Año A – 24.º Domingo del Tiempo Ordinario
Mateo 18,21-35: «¿Cuántas veces tendré que perdonar?»

Hoy concluimos el cuarto discurso de Jesús, dedicado a la vida comunitaria. El pasaje evangélico continúa el del domingo pasado sobre la corrección fraterna.

Pedro pregunta a Jesús: «Señor, si mi hermano comete faltas contra mí, ¿cuántas veces tendré que perdonarlo? ¿Hasta siete veces?» Es ya una propuesta generosa: siete es el número de la plenitud, mientras que la tradición rabínica hablaba generalmente de tres veces.

Jesús ya había insistido mucho en el perdón. Al enseñar a los discípulos el Padrenuestro, la única petición de la oración que Jesús comentó después expresamente fue precisamente la relativa al perdón: «Porque si perdonáis a los demás sus faltas, también vuestro Padre celestial os perdonará a vosotros; pero si no perdonáis a los demás, tampoco vuestro Padre perdonará vuestras faltas» (cf. Mateo 6,14-15).

A la pregunta de Pedro, Jesús responde de un modo sorprendente: «No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete». La respuesta de Jesús, 70 veces 7, en la simbología judía remite al infinito (el 7 indica la perfección, y setenta veces es una perfección multiplicada), ¡una plenitud sin medida! A la lógica de la venganza de Lámec, que se jactaba de ser vengado setenta y siete veces (cf. Génesis 4,24), Jesús contrapone la sobreabundancia del perdón.

Sigue la parábola del rey que perdona a un siervo una deuda astronómica, imposible de devolver. Sin embargo, aquel siervo se muestra despiadado con un compañero que le debe una cantidad relativamente modesta: cien denarios, el equivalente a unos cien días de trabajo. Cuando el señor se entera, revoca el perdón de la deuda. Jesús concluye: «Así hará también mi Padre celestial con vosotros si cada uno no perdona de corazón a su hermano».

1. El perdón es una decisión… ¡en camino!

Sabemos lo difícil que es perdonar. Más espontáneos son la ira, el resentimiento y el deseo de devolver el mal recibido. Algunos incluso consideran el perdón una debilidad: quien perdona sería incapaz de hacer valer sus derechos. Parafraseando a Nietzsche, ¡la bondad sería incapacidad para rebelarse, la paciencia cobardía y el perdón incapacidad para vengarse!

Sin embargo, «perdonar» evoca el «dar»: es un dar plenamente. Pero no es un gesto barato. A veces cuesta sangre y lágrimas. También la gracia de Dios, recordaba Bonhoeffer, es una «gracia costosa». El perdón nos ha sido dado a través del amor de Cristo llevado hasta la cruz.

Por eso, el perdón es una decisión sostenida por la gracia. A menudo no basta con tomarla una sola vez: hay que renovarla cuando el recuerdo de la ofensa vuelve a encender el sufrimiento. Se aprende a perdonar caminando por el camino del perdón.

Muchos cristianos, por desgracia, escucharán esta palabra llevando en el corazón rencor hacia alguien, quizá desde hace años, decididos a no perdonar una ofensa sufrida. Y podrían escucharla sin sentirse mínimamente interpelados. «Sí, sí —se dicen—, es algo hermoso, pero irreal. ¡La vida real es otra cosa! Y además, lo que me hizo es demasiado grave…».

2. Pero… ¿cuántas veces perdona Dios?

La respuesta parece sencilla: siempre. Pero ¿estamos realmente convencidos?

El Antiguo Testamento proclama continuamente el amor y la misericordia de Dios: «El Señor es bueno y grande en el amor», proclama el salmo responsorial de hoy (cf. Salmo 102). Pero hay textos de lenguaje más duro, como el del profeta Nahúm: «El Señor es un Dios celoso y vengador; vengador es el Señor, lleno de ira. El Señor se venga de sus adversarios y guarda rencor contra sus enemigos» (Nahúm 1,2).

El pueblo de Dios comprendió progresivamente la profundidad del amor divino. En Jesús, la revelación alcanza su plenitud: Dios es Padre, amor y misericordia. Sin embargo, también nosotros corremos el riesgo de imaginarlo como un juez severo al que temer más que como un Padre al que amar.

¿Por qué, entonces, Jesús parece casi amenazarnos al final de la parábola: «Así hará también mi Padre celestial con vosotros si cada uno no perdona de corazón a su hermano»? Porque el perdón recibido y el perdón dado son inseparables. No porque la misericordia de Dios tenga una medida, sino porque nuestro corazón puede cerrarse al don.

Negarse obstinadamente a perdonar es como extender sobre nosotros una lona impermeable: la misericordia sigue cayendo, pero no consigue penetrar.

3. ¿Y cuántas veces has “perdonado” tú a Dios?

La pregunta puede sorprender. Dios, naturalmente, no necesita nuestro perdón, porque no comete faltas contra nosotros. Y, sin embargo, podemos sentirnos heridos por él e incluso llegar a alimentar resentimiento.

¿Cuántas personas se han alejado de la fe porque una oración parecía no haber sido escuchada, por un duelo, una enfermedad, una tragedia o un dolor incomprensible? ¿Y qué decir de las guerras, del sufrimiento de los inocentes y de las injusticias?

Quizá casi todos tengamos algo que «perdonar» a Dios: una pregunta sin respuesta, una herida, un reproche escondido en el corazón. Deberíamos tener el valor de presentarnos ante él con sinceridad y decirle: «Señor, hay cosas que no comprendo. He sufrido y, a veces, incluso me he enfadado contigo. Pero quiero seguir confiando en ti. Te confío mis preguntas, mi rabia y mis heridas».

Es un camino de reconciliación con Dios, no porque él necesite ser perdonado, sino porque nosotros necesitamos sanar la imagen herida que a veces guardamos de él.

4. ¿Y cuántas veces te has perdonado a ti mismo?

A veces nos cuesta perdonar a los demás porque no estamos en paz con nosotros mismos. No nos hemos perdonado un fracaso, una debilidad, una decisión equivocada o un error del pasado. Podemos saber que Dios y los demás nos han perdonado y, sin embargo, seguir condenándonos interiormente. Necesitamos entonces acoger plenamente el perdón recibido y aprender también a perdonarnos a nosotros mismos, para no seguir siendo prisioneros de nuestros errores.

Perdonarse a uno mismo no significa banalizar el mal ni eludir las propias responsabilidades. Significa reconocer que ningún error puede tener la última palabra sobre nuestra vida.

La última palabra pertenece siempre a la misericordia.

Para meditar…

  • Efesios 4,32 — «Sed bondadosos unos con otros, misericordiosos, perdonándoos mutuamente como Dios os perdonó en Cristo».
  • Colosenses 3,13 — «Como el Señor os perdonó, haced vosotros lo mismo».
  • 2 Corintios 5,18-20 — Dios «nos ha confiado el ministerio de la reconciliación»: el cristiano está llamado a ser embajador de la reconciliación.

P. Manuel João Pereira Correia, MCCJ