21º Domingo
Tiempo Ordinario (A)
Mateo 16,13-20

Al llegar a la región de Cesarea de Filopo, Jesús preguntó a sus discípulos: “¿Qué dice la gente sobre el Hijo del hombre? ¿Quién dicen que es?”
Ellos le respondieron: “Unos dicen que es Juan el Bautista; otros, Elías; y otros, Jeremías o alguno de los profetas”.
“Y ustedes, les pregunto, ¿quién dicen que soy?”
Tomando la palabra, Simón Pedro respondió: “Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo”.
Y Jesús le dijo: “Feliz de ti, Simón, hijo de Jonás, porque esto no te lo ha revelado ni la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en el cielo. Y Yo te digo: Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y el poder de la muerte no prevalecerá contra ella. Yo te daré las llaves del Reino de los Cielos. Todo lo que ates en la tierra, quedará atado en el cielo, y todo lo que desates en la tierra, quedará desatado en el cielo”
Entonces, ordenó severamente a sus discípulos que no dijeran a nadie que Él era el Mesías.
QUÉ DECIMOS NOSOTROS
José Antonio Pagola
También hoy nos dirige Jesús a los cristianos la misma pregunta que hizo un día a sus discípulos: “Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?”. No nos pregunta solo para que nos pronunciemos sobre su identidad misteriosa, sino también para que revisemos nuestra relación con él. ¿Qué le podemos responder desde nuestras comunidades?
¿Conocemos cada vez mejor a Jesús, o lo tenemos “encerrado en nuestros viejos esquemas aburridos” de siempre? ¿Somos comunidades vivas, interesadas en poner a Jesús en el centro de nuestra vida y de nuestras actividades, o vivimos estancados en la rutina y la mediocridad?
¿Amamos a Jesús con pasión o se ha convertido para nosotros en un personaje gastado al que seguimos invocando mientras en nuestro corazón va creciendo la indiferencia y el olvido? ¿Quienes se acercan a nuestras comunidades pueden sentir la fuerza y el atractivo que tiene para nosotros?
¿No sentimos discípulos y discípulas de Jesús? ¿Estamos aprendiendo a vivir con su estilo de vida en medio de la sociedad actual, o nos dejamos arrastrar por cualquier reclamo más apetecible para nuestros intereses? ¿Nos da igual vivir de cualquier manera, o hemos hecho de nuestra comunidad una escuela para aprender a vivir como Jesús?
¿Estamos aprendiendo a mirar la vida como la miraba Jesús? ¿Miramos desde nuestras comunidades a los necesitados y excluidos con compasión y responsabilidad, o nos encerramos en nuestras celebraciones, indiferentes al sufrimiento de los más desvalidos y olvidados: los que fueron siempre los predilectos de Jesús?
¿Seguimos a Jesús colaborando con él en el proyecto humanizador del Padre, o seguimos pensando que lo más importante del cristianismo es preocuparnos exclusivamente de nuestra salvación? ¿Estamos convencidos de que el modo de seguir a Jesús es vivir cada día haciendo la vida más humana y más dichosa para todos?
¿Vivimos el domingo cristiano celebrando la resurrección de Jesús, u organizamos nuestro fin de semana vacío de todo sentido cristiano? ¿Hemos aprendido a encontrar a Jesús en el silencio del corazón, o sentimos que nuestra fe se va apagando ahogada por el ruido y el vacío que hay dentro de nosotros?
¿Creemos en Jesús resucitado que camina con nosotros lleno de vida? ¿Vivimos acogiendo en nuestras comunidades la paz que nos dejó en herencia a sus seguidores? ¿Creemos que Jesús nos ama con un amor que nunca acabará? ¿Creemos en su fuerza renovadora? ¿Sabemos ser testigos del misterio de esperanza que llevamos dentro de nosotros?
José Antonio Pagola
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PEDRO, ENTRE DIOS Y SATANÁS
José Luis Sicre
El evangelio de este domingo y el del siguiente forman un díptico indisoluble. En el de hoy, Pedro recibe una revelación de Dios y una misión. En el siguiente, se convierte en portavoz de Satanás. De este modo, Mateo deja claro que lo importante es la misión recibida, no la santidad del receptor.
El evangelio de este domingo se divide en tres partes: 1) lo que piensa la gente a propósito de Jesús; 2) lo que afirma Pedro; 3) las promesas de Jesús a Pedro.
1. Lo que piensa la gente
Camino de Cesarea de Filipo, muy al norte de Israel, Jesús pregunta a sus discípulos: «¿Quién dice la gente que es el Hijo del Hombre?» La expresión aramea bar enosh, podríamos traducirla con minúscula y con mayúscula.
Con minúscula, «hijo del hombre», significa «este hombre», «yo», y es frecuente en boca de Jesús para referirse a sí mismo. Por ejemplo: «Las zorras tienen madrigueras, las aves del cielo nidos, pero el hijo del hombre [este hombre] no tiene dónde recostar la cabeza» (Mt 8,20); «El hijo del hombre [este hombre, yo] tiene autoridad en la tierra para perdonar los pecados» (Mt 9,6), etc.
