PEDRO, PONTE EL MANTO Y SÍGUEME

Hoy celebramos la solemnidad de los santos Pedro y Pablo. La primera lectura, tomada de los Hechos de los Apóstoles, narra la experiencia de Pedro, a quien un ángel libera de la prisión; en efecto, el propio Pedro dice: «Ahora me doy cuenta realmente de que el Señor ha enviado su ángel y me ha librado de las manos de Herodes y de todo lo que esperaban hacerme los judíos». Se trata de una experiencia que hay que leer y comprender a la luz de lo que la comunidad cristiana hace por Pedro: «Mientras Pedro estaba en la cárcel bien custodiado, la Iglesia oraba insistentemente a Dios por él». La “liberación”, por tanto, está estrechamente relacionada con la oración de intercesión que la comunidad dirige a Dios. 

Esto nos recuerda que no nos salvamos solos, sino que Dios entra en la historia de cada uno de nosotros también gracias a las oraciones que llegan hasta Él, es decir, gracias a quienes están a nuestro lado y rezan por nosotros. Quizá también, como Pedro, estamos encadenados a nuestros miedos, nuestras fatigas y fragilidades; atrapados por nuestros sentimientos de culpa o por el pensamiento de que nada cambiará. Y, sin embargo, a cada instante llega hasta Dios una oración por nuestra liberación; continuamente, sin que lo sepamos, alguien está rezando por nosotros, y quien reza probablemente no sabe a quién favorecerá su oración. Es la fuerza de la fe, la alegría de ser comunidad, Iglesia, Pueblo de Dios en camino hacia el cielo. Depende de nosotros dejarnos provocar por esta oración silenciosa y respetuosa que nos alcanza como «el susurro de una brisa suave» (cfr. 1Re 19, 12). Una palabra que, como le sucede a Pedro, nos alcanza y nos dice: «¡Levántate, date prisa!… Ponte el cinturón y las sandalias… ¡Ponte el manto y sígueme!». Si consideramos ahora este texto en su conjunto, notaremos que reproduce la narración de la liberación del pueblo hebreo de la esclavitud de Egipto: la referencia a la Pascua (“Eran los días de los Ácimos”, dice el texto, cfr. Ex 12,15-20); la maldad de Herodes recuerda la del faraón (cfr. Ex 3 y 10); la noche recuerda la de la liberación del pueblo (Ex 11,4); la orden del ángel evoca el mandato dirigido al pueblo (“ceñidos con un cinturón, calzados con sandalias”, cfr. Ex 12, 11). El autor desea ayudarnos a releer la experiencia de Pedro como un nuevo Éxodo en el que Dios interviene otra vez en favor de los suyos. Y Jesús actúa con cada uno de nosotros como lo hizo con Pedro. 

HE COMBATIDO LA BUENA BATALLA

La segunda lectura nos presenta la figura del apóstol Pablo que confía al discípulo Timoteo su experiencia: «He combatido la buena batalla, he terminado la carrera, he conservado la fe. Y desde ahora me aguarda la corona de la justicia que aquel día me entregará el Señor…». Y concluye: «El Señor estuvo a mi lado y me dio fuerzas… fui librado… y el Señor me librará… y me salvará llevándome a su reino celestial». También Pablo, como Pedro, experimentó la liberación. Sintió lo cerca que está el Señor y cuánta fuerza da a quien confía en Él. Una cosa es cierta: valentía, confianza, fuerza… Pablo las encuentra manteniendo fija la mirada en la meta donde el Señor lo espera y lo revestirá con su corona de justicia. Con estas breves palabras, el testimonio de Pablo nos incita a reavivar en nosotros el don de la fe, la certeza de que no estamos solos en el camino, sino que Dios está con nosotros y nos acompaña, por senderos a menudo escondidos, hacia el cielo, nuestra verdadera patria.

TÚ ERES EL CRISTO

Por último, el texto del Evangelio nos presenta el primado de Pedro, el papel especial que el Señor mismo le confía. Lo hace a partir de una pregunta: «¿Quién dice la gente que es el Hijo del Hombre?». Es una cuestión de fe. Jesús no se conforma con ser un nombre entre otros muchos. En el fondo, el Señor desea conducirnos fuera de las fórmulas que tratan de reducir -y, a veces, de manipular- a Dios, de colocarlo a nuestro nivel. Jesús no es un salvador como otros. Será Pedro quien revele la identidad de Jesús: «Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios vivo». Y Jesús responderá: «Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia».Notemos que Jesús no espera a que Pedro sea perfecto; de todas formas, nunca lo será. Jesús confía a la frágil vida de Pedro la tarea de ser custodio, de ser el primero en la caridad. Si luego lo reniega y lo abandona, paciencia… Pedro será capaz de reconocer su error, estará dispuesto a cruzar su mirada con la de Jesús, será capaz de seguir de nuevo al Señor y, por Él y con Él, continuará echando las redes de su vida (cfr. Mc 1,14ss; Jn 21). El Señor Jesús sabe que ha llamado a un hombre, a un pescador, no a un ángel. Y Pedro comprende, y comprenderá cada vez más, que solamente en Jesús y con Él podrá llevar a cabo la tarea que le ha sido confiada.

EN EL MUNDO, SOSTENIDOS POR EL EJEMPLO Y LA ORACIÓN DE LOS SANTOS PEDRO Y PABLO

Para concluir, recordemos durante un momento el camino litúrgico recorrido hasta aquí: hace poco, hemos celebrado la solemnidad de Pentecostés, luego las de la Santísima Trinidad y del Corpus Domini; hoy se nos ofrece la posibilidad de celebrar la solemnidad de los santos Pedro y Pablo, como para recordarnos que es el don del Espíritu Santo el que nos impulsa, como un tiempo hizo con los santos Pedro y Pablo, a testimoniar a todos que Dios Trinidad es Amor. Fue el Espíritu Santo quien infundió valor a los discípulos para que se reunieran, corriendo todos los riesgos de aquel periodo, para celebrar la Eucaristía en el día de la resurrección del Señor; fue el Espíritu Santo quien les hizo comprender que “sin la Eucaristía no podemos vivir”, aún a costa de morir. De este modo, Pedro, aparentemente débil, morirá en Roma por el Señor Jesús. Y también Pablo, el perseguidor, morirá por Aquel que murió por Él. Pedro murió en el circo de Nerón y fue enterrado en la colina del Vaticano; Pablo, en la Vía Ostiense.Que la experiencia y el testimonio de los santos Pedro y Pablo nos animen en el camino de la vida. Que estos dos grandes santos nos ayuden a encontrar valor para amar como ellos amaron, según el ejemplo de Jesús, nuestro Señor.

