¡Cada día es tiempo de siembra!
Año A – 15.º Domingo del Tiempo Ordinario
Mateo 13,1-23: “He aquí que el sembrador salió a sembrar”
Con este domingo comienza el “discurso en parábolas” del capítulo 13 del Evangelio de Mateo. Se trata del tercer discurso de Jesús, después del discurso inaugural “del monte” (caps. 5–7) y el “discurso misionero” de envío de los apóstoles en misión (cap. 10). Este discurso está compuesto por siete parábolas. Las primeras cuatro están dirigidas a la multitud — el sembrador, la cizaña, el grano de mostaza y la levadura — y las otras tres a los discípulos: el tesoro, la perla y la red. Siete parábolas para presentar “los misterios del reino de los cielos” (13,11).
La expresión “reino de los cielos”, “reino de Dios” o simplemente “el reino” aparece unas cincuenta veces en el Evangelio de Mateo: la primera vez en boca de Juan el Bautista (3,2) y la segunda en labios de Jesús: “Convertíos, porque está cerca el reino de los cielos” (4,17). El reino es el tema de la predicación de Jesús, el objetivo de su vida y de su misión. ¿Qué es el Reino de Dios? Jesús nos lo expone a través de estas parábolas.
¿Qué es una parábola? Es un relato que, partiendo de un hecho, de una historia verosímil o de una realidad de la vida cotidiana, quiere transmitir, de modo simbólico, un mensaje más profundo, a veces misterioso, que requiere un esfuerzo de interpretación. Jesús utilizó a menudo las parábolas en su predicación. Sin embargo, hay que distinguir entre parábola y alegoría. En la alegoría, cada elemento narrativo tiene un significado específico; en la parábola, en cambio, hay que buscar sobre todo el sentido global.
1. La parábola del optimismo y de la esperanza
La parábola del sembrador es una de las más conocidas del Evangelio, “la madre de todas las parábolas”, como la definió el papa Francisco. El pasaje tiene tres partes distintas: en la primera, el relato de la parábola (vv. 1-9); en la segunda, la razón por la que Jesús habla en parábolas (vv. 10-17); en la tercera, una explicación alegórica de la parábola (vv. 18-23).
Esta parábola se sitúa en un momento delicado de la vida de Jesús, cuando comenzaba a perfilarse el aparente fracaso de su misión. En este punto nos preguntamos: ¿por qué el mal parece triunfar siempre? ¿Por qué el bien tiene tanta dificultad para arraigar en el mundo y en el corazón de las personas?
Parecería que la respuesta de la parábola es esta: todo depende de la calidad del terreno sobre el que se esparce la semilla. Sin embargo, la intención principal no es tanto invitarnos a preguntarnos qué tipo de terreno es nuestro corazón, sino más bien animar a los discípulos — y a nosotros — a anunciar el Evangelio “con la esperanza de que haya, en alguna parte, tierra buena” (San Justino).
Los obstáculos, la oposición y el rechazo que encuentra la Palabra pueden inducirnos al pesimismo. Pues bien, Jesús nos anima a seguir anunciando la Palabra, confiando en su fecundidad extraordinaria, prodigiosa, hasta el ciento por uno. En efecto, en el suelo palestino, lo máximo que se podía esperar era el diez por uno: de un grano de trigo, una espiga con diez granos.
2. El principio capitalista del espíritu
A la pregunta de los discípulos: “¿Por qué les hablas en parábolas?”, Jesús parece responder de manera discriminatoria: “Porque a vosotros se os ha dado conocer los misterios del reino de los cielos, pero a ellos no se les ha dado”. ¿Cómo es posible? Parece que Jesús habla adrede en parábolas para no hacerse entender, cuando se esperaría lo contrario. En realidad, se trata de un “semitismo”, es decir, de una forma típica de hablar, entre la ironía, la tristeza y la decepción, ante la cerrazón de los corazones.
Me impresiona la afirmación de Jesús: “Porque al que tiene se le dará y tendrá en abundancia; pero al que no tiene, aun lo que tiene se le quitará”. Es lo que yo llamaría el “principio capitalista” del espíritu: así como el dinero corre hacia quien tiene mucho y desaparece de los bolsillos del pobre, así ocurre en el ámbito del espíritu. Cuanto más tienes, más gracia recibirás; cuanto menos tienes — por pereza, negligencia o cerrazón de corazón — tanto menos tendrás.
El domingo, muchos millares de personas escucharán esta Palabra en nuestras iglesias: una parte saldrá enriquecida, la otra empobrecida. Pero nadie será igual que antes, porque una oportunidad perdida contribuye a la “esclerocardia” espiritual, es decir, al endurecimiento del corazón, que se vuelve cada vez más insensible a la Palabra.
3. La explicación alegórica de la parábola
“Vosotros, pues, escuchad la parábola del sembrador…”. El evangelista atribuye a Jesús la explicación alegórica de la parábola. En realidad, quizá se trate de una aplicación suya a la vida concreta de la comunidad de Mateo.
Podemos preguntarnos: ¿cómo es que el sembrador esparce el trigo por el camino, en terreno pedregoso y entre los espinos, en lugar de sembrarlo directamente en la tierra buena? Hay que saber que en Palestina primero se sembraba y luego se araba, para enterrar la semilla. Se esperaba que el arado deshiciera el sendero trazado por los transeúntes, levantara las piedras y arrancara los espinos.
Permitidme añadir otro elemento alegórico: en este caso, ¿qué es el arado? ¿Es quizá el de la cruz de Cristo, que, excavando en nuestro corazón, lo convierte en tierra buena? Además, ¡el arado era de madera, con una punta de hierro! Nos hacemos la ilusión de poder evitar todo sufrimiento, de esquivar la cruz, ya que “tenemos que entrar en el reino de Dios a través de muchas tribulaciones” (Hechos 14,22).
Os dejo la tarea de confrontaros con la Palabra y de preguntaros qué tipo de terreno es vuestro corazón. Tal vez la respuesta nos deje un poco desconsolados. Que nos anime entonces esta cita del dramaturgo irlandés Samuel Beckett: “Siempre lo intenté. Siempre fracasé. No importa. Inténtalo otra vez. Fracasa otra vez. Fracasa mejor”.
Conclusión: “¡He aquí que el sembrador salió a sembrar!”
“Jesús salió de casa y se sentó a la orilla del mar”. Esta Palabra encontrará a algunos de vosotros mientras disfrutan de un merecido tiempo de descanso. Pues bien, ¡Jesús vendrá también a vosotros! ¿Encontraréis un poco de tiempo para escucharlo?
No olvidemos, sin embargo, que los sembradores son muchos. Cuidado con las semillas de cizaña que las manos del maligno siembran abundantemente en nuestro corazón, especialmente de “noche”. Hagamos como la esposa del Cantar de los Cantares: “Yo duermo, pero mi corazón vela” (Ct 5,2).
Por último, recordemos que nosotros también somos sembradores. Cada mañana, antes de salir, llenemos nuestra pequeña mochila para sembrar la buena semilla por dondequiera que pasemos. ¡Cada día es tiempo de siembra!
P. Manuel João Pereira Correia, MCCJ

P. Manuel João, Comboniano
Reflexión dominical
de la boca de mi ballena, ELA
Nuestra cruz es el púlpito de la Palabra