Con mayúscula, «Hijo del Hombre», hace pensar en un salvador futuro, extraordinario. «Os aseguro que no habréis recorrido todas las ciudades de Israel antes de que venga el Hijo del Hombre» (Mt 10,23); «El Hijo del Hombre enviará a sus ángeles para que recojan de su reino todos los escándalos y los malhechores» (Mt 13,41); «El Hijo del Hombre ha de venir con la gloria de su Padre y acompañado de sus ángeles» (Mt 16,27).
La gente que escuchaba a Jesús podía sentirse desconcertada. Cuando usaba la expresión «el Hijo del Hombre», ¿hablaba de sí mismo, de un salvador futuro o de un gran personaje religioso? Por eso no extrañan las respuestas que recogen los discípulos. Para unos, el Hijo del Hombre es Juan Bautista; para otros, de mayor formación teológica, Elías, porque está profetizado que volverá al final de los tiempos; para otros, no sabemos por qué motivo, Jeremías o alguno de los grandes profetas. Lo común a todas las respuestas es que ninguna identifica al Hijo del Hombre con Jesús, y todas lo identifican con un profeta, pero un profeta muerto, bien hace nueve siglos (Elías) o recientemente (Juan Bautista). Es obvio que Jesús no se explicaba en este caso con suficiente claridad o era intencionadamente ambiguo.
2. Lo que afirma Pedro: «Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo».
Estamos tan acostumbrados a escuchar la respuesta de Pedro que nos parece normal. Sin embargo, de normal no tiene nada. Los grupos que esperaban al Mesías lo concebían como un personaje extraordinario, que traería una situación maravillosa desde el punto de vista político (liberación de los romanos), económico (prosperidad), social (justicia) y religioso (plena entrega del pueblo a Dios). Jesús es un galileo mal vestido, sin residencia fija, que vive de limosna, acompañado de un grupo de pescadores, campesinos, un recaudador de impuestos y diversas mujeres. Para confesarlo como Mesías hace falta estar loco o tener una inspiración divina.
3. Las promesas de Jesús a Pedro
Esta tercera parte es exclusiva de Mateo. En los evangelios de Marcos y Lucas, el pasaje de la confesión de Pedro en Cesarea de Felipe termina con las palabras: “Prohibió terminantemente a los discípulos decirle a nadie que él era el Mesías”. Sin embargo, Mateo introduce aquí unas palabras de Jesús a Pedro.
Comienzan con una bendición, que subraya la importancia del título de Mesías que Pedro acaba de conceder a Jesús. No es un hereje ni un loco, sus palabras son fruto de una revelación del Padre. Nos vienen a la memoria lo dicho en 11,25-30: “Nadie conoce al Hijo sino el Padre, y aquel a quien el Padre se lo quiere revelar”.
Basándose en esta revelación, no en los méritos de Pedro, Jesús le comunica unas promesas: 1) sobre él, esta roca, edificará su Iglesia; 2) le dará las llaves del Reino de Dios; 3) como consecuencia de lo anterior, lo que él decida en la tierra será refrendado en el cielo.
Las afirmaciones más sorprendentes son la primera y la tercera. En el AT, la “roca” es Dios. En el NT, la imagen se aplica a Jesús. Que el mismo Jesús diga que la roca es Pedro supone algo inimaginable, que difícilmente podrían haber inventado los cristianos posteriores. (La escapatoria de quienes afirman que Jesús, al pronunciar las palabras “y sobre esta piedra edificaré mi iglesia” se refiere a él mismo, no a Pedro, es poco seria).
La segunda afirmación (“te daré las llaves del Reino de Dios”) se entiende recordando la promesa de Is 22,22 al mayordomo de palacio Eliaquín, tema de la primera lectura de hoy: “Colgaré de su hombro la llave del palacio de David: lo que él abra nadie lo cerrará, lo que él cierre nadie lo abrirá”. Se concede al personaje una autoridad absoluta en su campo de actividad. Curiosamente, el texto de Mateo cambia de imagen, y no habla luego de abrir y cerrar sino de atar y desatar. Pero la idea de fondo es la misma.
El texto contiene otra afirmación importantísima: la intención de Jesús de formar una nueva comunidad, que se mantendrá eternamente. Todo lo que se dice a Pedro está en función de esta idea.
¿Por qué pone de relieve Mateo este papel de Pedro? ¿Le guía una intención eclesiológica, para indicar cómo concibe Jesús a su comunidad? ¿O tienen una finalidad mucho más práctica? Ambas ideas no se excluyen, y la teología católica ha insistido básicamente en la primera: Jesús, consciente de que su comunidad necesita un responsable último, encomienda esta misión a Pedro y a sus sucesores.
Es posible que haya también de fondo una idea más práctica, relacionada con el papel de Pedro en la iglesia primitiva. Uno de los mayores conflictos que se plantearon desde el primer momento fue el de la aceptación o rechazo de los paganos en la comunidad, y las condiciones requeridas para ello. Los Hechos de los Apóstoles dan testimonio de estos problemas. En su solución desempeñó un papel capital Pedro, enfrentándose a la postura de otros grupos cristianos conservadores (Hechos 10-11; 15). En aquella época, en la que Pedro no era “el Papa”, ni gozaba de la “infalibilidad pontificia”, las palabras de Mateo suponen un espaldarazo a su postura en favor de los paganos. “Lo que ates en la tierra quedará atado en el cielo y lo que desates en la tierra quedará desatado en el cielo”. Es Pedro el que ha recibido la máxima autoridad y el que tiene la decisión última.
