El centenario de la Jornada Mundial de las Misiones no es solamente una efeméride que celebrar, sino una ocasión para releer un siglo de transformaciones en la manera en que la Iglesia comprende y vive la misión. De las «tierras de misión» a la conciencia de una Iglesia enteramente misionera, del envío en una sola dirección al intercambio entre Iglesias, del anuncio entendido sobre todo como transmisión a una misión vivida también como escucha, encuentro y servicio: cien años de historia plantean hoy una pregunta decisiva. ¿Qué significa ser misioneros en el mundo de nuestro tiempo?

Cuando en 1926 Pío XI instituyó la Jornada Mundial para la Propagación de la Fe, el mundo misionero tenía una geografía aparentemente bien definida. Por una parte estaban, sobre todo, las Iglesias de antigua tradición cristiana, en particular las europeas, de las que partían sacerdotes, religiosos, religiosas y laicos; por otra, vastos territorios de África, Asia, Oceanía y América Latina considerados «tierras de misión».

La misión se identificaba ante todo con partir: cruzar fronteras y océanos, aprender nuevas lenguas, anunciar el Evangelio, formar comunidades cristianas, preparar catequistas y clero local, abrir escuelas, hospitales y dispensarios. Es una historia de extraordinaria generosidad y sacrificio, que contribuyó de manera decisiva al crecimiento de la Iglesia en muchas partes del mundo.

Pero en cien años aquella geografía ha cambiado profundamente.

Las comunidades que entonces dependían en gran medida de la llegada de misioneros extranjeros se han convertido en Iglesias locales maduras. Han nacido diócesis, seminarios, institutos religiosos, universidades y realidades eclesiales profundamente arraigadas en las culturas de los distintos pueblos. Muchas Iglesias que en otro tiempo «recibían» misioneros hoy los envían a su vez.

Un sacerdote africano puede ser párroco en Europa. Una religiosa asiática puede prestar su servicio en América Latina. Misioneros latinoamericanos pueden ser enviados a África o a otros continentes. La misión ya no se mueve en una sola dirección: parte de todos los continentes y llega a todos los continentes.

Esta es una de las grandes transformaciones del siglo transcurrido: se ha pasado lentamente de «las misiones» a la misión de la Iglesia.

La diferencia no es solamente lingüística. Hablar de «misiones» hacía pensar sobre todo en lugares lejanos y en personas especializadas destinadas a ellos. Hablar de la misión de la Iglesia significa, en cambio, reconocer que esta pertenece a la naturaleza misma de la comunidad cristiana.

No es una actividad entre otras. No es un ámbito reservado a unos pocos. Es una manera de ser Iglesia.

La misión ad gentes conserva, naturalmente, toda su importancia. Siguen existiendo pueblos entre los que el Evangelio es poco conocido y comunidades cristianas frágiles. Pero, al mismo tiempo, hemos aprendido a reconocer también otras fronteras.

Hay fronteras sociales, culturales y generacionales. Están la indiferencia religiosa, las periferias urbanas, las migraciones, la soledad, el mundo juvenil y los nuevos entornos digitales. Se puede vivir en una ciudad marcada por siglos de cristianismo y encontrarse igualmente en territorio de misión.

Por eso la misión no comienza necesariamente cruzando un océano. Comienza cuando una comunidad cristiana acepta salir de su perímetro habitual, cuando deja de organizarse solamente en torno a quienes ya participan y se pregunta a quién no consigue llegar, quién permanece en los márgenes y quién busca sin encontrar interlocutores.

En estos cien años también ha cambiado la percepción de quién es el protagonista de la misión.

Durante mucho tiempo, el imaginario misionero estuvo dominado por la figura de quien partía. Los misioneros anunciaban, fundaban comunidades y construían obras; los demás cristianos los acompañaban sobre todo mediante la oración y el apoyo económico.

El camino eclesial del siglo XX hizo madurar una conciencia ulterior: todo bautizado participa en la misión.

No todos están llamados a partir. No todos desempeñan la misma tarea. Pero nadie es simplemente un espectador.

La vocación de quienes atraviesan materialmente las fronteras sigue siendo un signo especialmente fuerte, porque hace visible lo que afecta a toda la comunidad cristiana: la disponibilidad para salir de uno mismo y encontrarse con el otro.

Todo cristiano, de distintas maneras, tiene una frontera que atravesar: la distancia respecto a quien es pobre, la desconfianza hacia el extranjero, la indiferencia hacia quien no cree, la incapacidad de comprender una generación o una cultura diferente.

A lo largo del siglo también ha cambiado profundamente el estilo de la acción misionera.

La historia no debe idealizarse. La evangelización moderna se desarrolló a veces en contextos coloniales y pudo adoptar actitudes condicionadas por la convicción de la superioridad de la cultura occidental. En algunos casos, resultaba difícil distinguir entre el anuncio del Evangelio y la transmisión de modelos culturales europeos.

