12º Domingo del Tiempo Ordinario (A)
Mateo 10,26-33


XIIA

  • Jeremías 20, 10-13:
    Libera la vida del pobre de las manos de gente perversa
  • Salmo 68:
    R: Señor, que me escuche tu gran bondad.
  • Romanos 5, 12-15:
    No hay proporción entre el delito y el don.
  • Mateo 10, 26-33:
    No tengáis miedo a los que matan el cuerpo.


En aquel tiempo dijo Jesús a sus apóstoles: 26 “No tengan miedo a la gente. No hay nada encubierto que no se descubra, ni escondido que no se divulgue. 27Lo que les digo de noche díganlo en pleno día; lo que escuchen al oído grítenlo desde los techos. 28No teman a los que matan el cuerpo y no pueden matar el alma; teman más bien al que puede arrojar cuerpo y alma en el infierno. 29¿No se venden dos gorriones por unas monedas? Sin embargo ni uno de ellos cae a tierra sin permiso del Padre de ustedes. 30En cuanto a ustedes, hasta los pelos de su cabeza están contados. 31Por tanto, no les tengan miedo, que ustedes valen más que muchos gorriones. 32Al que me reconozca ante los hombres, yo lo reconoceré ante mi Padre del cielo. 33Pero el que me niegue ante los hombres, yo también lo negaré ante mi Padre del cielo”.

Comentario bíblico de Antonio Guerra

El texto que hoy meditamos forma parte del discurso apostólico (Mt 10). En el contexto inmediato a la lectura, Jesús ha descrito a sus discípulos un cuadro de violencia y persecución. Esto podría provocarles miedo e impulsarlos a retroceder, por eso resuena en el evangelio por tres veces el NO TENGÁIS MIEDO (vv. 26.28.31). Jesús los invita a tener confianza en la asistencia del Padre y los impulsa a sentirse llamados a dar testimonio del amor de Dios.

Primera exhortación. La tarea del anuncio y la pertenencia al grupo de Jesús los hace todavía más vulnerables. A pesar de todo, les dice “no tengáis miedo”, que es como decir: “no permitáis que el miedo os arrastre y os haga abandonar la fidelidad a vuestra misión con tal de salvar vuestra vida”. Lo que Jesús les ha confiado han de anunciarlo con franqueza y apertura, a la luz del sol y en público.

En la segunda exhortación Jesús pide coraje también frente al daño extremo e irrevocable que podemos sufrir frente a la muerte. Jesús recuerda que la vida terrena no es el mayor bien y que la muerte no es el mal más grave. Jesús los invita a la valentía de abandonarse en Dios, no porque éste vaya a frenar a los hombres, impidiéndoles que le maten, sino porque, matando, los hombres no pueden influir lo más mínimo sobre el destino último de la salvación definitiva: sólo de Dios depende nuestro destino definitivo, la vida eterna o la perdición eterna. Nada de lo que nos suceda dejará de estar en las manos de Dios.

Tercera exhortación. El discípulo es por encima de todo uno que no teme mostrar la propia identidad confesándola públicamente. Quien reconoce a Jesús como su maestro delante de los demás, será reconocido como su discípulo también delante del Padre. Quien da espacio al miedo, anula todos los pasos hechos en el camino del seguimiento, desconectándose del vínculo de amistad profundo que ha sido tejido con Jesús.

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NUESTROS MIEDOS
José Antonio Pagola