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Pedro y Pablo emergen como anunciadores del Evangelio a los pueblos, fundadores de comunidades cristianas y testigos de Cristo hasta el martirio. La fiesta de hoy los asocia en la fe en Cristo y en la fundación de la Iglesia de Roma. Con una atención privilegiada y de alto valor teológico, el autor de los Hechos pone en evidencia la sintonía entre Pedro en la cárcel y la comunidad cristiana (I lectura): “La Iglesia oraba insistentemente a Dios por él” (v. 5). La liberación milagrosa de la cárcel palestina hace de Pedro un hombre libre para otros horizontes misioneros. Pablo, en la cárcel, traza un balance de su vida (II lectura), da gracias al Señor que le ha dado “fuerzas para anunciar íntegro el mensaje, de modo que lo oyeran todos los gentiles” (v. 17).

El servicio misionero de Pedro, de todos los apóstoles y de cada cristiano ahonda, necesariamente, las raíces en la experiencia de una llamada vivida y acogida con amor. “Yo sé bien en quién he puesto mi fe”, afirma Pablo sin titubeos (2Tim 1,12). Pedro va creciendo progresivamente en la confianza y en el abandono en manos de su Maestro. En Cesarea de Filipo (Evangelio) se constata que la gente coloca a Jesús en el nivel de los grandes profetas de Israel (v. 13-14); lo cual es ya una buena aproximación, pero todavía en un grado espectacular, que se queda en el pasado. Pedro va más allá de la opinión corriente, hasta captar la novedad de Jesús: “Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo” (v. 16). Esta respuesta supera la comprensión humana (fruto de carne y hueso), porque viene de una revelación del Padre (v. 17). Entonces Jesús, en ese clima de apertura, revela a Pedro y a los demás discípulos su proyecto por una nueva comunidad: su Iglesia, que durará por los siglos (v. 18). Después de la crisis de la pasión, la confianza de Pedro en Cristo será total: “Señor, tú lo sabes todo; tú sabes que te quiero” (Jn 21,17).

No obstante las dificultades históricas y las resistencias de todo tipo ante estos textos de Mateo y de Juan, el plan de Jesús acerca de su Iglesia sigue vigente, según la tradicional interpretación católica de las tres metáforas: la piedra (v. 18), las llaves(v. 19), el binomio atar-desatar(v. 19), que se completan con la entrega post-pascual a Pedro del servicio de apacentar, con amor, al pueblo de la nueva alianza (cfr. Jn 21,15s). Sin embargo, no cualquier autoridad es buena para el pueblo. Para Jesús, que es “el Señor y el Maestro” (Jn 13,14), que “no ha venido para ser servido, sino para servir y dar su vida” (Mt 20,28), la autoridad (las llaves) es entregada a Pedro y a la Iglesia para un servicio al pueblo de Dios en una diaconía de amor sin fin.

El Concilio nos da la dimensión teológica y misionera de este proyecto eclesial: “En todo tiempo y en todo pueblo son gratos a Dios los que le temen y practican la justicia (cfr. Hch 10,35). Quiso, sin embargo, Dios santificar y salvar a los hombres no individualmente y aislados entre sí, sino constituirlos en un pueblo” (LG 9). Un pueblo de discípulos-misioneros. En efecto, “la Iglesia peregrinante es misionera por su naturaleza” (AG 2); “la Iglesia existe para evangelizar” (EN 14). No es un hecho marginal que Jesús hable de este proyecto estando en un territorio pagano (región de Cesarea de Filipo), en un contexto geográfico semejante al de la mujer cananea: estos dos hechos narrados por Mateo revelan el carácter universal de la misión de Cristo y de la Iglesia.

Cuanto más amplia es la autoridad, tanto más intenso ha de ser el amor, generoso el servicio, abierta la acogida, plural la capacidad de armonizar dones diferentes. El obispo italiano don Tonino Bello, de Molfetta (+1993) soñaba con la “convivencia de las diferencias”. El Papa Benedicto XVI, junto a la tumba de don Tonino (14-6-2008), hizo memoria de los apóstoles Pedro y Pablo, que fueron pescados por Cristo para ser, a su vez, pescadores de hombres y habló, significativamente, de la “comunión de las diversidades.

La fiesta de los dos apóstoles y el Día del Papa nos llevan al tema de la afiliación a la Iglesia. (*)He vivido más de 40 años de misión en África, América Latina y ahora en Asia, en contextos religiosos, culturales y pastorales muy diferentes y me he convencido de que hay tres elementos típicos del identikit del católico, que lo distinguen en medio del confuso universo religioso de nuestro tiempo y lo identifican ante sí mismo, ante los no cristianos y ante otros grupos cristianos (protestantes, ortodoxos, anglicanos…). Estos valores son: la fe en la Eucaristía, la devoción a la Virgen María y el amor al Papa. Son tres amores irrenunciables que nos llenan de gozo, fortalecen el sentido de pertenencia a la Iglesia, dan seguridad interior a la vida del cristiano y solidez a su actividad misionera en el mundo entero. No son tres motivos para competir con otros. Son signos de cohesión interna y de comunión; son dones para compartir con los demás.