El crecimiento de las Iglesias locales y el encuentro con culturas diferentes fueron modificando progresivamente esta perspectiva. Se hizo cada vez más evidente que evangelizar no significa exportar una civilización.

El Evangelio no pertenece a una cultura determinada. Puede arraigar en pueblos, lenguas y tradiciones diferentes y encontrar en cada uno de ellos expresiones originales.

De aquí nace también una nueva conciencia: el misionero no es solamente quien lleva algo, sino también quien recibe.

Entrar en otra cultura significa aprender su lengua, escuchar sus preguntas, comprender su historia, respetar sus ritmos y reconocer el bien que ya existe en ella. Dios no comienza a actuar en un lugar cuando llega el misionero.

Esta convicción cambia radicalmente el estilo del encuentro. No basta con hablar: hay que escuchar. No basta con tener respuestas: es necesario conocer las preguntas. No basta con llegar con programas ya definidos: hay que compartir la vida de las personas.

La misión se convierte así, cada vez con mayor claridad, en encuentro.

También se ha profundizado la relación entre evangelización y promoción humana.

La historia misionera del siglo XX está marcada por escuelas, hospitales, dispensarios, centros para la infancia, programas educativos e iniciativas sociales. Para millones de personas, el primer rostro de la Iglesia misionera fue el de alguien que enseñaba, cuidaba, acompañaba o defendía la dignidad de los más vulnerables.

Con el tiempo se comprendió cada vez mejor que estos gestos no son simples instrumentos colaterales de la evangelización.

Cuidar de la persona forma parte de la misión.

Anunciar a un Dios que ama al ser humano significa hacer visible ese amor en las condiciones concretas de la existencia.

La Iglesia no puede reducirse a una organización humanitaria, pero tampoco puede anunciar el Evangelio permaneciendo ajena al hambre, la enfermedad, la guerra, la injusticia y la marginación.

De aquí deriva otro paso decisivo: el paso de la asistencia a la reciprocidad.

Durante mucho tiempo, la cooperación misionera se representó según un esquema sencillo: las Iglesias más ricas ofrecían recursos, personal y estructuras; las Iglesias de los territorios de misión recibían esa ayuda.

La solidaridad económica sigue siendo necesaria, pero hoy sabemos que aquella relación no puede describirse únicamente mediante la relación entre quien da y quien recibe. Toda Iglesia tiene algo que dar y algo que recibir.

Una comunidad pobre en medios económicos puede poseer una extraordinaria riqueza de fe, vocaciones, vida comunitaria y capacidad para afrontar las dificultades. Una comunidad materialmente rica puede disponer de estructuras y competencias, pero atravesar una situación de fragilidad espiritual o vocacional. El intercambio se vuelve, por tanto, recíproco.

Las Iglesias que en otro tiempo recibían sacerdotes de Europa hoy los envían a Europa. Comunidades jóvenes ofrecen a las Iglesias de antigua tradición cristiana un testimonio de fe y una vitalidad que pueden ayudarlas a redescubrir aquello que corren el riesgo de perder.

Evangelizar significa, en este sentido, dejarse también evangelizar.

Esta inversión resulta especialmente evidente precisamente en Europa. Durante generaciones, el continente europeo fue uno de los principales lugares de partida de la misión católica. Hoy descubre que él mismo es tierra de misión.

La secularización, el descenso de la práctica religiosa, la dificultad para transmitir la fe y la creciente pluralidad cultural han cambiado radicalmente el contexto.

La cuestión no consiste simplemente en hacer que las personas vuelvan a prácticas abandonadas. Se trata de encontrar lenguajes y formas de presencia capaces de encontrarse con hombres y mujeres para quienes muchas palabras de la tradición cristiana ya no tienen un significado inmediato.

La misión se convierte, por tanto, también en una cuestión de comunicación y credibilidad.

No basta con decir cosas verdaderas. Hay que hacerlas comprensibles. Y no basta con hacerlas comprensibles: deben estar respaldadas por el testimonio.

Es aquí donde el lema del centenario, «Uno en Cristo, unidos en la misión», adquiere una fuerza particular.

Antes que la estrategia está Cristo.

Cristo es el origen de la misión, porque es él quien envía. Es su contenido, porque la Iglesia no se anuncia a sí misma. Es su estilo, porque no es posible anunciar el Evangelio de una manera contraria a la libertad y a la dignidad de la persona. Y es su horizonte, porque la misión tiende a la comunión de los hombres con Dios y entre ellos.

Esta centralidad permite también comprender mejor el valor de la unidad. Una comunidad dividida, encerrada en rivalidades o preocupada sobre todo por su propia conservación puede multiplicar las iniciativas, pero difícilmente ofrecerá un testimonio convincente.

La comunión ya es misión.

Y lo es de manera especial en un tiempo marcado por polarizaciones, nacionalismos, guerras y fracturas sociales. Una comunidad en la que personas diferentes por origen, cultura y condición consiguen reconocerse como hermanos posee una fuerza de anuncio que precede a las palabras.