Cuando nuestro corazón no está habitado por un amor fuerte o una fe firme, fácilmente queda nuestra vida a merced de nuestros miedos. A veces es el miedo a perder prestigio, seguridad, comodidad o bienestar lo que nos detiene al tomar las decisiones. No nos atrevemos a arriesgar nuestra posición social, nuestro dinero o nuestra pequeña felicidad.
Otras veces nos paraliza el miedo a no ser acogidos. Nos atemoriza la posibilidad de quedarnos solos, sin la amistad o el amor de las personas. Tener que enfrentarnos a la vida diaria sin la compañía cercana de nadie.
Con frecuencia vivimos preocupados solo de quedar bien. Nos da miedo hacer el ridículo, confesar nuestras verdaderas convicciones, dar testimonio de nuestra fe. Tememos las críticas, los comentarios y el rechazo de los demás. No queremos ser clasificados. Otras veces nos invade el temor al futuro. No vemos claro nuestro porvenir. No tenemos seguridad en nada. Quizá no confiamos en nadie. Nos da miedo enfrentarnos al mañana.
Siempre ha sido tentador para los creyentes buscar en la religión un refugio seguro que nos libere de nuestros miedos, incertidumbres y temores. Pero sería un error ver en la fe el agarradero fácil de los pusilánimes, los cobardes y asustadizos.
La fe confiada en Dios, cuando es bien entendida, no conduce al creyente a eludir su propia responsabilidad ante los problemas. No le lleva a huir de los conflictos para encerrarse cómodamente en el aislamiento. Al contrario, es la fe en Dios la que llena su corazón de fuerza para vivir con más generosidad y de manera más arriesgada. Es la confianza viva en el Padre la que le ayuda a superar cobardías y miedos para defender con más audacia y libertad el reino de Dios y su justicia.
La fe no crea hombres cobardes, sino personas resueltas y audaces. No encierra a los creyentes en sí mismos, sino que los abre más a la vida problemática y conflictiva de cada día. No los envuelve en la pereza y la comodidad, sino que los anima para el compromiso.
Cuando un creyente escucha de verdad en su corazón las palabras de Jesús: «No tengáis miedo», no se siente invitado a eludir sus compromisos, sino alentado por la fuerza de Dios para enfrentarse a ellos.

José Antonio Pagola
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NI MIEDO A HABLAR, NI MIEDO A MORIR
José Luis Sicre

El evangelio de este domingo es parte del segundo gran discurso que Mateo pone en boca de Jesús. Dirigido a los apóstoles, comienza con unas instrucciones sobre cómo deben anunciar el Reinado de Dios, insistiendo en el desinterés y la pobreza (Mt 10,5-15). No pueden imaginar que la predicación de este mensaje, o curar enfermos, sobre todo sin pedir nada a cambio, pueda provocarles calumnias y persecuciones. Sin embargo, repetir el mensaje de Jesús y vivir como él vivió provoca mucho malestar en ciertos ambientes. Por eso, les deja claro a los discípulos que van a ser muy perseguidos (10,16-25). Ante esto, corren dos peligros: el de callar, para no meterse en complicaciones; y el de dejarse arrastrar por el miedo a la muerte. La forma en que Jesús aborda este tema resulta de una frialdad pasmosa, usando tres argumentos muy distintos: 1) la muerte del cuerpo no tiene importancia alguna, lo importante es la muerte del alma; 2) todo lo que pueda ocurriros lo dispone Dios; 3) la actitud que adoptéis con respecto a mí la adoptaré yo con respecto a vosotros.

Mateo ha recogido en este breve fragmento frases pronunciadas por Jesús en distintos momentos de su vida. Por eso, pueden desconcertar un poco. En el primer caso, a quien deben temer los apóstoles es a Dios, el único que puede matar el alma. En el tercero, a quien deben temer es a Jesús, que podría negarlos ante el Padre del cielo. En cualquier caso, a quienes no deben temer es a los hombres, idea que se repite tres veces en estos pocos versículos.

Cuando se piensa en los asesinatos de cristianos en Egipto, Siria y otros países, quienes vivimos en una sociedad tranquila y segura (por mucho que nos quejemos) podemos tener la impresión de que estas palabras son inhumanas, casi crueles. Sin embargo, es probable, incluso seguro, que a esos cristianos perseguidos les infundan enorme esperanza y energía para confesar su fe. Han preferido la muerte a renegar de Jesús; han preferido ponerse de su parte, salvar el alma antes que el cuerpo.