Una pareja extraña para una fiesta peculiar

Cuando Pablo tuvo un serio altercado con Pedro en Antioquía de Siria, acusándolo casi de estar traicionando a Jesús, no podía imaginar que la Iglesia terminaría celebrando su recuerdo el mismo día. (Para los interesados, el conflicto lo cuenta el mismo Pablo en la carta a los Gálatas 2,11-21). Pero estoy convencido de que le gustaría la idea: lo que pretende la Iglesia al unirlos en una celebración común no es cantar la gloria de ninguno de los dos sino celebrar la obra común que Dios llevó a cabo a través de ellos.

Pedro, el cabecilla

Entre los discípulos de Jesús, Pedro fue sin duda el más lanzado, con el peligro que eso conlleva. Era el cabecilla del grupo, el primero en hablar en cualquier circunstancia, sin miedo a reprender a Jesús cuando anuncia su pasión, sin miedo a llevarle la contraria cuando quiere lavarle los pies o cuando anuncia que todos lo traicionarán. El ser tan lanzado lo sitúa también en el lugar más peligroso, y termina negando a Jesús. Pero, como él mismo termina confesando después de la resurrección: «A pesar de todo, tú sabes que te amo». No es raro que Jesús lo viese como el cabecilla natural del grupo después de su muerte.

Pablo, el hombre universal

Pero la expansión de la Iglesia primitiva es humanamente inconcebible sin la figura de Pablo. Todos hemos leído su conversión. Lo que muchos no conocen es la revelación que Dios le hizo y en la que él tanto insiste en sus cartas: que la buena noticia de Jesús no era sólo para los judíos sino también para todo el mundo; para judíos y paganos. Es cierto que a mediados del siglo I ya hay cristianos en Roma (a ellos les dirige Pablo su famosa carta), pero si el evangelio se extiende por lo que actualmente es Turquía, Grecia, quizá España, es gracias a la labor de Pablo, que recorrió miles de kilómetros y se expuso a toda clase de peligros por llevar la fe en Jesús «hasta los confines de la tierra».

El enfoque de las lecturas

La liturgia concede especial importancia a Pedro, dedicándole las lecturas primera y tercera (evangelio). A Pablo dedica la segunda. En ambos casos se destacan los aspectos de protección divina y misión.

PEDRO: PROTECCIÓN Y MISIÓN

1ª lectura: protección divina

Se expresa a través de un sorprendente milagro: Pedro, a pesar de estar liberado por cuatro piquetes de cuatro soldados cada uno, es liberado durante la noche por un ángel. Resulta imposible no pensar en la liberación de los israelitas de Egipto, cuando el ángel marcha delante de ellos también durante la noche. Por otra parte, esta es la tercera vez que meten a Pedro en la cárcel, y la segunda que lo saca un ángel. Algo que llama la atención, porque otros cristianos no gozan del mismo grado de protección divina: a Esteban lo apedrean, a Santiago lo degüellan, a Pablo lo persiguen a muerte y tienen que descolgarlo en una espuerta… Por otra parte, el mismo Pedro terminará crucificado según la tradición.

Esta primera lectura, que puede provocar una sonrisa escéptica en muchos cristianos actuales, tiene gran valor simbólico. Basta pensar en los últimos Papas, atados con todo tipo de cadenas y vigilados por numerosos cardenales (más atentos que las cuatro cohortes romanas de Pedro). Buen momento para pedirle a Dios que envíe un ángel a liberar a León.

Evangelio: misión

La misión se cuenta con el famoso episodio de la confesión de Cesarea de Felipe, que parte de la gran pregunta: ¿quién es Jesús? El pasaje se divide en tres partes: 1) lo que piensa la gente; 2) lo que afirma Pedro; 3) la promesa de Jesús a Pedro. Esta tercera parte es exclusiva de Mateo y es la fundamental para la fiesta de hoy. Para no alargarme, me limito a comentar esta parte final y dejo las otras dos para un apéndice.   

En los evangelios de Marcos y Lucas, el pasaje de la confesión de Pedro en Cesarea de Felipe termina con las palabras: “Prohibió terminantemente a los discípulos decirle a nadie que él era el Mesías”. Sin embargo, Mateo introduce aquí unas palabras de Jesús a Pedro.

Comienzan con una bendición, que subraya la importancia del título de Mesías que Pedro acaba de conceder a Jesús. Humanamente hablando, Pedro es un hereje o un loco. Para Jesús, sus palabras son fruto de una revelación del Padre. Nos vienen a la memoria lo dicho en 11,25-30: “Nadie conoce al Hijo sino el Padre, y aquel a quien el Padre se lo quiere revelar”.

Basándose en esta revelación, no en los méritos de Pedro, Jesús le comunica unas promesas: 1) sobre él edificará su Iglesia; 2) le dará las llaves del Reino de Dios; 3) como consecuencia de lo anterior, lo que él decida en la tierra será refrendado en el cielo.

Las afirmaciones más sorprendentes son la primera y la tercera. En el AT, la “roca” es Dios. En el NT, la imagen se aplica a Jesús. Que el mismo Jesús diga que la roca es Pedro supone algo inimaginable, que difícilmente podrían haber inventado los cristianos posteriores. (La escapatoria de quienes afirman que Jesús, al pronunciar las palabras “y sobre esta piedra edificaré mi iglesia” se refiere a él mismo, no a Pedro, es poco seria).

La segunda afirmación (“te daré las llaves del Reino de Dios”) se entiende recordando la promesa de Is 22,22 al mayordomo de palacio Eliaquín: “Colgaré de su hombro la llave del palacio de David: lo que él abra nadie lo cerrará, lo que él cierre nadie lo abrirá”. Se concede al personaje una autoridad absoluta en su campo de actividad. Curiosamente, el texto de Mateo cambia de imagen, y no habla luego de abrir y cerrar sino de atar y desatar. Pero la idea de fondo es la misma.

El texto contiene otra afirmación importantísima: la intención de Jesús de formar una nueva comunidad, que se mantendrá eternamente. Todo lo que se dice a Pedro está en función de esta idea.

¿Por qué pone de relieve Mateo este papel de Pedro? ¿Le guía una intención eclesiológica, para indicar cómo concibe Jesús a su comunidad? ¿O tienen una finalidad mucho más práctica? Ambas ideas no se excluyen, y la teología católica ha insistido básicamente en la primera: Jesús, consciente de que su comunidad necesita un responsable último, encomienda esta misión a Pedro y a sus sucesores.

