Un verdadero genocidio oculto: durante 13 siglos, los colonizadores árabe-islámicos de África deportaron entre 12 y 18 millones de habitantes, vendiéndolos como esclavos. Llega a Italia el estudio del antropólogo Tidiane N’Diaye. Un capítulo de la historia ignorado deliberadamente.

Anna Bono
29 de agosto de 2026
Por cortesía de
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De nuestra civilización, en Italia, se puede decir todo el mal que se quiera y, aun cuando las acusaciones y las críticas carecen de fundamento, quienes las formulan no sufren consecuencias ni tienen que responder por ellas. Hablar de las culpas de Occidente, de hecho, abre muchas puertas. En cambio, criticar otras culturas significa aventurarse en un campo minado. Se corre el riesgo de ser acusado, e incluso denunciado, por racismo, etnocentrismo, islamofobia, si se trata del mundo musulmán, o fascismo. La sistemática deslegitimación de Occidente, que se viene produciendo desde hace décadas, exige, en efecto, que, por comparación, de otras culturas y sociedades solo se hable bien o, si no es posible, se guarde silencio.

Por eso prácticamente nunca se habla, por ejemplo, de la trata árabe-musulmana de africanos. Demuestra, por tanto, valentía la editorial Massari, que ha decidido publicar el libro de Tidiane N’Diaye La trata árabe-musulmana. 13 siglos de racismo y exterminios, distribuido en Italia durante estas semanas. Ha mostrado valentía y merece nuestro agradecimiento, porque gracias a ella también en Italia es finalmente posible conocer esta dolorosísima página de la historia de los pueblos negros y de toda la humanidad.

La trata árabe-musulmana de esclavos africanos duró desde el siglo VII hasta el siglo XX, sin interrupciones. Esclavizó y deportó entre 12 y 18 millones de personas. El comercio se desarrollaba a través de dos rutas: una terrestre, transahariana, para llevarlas desde África central y occidental hasta el norte de África, y otra marítima, desde las costas del océano Índico hacia Oriente Medio, Persia y la India.

Lo que la hizo posible fue otro acontecimiento histórico silenciado o incluso negado: la colonización árabe-musulmana del continente africano, iniciada poco después de la muerte, en el año 632, del profeta Mahoma. De hecho, está ampliamente extendida la convicción de que solo hubo una colonización de África, la europea, que tuvo lugar muchos siglos después, y la única deportación de africanos esclavizados que se relata y conmemora es la transatlántica, que llevó a unos 12 millones de africanos a las Américas a lo largo de cuatro siglos, entre los siglos XVI y XIX.

Las Naciones Unidas instituyeron en 2007 el Día Internacional de Recuerdo de las Víctimas de la Esclavitud y la Trata Transatlántica de Esclavos, que se celebra el 25 de marzo de cada año. Con motivo de esta conmemoración, este año, con 123 votos a favor, 3 en contra y 52 abstenciones, la Asamblea General de las Naciones Unidas aprobó una resolución presentada por Ghana en la que se reconoce que la trata transatlántica de esclavos fue “el crimen más grave contra la humanidad”. Antes de la votación, el presidente de Ghana, John Mahama, había declarado: «Que quede escrito, para el futuro, que hicimos lo que era justo por la memoria de los millones de personas que sufrieron la humillación de la trata y de quienes siguen sufriendo discriminación racial. La adopción de esta resolución sirve para proteger frente al riesgo del olvido y desafía las persistentes cicatrices de la esclavitud».

La Asamblea General hizo así suyas las reivindicaciones de la Unión Africana y de los países caribeños, que reclaman reparaciones por los daños causados por la trata mediante la deportación de millones de africanos y por los que, según sostienen, sigue provocando hoy en forma de “racismo estructural”, desigualdades raciales y subdesarrollo entre los africanos y las personas de ascendencia africana en todo el mundo. La resolución de la ONU insta a los países responsables a admitir sus culpas, presentar disculpas formales, conceder reparaciones económicas a los pueblos perjudicados, devolver los objetos que les fueron robados y garantizar que nunca vuelvan a cometerse acciones semejantes.

Nunca se ha hecho nada parecido con respecto a la trata árabe-musulmana (o islámica) de africanos, ni para recordar a las víctimas, ni para señalar a los culpables ni para reclamar justicia. Evidentemente, no se hace mención de ella el 25 de marzo, pero tampoco el 23 de agosto, Día Internacional del Recuerdo de la Trata de Esclavos y de su Abolición, que parecería abarcar todos los comercios de esclavos, en cualquier lugar y época. Sin embargo, también esta conmemoración fue promovida por la UNESCO, en 1997, para «inscribir en la memoria de todos los pueblos la tragedia» de la trata transatlántica de esclavos y «ofrecer una oportunidad para la reflexión colectiva sobre las causas históricas, los métodos y las consecuencias de esta tragedia, así como para analizar las interacciones que generó entre África, Europa, las Américas y el Caribe». Se eligió la fecha del 23 de agosto porque, en la noche del 22 al 23 de agosto de 1791, comenzó en Santo Domingo una revuelta de esclavos que desempeñó un papel decisivo en la abolición de la trata transatlántica.

Tidiane N’Diaye fue un antropólogo senegalés (falleció el pasado mes de octubre). Publicó el libro, ahora también difundido en Italia, en 2008, con el título Le génocide voilé, El genocidio oculto. Escribe en el Prefacio de su libro: «Fueron 13, y sin interrupción, los siglos durante los cuales los árabes saquearon el África subsahariana. La mayoría de los millones de personas que deportaron desapareció a causa de los tratos inhumanos, a los que se sumó la práctica de la castración. Ya sería verdaderamente hora de que la genocida trata esclavista árabe-musulmana fuera examinada e incorporada al debate en igualdad de condiciones con la trata transatlántica. Es más, aunque no existen grados en el horror ni monopolio de la crueldad, puede sostenerse, sin riesgo de equivocarse, que el comercio esclavista árabe-musulmán y las yihads (guerras santas) —llevadas a cabo por despiadados depredadores para procurarse prisioneros— fueron para el África negra mucho más devastadores que la trata transatlántica».

En los nueve capítulos siguientes, Tidiane N’Diaye relata dónde, cómo y por qué ocurrió: la conquista árabe de África, seguida de la islamización de los territorios a medida que eran conquistados, y las formas de servidumbre preexistentes que, según el autor, el islam transforma de instituciones tribales impuestas por los antepasados fundadores en voluntad de Alá. En el apéndice se reproducen los versículos del Corán que, según el autor, alientan la esclavitud de los no musulmanes por parte de los musulmanes. Un capítulo importante del libro es el que explica el título original de la obra. Según N’Diaye, las deportaciones no sirvieron únicamente para vender con beneficio mercancía humana, respondiendo a la demanda de mano de obra. También fueron, sostiene, «una verdadera empresa programada de lo que podría denominarse “extinción étnica mediante castración masiva”», llevada a cabo partiendo de la convicción de que, como escribió el historiador Ibn Jaldún, «los únicos pueblos que aceptan la esclavitud son los negros» debido a «su humanidad próxima al estadio animal» y que, por ello, había que impedir que se reprodujeran en tierras árabe-musulmanas.

El libro concluye definiendo como una especie de “síndrome de Estocolmo” la eliminación de la memoria de la trata llevada a cabo, con éxito, según el autor, por estudiosos e intelectuales árabe-musulmanes, por “solidaridad religiosa”. Pero esto no explica las amnesias selectivas que afectan igualmente a numerosos estudiosos e intelectuales occidentales.