La primera lectura sirve de contraste (aunque es probable que quienes la eligieron no cayeran en la cuenta de este detalle). El destino de Jeremías, calumniado y perseguido por sus paisanos de Anatot y por las autoridades religiosas y políticas de Jerusalén, recuerda lo que anuncia Jesús a sus discípulos. Pero hay una gran diferencia entre esta primera lectura y el evangelio. El profeta termina pidiendo a Dios que lo vengue de sus enemigos. Jesús nunca sugiere algo parecido a sus discípulos. Al contrario, morirá perdonando a quienes lo matan.

José Luis Sicre
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“No tengan miedo”
Misión es fidelidad de amor hasta el Martirio
Romeo Ballan, MCCJ

En el centro del ‘discurso misionero’ de Jesús, que envía a sus discípulos a anunciar el Reino, está la perspectiva cercana y concreta de la persecución, quizás como un reflejo de la experiencia que las primeras comunidades de fieles ya estaban sufriendo, cuando se escribían los Evangelios (Mt 10; Mc 6; Lc 10). De ahí la insistencia de Mateo (Evangelio) en recordar hasta por tres veces la palabra confortadora del Maestro: ‘No tengan miedo’ (v. 26.28.31). Desde siempre, estas palabras han dado ánimo a los pregoneros del Evangelio y han sostenido la fidelidad de los mártires de todos los tiempos.

La superación del miedo y el valor de dar testimonio se basan:

– en el destino universal del mensaje de Jesús: es para todos los pueblos, es un mensaje que es preciso anunciar en pleno día y pregonar desde la azotea (v. 27);

– en el santo temor de Dios: el sentido profundo de su santidad y majestad exige que el primer lugar corresponda siempre y solo a Aquel que tiene la palabra definitiva para la salvación del alma y del cuerpo (v. 28);

– en la bondad del Padre que cuida con amor cosas tan pequeñas como los pajaritos, y cuenta hasta los cabellos de la cabeza (v. 29-31);

– en la necesidad de estar unidos y ser fieles a Cristo, por amor, y, en Él, estar unidos al Padre (v. 32-33).

El profeta Jeremías (I lectura) experimentó la amargura de la calumnia y el terror de la persecución (v. 10), pero, a la vez, la presencia del Señor a su lado “como fuerte soldado” (v. 11), al que él encomienda su causa (v. 12). Por eso, invita a alabar al Señor “que libró la vida del pobre de manos de los impíos” (v. 13). San Pablo (II lectura) alienta la esperanza de los cristianos de Roma, afirmando que el proyecto salvífico de Dios en favor de todos los hombres supera cualquier condicionamiento impuesto por la historia y por el pecado del hombre. En efecto, “no como fue el delito, así también fue el don”, porque la gracia va mucho más allá: “mucho más, gracias a Jesucristo, la benevolencia y el don de Dios se han desbordado sobre todos” (v. 15). ¡En virtud del misterio pascual en la muerte y resurrección de Cristo!

A la luz de ese misterio, hay que interpretar las palabras de un profeta de nuestro tiempo, Dietrich Bonhoeffer (1906-1945), teólogo luterano y mártir del nazismo alemán: “Dios nos ha salvado no en virtud de su potencia, sino en virtud de su impotencia”. Y más todavía: “¡Es el fin! Para mí es el comienzo de la vida”. Recordemos, en el centenario de su nacimiento (1920), al Papa Juan Pablo II, que en 1978 inauguró su pontificado con una clara exhortación a superar el miedo: “¡No tengan miedo! ¡Abran las puertas a Cristo!” En nuestros días el miedo es uno de los sentimientos más extendidos; algunos políticos lo alimentan hábilmente, haciendo de él un uso instrumental en orden a sus proyectos. “El miedo se ha convertido en un instrumento político; nuestros miedos ocultos, de hecho, hacen de nosotros personas expuestas a dejarse manipular fácilmente”, decía el P. Adolfo Nicolás (+2020), Superior general de los jesuitas. El miedo, además, es siempre un pésimo consejero.