Sin embargo, unidad no significa uniformidad.

Otro fruto madurado a lo largo del siglo es el descubrimiento de la pluralidad de las Iglesias. África, Asia, América Latina y Europa no viven ni expresan la fe de la misma manera. Las diferencias no son un problema que haya que eliminar, sino una riqueza que debe ponerse en comunión.

La misión misma se convierte entonces en una acción coral.

Hay quien anuncia, quien educa, quien cura, quien estudia, quien acompaña a los pobres, quien tiende puentes entre culturas, quien reza, quien sostiene económicamente y quien da testimonio del Evangelio mediante su trabajo y sus relaciones. Ninguna voz agota por sí sola la misión de la Iglesia.

También la oración conserva, en este marco, una centralidad decisiva.

En una época que tiende a medirlo todo en términos de resultados, la misión puede verse tentada a confiar sobre todo en la planificación y la eficiencia. Son instrumentos necesarios, pero no constituyen la fuente de la acción cristiana.

La oración recuerda que la acción de Dios precede a la de la Iglesia, acerca a comunidades lejanas y transforma problemas desconocidos en responsabilidades compartidas.

Un siglo de experiencia misionera muestra también la fuerza de los pequeños gestos.

Una oración, una pequeña ofrenda, un encuentro de formación, un niño que descubre cómo viven otros niños de su edad al otro lado del mundo: ninguno de estos gestos, tomado por sí solo, parece capaz de cambiar la historia.

Pero la misión vive precisamente de una multitud de gestos conectados. Enseña una lógica diferente de la del protagonismo: nadie puede hacerlo todo, pero todos pueden participar.

Después de cien años, por tanto, la misión no parece menos necesaria. Se ha vuelto, más bien, más universal y más compleja.

Ya no disponemos de un mapa sencillo que distinga claramente entre países evangelizadores y países que deben ser evangelizados.

La misión atraviesa aldeas y metrópolis, sociedades de antigua tradición cristiana y territorios en los que el Evangelio es poco conocido. Se encuentra con las grandes religiones y con nuevas formas de increencia. Atraviesa las migraciones, las culturas juveniles y el continente digital.

También la pregunta se ha transformado.

En 1926 era natural preguntarse sobre todo: ¿adónde debemos enviar a los misioneros?

En 2026 debemos preguntarnos también: ¿cómo debe cambiar una comunidad cristiana para llegar a ser ella misma misionera?

Tal vez esta sea la pregunta más exigente del centenario.

No basta con aumentar las actividades. Una Iglesia misionera debe aprender a no vivir solamente para sí misma.

Debe preguntarse quién falta, a quién no consigue llegar, qué preguntas no escucha, qué lenguajes no comprende y qué fronteras teme atravesar.

El siglo transcurrido muestra que la idea de misión ha sabido transformarse profundamente sin perder su corazón.

Ha pasado de las «tierras de misión» a la conciencia de una Iglesia toda ella misionera; del envío en una sola dirección al intercambio entre Iglesias; de la transmisión de modelos a la inculturación; de la asistencia a la reciprocidad; de la centralidad casi exclusiva de quien parte a la corresponsabilidad de todo el pueblo de Dios; de un anuncio concebido sobre todo como palabra a un testimonio hecho también de escucha, servicio, diálogo y promoción de la dignidad.

Sin embargo, el núcleo sigue siendo el mismo.

La misión nace del encuentro con Cristo y de la convicción de que el don recibido no puede guardarse para uno mismo.

Por eso el centenario no cierra un capítulo. Abre nuevas preguntas. ¿Cómo anunciar el Evangelio en un mundo en el que se han acortado las distancias geográficas pero han aumentado otras distancias? ¿Cómo dar testimonio de comunión en sociedades cada vez más polarizadas? ¿Cómo encontrarse sin imponer, dialogar sin renunciar al anuncio, escuchar sin perder la propia identidad? ¿Cómo aprender de las Iglesias que en otro tiempo eran consideradas únicamente destinatarias de la acción misionera?

La misión sigue siendo joven mientras obliga a la Iglesia a plantearse estas preguntas.

Mientras la pone en movimiento.

Mientras le impide identificar el Evangelio con una sola cultura.

Mientras recuerda a toda comunidad que posee algo que ofrecer y algo que recibir.

Después de cien años, la frontera misionera no se encuentra solamente allí donde el Evangelio aún no ha sido anunciado.

Está allí donde la Iglesia está llamada a salir de sí misma para encontrarse con el hombre y la mujer de su tiempo.

Tal vez esta sea la herencia más importante de un siglo de misión: haber comprendido con creciente claridad que la misión no es un sector de la vida eclesial ni una tarea extraordinaria confiada a unos pocos.

Es el movimiento mediante el cual la Iglesia, saliendo de sí misma para encontrarse con el mundo, sigue convirtiéndose en aquello que está llamada a ser.