¿Palabras duras, pensamientos tristes?
Año A – 22.º Domingo del Tiempo Ordinario
Mateo 16,21-27: “Si alguno quiere venir detrás de mí…”
El Evangelio de este XXII domingo es la continuación del de la semana pasada y tiene nuevamente a Pedro como protagonista. Nos presenta el primero de los tres anuncios de la pasión, muerte y resurrección de Jesús y constituye una síntesis de la segunda parte del Evangelio.
1. Un díptico inquietante
Se podría decir que los dos pasajes, el de hoy y el del domingo pasado, forman un díptico insólito: por una parte, un icono luminoso con un san Pedro entusiasta, inspirado, que proclama a Jesús como el Mesías y es declarado bienaventurado por Jesús y constituido piedra de fundamento de la Iglesia; por otra, un icono gris con un san Pedro escandalizado por las palabras de Cristo, que reprende al Maestro y que, a su vez, es reprendido por Jesús, llamado Satanás y definido como piedra de tropiezo. ¡Difícil imaginar un contraste más marcado! Y, sin embargo, es un espejo perfecto de nuestra realidad.
2. Un nuevo comienzo
“Jesús comenzó a explicar a sus discípulos que debía ir a Jerusalén y sufrir mucho por parte de los ancianos, de los sumos sacerdotes y de los escribas, ser asesinado y resucitar al tercer día”.
Comenzó: se trata de un nuevo comienzo. Aquí encontramos una línea divisoria en los tres primeros Evangelios. A partir de este momento cambian el rumbo y el discurso. “Cada uno de nosotros tiene algo que comenzar” (Emmanuel Levinas). La vida nunca es un continuum. El problema está en discernir cuándo ha llegado el momento de cambiar de paso o de comenzar algo nuevo. Pues bien, después de la investigación del domingo pasado, Jesús decide “comenzar a explicar”.
¿Qué debe explicar? “Que debía ir a Jerusalén y sufrir mucho”. ¿Por qué “debía”? podríamos preguntarnos. ¿Era acaso “la voluntad del Padre”? Hablamos tanto de “hacer la voluntad de Dios” y él, en cambio, ¡se entrega a la nuestra! Hablamos demasiado de la voluntad de Dios, asociándola con frecuencia al mal, al sufrimiento, a la injusticia que “debemos” soportar y aceptar, en lugar de asociarla al bien, a la justicia y al amor que debemos desear y buscar. Y así corremos el riesgo de maltratarla, desfigurándola.
Jesús debía ir a Jerusalén, “la ciudad que mata a los profetas”, porque había decidido ir hasta el final en su plena solidaridad con nuestra humanidad. ¡Se trata del deber del amor!
En conclusión, Jesús quiere explicar que no es el tipo de Mesías que todos esperan: un mesías-rey que debería restablecer el reino de Israel (Hechos 1,6); un mesías-juez que debería juzgar a los impíos (Mateo 3,12). Su mesianismo es el del Siervo sufriente profetizado por Isaías 53, juzgado y condenado por las autoridades políticas y religiosas. Por eso este anuncio provoca desconcierto entre sus discípulos. Y también entre nosotros, admitámoslo. De ahí la reacción de Pedro, en nombre de los discípulos y en nombre nuestro.
3. ¿Quién habita en nosotros: Dios o “Satanás”?
“Pedro lo tomó aparte y se puso a reprenderlo !”.
“¡No, no digas esas cosas, eso no puede sucederte nunca! ¡Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios!”, parece querer decir Pedro. La reacción de Jesús es durísima, incluso desproporcionada e injusta, se diría. “¡Ponte detrás de mí, Satanás!”. Y así Pedro cae desde las alturas de la revelación del cielo hasta las profundidades del abismo.
¡Pedro tuvo valor! Ese valor que, por desgracia, a nosotros nos falta, pues preferimos guardar dentro lo que realmente pensamos para no ser reprendidos como lo fue él. Y así nuestro “Satanás” (el adversario) permanece bien escondido dentro de nosotros, detrás de la hermosa fachada del respetabilismo y de nuestras “prácticas de piedad”.
4. Jesús toma distancia
Lo que más me impresiona de la reacción de Jesús, además de su dureza, es la manera en que parece tomar distancia de los suyos: “Si alguno quiere venir detrás de mí…”. No dice: “Si queréis venir…”, sino que utiliza un lenguaje impersonal, como si estuviera dispuesto incluso a dejarlos marchar. Un poco como en aquella dramática deserción después del discurso en Cafarnaún: “¿También vosotros queréis marcharos?” (Juan 6,67).
Esta manera tan dura habrá herido el corazón de los discípulos. También el nuestro, diría yo. Pensándolo bien, Jesús estaría dispuesto a hacer lo mismo con nosotros hoy. Él no corre detrás de nosotros para convencernos de que nos quedemos, quizá haciendo concesiones. Sí, él es el Buen Pastor que ama y cuida a sus ovejas, pero se niega a violar su libertad. ¡Cuentas claras, amistades largas!
¿Cómo no hacer nuestro, entonces, el desahogo del profeta Jeremías? “Me sedujiste, Señor, y yo me dejé seducir… Me decía: «No pensaré más en él, no hablaré más en su nombre». Pero en mi corazón había como un fuego ardiente… me esforzaba por contenerlo, pero no podía” (Primera lectura, Jeremías 20,7-9).
5. El simbolismo del número tres
Otro aspecto del texto que llama la atención es su estructura basada en el número 3, símbolo de la perfección y de la plenitud, que subraya la importancia del contenido:
- Jesús alude al triple aspecto del “misterio pascual”: pasión-muerte-resurrección;
- tres veces Jesús anunciará su pasión y cada vez habrá una reacción negativa de los apóstoles, seguida de una catequesis de Jesús;
- Jesús será perseguido por tres categorías de personas: por los ancianos (guardianes de la tradición y del poder), por los sumos sacerdotes (guardianes de la religión) y por los escribas (guardianes de la ley);
- Jesús pone tres condiciones para seguirlo: niégate a ti mismo, toma tu cruz, sígueme;
- Jesús presenta tres argumentos sapienciales para mostrar que las condiciones para seguirlo, a primera vista tan duras, son en realidad las únicas sensatas.
6. Lo que está en juego: ¡la vida!
La palabra “vida” es la que aparece con más frecuencia en nuestro texto (4 veces), junto con los verbos relacionados con ella: perder (3), salvar, encontrar, ganar. Me parece significativo. Lo que está en juego es la vida: ¡perderla o encontrarla! Quien apuesta por lo inmediato terminará siendo un perdedor. Quien apuesta con valentía, generosidad y amplitud de miras será un ganador.
Para la reflexión y la oración personal
Busca un momento de calma para meditar el texto de la segunda lectura:
“Os exhorto, por la misericordia de Dios, a ofrecer vuestros cuerpos como sacrificio vivo, santo y agradable a Dios; este es vuestro culto espiritual. No os conforméis con este mundo, sino dejaos transformar renovando vuestra manera de pensar, para que podáis discernir la voluntad de Dios, lo que es bueno, agradable a él y perfecto” (Romanos 12,1-2).
Un deseo: que las palabras duras de Jesús no nos dejen tristes ni desanimados. Pero pensativos, sí.
P. Manuel João Pereira Correia, MCCJ

P. Manuel João, Comboniano
Reflexión dominical
de la boca de mi ballena, ELA
Nuestra cruz es el púlpito de la Palabra