La superación del miedo y la fidelidad hasta el martirio acompañan siempre a la Iglesia en todo tiempo y lugar. Hay una continuidad entre los cristianos perseguidos en los primeros siglos y los testimonios de mártires recientes, igualmente fieles al anuncio del Evangelio y a la denuncia profética. El arzobispo Óscar A. Romero, poco antes de ser asesinado (El Salvador, 1980), declaró con firmeza a las fuerzas del orden público: “En nombre de Dios y en nombre de este sufrido pueblo, cuyos lamentos suben hasta el cielo cada vez más tumultuosos, les suplico, les ruego, les ordeno: en nombre de Dios, cese la represión”. Jesús lo había predicho: Los perseguirán también a ustedes… Pero no tengan miedo. ¡Yo he vencido al mundo!


Introducción

​Antes de entrar en una calle se debe prestar atención a las señales. Es necesario determinar si, por casualidad, uno ha entrado en la dirección prohibida.

​Al observar la dirección en que se mueven los demás, un discípulo de Cristo tiene la sensación inmediata y aguda de conducir contra el tráfico. Si uno elige los caminos de la renuncia, del intercambio de bienes, del amor desinteresado, del perdón sin límites, del cumplimiento de la Palabra, ve moverse el tráfico en la dirección opuesta y se da cuenta de que debe proceder con cautela y prudencia. El choque es inevitable y él siempre será el perdedor, se lo considerará fuera de lugar… será acusado de violar las reglas aceptadas por todos.

​Para el impío el justo es “insoportable solo con verlo” (Sab 2,14), “da vergüenza” (Sab 2,12); molesta porque “lleva una vida diferente a la de los demás y va por un camino aparte”(Sab 2,15).
En tiempos de persecución, puede surgir en el cristiano también la duda de que uno camina por la dirección equivocada.

​​Después de comprobar si en realidad se están siguiendo las instrucciones del Maestro, no se debe quedar atrapado por el miedo: esa es la dirección correcta; está conduciendo con los ojos abiertos y camina en la luz.

Primera Lectura: Jeremías 20,10-13

Dijo Jeremías: 10“Oigo los rumores de la gente: «Cerco de terror. ¡Denuncienlo! ¡Denunciemoslo!». Mis amigos espiaban mi traspié: «A ver si se deja seducir; lo venceremos y nos vengaremos de él». 11Pero el Señor está conmigo como valiente soldado; mis perseguidores tropezarán y no me vencerán; sentirán la confusión de su fracaso, un sonrojo eterno e inolvidable. 12Señor Todopoderoso, examinador justo que ves las entrañas y el corazón, que yo vea cómo tomas venganza de ellos, porque a ti encomendé mi causa. 13Canten al Señor, alaben al Señor, que libró al pobre del poder de los malvados”.

Jeremías vive en uno de los momentos más dramáticos de la historia de su pueblo. El ejército de Nabucodonosor ha rodeado Jerusalén; la va a tomar por asalto y la saqueará. El rey y los comandantes del ejército han perdido completamente la cabeza y toman malas decisiones. Los líderes religiosos, en vez de darse cuenta de que se está acercando la ruina, bendicen las elecciones de los militares e incitan a la gente: “Todo va bien; no va a pasar nada malo” (Jer 6,13-14), mientras que todo va mal y la catástrofe está próxima.

Jeremías parece la persona menos adecuada para entrar en este conflicto: es un joven tímido, sensible, amante de la vida tranquila, ajeno a la controversia; su sueño es vivir tranquilo con su familia en Anatot, pero el Señor lo llama a una misión difícil y peligrosa “en contra de los reyes de Judá, sus príncipes, sus sacerdotes y el pueblo”. “Ármate de valor –dice– levántate, diles lo que yo te mando… lucharán contra ti, pero no te vencerán, porqueyo estoy contigo para librarte” (Jer 1,17.19).