Apéndice 1. El papel de Pedro en la iglesia primitiva
Un detalle común a las más diversas tradiciones del Nuevo Testamento es la importancia que se concede a Pedro. El dato más antiguo y valioso, desde el punto de vista histórico, lo ofrece Pablo en su carta a los Gálatas, donde escribe que tres años después de su conversión subió a Jerusalén «a conocer a Cefas [Pedro] y me quedé quince días con él» (Gálatas 1,18). Este simple detalle demuestra la importancia excepcional de Pedro. Y catorce años más tarde, cuando se plantea el problema de la predicación del evangelio a los paganos, escribe Pablo: «reconocieron que me habían confiado anunciar la buena noticia a los paganos, igual que Pedro a los judíos; pues el que asistía a Pedro en su apostolado con los judíos, me asistía a mí en el mío con los paganos» (Gálatas 2,7).
Esta primacía de Pedro queda reflejada en diversos episodios de los distintos evangelios. Basta recordar el triple encargo («apacienta mis corderos», «apacientas mis ovejas», «apacientas mis ovejas») en el evangelio de Juan (21,15-17), equivalente a lo que acabamos de leer en Mateo.
Lo mismo ocurre en los Hechos de los Apóstoles. Después de la ascensión, es Pedro quien toma la palabra y propone elegir un sustituto de Judas. El día de Pentecostés, es Pedro quien se dirige a todos los presentes. Su autoridad será decisiva para la aceptación de los paganos en la iglesia (Hechos 10-11). Este episodio capital es el mejor ejemplo práctico de la promesa: «lo que ates en la tierra quedará atado en el cielo».
Apéndice 2. Mateo: ¿falsario o teólogo?
Lo anterior ayuda a responder una pregunta elemental desde el punto de vista histórico: si las promesas de Jesús a Pedro sólo se encuentran en el evangelio de Mateo, ¿no serán un invento del evangelista? Así piensan muchos autores.
Pero el término «invento» se presta a confusión, como si todo lo que se cuenta fuera mentira. Los escritores antiguos tenían un concepto de verdad histórica muy distinto del nuestro, como he intentado demostrar en mi libro Satán contra los evangelistas. Para nosotros, la verdad debe ir envuelta en la verdad. Todo, lo que se cuenta y la forma de contarlo, debe ser cierto (esto en teoría, porque infinitos libros de historia se presentan como verdaderos, aunque mienten en lo que cuentan y en la forma de contarlo). Para los antiguos, la verdad se podía envolver en un ropaje de ficción.
La verdad, testimoniada por autores tan distintos como Pablo, Juan, Lucas, Marcos, es que Pedro ocupaba un puesto de especial responsabilidad en la iglesia primitiva, y que ese encargo se lo había hecho el mismo Dios, como reconocen Pablo y Juan. Lo único que hace Mateo es envolver esa verdad en unas palabras distintas, quizá inventadas por él, para dejar claro que la primacía de Pedro no es cuestión de inteligencia, ni de osadía, se debe a una decisión de Jesús. Y para corroborar que no son los méritos de Pedro, añade el episodio que leeremos el próximo domingo.
José Luis Sicre
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¿Quién dice que soy yo?
P. José Luis García
El evangelio de este 21º Domingo Ordinario nos recuerda cuál fue el origen y el fundamento que Jesús puso al pensar en la Iglesia, en la “Asamblea” de los seguidores de Cristo. Porque hay que recordar que la palabra “Iglesia”, en griego significa “asamblea”.
Nuestro evangelio nos ubica en Cesarea de Filipo, un pueblo que está más allá de las fronteras de Israel. Jesús está tomando unos días de “retiro”, ahí en donde la gente no lo conoce; se lleva a sus apóstoles para reflexionar, quiere aclarar, delante de la voluntad de Dios, su propia misión y el futuro de su trabajo pastoral. En este ambiente de retiro, Jesús hace una pregunta muy importante a sus discípulos: “Ustedes, ¿quién dicen que soy yo?”. Y es Pedro quien se apresura a responder, asegurando que Jesús es “el Mesías, el Hijo de Dios”. Tal vez esta respuesta se muestra como el fruto de aquel retiro.
Ante estas palabras Jesús queda positivamente sorprendido, y en esa respuesta descubre que Dios lo invita a ver el futuro de su Misión, o sea, la fundación de la Iglesia, la asamblea de sus seguidores.
A la respuesta de Pedro, Jesús exclama: “¡Dichoso tú Simón, hijo de Juan, porque esto no te lo ha revelado la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos…” Jesús deja claro que los caminos de Dios son muy diferentes a los nuestros, Dios le manifiesta sus misterios a un pobre pescador, de poca cultura, un hombre rudo de Galilea; esa confesión de fe no es fruto de razonamientos o de estudios, ni de conclusiones o memorizaciones hechas con criterios humanos…
La Iglesia de Jesús, fundada en la fe de Pedro, no es fruto ni obra de la carne o de la sangre…, eso quiere decir que la “Asamblea” de los seguidores de Jesús tiene otros fundamentos, que son puro don de Dios. La fe de Pedro se dio en ese “retiro”…
Este es un domingo para pensar en nuestra “iglesia”, nuestra Asamblea de seguidores de Jesús, ver cuáles son sus fundamentos. Como institución social y humana puede contaminarse con cosas que vienen de la “carne y de la sangre”. De vez en cuando nos hacen falta esos “retiros” para platicar con Jesús, ir más allá de las fronteras de la vida cotidiana, preguntarnos “¿quién es Jesús para mi?” y dejar que el Padre nos revele y nos regale el don de poder aceptar a Jesús como nuestro Mesías y como el Hijo de Dios. Y cuando una Iglesia está fundada en una fe como la de Pedro, entonces estaremos seguros de que “los poderes del infierno no prevalecerán sobre ella”.
