus frutos y dice: “Si tengo el don de profecía y entendiese todos los misterios y toda ciencia, y si tuviese toda la fe, de tal manera que trasladase los montes, y no tengo amor, nada soy” (1Cor. 13:2). De esta manera, la concepción correcta de la fe disipa todas las dudas acerca de que es mas importante: “la fe” o “las obras”: ambas son inseparables como la luz y el calor.

Como Fortalecer la fe

Así pues, nosotros ya hablamos dijimos que la fe es un valioso don de Dios. La fe nos da a nosotros una correcta concepción del mundo, nos muestra el objetivo de la vida, nos reconforta en los momentos difíciles, alegra nuestro corazón, da fuerza a nuestra oración y nos abre la entrada a las infinitas misericordias de Dios.

Pero hay que hacer una observación triste: la vida en la abundancia y prosperidad diluye y dispersa la fe. Se olvidan de las bendiciones de Dios. La fe eficaz y activa se aleja, y el gran talento de Dios aparece cerrado. Y a medida que en el ser humano se apaga la fe, llega éste al mas grande deterioro de su constitución interna: se pierde la claridad de pensamiento y objetivo de la vida, desaparece la fuerza espiritual y un gran vacío y el abatimiento y la tristeza se posesionan fuertemente del corazón, el ser humano se vuelve irritable y está disconforme con todo. Así pues, el hecho es que el alma no puede vivir sin fe, como las plantas no pueden existir sin luz, ni humedad. El ser humano con la fe apagada, aun y cuando fuera muy talentoso, se rebaja al grado de animal astuto, a veces incluso de rapiña.

Para escapar de semejante “naufragio en cuanto a la fe” (l Tim.1:19) es necesario preocuparse seriamente acerca de la renovación de nuestra alma. Como? Nosotros sabemos que nuestras capacidades exigen ejercicio: para que la inteligencia conserve su claridad hay que dedicarse al trabajo intelectual, para que los dedos no pierdan agilidad, hay que ejercitarse en algún instrumento musical; para que el cuerpo conserve su elasticidad hay que hacer gimnacia. Si la gente gasta tantas fuerzas y medios para desarrollar sus capacidades físicas entonces no debiéramos los cristianos trabajar duro para adquirir experiencia espiritual viva.

Para fortalecer la fe, es necesario empezar a vivir espiritualmente. Para esto es necesario, en primer lugar, leer las Sagradas Escrituras regularmente, pensar en Dios, interesarse en temas espirituales. Después es necesario tratar de sentir a Dios en una oración atenta y de corazón, así como en la comunión del cuerpo y la sangre de Cristo. Y por ultimo es necesario tratar de vivir no solo para sí mismo, sino para el bien del prójimo y de la iglesia. El que ama recibe el calor de la gracia del Espíritu Santo en el corazón. Desde luego en la vida cristiana siempre van a haber lucha, pruebas y dificultades. A veces va a parecer que todo el mundo cierra filas contra el creyente. Pero es importante recordar que con la ayuda de Dios, todas las pruebas van a ayudarnos en nuestro crecimiento espiritual.

Tomando en cuenta todo esto, vamos a recordar que la fe no es solo fruto de nuestro esfuerzo, sino es un don del Espíritu Santo. El apóstol Pablo atestiguo sobre esto cuando dijo: “El fruto del Espíritu Santo es amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe” (Galatas 5:22). Por eso vamos a pedir a Dios fe como un gran tesoro espiritual recordando la promesa: “Pedid y se os dará; buscad y hallareis; llamad y se os abrirá” (Mat. 7:7). La fe por su parte nos traerá paz en el alma, alegría y goce anticipado de aquella victoria final sobre el mal que consolaba a los apóstoles cuando escribieron: “Esta es la victoria que ha vencido al mundo, nuestra fe” (l Juan 5:4).