Es posible que haya también de fondo una idea más práctica, relacionada con el papel de Pedro en la iglesia primitiva. Uno de los mayores conflictos que se plantearon desde el primer momento fue el de la aceptación o rechazo de los paganos en la comunidad, y las condiciones requeridas para ello. Los Hechos de los Apóstoles dan testimonio de estos problemas. En su solución desempeñó un papel capital Pedro, enfrentándose a la postura de otros grupos cristianos conservadores (Hechos 10-11; 15). En aquella época, en la que Pedro no era “el Papa”, ni gozaba de la “infalibilidad pontificia”, las palabras de Mateo suponen un espaldarazo a su postura en favor de los paganos. “Lo que ates en la tierra quedará atado en el cielo y lo que desates en la tierra quedará desatado en el cielo”. Es Pedro el que ha recibido la máxima autoridad y el que tiene la decisión última.

PABLO: PROTECCIÓN Y MISIÓN

De Pablo se podrían haber elegido infinidad de textos, dada la abundancia de sus cartas y lo mucho que cuenta de él el libro de los Hechos. La liturgia ha elegido un breve pasaje, muy autobiográfico, de la segunda carta a Timoteo. A punto de morir, Pablo recuerda su intensa actividad apostólica y espera el premio prometido. Al mismo tiempo, es consciente de que siempre contó con la ayuda y la fuerza del Señor. Igual que a Pedro lo liberó milagrosamente, a él lo ha librado también de la boca del león, no milagrosamente, sino después de naufragios, azotes, apedreamientos, hambre y sed.

APÉNDICE: las dos primeras partes del evangelio

Lo que piensa la gente

Jesús plantea una encuesta: quién dice la gente que es él. Un lector moderno con cierta cultura bíblica pensará que el resultado no puede ser más descorazonador. Para la gente, Jesús no es un personaje real, sino un muerto que ha vuelto a la vida, se trate de Juan Bautista, Elías, Jeremías o de otro profeta. De estas opiniones, la más “teológica” y con mayor fundamento sería la de Elías, ya que se esperaba su vuelta, de acuerdo con Malaquías 3,23: “Yo os enviaré al profeta Elías antes de que llegue el día del Señor, grande y terrible; reconciliará a padres con hijos, a hijos con padres, y así no vendré yo a exterminar la tierra”.

Al lector moderno le puede resultar interesante que el pueblo vea a Jesús en la línea de los antiguos profetas, en lo que pueden influir muchos aspectos: su poder (como en los casos de Moisés, Elías y Eliseo), su actuación pública, muy crítica con la institución oficial, su lenguaje claro y directo, su lugar de actuación, no limitado al estrecho espacio del culto…

Sin embargo, cuando se conoce la época de Jesús, la visión anterior resulta inadecuada. En la mentalidad popular, el título de “profeta” tiene fuertes connotaciones políticas; significa que la gente ve a Jesús como un libertador. Flavio Josefo nos ha dejado testimonio de varios “profetas” surgidos por entonces. Su visión es muy negativa, pero interesante:

“Hombre engañadores e impostores, que bajo apariencia de inspiración divina realizaban innovaciones y cambios, induciendo a la multitud a actos de fanatismo religioso y la llevaban al desierto, como si allí Dios les hubiese mostrado los signos de la libertad inminente. Félix envió caballería e infantes contra estos, matando a gran cantidad. Mayor desgracia fue la que trajo sobre los judíos el falso profeta egipcio. Efectivamente, llegó al país un hombre charlatán, que, habiéndose ganado reputación de profeta, reunió a casi treinta mil de los seducidos por él; desde el desierto los llevó al monte de los Olivos, desde donde, según decía, podía penetrar a la fuerza en Jerusalén, vencer a la guarnición romana e imponerse como tirano sobre el pueblo” (Guerra de los Judíos II, 258-263).

Esta mentalidad popular del profeta como libertador político es la que comparten los discípulos de Emaús; para ellos, Jesús era “un profeta poderoso en obras y en palabras… nosotros esperábamos que él fuera el libertador de Israel” (Lc 24,19-21).

Lo que afirma Pedro

Jesús quiere saber si sus discípulos comparten esta mentalidad o tienen una idea distinta: “Y vosotros, ¿quién decís que soy?” Es una pena que Pedro se lance inmediatamente a dar la respuesta, porque habría sido interesantísimo conocer las opiniones de los demás.

Según Mc 8,29, la respuesta de Pedro se limita a las palabras “Tú eres el Mesías”. Mt añade “el Hijo de Dios vivo”. ¿Aporta algo especial este añadido? Según algunos, Pedro confesaría no sólo la misión salvadora de Jesús (Mesías), sino también su filiación divina (Hijo de Dios). Sin embargo, esta teoría no es tan clara como parece. El rey de Israel -y por tanto el Mesías- era presentado desde antiguo como “Hijo de Dios” o “Hijo del Altísimo”. En el fondo, parece que Mateo no añade nada nuevo. En cualquier caso, hay un dato indiscutible: confesar a Jesús como “Hijo de Dios” ya lo habían hecho los discípulos después de verlo caminar sobre las aguas (14,33). Por consiguiente, la novedad no reside aquí, sino en el título de Mesías. En su origen, el Mesías era el rey de Israel, al que se ungía derramando aceite sobre la cabeza. Con el paso del tiempo, especialmente en los siglos II y I a.C., la imagen del Mesías fue adquiriendo rasgos cada vez más sorprendentes, como se advierte en los Salmos 17 y 18 de Salomón (de origen fariseo, no forman parte de la Biblia). De él se esperaba la liberación política de Israel y la instauración de una sociedad de justicia, paz en entrega al Señor.

Por consiguiente, la confesión de Pedro reviste una importancia y novedad enormes. Además, es importante advertir que se sitúa inmediatamente después del episodio de fariseos y saduceos, representantes del judaísmo oficial, que no aceptan a Jesús. Pedro, contra la opinión oficial, ve en Jesús al salvador del pueblo elegido por Dios.