Enemigo jurado de Jeremías es un sacerdote, Pasur, hijo de Imer, director superintendente del templo. Hace azotar y poner en el calabozo al profeta. Al día siguiente, liberado de la cárcel, Jeremías se encuentra con él e, irónicamente, le cambia el nombre; lo llama Magor, que significa “cerco de terror” (Jer 20,1-3). Pasjur –asegura el profeta– no asustará a nadie, y pronto estará en la consternación y buscando desesperadamente refugio en algún escondite en la ciudad, cuando los soldados de Babilonia lo persigan. Será capturado y esclavizado, lo llevarán al exilio, donde morirá junto con los que engañó con mentiras: prometiendo paz, mientras se avecinaban días de terror.

La lectura de hoy comienza con las palabras de Jeremías recordando la reacción del público a sus quejas. Retomando el apodo de Pasjur –cerco de terror– la gente se burla del profeta llamándolo, terror para ti, como si fuera a decir: ahora el aterrorizado eres tú, no Pasjur; todos vemos que te estás muriendo de miedo.

Los enemigos de Jeremías no se limitan a la burla y el sarcasmo; traman, buscando razones para hacer un juicio falso y poder condenarlo. También piensan en lincharlo (v. 10).Confundidos entre la multitud que chilla, también están sus mejores amigos. El profeta, ahora solo, ve que su misión fracasa; se siente rechazado por su pueblo y abandonado por todos.

Inevitables y comprensibles en este momento son el desánimo, la incertidumbre, la desesperación e incluso la duda de que su vocación sea un engaño. Entonces se desahoga con el Señor; grita todo su dolor; maldice incluso el día de su nacimiento (cf. Jer 20,14-18).

Esta oración, hecha de expresiones audaces pero sinceras, pone de manifiesto en él la certeza de la fidelidad de Dios. Las decepciones, adversidades, persecuciones han sacudido, por un momento, su confianza y su esperanza, pero no para sofocarlas ni extinguirlas. Aquí está, de hecho, para proclamar: “El Señor está conmigo como valiente soldado” (v. 11). Ahora está seguro: Dios intervendrá, brillará la verdad y hará triunfar a los que defendían la causa justa.

Los últimos versos de la lectura (vv. 12-13) contienen una invectiva violenta contra los enemigos. Las palabras de Jeremías no deben interpretarse como una explosión de odio, sino como un deseo, justo y humano, para ver el triunfo de su caso, reconociendo su inocencia yexponiendo la maldad de los adversarios.

Es difícil ser profeta, es difícil decir la verdad, ser el primero en levantar la voz para denunciar lo que está mal. Más conveniente es esconderse, fingiendo no ver, dejar que otros hablen. Sin embargo, si se quiere una nueva sociedad, una Iglesia más coherente con el Evangelio y más dócil al Espíritu, si uno aspira a una nueva vida, se necesitan profetas que, como Jeremías, tengan el valor de decir lo que el Señor les dice, aun a riesgo de la vida.

Segunda Lectura: Romanos 5,12-15

Hermanos: 12Así como por un hombre penetró el pecado en el mundo y por el pecado la muerte, así también la muerte se extendió a toda la humanidad, ya que todos pecaron. 13Antes de llegar la ley, el pecado ya estaba en el mundo; pero, como no había ley, el pecado no se tenía en cuenta. 14Con todo, la muerte reinó desde Adán hasta Moisés, también sobre los que no habían pecado imitando la desobediencia de Adán –que es figura del que había de venir–. 15Pero el don no es como el delito. Porque si por el delito de uno murieron todos, mucho más abundantes se ofrecerán a todos el favor y el don de Dios por el favor de un solo hombre, Jesucristo.

En este difícil pasaje de la carta a los romanos Pablo, confrontando la figura de Adán con la de Jesús, relaciona las consecuencias del pecado del primer hombre con la justificación por Cristo.

Dice que, desde el principio, los hombres pecaron alejándose del plan amoroso de Dios. A lo largo de los siglos, siguieron cometiendo errores y practicando la injusticia, a ejemplo de Adán, el primer hombre, que había desobedecido y se había alejado de Dios. Jesús se comportó de manera opuesta: fue obediente al Padre, hizo su voluntad hasta la muerte.