Pedro – piedra que da solidez a la Unidad y a la Misión
Romeo Ballan mccj
Jesús hace un sondeo de opinión sobre su Persona, pero va más allá de los resultados del sondeo (Evangelio). ¿Quién es Jesús? ¿Cuál es su verdadera identidad? ¿Qué opina la gente de Él? Y ustedes, ¿quién dicen que soy? Son preguntas que nos rebotan del pasado y que son siempre actuales. La afirmación central de este domingo es la respuesta de Simón Pedro, en nombre también de los demás, sobre la identidad de Jesús: “Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo” (v. 16). La opinión de la gente (v. 14) coloca a Jesús entre los grandes profetas de Israel (Elías, Jeremías, Juan el Bautista…), lo cual ya es una buena aproximación, aunque todavía en un nivel espectacular. La gente reconoce la grandeza de Jesús (milagros, doctrina…), pero no llega a conocer plenamente su identidad.
Para alcanzarla, se necesitan criterios interpretativos nuevos. Es necesario un suplemento de fe. La respuesta de Pedro, en efecto, es fruto de una luz superior, que viene del Padre (v. 17); por eso va más allá de la capacidad humana (de la carne y la sangre). Pero, a pesar de esta luz nueva, Pedro comprende solo parcialmente la identidad y la misión de Jesús: lo comprueba el texto del Evangelio de Mateo que sigue sobre la cruz (cfr. Evangelio del próximo domingo). Esto demuestra la dificultad de creer; es difícil para todos. Cristianos no se nace, pero se llega a ello. Creer en Jesús quiere decir “seguirle”, es decir, ponerse en camino y buscar cada día asumir sus ‘sentimientos’ de total abandono en el Padre, “imitar” su mismo ‘estilo de vida’ a través de gestos de bondad, misericordia, acogida, compartir…
En un intercambio de mutuas confidencias, Pedro reconoce la identidad de Jesús (Tú eres el Cristo…); Jesús revela la identidad de Pedro (Tú eres Pedro…) y lo compromete en su proyecto por una nueva comunidad: su Iglesia, que durará por los siglos (v. 18). A pesar de las dificultades y las resistencias históricas ante este texto de Mateo, el plan de Jesús para su Iglesia sigue vigente. Según la tradicional interpretación católica, las tres metáforas de la piedra (v. 18), las llaves (v. 19) y el binomio atar-desatar (v. 19) se complementan con la entrega post-pascual a Pedro del servicio de apacentar, con amor, al pueblo de la nueva alianza (cfr. Jn 21,15s). La fe de Pedro – y la de sus sucesores – es prioritaria y fundamental: solo así nace, se funda, crece la Iglesia. En el testimonio humilde del apóstol Pedro el Señor ha puesto el fundamento de nuestra fe, para que nosotros también seamos piedras vivas para la edificación de la Iglesia (Oración colecta).
No cualquier forma de ejercer la autoridad es agradable a Dios y buena para el pueblo, como lo confirma la destitución de Sebná, intrigante mayordomo de palacio (I lectura, v. 19), porque el Señor quiere un “padre para los habitantes de Jerusalén” (v. 21). Para Jesús, que es “el Señor y el Maestro” (Jn 13,14), que “no ha venido para ser servido, sino para servir y dar su vida” (Mt 20,28), la autoridad (las llaves) se entrega a Pedro y a la Iglesia para un servicio al pueblo de Dios en una diaconía sin fin. Cuanto más amplia es la autoridad, más intenso ha de ser el amor y generoso el servicio. ¡Para que en la tierra todos tengan vida y la familia humana viva unida! Es este el objetivo de la misión, que el Papa Francisco vuelve a proponer cada vez que habla de la Iglesia.
El Concilio nos da la dimensión teológica y misionera del proyecto de Jesús: “La Iglesia peregrinante es misionera por su naturaleza” (AG 2). Porque “la Iglesia existe para evangelizar” (Pablo VI, en EN 14). No es un hecho marginal que Jesús hable de su proyecto de Iglesia, estando en un territorio pagano (v. 13: región de Cesarea de Filipo), en un contexto geográfico y étnico semejante al de la mujer cananea (ver el Evangelio del domingo pasado). Estos dos hechos (la cananea y Pedro), que Mateo narra, revelan dos valores importantes para comprender la identidad de Jesús: la fe y la misión. ¡Dos valores necesarios! Ante todo, Jesús elogia la fe de ambos, aunque la expresan de manera diferente. Además, los dos hechos revelan el carácter universal de la misión de Cristo y de la Iglesia. ¡Una misión de salvación abierta a todos los pueblos, cercanos y lejanos!