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Introducción

“Tenían un solo corazón y una sola alma” (Hch 4,32). Con esta bien conocida afirmación resume Lucas el acuerdo existente en la primitiva comunidad. Sin embargo, raramente se han registrado en la historia de la Iglesia tensiones y contrastes tan fuertes como los que tuvieron lugar en la Iglesia durante los primeros decenios de existencia. Los cristianos de origen judío, celosos guardianes de las usanzas religiosas de su pueblo, exigían que se continuaran observando las prescripciones de la Ley como signo de fidelidad a Dios. Los espíritus más abiertos, por el contrario, habían tomado conciencia de que las tradiciones de los antiguos habían ya cumplido su cometido (llevar a Cristo). Seguir observándolas constituía un serio obstáculo a los paganos que deseaban adherirse al Evangelio.

Pedro –un conservador por la educación recibida, aunque no fanático– trató de mediar entre estas ‘dos alas’ de la comunidad, pero terminó descontentando a todos.

Pablo –él sí un tradicionalista fanático– había partido desde las posiciones más rígidas de la religión judía, llegando después a una ruptura radical con el pasado, hasta el punto de mostrarse intolerante con los que, como Pedro, no tenían el coraje de tomar decisiones radicales. Un día, en Antioquía de Siria, lo insultó públicamente tachándolo de hipócrita (cf. Gál 2,11-14).

 Pronto, sin embargo, las relaciones entre los dos apóstoles se restablecieron y Pedro, en una Carta, llama a Pablo: “nuestro hermano carísimo” (2 Pe 3,15). Juntos dieron la vida por Cristo y hoy, también juntos, celebramos su fiesta. Por caminos diferentes –y muy lentamente– llegaron a reconocer en Jesús al Mesías de Dios.

Pedro había encontrado a quien sería su Maestro junto al lago de Galilea. Al principio lo identificó como el carpintero que venía de Nazaret. Después se dio cuenta de que era un gran profeta; seguidamente, en Cesarea de Filipo, descubrió, al fin, su verdadera identidad y declaró: “Tú eres en Cristo, el Hijo de Dios vivo”(Mc 8,27). Profesó una fórmula de fe perfecta. No obstante, creer en Cristo no significa aceptar un contenido de verdades, sino compartir las decisiones de vida que Él propone. Los sueños que cultivaba Pedro no eran los del Señor: “Tus pensamientos –le dijo Jesús– son los de los hombres, no los de Dios” (Mc 8,33). Solo a la luz de la Pascua comenzó a comprender y, tímidamente, se atrevió a confesar su débil fe: “Señor, tú lo sabes todo; tú sabes que te quiero” (Jn 21,17).

Pablo ha recorrido un camino distinto. Ha considerado a Jesús, en primer lugar, como un adversario a combatir, un demoledor de las esperanzas mesiánicas de Israel, un blasfemo que predicaba un Dios diferente del de los guías espirituales de su pueblo. Lo había conocido “según la carne” (2 Cor 5,16), según los criterios religiosos, políticos y sociales de este mundo. A partir de estos parámetros, no podía menos de considerarlo un malhechor, un subversivo del orden establecido, un herético.

 En el camino de Damasco, recibió la luz de lo alto y comprendió: Jesús, el crucificado, es el Mesías de Dios. Y desde aquel momento, lo que él consideraba un tesoro precioso se convirtió en basura (cf. Fil 3,7-8). Si nuestra fe es menos sufrida que la de estos dos apóstoles que hoy festejamos, quizás tampoco sea tan auténtica.

Primera Lectura: Hechos 12,1-11

1Por aquel tiempo el rey Herodes emprendió una persecución contra algunos miembros de la Iglesia. 2Hizo degollar a Santiago, el hermano de Juan. 3Y, viendo que esto agradaba a los judíos, hizo arrestar a Pedro durante las fiestas de los Ázimos. 4Lo detuvo y lo metió en la cárcel, encomendando su custodia a cuatro piquetes de cuatro soldados cada uno. Su intención era exponerlo al pueblo pasada la Pascua. 5Mientras Pedro estaba custodiado en la cárcel, la Iglesia rezaba fervientemente a Dios por él. 6La noche anterior al día en que Herodes pensaba presentarlo al pueblo, Pedro dormía entre dos soldados, sujeto con dos cadenas, mientras los centinelas hacían guardia ante la puerta de la cárcel. 7De repente se presentó un ángel del Señor y una luz resplandeció en el calabozo. El ángel tocó a Pedro en el costado, lo despertó y le dijo: “Levántate rápido”. Se le cayeron las cadenas de las manos 8y el ángel le dijo: “Ponte el cinturón y cálzate las sandalias”.Así lo hizo. Luego añadió: “Cúbrete con el manto y sígueme”. 9Salió Pedro detrás de él, sin saber si lo del ángel era real, porque le parecía que aquello era una visión. 10Pasaron la primera guardia y la segunda, llegaron a la puerta de hierro que daba a la calle, que se abrió por sí sola. Salieron y, cuando llegaron al extremo de una calle, el ángel se alejó de él. 11Entonces Pedro, volviendo en sí, comentó: “Ahora entiendo de veras que el Señor envió a su ángel para librarme del poder de Herodes y de todo lo que esperaba el pueblo judío”.

Compañero de los desenfrenos de Calígula, Herodes Agripa había conseguido del amigo, convertido en emperador, el reino de su abuelo Herodes el Grande. Era un usurpador pero, hábil demagogo, supo cautivarse las simpatías del pueblo judío, ostentando una observancia escrupulosa de la Ley y de las tradiciones. Para complacer al ala religiosa más conservadora, comenzó a perseguir a los cristianos y se enfrentó con el pueblo porque éste se separaba de la práctica religiosa de los antiguos y no tenía escrúpulo, entre otras cosas, en sentarse a la mesa con los paganos. Hizo matar a Santiago de Zebedeo y arrestó a Pedro con el propósito de ejecutarlo en presencia del pueblo en la semana después de Pascua cuando Jerusalén hervía de peregrinos.

