Año A – 20.º Domingo del Tiempo Ordinario
Mateo 15,21-28: «Mujer, ¡qué grande es tu fe!»

El Evangelio de este vigésimo domingo nos presenta el encuentro de Jesús, fuera de las fronteras de Israel, con una mujer cananea que le suplica que cure a su hija. A primera vista, el episodio puede parecer desconcertante e incluso escandaloso: ante los gritos angustiados de la mujer, Jesús responde primero con el silencio —«no le respondió palabra alguna»—; después, a pesar de la intervención de los discípulos, con un rechazo: «Solo he sido enviado a las ovejas perdidas de la casa de Israel»; finalmente, recurre a una expresión muy dura: «No está bien tomar el pan de los hijos y echárselo a los perritos». Solo después de esta dramática secuencia Jesús acoge la petición de la mujer y elogia su fe.

El relato se encuentra también en el Evangelio de Marcos, de forma más concisa (Marcos 7,24-30). Lucas no recoge este episodio, quizá porque desarrolla en otros relatos el tema de la apertura a los paganos.

¿Cómo entender este pasaje evangélico? Podemos proponer tres claves de lectura.

  1. Una explicación relacionada con las circunstancias. Jesús se había alejado de Galilea para retirarse con los suyos, después de un durísimo enfrentamiento con los escribas y los fariseos enviados desde Jerusalén sobre la cuestión de lo puro y lo impuro. Deseaba, por tanto, pasar inadvertido. Así lo confirma Marcos 7,24: «No quería que nadie lo supiera, pero no pudo permanecer oculto».
  2. Una explicación metodológica. Durante su ministerio terrenal, Jesús reconoce una prioridad a la misión entre el pueblo de Israel, sin excluir significativas aperturas hacia los paganos.
  3. Una explicación pedagógica. Según una posible lectura pedagógica, mediante este intenso diálogo Jesús conduce a la mujer pagana a manifestar una fe extraordinaria y la presenta como ejemplo a los discípulos y a nosotros. El contraste con Pedro resulta particularmente significativo, pues en el Evangelio del domingo anterior Jesús lo había llamado «hombre de poca fe».

Pero procedamos por etapas.

1. Jesús, un hombre dispuesto a dejarse… interrumpir

Jesús no era un profeta que vagaba sin rumbo, dejándose guiar únicamente por las circunstancias o por encuentros casuales. Había recibido del Padre una misión y la llevaba adelante con constancia y determinación, orientando tanto los lugares —«Es necesario que anuncie también a las otras ciudades la Buena Noticia del Reino de Dios, porque para esto he sido enviado» (Lucas 4,43)— como los tiempos: «Id a decir a ese zorro [el rey Herodes]: “Yo expulso demonios y realizo curaciones hoy y mañana; y al tercer día mi obra estará cumplida”» (Lucas 13,32).

Y, sin embargo, ¡cuántas veces Jesús se dejó «interrumpir» por los acontecimientos y por las personas! Recordemos, por ejemplo, cuando quiso retirarse con los suyos a un lugar solitario, pero cambió sus planes porque se encontró ante una gran multitud y sintió compasión de ella (cf. Marcos 6,30-34). Lo mismo sucede aquí, en el encuentro con la mujer cananea. Algo parecido ya había ocurrido en Caná, cuando María, su madre, lo había instado a actuar antes de que llegara «su hora».

Jesús se deja alcanzar por el sufrimiento concreto de las personas. La suya es una vida abierta a lo imprevisto, hasta la interrupción extrema y dramática de la cruz.

Esto debería hacernos reflexionar sobre nuestra vida —y también sobre la vida de la Iglesia—, a veces tan programada y planificada que no deja espacio para interrupción alguna; ni siquiera para aquella que resulta necesaria a fin de detenerse ante el hombre abandonado, medio muerto, al borde del camino.