Un sondeo de opinión acerca de la identidad de Jesús, realizado en nuestros días, nos daría igualmente resultados aproximativos y reductivos. Es un hecho que una proporción elevada de fieles bautizados se han alejado de la Iglesia, del Evangelio y de Cristo, si bien nunca se puede medir el nivel de fe de una persona. Para ellos se requiere una nueva evangelización, con los contenidos y métodos de la misión ad gentes, es decir, la primera evangelización (cfr. RMi 33). Para muchos es necesario comenzar nuevamente por los fundamentos de la fe cristiana, utilizando adecuados métodos pedagógicos.
El Evangelio de hoy y algunas fiestas de la época veraniega vuelven a proponer tres elementos típicos del identikit del católico. Estos valores son: Eucaristía, Virgen María y Papa, los tres a la vez. Son elementos que sostienen y fortalecen la fe del cristiano, iluminan su sentido de pertenencia a la Iglesia, esclarecen su identidad, lo ayudan a ser sal y luz dentro del confuso panorama religioso de nuestro tiempo, ante los no cristianos. En especial, ante no cristianos, o protestantes, ortodoxos, evangélicos y otros grupos. No se trata de polemizar o establecer confrontaciones odiosas. Para el católico, son tres amores irrenunciables, que estamos llamados a compartir y a proponer a los demás con humildad y respeto; son valores que llenan de gozo la vida y la misión del cristiano en cualquier lugar del mundo.
Cuando profesamos nuestra fe, decimos: Creo la Iglesia una, santa, católica y apostólica; podríamos añadir también una quinta nota: perseguida, lo cual es una realidad permanente en la historia, hasta nuestros días en muchos lugares del mundo. “Ser hombres-mujeres de Iglesiaquiere decir ser hombres-mujeres de comunión”, nos recuerda el Papa Francisco. Pertenecer a la Iglesia es un valor grande, un don precioso del Señor. Un regalo que postula nuestro agradecimiento constante y nuestro compromiso para custodiarlo y compartirlo con humildad y respeto. Pidamos al Señor que nos conceda, como a santa Teresa de Ávila, el gozo de vivir y de “morir como hijos-hijas de la Iglesia”.
UN DESCUBRIMIENTO QUE TE CAMBIA EL NOMBRE Y LA VIDA
Fernando Armellini
Introducción
Circulaba al final de los años 60 un retrato de Cristo “en busca de captura” (wanted): pelo largo, barba descuidada, amigo de marginados, mensaje revolucionario, “mal-visto” por los poderes establecidos. Era el “Jesús de los contestatarios” quien, por cierto tiempo, entró encompetencia con el tradicional “Jesús místico”, el favorito de quienes se sentían atraídos por la religión de las devociones y del intimismo. Tuvo también su época el “Cristo triunfante”, entre estandartes: era el “conquistador de reinos” y protector de los soberanos de este mundo.
El “Jesús místico” parece ser el más inoxidable de todos, el que más dura: es el quegarantiza la justicia, premia a los buenos, protege a los piadosos y castiga a los malvados. A veces, algunos incluso le asignan el papel de “asusta-malos” o del “Coco” con que se amenaza a los niños caprichosos y desobedientes. De todos modos, es la última garantía de comportamientos morales, considerados positivos. Está también el “Jesús que llevamos dentro” desde los años de la infancia, el que nos presentaron catequistas más voluntariosos que preparados, un Jesús que quizás nunca terminó de convencernos y que, un día, no tuvo yanada más que decirnos y, por lo tanto, lo abandonamos por el camino.
Jesús parece ser un personaje al que todos quieren tener de su parte y, para eso, los hombres no han dudado, a lo largo de los siglos, en manipularlo, maquillarlo, suavizar sus aristas, hacerlo más presentable. Después de dos mil años, Jesús no cesa de provocar y de interpelar a todos y cada uno de nosotros y, como hizo aquel día en las cercanías de Cesarea de Filipo, nos lanza el desafío de una pregunta embarazosa: “Y ustedes, ¿quién dicen que soyyo?” Frente a tantas imágenes que circulan de Él, no es fácil dar con su rostro auténtico.
Primera lectura: Isaías 22,19-23
19Así dice el Señor a Bobná, mayordomo del palacio: 19”Te echaré de tu pueblo, te destituiré de tu cargo. 20Aquel día llamaré a mi siervo Eliacín, hijo de Jelcías: 21le vestiré tu túnica, le ceñiré tu banda, le daré tus poderes; será un gobernante para los habitantes de Jerusalén y para el pueblo de Judá. 22Le pondré en las manos la llave del palacio de David: lo que él abra nadie lo cerrará, lo que él cierre nadie lo abrirá. 23Lo hincaré como un clavo en sitio firme; dará un trono glorioso a su familia.
El hecho a que se refiere esta profecía es bien conocido. El rey Ezequías (siglo 8 a.C.), un buen hombre un tanto ingenuo, había escogido como mayordomo a Sobná, un oportunista, un corrupto que se servía del dinero público para construirse su propio espléndido mausoleo.Sobná era un tipo intrigante que, contra el parecer de Isaías, propugnaba la alianza con Egipto. Finalmente, fue destituido y su cargo ofrecido a Eliacín, hijo de Jelcías. Isaías aprobó esta sabia decisión. El nuevo mayordomo era honesto, capaz, políticamente de fiar. El profeta habla de él en términos entusiastas: “Será un padre para los habitantes de Jerusalén y para todo el pueblo de Judá” (v. 21).