Encerrado en prisión, Pedro dormía. Su sueño puede ser interpretado como señal de serenidad interior, pero también como rendición frente a la prepotencia del mal. En solidaridad con el apóstol, la comunidad reunida elevaba a Dios su plegaria ‘incesante e intensa’. Era de noche y, cuando todas las humanas esperanzas parecía que se habían desvanecido, he aquí que se rompen las cadenas, se abre de par en par la puerta de hierro, un ángel desciende del cielo y libera al apóstol. ¿Crónica de un hecho o cuento de fábula? ¡Demasiado bello para ser verdad!, podríamos decir. No sería difícil creer en un Dios que socorre de esta manera a sus fieles y que, viéndolos en dificultad, envía a sus ángeles para liberarlos.

El libro de los Hechos de los Apóstoles ha sido escrito en tiempos de Domiciano, el déspota loco que pretendía que se le rindiese culto como a un dios y perseguía a los cristianos que no se sometían a sus delirantes deseos. Para infundir ánimo y esperanza a estos cristianos perseguidos, Lucas les recuerda las pruebas a que estuvieron sometidos desde el principio los apóstoles y cómo éstos se habían mantenido fieles hasta dar la propia vida.

Hay un segundo mensaje que quiere comunicarnos: Dios no abandona nunca a quien se juega la vida por el Evangelio. No lo dice con palabras sino que lo ilustra con un episodio acaecido en Jerusalén cuarenta años antes: Pedro había sido hecho prisionero y, cuando todos estaban ya resignados a lo peor, el apóstol, de improviso, quedó libre.

Las circunstancias en que se produjo esta liberación son difíciles de establecer, pero esto no le interesa a Lucas. Lo que verdaderamente le interesaba era mostrar que el Señor había intervenido a favor de su apóstol y, para dar un tono de frescura a su relato, mantener viva la atención del lector y disponerlo a acoger el mensaje, ha introducido en el acontecimiento detalles maravillosos tomados del Antiguo Testamento.

La imagen central es “el misterioso ángel del Señor” que, resplandeciente de luz, se presenta a Pedro. Cuando la Biblia habla de ángeles no debemos pensar inmediatamente en criaturas etéreas con alas, cabellos al viento y mirada dulce. La expresión “ángel del Señor” es empleada en la Escritura para designar la acción de Dios en el mundo y describir su intervención eficaz en la historia (cf. Gén 16,7-13; 21,17-19; 22,11.16ss; Éx 3,1-5; Jue 2,1-5; 2 Re 1,3.15; Hch 8,26.29).

Algunas veces, el “ángel del Señor” indica directamente a Dios, pero más frecuentemente se refiere a su intermediario humano. Por ejemplo, cuando Dios dice a su pueblo: “Voy a enviarte un ángel por delante para que te cuide en el camino y te lleve al lugar que he preparado…Mi ángel irá por delante” (Éx 23,20-24), no se refiere a un espíritu sino a un hombre concreto, Moisés, el ‘ángel’ encargado de llevar a cumplimiento la liberación de Israel.

Debemos ser muy cautos a la hora de interpretar estas ‘apariciones’. Las visiones, las voces del cielo, la intervención de personajes sobrenaturales, a menudo no son otra cosa que un lenguaje humano para poner de relieve un hecho real y concreto pero inefable: la providencia, la asistencia del Señor, la luz interior que Dios concede a sus fieles. Los autores bíblicos suelen dejar en silencio las causas segundas, a los mediadores y las circunstancias, e inmediatamente apuntan al autor principal, Dios, que ha guiado el acontecimiento.

La clave de lectura de todo el pasaje es la frase que Pedro pronuncia cuando se da cuenta de lo que ha sucedido: “Ahora, dice, entiendo de veras que el Señor ha enviado su ángel para librarme del poder de Herodes” (v. 11). Ha comprendido que su liberación no era una iniciativa suya sino obra del Señor.

En Roma, durante la persecución de Nerón, Pedro y Pablo no escaparon de la muerte; ninguno los defendió, es más –como escribe Clemente romano en su Carta a los cristianos de Corinto– “los buenos apóstoles Pedro y Pablo, las mayores y más virtuosas columnas de la Iglesia” cayeron víctimas “del celo y la envidia”, probablemente de sus mismos compañeros de fe (1 Clem 5,2-7). No obstante, el “ángel del Señor” cumplió un prodigio más extraordinario en el martirio de Pedro y Pablo: ha liberado a los dos apóstoles no de las cadenas sino del temor de ofrecer la vida por Cristo.

Es éste el prodigio que Dios quiere realizar en cada auténtico discípulo: liberarlo de las cadenas que lo tienen prisionero y le impiden correr libremente a lo largo del camino trazado por Jesús.

Segunda lectura: 2 Timoteo 4,6-8.17-18

6En cuanto a mí, ha llegado la hora del sacrificio y el momento de mi partida es inminente. 7He peleado el buen combate, he terminado la carrera, he mantenido la fe. 8Sólo me espera la corona de la justicia, que el Señor como justo juez me entregará aquel día. Y no solo a mí, sino a cuantos desean su manifestación. 17El Señor, sí, me asistió y me dio fuerzas para que por mi medio se llevase a cabo la proclamación, de modo que la oyera todo el mundo; así, el Señor me arrancó de la boca del león. 18Él me librará de toda mala partida y me salvará en su reino celeste. A él la gloria por los siglos de los siglos. Amén.

La Carta de la que ha sido sacado este pasaje no fue escrita por Pablo sino por un fiel discípulo suyo quien, para infundir ánimos a los cristianos de sus comunidades perseguidas, les hace contemplar, en la figura del apóstol de los gentiles, al prototipo de discípulo, al ideal del mártir animoso y valiente.