2. Jesús, el profeta que… cruza fronteras

La entrada de Jesús en los territorios paganos pone de manifiesto un rasgo característico de su misión: supera las barreras y los cercados producidos por interpretaciones rígidas de la Ley, por ciertas costumbres sociales y por cualquier forma de exclusivismo religioso. Aunque declara que, en aquella etapa de su misión, se dirige a las «ovejas perdidas de la casa de Israel», Jesús no se deja aprisionar por esquemas rígidos y preconcebidos.

Se acerca a quienes la sociedad religiosa considera impuros o pecadores, no divide el mundo de manera simplista entre buenos y malos y sabe reconocer el bien dondequiera que se encuentre. Es como una abeja que recoge el néctar de cada flor y transforma cada encuentro en una oportunidad de vida.

También aquí encontramos un verdadero desafío para nosotros, los creyentes. A menudo «traspasamos los límites» mediante la crítica, las habladurías y la intromisión indebida en la vida ajena; al mismo tiempo, sin embargo, confinamos nuestras relaciones, levantamos cercas, cortamos puentes y cultivamos localismos que crean mundos separados e incomunicados. Jesús nos invita, en cambio, a «cruzar fronteras» mediante el diálogo y el encuentro con quienes son diferentes de nosotros.

3. Jesús, … arquero de la fe

Al comentar el episodio de la mujer cananea, el cardenal Carlo Maria Martini utilizó una imagen que me impresionó: la de un arquero que prueba un arco nuevo y comprueba su resistencia.

Así parece actuar Jesús con la fe de esta mujer, a través de la dramática secuencia de sus tres respuestas: primero el silencio, después la negativa y, finalmente, la comparación entre los hijos y los perritos, que a oídos de la mujer podía sonar humillante. El diálogo parece llevar su fe hasta el límite, casi con el riesgo de quebrarla. Aquella madre podría haberse alejado, indignada por la aparente insensibilidad de Jesús y por la aspereza de sus palabras.

Jesús, en cambio, demuestra que confía en ella y le ofrece el espacio necesario para manifestar toda la fuerza de su fe. La mujer se convierte así en un ejemplo luminoso: «Mujer, ¡qué grande es tu fe!». Su perseverancia, su humildad y su agudeza transforman la confrontación en un encuentro de salvación.

A nadie le gusta ser puesto a prueba. Por eso, en el Padrenuestro pedimos: «No nos dejes caer en la tentación», invocando la ayuda del Padre para no sucumbir en el momento de la prueba. Dios permite que nuestra fe sea probada y, mediante la prueba, la purifica y la hace madurar. El Eclesiástico nos advierte: «Hijo, si te presentas para servir al Señor, prepárate para la prueba» (Eclesiástico 2,1). La conciencia de nuestra debilidad puede hacernos temer la hora de la prueba, pero la fidelidad de Dios nos sostiene y nos abre a la confianza.

Tres puntos para la reflexión

  1. ¿Me dejo «interrumpir» por las personas y por sus necesidades, o soy celoso de mi tiempo y de mis planes? ¿Acojo con disponibilidad y con una sonrisa a quienes interrumpen mis proyectos?
  2. ¿Soy una persona de mente abierta, dispuesta al diálogo y al encuentro, o me aferro rígidamente a mis posiciones?
  3. ¿Cómo reacciono ante las pruebas de la vida: con impaciencia y pesimismo, o con paciencia y confianza?

Khalil Gibran, escritor libanés cristiano maronita (1883-1931), utiliza una metáfora —también iluminadora para nosotros— en la que Dios es el Arquero, los padres son los arcos y los hijos, las flechas:
«Vosotros sois los arcos desde los que vuestros hijos, como flechas vivas, son lanzados. El Arquero ve el blanco en el sendero del infinito y os tensa con su fuerza para que sus flechas vuelen rápidas y lejos. Que sea alegre y gozoso ese ser doblados por la mano del Arquero, pues, así como ama la flecha que lanza, ama también el arco que permanece firme».

P. Manuel João Pereira Correia, MCCJ