El episodio nos interesa porque nos informa sobre cómo se realizaba en aquellos tiempos el traspaso de poderes: el rey arrancaba la túnica y la banda de aquel que se había mostrado inepto y entregaba estas insignias al nuevo encargado quien, vestido con la túnica y ceñida la banda, recibía las llaves del palacio (vv. 20-22). Recibir las llaves equivalía a asumir todos los poderes relativos al buen funcionamiento de la casa real, administrar los bienes del soberano y decidir quién podía ser recibido en audiencia y quién no. El pasaje concluye con dos imágenes que preanuncian el lugar que ocupará Eliacín: será como un clavo hincado en sitio firme y como un trono, orgullo para toda su familia (v. 23).
Aun cuando pueda parecer que el profeta le estuviera augurando una carrera fulgurante y prestigiosa, en realidad, está anunciado su ocaso político. En los versículos siguientes (vv. 24-25, que no forman parte de la lectura) Isaías describe con sutil ironía el final nada glorioso de Eliacín: “Lo hincaré como un clavo en sitio firme… colgarán de él los nobles de su familia, vástagos y descendientes, toda la vajilla menor, de bandejas a cántaros… Aquel día, oráculo del Señor, caerá el clavo hincado en sitio firme y la carga que colgaba de él se soltará, caerá y se romperá”. Es una presentación satírica de las consecuencias del nepotismo al que también Eliacín, por desgracia, terminará por ceder; aprovechándose de su posición favorecióa parientes, amigos y allegados… quienes se agarraron a él hasta convertirse en un peso insoportable y, claro, el clavo cedió… y todos cayeron y se hicieron pedazos. ¡Pobre Eliacín, un hombre bueno arruinado por el poder!
Segunda lectura: Romanos 11,33-36
33¡Qué profunda es la riqueza, la sabiduría y prudencia de Dios! ¡Qué insondables sus decisiones, qué incomprensibles sus caminos! 34¿Quién conoce la mente de Dios? ¿Quién fue su consejero? 35¿Quién le dio primero para recibir a cambio? 36De Él, por Él, para Él existe todo. A Él la gloria por los siglos. Amén.
La lectura presenta la parte conclusiva de la larga exposición del problema que tanto ha angustiado a Pablo: su pueblo ha rechazado reconocer en Jesús al Mesías de Dios. Como vimos la semana pasada, la infidelidad de Israel había tenido un efecto positivo para Pablo: la entrada de los paganos a formar parte de la Iglesia. Fueron las persecuciones de los judíos las que forzaron a los discípulos a huir de Jerusalén, a dispersarse por el mundo y anunciar el Evangelio a los paganos (cf. Hch 11,19-21).
Frente a esta “habilidad” de Dios de guiar los acontecimientos de la historia y obtener bien del mal, Pablo exclama: “¡Qué profunda es la riqueza, sabiduría y prudencia de Dios! ¡Qué insondables sus decisiones, qué incomprensibles sus caminos!” (v. 33). Los designios del Señor son verdaderamente incompresibles e imprevisibles, no solo en la historia de los pueblos, sino en la vida de cada persona. El enigma del mal ha afligido siempre a la humanidad y ninguna mente, por más iluminada que haya sido, podrá nunca dar una respuesta convincente. Ni siquiera el libro de Job, donde el problema se confronta directamente, nos ha dado una respuesta.
Pablo invita a inclinarnos ante el misterio y a reconocer humildemente que los caminos del Señor son inescrutables. Existe, sin embargo, una certeza que nos da la fe: todo lo que ocurre está dirigido por el amor de Dios y todo acontecimiento, aun el más dramático, tiene un sentido.
Evangelio: Mateo 16,13-20
13En aquel tiempo, cuando llegó Jesús a la región de Cesarea de Filipo, preguntó a los discípulos: “¿Quién dice la gente que es el Hijo del Hombre?” 14Ellos contestaron: “Unos dicen que es Juan el Bautista; otros, que es Elías; otros, Jeremías o algún otro profeta.” 15Él les dijo: “Y ustedes, ¿quién dicen que soy?” 16Simón Pedro respondió: “Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo”. 17Jesús le dijo: “¡Dichoso tú, Simón, hijo de Jonás, porque no te lo ha revelado nadie de carne y hueso, sino mi Padre del cielo! 18Pues yo te digo que tú eres Pedro y sobre esta piedra construiré mi Iglesia, y el imperio de la muerte no la vencerá. 19A ti te daré las llaves del reino de los cielos: lo que ates en la tierra quedará atado en el cielo; lo que desates en la tierra quedará desatado en el cielo”. 20Entonces les ordenó que no dijeran a nadie que Él era el Mesías.
Sabemos muy bien distinguir al amigo del colega de trabajo, de los compañeros de juego o del bar, de los hinchas de nuestro club de fútbol. Son diversos los sentimientos que experimentamos hacia una muchacha recién conocida, hacia la novia y hacia la esposa. Cuando el amor llama a nuestras puertas, inmediatamente salta el mecanismo de los celos, aparece el tormento del miedo a perder a la persona amada, la intolerancia a cualquier rival. Es una pasión difícil de controlar. “Cruel es el enojo, destructiva la ira, pero ¿quién resistirá a los celos?” (Prov 27,4). “Los celos acortan los días, anticipan la vejez” (cf. Eclo 30,24).