En la última parte de la Carta, pone en labios de Pablo un emocionado discurso de adiós. Pablo está en una cárcel de Roma a la espera de la ya inminente ejecución capital: “En cuanto a mí, ha llegado la hora del sacrificio y el momento de mi partida es inminente” (v. 6). No habla de muerte sino de una meta por largo tiempo suspirada. Con una imagen náutica, dice que está desplegando las velas para separarse de las orillas de esta vida y alcanzar el puerto seguro, la patria celeste donde ha anclado Cristo. Escribiendo a los filipenses, había ya expresado el mismo anhelo: “Para mí, la vida es Cristo y morir, una ganancia… Mi deseo es morir para estar con Cristo” (Fil 1,21.23).

Como había hecho en Mileto saludando a los ancianos de Éfeso (cf. Hch 20,27-28), también aquí, recurriendo a imágenes, hace un balance de toda su vida. Se ha comportado como soldado fiel, seguro de que su Señor reconocerá su empeño y coraje a lo largo de una vida a su servicio. Ha competido como un atleta serio, sin reservas y se ha sometido a todo tipo de renuncias para ganar la competición. Nunca ha abandonado la carrera; se ha atenido a las reglas y ahora llega a la meta (v. 7).

Se siente viejo y cansado por el trabajo y las luchas que ha sostenido. Confía en que el Señor, justo juez, no le concederá una efímera corona de laurel sino una gloriosa “corona de justicia”, la que Dios ofrecerá no solo a él, sino a todos aquellos que “desean su manifestación” (v. 8), a aquellos que, en la espera del encuentro con el Señor, han llevado una vida coherente con el Evangelio.

En la segunda parte del pasaje (vv. 16-18) el autor de la Carta da los últimos retoques a la figura idealizada del Maestro. Inspirándose en los Salmos –que frecuentemente presentan a la persona inocente como perseguida e indefensa– muestra que, en Pablo, se realiza la figura bíblica del justo abandonado por amigos y vecinos, pero que perdona a sus enemigos poniendo su destino en las manos de Dios.

Estos versículos sintetizan de modo admirable la vida del Apóstol. Su adhesión ejemplar al Evangelio se nos propone hoy para estimularnos a llevar una vida más coherente con la fe que profesamos.

Evangelio: Mateo 16,13-19

13Cuando llegó Jesús a la región de Cesárea de Felipe, preguntó a los discípulos: “¿Quién dice la gente que es el Hijo del Hombre?”. 14Ellos contestaron: “Unos dicen que es Juan el Bautista; otros, que es Elías; otros, Jeremías o algún otro profeta”. 15Él les dijo: “Y ustedes, ¿quién dicen que soy?” 16Simón Pedro respondió:“Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo”. 17Jesús le dijo: “¡Dichoso tú, Simón, hijo de Jonás, porque no te lo ha revelado nadie de carne y hueso, sino mi Padre del cielo!”. 18Pues yo te digo que tú eres Pedro y sobre esta piedra construiré mi Iglesia, y el imperio de la muerte no la vencerá. 19A ti te daré las llaves del reino de los cielos: lo que ates en la tierra quedará atado en el cielo; lo que desates en la tierra quedará desatado en el cielo”.

A Felipe, uno de sus hijos predilectos, Herodes el grande, pocos días antes de morir, le asignó la parte norte de su reino, aquella tierra de Bashán –actual Golán– que en la Biblia es celebrada por la fertilidad de su suelo, los pastos jugosos, la fecundidad de rebaños y ganado. En el lugar más encantador de esta región, allí donde, frescas y abundantes, nacen las aguas del río Jordán y surge la llanura, regada por innumerables riachuelos e impregnada del perfume de una vegetación lujuriante, Felipe había edificado su capital, a la que había llamado Cesárea en honor al poderoso de turno, el emperador Tiberio.

Dicho lugar se llamaba antes ‘Banias’ (Panias) porque se decía que en aquel rincón del paraíso habían establecido su hogar el dios griego Pan y las Ninfas. Es en esta deliciosa localidad donde el evangelista ubica las dos preguntas que Jesús dirige a sus discípulos: “¿Quién dice la gente que es el Hijo del Hombre? … Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo?”. El contexto geográfico en el que el episodio es ambientado le da un significado particular. Los discípulos están fascinados por el paisaje, por la vida acomodada de los habitantes de la región y por la magnificencia de los dos palacios del tetrarca. Frente a este espectáculo, Jesús quiere que tomen conciencia de la elección que se impone a quien quiera seguirlo.

¿Qué esperan las gentes de Él y, sobre todo, qué esperan de Él sus discípulos? “Pan y las Ninfas”demuestran saber colmar de bienes de la tierra a sus devotos; ¿qué puede ofrecer Jesús? Filipo colma de riqueza, posiciones de prestigio y poder a sus amigos, los hace participar a las alegrías de la glamorosa vida de la corte. ¿Qué ofrece Jesús de mejor? ¿Qué dice la gente de Él? La respuesta a esta primera pregunta es fácil: la gente lo compara con personajes eminentes. El Bautista, Elías, Jeremías, los antiguos profetas… (vv. 13-14). Es innegable la admiración de los hombres de todos los tiempos por Jesús; sin embargo, la estima y la admiración no son suficientes para considerarse discípulos suyos.

A Jesús no le basta ser considerado como la personificación de valores excelentes a los que aspiran en general todas las personas de buena voluntad; no quiere ser estimado como uno de tantos que se han distinguido por la honestidad y la lealtad, por el amor a los pobres, por el empeño tenaz en favor de la justicia, de la paz, de la no violencia. Quiere saber qué piensan sus discípulos: “¿Quién soy yo para ustedes?”. En nombre de los demás Pedro responde: “Tú eres el Cristo”, el Mesías, el Salvador anunciado por los profetas y esperado por nuestro pueblo (v. 16).

La profesión de fe que ha pronunciado es perfecta. Pero ¿se da cuenta de lo que ella implica? La continuación del relato (que no entra a formar parte del pasaje de hoy) muestra claramente que, en realidad, Pedro no ha comprendido nada de Jesús. Piensa todavía en el Mesías como alguien que –más aún que el dios ‘Pan’– será capaz de asegurar a sus seguidores el bienestar terreno y gloria y poder, como hace el divino Augusto, en cuyo honor Herodes el grande ha edificado un espléndido templo junto a las fuentes del Jordán.

