Año A – 29.º Domingo del Tiempo Ordinario
Mateo 22,15-21: «Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios»

En los domingos anteriores hemos escuchado cómo Jesús denunció duramente a los jefes religiosos y políticos mediante tres parábolas, atrayéndose su hostilidad: ya habían decidido eliminarlo. Ahora sólo buscan un pretexto.

1. Una trampa bien urdida

«Los fariseos se fueron y se pusieron de acuerdo para sorprender a Jesús en alguna palabra. Le enviaron, pues, a sus discípulos, junto con los herodianos».

Herodianos y fariseos se alían, aunque son adversarios entre sí, con la intención de encontrar una manera de eliminar a Jesús. Los discípulos de los fariseos comienzan tejiendo un largo elogio del «Maestro», antes de plantearle la cuestión acordada con los herodianos: «Dinos, pues, qué opinas: ¿es lícito pagar el tributo al César o no?»
La trampa estaba bien preparada. Si Jesús hubiera respondido «sí», habría corrido el riesgo de enemistarse con el pueblo, que soportaba mal el dominio romano. Si hubiera respondido «no», podrían haberlo acusado de ser un subversivo.

2. Jesús, maestro de discernimiento

En la respuesta de Jesús podemos entrever, a pesar de su brevedad, una verdadera lección sobre el discernimiento del cristiano y, concretamente, cuatro indicaciones preciosas también para nosotros.

1) LIBERTAD: «¡Hipócritas!»

Primer paso: Jesús se manifiesta como una persona libre. No se deja conquistar por la adulación de los fariseos y desenmascara su hipocresía.
Y es precisamente aquí donde tantas veces tropezamos también nosotros. Nos dejamos condicionar por los elogios o por la opinión ajena, acabando por limitar nuestra libertad y nuestra lucidez.

2) PREGUNTAR: «¿Por qué me ponéis a prueba?»

Jesús responde a menudo a una pregunta con otra pregunta. Hacer preguntas a quien nos interpela es una manera de involucrarlo, responsabilizarlo e invitarlo a reflexionar.
Una actitud pasiva ante los problemas ha sido una de las limitaciones que han marcado a una parte del laicado católico, también como consecuencia de un clericalismo que, durante siglos, ha incidido profundamente en la vida de la Iglesia. También la manera de presentarse a veces como quien posee ya todas las respuestas puede haber contribuido a la dificultad que la Iglesia experimenta hoy para dialogar con algunos ámbitos de la cultura occidental.
Me parece que también debemos aprender a decir: «No lo sé». Significa reconocer con humildad nuestros límites ante la complejidad y la novedad de muchas cuestiones contemporáneas, sin renunciar a la búsqueda, sino poniéndonos sinceramente en camino para comprender mejor.

3) MIRAR: «Mostradme la moneda del tributo»

Jesús da un tercer paso decisivo: mirar la realidad concreta. Pide ver la moneda del tributo y, al hacerlo, desconcierta a sus interlocutores.
Aquella moneda, con la efigie de Tiberio y una inscripción de fuerte significado religioso, hacía visible el poder de Roma. El hecho de que se encontrara precisamente en el área del Templo ponía además de manifiesto una contradicción evidente, dada la desconfianza judía hacia las imágenes que podían asumir un carácter idolátrico.
Así, quienes querían poner a Jesús a prueba terminan siendo ellos mismos confrontados con sus propias contradicciones.

4) RECOLOCAR: «Dad, pues, al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios».

El cuarto momento consiste en situar de nuevo la realidad concreta dentro de un horizonte más amplio. Una cuestión aislada y absolutizada corre el riesgo de convertirse en una verdad parcial y, precisamente por eso, engañosa. Sólo una luz mayor permite redimensionarla y colocarla en la perspectiva adecuada.

«Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios» es una de las frases más famosas del Evangelio, pero también una de las más enigmáticas. A menudo se interpreta como si existieran dos ámbitos claramente separados: las «cosas terrenas» confiadas al César y las «cosas espirituales» reservadas a Dios.

Pero ¿qué pertenece al César? Al César le corresponde lo que se refiere a la vida civil: garantizar el orden, la paz social, la libertad y la justicia.

¿Y qué pertenece a Dios? Todo. «Yo soy el Señor y no hay otro; fuera de mí no hay dios… Yo soy el Señor, no hay ningún otro» (Isaías 45,1.4-6).

Si la moneda lleva la imagen del César y por eso puede ser devuelta al César, el ser humano lleva impresa la imagen de Dios. Es, pues, a Dios a quien debe devolverse el ser humano entero. Aquí está la gran reivindicación de Jesús: «¡Dad a Dios lo que es de Dios!»

De aquí nace una pregunta decisiva: ¿a quién pertenezco yo? ¿A una familia, a una profesión, a un grupo social, a un pueblo, a una nación? Ciertamente. Pero Jesús nos recuerda que existe una pertenencia más profunda que todas las demás: tú perteneces a Dios.

3. El dinero del César y la moneda de Jesús

Permitidme ahora una imagen un poco atrevida. El dinero del impuesto al César me hace pensar en aquella moneda que Pedro, por indicación de Jesús, saca de la boca del pez para pagar el tributo del Templo (Mateo 17,24-27). Una sola moneda para Jesús y para Pedro: ambos, de algún modo, asociados en aquella moneda.

¿Qué imagen simbólica podríamos imaginar grabada en ella? En el anverso, la imagen de Cristo; en el reverso, la de Pedro. La imagen de Cristo delante y, detrás, la mía o la tuya. ¡Dos caras de la misma moneda! Cada uno de nosotros pertenece a Cristo y Cristo… “pertenece” a cada uno de nosotros (cf. 1 Corintios 3,22-23).

Para la reflexión y la oración personal

Hoy, penúltimo domingo de octubre, la Iglesia celebra la Jornada Mundial de las Misiones. Instituida por Pío XI en 1926, este año celebra su centésima edición. El papa León XIV ha elegido como tema de la Jornada: «Uno en Cristo, unidos en la misión». Os invito a leer el Mensaje del Santo Padre y, durante esta semana, a retomar la oración que encontramos en su conclusión:

Padre santo, concédenos ser uno en Cristo, arraigados en su amor que une y renueva. Haz que todos los miembros de la Iglesia estén unidos en la misión, dóciles al Espíritu Santo, valientes en dar testimonio del Evangelio, anunciando y encarnando cada día tu amor fiel por cada criatura.
Bendice a los misioneros y misioneras, apóyalos en su esfuerzo, presérvalos en la esperanza.
María, Reina de las misiones, acompaña nuestra labor evangelizadora en todos los rincones de la tierra; haznos instrumentos de paz y haz que el mundo entero reconozca en Cristo la luz que salva. Amén.

P. Manuel João Pereira Correia, MCCJ