También Dios es “celoso” porque nadie está tan enamorado del hombre como Él.Decenas de veces aparecen en Antiguo Testamento expresiones como: “Yo, el Señor, soy un Dios celoso” (Ex 20,5); “siento celos de Sión…unos celos que me arrebatan” (Zac 8,2); “En el fuego de mi celo se consumirá la tierra entera” (Sof 3,8). Dios exige un amor exclusivo que compromete todo el corazón, toda el alma, todas las fuerzas (Dt 6,6); en el corazón del hombre no puede haber lugar sino para Dios.
También Jesús exige este amor sin reservas: “Si alguien viene a mí y no me ama más que a sus padres y su madre, a su mujer y a sus hijos, a sus hermanos y hermanas, y hasta a su propia vida, no puede ser mi discípulo” (Lc 14,26). Nada ni nadie puede anteponerse a Él, ni siquiera los afectos más naturales; éste es el sentido de la imagen paradójica que utiliza.
Un día, a la vista de la ciudad que Filipo, uno de los hijos de Herodes el grande, había fundado en el extremo norte del país, Jesús dirige a los apóstoles dos preguntas. La primera, bastante fácil de responder: “¿Quién dice la gente que es el Hijo del hombre?”. Más comprometida la segunda: “Y ustedes ¿quién dicen que soy?” Las opiniones en circulación lo comparaban con personajes eminentes: Juan Bautista, Elías, Jeremías, los antiguos profetas (vv. 13-14).
Es innegable la admiración de los hombres de todos los tiempos por Jesús y, sin embargo, la estima y la admiración no bastan. Él no es la personificación, la concretización de los valores excelentes que atraen y fascinan, en general, a todas las personas de buena voluntad; no es uno de tantos que se han distinguido por su honestidad y lealtad, por su amor a los pobres, por el compromiso en favor de la justicia, la paz, de la no violencia.
Para empezar, Jesús, solo como hombre, los deja atrás a todos porque no sigue las tácticas y estrategias humanas. Baste considerar sus decisiones: espera a la madurez para iniciar su misión, da preferencia a la vida escondida, no revela su proyecto sino a algunospocos amigos, íntimos y escogidos y solo gradualmente desmantela toda lógica humana, absolutamente toda, hasta entregar su vida, hasta hacer de su derrota un triunfo. Pero ni siquiera esto es suficiente para que Él nos reconozca como “discípulos” suyos. Discípulo es quien ha comprendido que Él es único, como única es la persona de la que nos enamoramos, de la que nos fiamos ciegamente y por la que estamos dispuestos a todo.
Es justo entonces cuando llega la respuesta sorprendente de Pedro quien, en nombre de los demás discípulos, demuestra haber comprendido todo. Le dice: “Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo”, el Salvador de quien han hablado los profetas y que espera todo nuestro pueblo (v. 16). Eres aquel por quien estamos dispuestos a jugarnos la vida. Es difícil encontrar una respuesta más exacta… y, sin embargo, en el último versículo del pasaje evangélico (v. 20) el evangelista añade que Jesús impone el silencio a los discípulos, severamente, como antes había hecho con los demonios.
La razón es simple: Pedro ha dado una respuesta exacta solo en la forma; en realidad tiene en mente una idea completamente equivocada. Está convencido de que Jesús está a punto de dar comienzo al reino de Dios mediante una exhibición de fuerza, prodigios y señales que captarán la atención de todos.
También los otros discípulos piensan como Pedro; aunque han comprendido a Jesús un poco más que la gente, todavía son prisioneros de la mentalidad común que valora el éxito de una vida en relación con los triunfos obtenidos. Ninguno se ha dado cuenta de que el Maestro, desde el principio, ha considerado diabólica la propuesta de hacerse con el poder y dominar sobre los reinos de este mundo.
En la segunda parte del pasaje (vv. 17-20) aparece la respuesta de Jesús a Simón: “Túeres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia…”. La interpretación de estas palabras es más difícil de lo que parece. ¿Por qué razón y en qué sentido es llamado Simón “piedra” sobre la que se edificará la Iglesia? ¿Una simple afirmación del primado del Papa? No, mucho más.
Comencemos por dos observaciones que podrán ayudarnos a entender este texto tan importante. Hay que recordar, ante todo, que de la “roca” puesta como fundamento de la Iglesia se habla otras veces en el Nuevo Testamento. Y que esta “roca”, sólida e inamovible,es siempre Cristo. “Nadie puede poner otro cimiento que el ya puesto, que es Jesucristo” (1Cor 3,11). A los cristianos de las comunidades de Asia Menor, les recuerda así su gloriosa condición: “Ustedes no son extranjeros ni huéspedes, sino conciudadanos de los consagrados y de la familia de Dios; edificados sobre el cimiento de los apóstoles, con Cristo como piedra angular. Por Él, todo el edificio bien trabado crece hasta ser santuario consagrado al Señor(Ef 2,19-21). Más explícito aun es Pedro quien, en su primera carta, invita a los neo-bautizados a no separarse jamás de Cristo porque “Él es la piedra viva, rechazada por los hombres, elegida y estimada por Dios”; después desarrolla la imagen y, dirigiéndose a los cristianos, dice: “también ustedes como piedras vivas, participan en la construcción de un templo espiritual”, unidos como están a la “piedra angular, elegida, preciosa” colocada por Dios (1 Pe 2,4-6).
