Año A – 17.º Domingo del Tiempo Ordinario
Mateo 13,44-52: «El Reino de los cielos se parece a un tesoro escondido en un campo»

Este domingo concluimos la lectura del capítulo 13 del Evangelio de Mateo, que contiene el tercer gran discurso de Jesús, en el que el Reino de Dios es presentado mediante siete parábolas. Hoy escuchamos las tres últimas, dirigidas a los apóstoles: el tesoro escondido, el mercader de perlas y la red que recoge toda clase de peces.

Las dos primeras son semejantes y nos hablan de la alegría de quien ha descubierto el Reino. La tercera, en cambio, recuerda la parábola del trigo y la cizaña, que escuchamos el domingo pasado, y trata de la convivencia entre el bien y el mal.

La parábola de la red, como la del trigo y la cizaña, evoca el «fin del mundo», es decir, la conclusión de nuestra vida, como el momento supremo en el que se comprobará su autenticidad y quedará desenmascarada la falsedad de aquellos que «llaman bien al mal y mal al bien, que tienen las tinieblas por luz y la luz por tinieblas, lo amargo por dulce y lo dulce por amargo» (Isaías 5,20).

Detengámonos en las dos breves parábolas del tesoro y de la perla.

1. ¿QUIÉNES son los buscadores de tesoros y perlas?

«El Reino de los cielos se parece a un tesoro escondido en un campo; un hombre lo encuentra y lo vuelve a esconder; después, lleno de alegría, va, vende todos sus bienes y compra aquel campo».

Las historias de tesoros siempre resultan fascinantes, tanto hoy como en tiempos de Jesús. En una tierra que con frecuencia era escenario de guerras, era habitual, ante la llegada de un enemigo, esconder las propias riquezas enterrándolas en un campo o bajo el suelo de la casa antes de huir, con la esperanza de poder recuperarlas más tarde. Sin embargo, esto no siempre sucedía.

Pues bien, el pobre jornalero de la parábola es uno de los afortunados que, por una circunstancia inesperada, encuentra la gran oportunidad de su vida y no la deja escapar: lleno de alegría, vende todos sus bienes y compra aquel campo.

«El Reino de los cielos se parece también a un mercader que busca perlas preciosas; al encontrar una perla de gran valor, va, vende todos sus bienes y la compra».

En Oriente, las perlas eran consideradas una de las cosas más valiosas, como lo son para nosotros los diamantes. Eran símbolo de belleza, hasta el punto de que «Peninná», es decir, «Perla», era también un nombre que se daba a las niñas (cf. 1 Samuel 1,2). El mercader de la parábola buscaba estas perlas y, cuando encuentra una de gran valor, tampoco duda en vender todos sus bienes para adquirirla.

Ambos, el pobre campesino y el rico mercader, actúan de la misma manera: encuentran el tesoro o la perla, van, venden todo y compran. Pero, mientras el campesino encuentra el tesoro inesperadamente, el mercader encuentra la perla después de haberla buscado durante mucho tiempo.

Nosotros somos esos buscadores de tesoros y perlas, de riqueza y belleza, de perfección e infinito. Nuestra vida es un campo sembrado de tesoros escondidos bajo nuestros pies, pero el «barro» nos impide verlos. Nuestra vida es un bazar lleno de perlas, a menudo demasiado cubiertas de polvo para que podamos percibir su esplendor. Sin embargo, sucede que lo sacrificamos todo, la vida y el alma, deslumbrados por algo falso, para acabar después con las manos vacías.

2. ¿QUÉ son el tesoro y la perla?

¿Qué representan aquel tesoro y aquella perla? Para Salomón son la Sabiduría (cf. la primera lectura); para el salmista son la Ley, la Torá (cf. el Salmo responsorial 118); para san Pablo son la vocación y el proyecto de Dios para nuestra vida (cf. la segunda lectura). Para Jesús, en cambio, son el Reino. No obstante, podemos reflexionar sobre las dos parábolas ampliando aún más su perspectiva.

El tesoro es, ante todo, Cristo. Por él, los apóstoles lo abandonaron todo, y lo mismo hicieron muchos otros después de ellos. Pablo consideró todo como basura ante la excelencia del conocimiento de Cristo (cf. Filipenses 3,8). Muchos cristianos están dispuestos a dar incluso su propia vida con tal de no perderlo.

Pero también están aquellos que no han descubierto este tesoro en Jesús: como el joven rico, que se marchó triste; como Judas, que lo vendió por treinta monedas; y como tantos cristianos que, al no haberlo encontrado nunca de verdad, lo han cambiado por unas cuantas baratijas.

Sin embargo, también nosotros somos aquel tesoro y aquella perla que Cristo encontró en el campo o en el mercado del mundo. Por eso nos rescató «no con bienes corruptibles, como la plata y el oro, […] sino con la sangre preciosa de Cristo» (1 Pedro 1,18-19).

También son perlas las personas que están a nuestro lado, a menudo ocultas tras sus defectos, su carácter áspero y sus conchas.

3. ¿DÓNDE encontrar el tesoro?

¿Dónde y cómo podemos encontrar el tesoro o la perla? Permitidme que os lo explique mediante un relato jasídico —el jasidismo es un movimiento espiritual judío—: la historia del rabino Eisik, hijo del rabino Jekel, de Cracovia, narrada por Martin Buber, filósofo judío.

«Después de muchos años de dura miseria, que, sin embargo, no había quebrantado su confianza en Dios, el rabino Eisik recibió en sueños la orden de ir a Praga para buscar un tesoro bajo el puente que conducía al palacio real. Cuando el sueño se repitió por tercera vez, Eisik se puso en camino y llegó a Praga a pie.
Sin embargo, el puente estaba vigilado día y noche por centinelas, y él no tuvo el valor de excavar en el lugar indicado. Aun así, regresaba al puente cada mañana y merodeaba por sus alrededores hasta la noche. Finalmente, el capitán de la guardia, que había observado sus idas y venidas, se acercó a él y le preguntó amablemente si había perdido algo o si estaba esperando a alguien. Eisik le contó el sueño que lo había llevado hasta allí desde su lejano país.
El capitán rompió a reír: “¿Y tú, pobre hombre, por hacer caso a un sueño has venido hasta aquí a pie? ¡Ja, ja, ja! ¡Vas listo si te fías de los sueños! Entonces también yo debería haberme puesto en camino para obedecer a un sueño e ir hasta Cracovia, a la casa de un judío, un tal Eisik, hijo de Jekel, para buscar un tesoro debajo de la estufa. Eisik, hijo de Jekel… ¿estás bromeando? ¡Ya me veo entrando y poniendo patas arriba todas las casas de una ciudad en la que la mitad de los judíos se llaman Eisik y la otra mitad Jekel!”. Y volvió a reír. Eisik se despidió de él, regresó a su casa y desenterró el tesoro».

Martin Buber concluye: «Hay algo que no puedes encontrar en ninguna otra parte del mundo; y, sin embargo, existe un lugar donde puedes encontrarlo: allí donde estás, ¡en lo más íntimo de ti mismo!» (El camino del hombre).

P. Manuel João Pereira Correia, MCCJ