En la segunda parte del pasaje (vv. 17-20), el evangelista refiere la respuesta de Jesús a Simón: “Tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia”… La interpretación de esta respuesta del Maestro no es simple. ¿Por qué razón y en qué sentido Simón es declarado ‘piedra’ sobre la que se edifica la Iglesia? ¿Una simple afirmación del primado del papa? No, mucho más.

Comencemos por hacer dos observaciones que nos ayuden a comprender mejor este importante texto. Notemos, ante todo, que el Nuevo Testamento habla otras veces de la ‘roca’ puesta como fundamento de la iglesia y esta ‘roca’ sólida, inamovible es siempre y solo Cristo. “Nadie puede poner otro cimiento que el ya puesto, que es Jesucristo” (1 Cor 3,11).

A los cristianos de Asia Menor les recuerda así su condición gloriosa: “Ustedes no son extranjeros ni huéspedes sino conciudadanos de los consagrados y de la familia de Dios; edificados sobre el cimiento de los apóstoles, con Cristo como piedra. Por Él todo el edificio bien trabado crece hasta ser santuario consagrado al Señor” (Ef 2,19-21).

Más explícito aun es Pedro que, en su primera Carta, invita a los neo-bautizados a no separarse ya más de Cristo porque: “Él es la piedra viva, rechazada por los hombres, elegida y estimada por Dios”. A continuación, desarrolla la imagen y, dirigiéndose a los cristianos, dice: “también ustedes, como piedras vivas participan en la construcción de un templo espiritual”, unidos como están a una “piedra, angular, elegida, preciosa” colocada por Dios en el día de Pascua como base de toda la construcción (1 Pe 2,4-6).

La segunda observación es que el nombre dado a Simón, Cefas-Pedro, en arameo (la lengua hablada por Jesús) no significa ‘roca’ sino simplemente ‘piedra de construcción’. La piedra de la que habla Jesús es la fe profesada por Pedro. Es esta fe la que constituye el fundamento de la Iglesia, la que la mantiene unida a Cristo-roca, la que la hace firme e imbatible frente a las fuerzas del mal. Todos aquellos que, como Pedro y con Pedro, profesan esta fe, están insertos como piedras vivas en el edificio espiritual proyectado por Dios.

La expresión “las puertas del infierno” no hay que entenderla en sentido material. Estas puertas representan al poder del mal e indican todo lo que se opone a la vida y al bien del hombre. Nada en absoluto –asegura Jesús– podrá impedir a la Iglesia llevar a cabo su obra de Salvación, a condición de que permanezca estrechamente unida a Él, el Hijo del Dios vivo.

Pedro recibe también las llaves y el poder de atar y desatar. Son dos imágenes usadas frecuentemente por los rabinos. “Entregar las llaves” equivale a confiar a alguien la responsabilidad de la vida que se desarrolla dentro de un edificio o casa; significa conceder el poder de dejar entrar o negar el acceso a la casa. Los rabinos estaban convencidos de poseer “las llaves de la Torah” porque creían conocer las Sagradas Escrituras; sostenían que todos tenían que depender de sus decisiones doctrinales, de sus juicios; se arrogaban el derecho a separar a los justos de los injustos, a los santos de los pecadores.

Jesús retoma esta imagen en su dura requisitoria contra los escribas: “¡Ay de ustedes, doctores de la ley, que se han quedado con las llaves del saber: ustedes no han entrado y se lo impiden a los otros que quien entrar!” (Lc 11,52). En vez de abrir la puerta de la Salvación, ellos la cerraban, ocultando al pueblo el verdadero rostro de Dios y su voluntad. A estos, Jesús les ha quitado la llave de la que se habían apropiado abusivamente; ahora es solo suya. Retomando la profecía sobre Eliacín (cf. Is 22,22), el vidente del Apocalipsis declara que es Cristo, y ningún otro, “el que abre y nadie puede cerrar; el que cierra y nadie puede abrir” (Ap 3,7).

El edificio espiritual al que Jesús se está refiriendo es “el reino de los cielos”. La condición nueva en la que entra quien se convierte en discípulo suyo, y la llave que permite entrar, es la fe que Pedro profesó.

Entregando las llaves a Pedro, Jesús no le encarga ser portero del paraíso, ni mucho menos adueñarse de las personas a él encomendadas, sino que lo insta a ser “modelo del rebaño” (1 Pe 5,3), le confía la tarea de abrir a todos el ingreso al conocimiento de Cristo y de su Evangelio. Quien pasa a través de la puerta abierta por Pedro por su confesión de fe (es esta la puerta santa) alcanzará la Salvación; quien la rechaza, permanece excluido.

La imagen de “atar y desatar” se refiere a las decisiones de carácter moral. ‘Atar’ significaba prohibir; ‘desatar’ era declarar algo lícito. Indicaba también el poder de pronunciar juicios aprobatorios o condenatorios sobre el comportamiento de las personas y, por tanto, admitirlas o excluirlas de la comunidad.

Del pasaje evangélico de hoy, como de numerosos otros textos del Nuevo Testamento (cf. Mt 10,2; Lc 22,32; Jn 21,15-17), resulta claro que a Pedro le ha sido encomendado un encargo particular en la Iglesia: es él quien aparece siempre en primer lugar, el que es llamado a apacentar los corderos y las ovejas y quien debe sostener la fe de sus hermanos. Los malentendidos y disensos no han surgido de esta verdad sino del modo en que este servicio se ha llevado a cabo. A lo largo de los siglos ha degenerado tantas veces en expresión de poder más bien que en signo de amor y de unidad.

En todo tiempo, el ejercicio de este ministerio tiene que ser confrontado con el Evangelio, de tal manera que el obispo de Roma sea realmente y para todos –según la magnífica definición de San Ireneo de Lyon (siglo II)– “aquel que preside en la caridad”.

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