La segunda observación es que el nombre dado a Simón—Cefas-Pedro—en arameo (la lengua madre de Jesús) no significa, con toda probabilidad, “roca”, sino simplemente piedra de construcción. Si las cosas están así, la piedra de que habla Jesús es la fe profesada por Pedro. Es ésta fe la que constituye el fundamento de la Iglesia, la que la mantiene unida a Cristo-roca, la que la vuelve indestructible y le permite no ser nunca derrotada por las fuerzas del mal. Todos aquellos que, como Pedro y con Pedro, profesan esta fe, están insertos como piedras vivas en el edificio espiritual proyectado por Dios.
La expresión puertas del infierno no hay que entenderla materialmente. Estas puertas representan el poder del mal, indican todo lo que se opone a la vida y al bien del hombre. Nada ni nadie podrá impedir jamás a la Iglesia—asegura Jesús—llevar a cumplimiento su obra de Salvación, a condición de que permanezca siempre estrechamente unida a Él, Hijo del Dios vivo.
Pedro recibe las llaves y el poder de atar y desatar. Antes de aclarar el significado de estas dos imágenes utilizadas frecuentemente por los rabinos, hay que notar que el poder de atar y desatar no es reservado a Pedro sino que es conferido, inmediatamente después, a toda la comunidad (cf. Mt 18,18; Jn 20,23). Entregar las llaves –lo hemos comentado en la primera lectura– equivale a conferir el cargo de supervisar la vida que se desarrolla al interiordel palacio; significa conceder el poder de admitir o negar la entrada al mismo.
Los rabinos estaban convencidos de poseer las llaves de la Torah porque conocían las Sagradas Escrituras; creían que todos debían depender de ellos, de sus decisiones doctrinales, de sus juicios; se sentían con el derecho a discriminar entre justos e injustos, entre santos y pecadores. Jesús rechaza este supuesto derecho en su dura recriminatoria contra los escribas: “¡Ay de ustedes, doctores de la ley, que se han quedado con las llaves del saber; ustedes no han entrado y se lo impiden a los que quieren entrar!” (Lc 11,52). En vez de abrir la puerta de la Salvación, ellos la cerraban, ocultando al pueblo el verdadero rostro de Dios y su voluntad.
Jesús les ha quitado a esos tales la llave de la que abusivamente se habían apropiado; ahora es solamente suya. Retomando la profecía de Isaías sobre Eliacín, el vidente del Apocalipsis declara que Cristo, y ningún otro, es el que “abre y nadie puede cerrar, el que cierra y nadie puede abrir” (Ap 3,7). El edificio espiritual al que Jesús hace referencia es el “reino de los cielos”, la nueva condición en la que entra quien se convierte en su discípulo; la llave que permite entrar es la fe profesada por Pedro.
Entregando las llaves a Pedro, Jesús no le encarga que sea el portero del paraíso, ni, muchos menos, “comportarse como el patrón” de las personas encomendadas a él, sino que loinsta a convertirse en modelo del rebaño (cf. 1 Pe 5,3). Le encomienda la tarea de abrir de par en par el acceso al conocimiento de Cristo y de su Evangelio. Quien pasa a través de la puerta abierta por Pedro con su confesión de fe (ésta es la “puerta santa”) accede a la Salvación, quien lo rechaza, queda excluido.
También la imagen atar y desatar es bien conocida por ser frecuentemente utilizada por los rabinos en tiempos de Jesús. Se refería a las decisiones sobre cuestiones morales: atar significaba prohibir; desatar equivalía a declarar lícito. Indicaba también el poder de pronunciar juicios de aprobación o condena acerca del comportamiento de las personas y, por tanto, de admitirlas o excluirlas de la comunidad. Profundizaremos y aclararemos este concepto cuando, dentro de dos domingos, analicemos Mateo 18,18, donde aparece que esta misma autoridad de declarar quién pertenece al reino y quién no es concedida por Jesús a toda la Iglesia.
Concluyendo podemos decir que, en el pasaje del evangelio de hoy, como en otros numerosos textos del Nuevo Testamento (cf. Mt 10,2; Lc 22,32; Jn 21,15-1), resulta claro que a Pedro le ha sido confiado un encargo particular en la Iglesia: es él quien aparece siempre primero, llamado a apacentar los corderos y las ovejas y a sostener en la fe a sus hermanos.
Los malentendidos y las divisiones no han surgido de esta verdad sino de la manera como se ha llevado a cabo este servicio. A lo largo de los siglos—debemos admitirlo con humilde sinceridad—ha degenerado tantas veces… Y, de ser signo de Amor y de Unidad, se ha convertido en expresión y abuso de poder. Como el mismo Papa lo ha reconocido expresamente, es necesaria una revisión del ejercicio de este ministerio, de modo que el Obispo de Roma se convierta realmente para todos, según la estupenda definición de Ireneo de Lyon (siglo II) en “aquel que preside en la caridad”.