La consecuencia del pecado de Adán fue la muerte. No la muerte biológica –que es un hecho de la naturaleza–, sino la elección de “no vida” de cualquier persona que se niega a seguir el camino trazado por Dios. La gracia obtenida por la obediencia de Cristo, sin embargo, es muy superior al mal causado por la locura humana. Gracias a Cristo, Dios ha comunicado su Vida a todos.

Evangelio: Mateo 10,26-33

«Nuestro Señor y nuestro Dios te pide que hagas lo siguiente…». Con esta fórmula se encabezaban los documentos oficiales expedidos en nombre de Domiciano (81-96 d.C.), el emperador que erigió estatuas por todas partes en su honor y exigió ser adorado como un dios. El cónsul Flavio Clemente, su primo, que se convirtió a Cristo, y que, a causa de su fe, no pudo adherirse a estas locas solicitudes insanas, fue ejecutado, y su esposa, Domitila,exiliada en Cerdeña.

El culto al emperador se difundió principalmente en Asia Menor. En Éfeso se erigió un templo y una estatua colosal del “dios Domiciano” y las autoridades locales, serviles al poder, reclamaban que todos se inclinaran ante él y adoraran al que el vidente del Apocalipsis describe como “la bestia” (Ap 13,4.12).

Los cristianos no podían conceder honores divinos al rey, y por eso comenzaron para ellos los problemas, los castigos, la discriminación, la confiscación de bienes. Muchos no soportaban estos continuos abusos, y estaban al límite de la resistencia y en riesgo de apostasía. ¿Cómo ayudarlos a superar este momento difícil?

Mateo escribe en este contexto histórico y, para animar a los cristianos de su comunidad, pone en su evangelio los dichos del Maestro sobre las dificultades y persecuciones que los discípulos tendrían que soportar. Para los cristianos la persecución no es un contratiempo, es un hecho ineludible. El autor de la segunda carta a Timoteo (escritamás o menos en el mismo período) nos recuerda: “Es cierto que todos los que quieran vivir religiosamente, como cristianos, sufrirán persecuciones” (2 Tim 3,12).

¿Qué recomendaciones hace Jesús a los discípulos perseguidos? Comienza a advertirles sobre el miedo. El miedo es en algún sentido positivo: señala los peligros, evita gestos imprudentes, arriesgados, insensatos; pero, si se escapa al control, dificulta la acción audaz y las decisiones firmes. Para aquellos que han tomado la decisión de seguir a Cristo, el miedo es a menudo el peor enemigo. Se manifiesta en el temor de perder la propia posición, de ver a disminuida la estima de sus superiores, de perder amigos, de perder los bienes, de ser castigado, degradado, e incluso para algunos, ser asesinados.

El que tiene miedo ya no es libre. Es normal tener miedo, pero ¡cuidado de ser dominado y guiado por el miedo! Se termina paralizado. En el evangelio de hoy Jesús insiste tres veces: “¡No tengas miedo!” (vv. 26.28.31.). Y cada vez se agrega una razón para justificar su recomendación. El que anuncia el Evangelio tiene miedo, en primer lugar, de que, a causa de la violencia desatada por los enemigos de Cristo, fracase su misión (vv. 26-27).

Jesús le asegura que, a pesar de las pruebas y dificultades, el Evangelio se extenderá y transformará el mundo. Para aclararlo, cita el ejemplo de los rabinos de su tiempo. Antes de enviar a sus estudiantes a discutir públicamente en las plazas, se los instruye en secreto. Su sabiduría permanece oculta durante mucho tiempo, pero un día todo el pueblo se veobligado a reconocer su sabiduría y su preparación. Lo mismo –asegura Jesús– va a pasar con sus apóstoles. Ellos probablemente no verán germinar las semillas de luz y de bien que han sembrado con el trabajo duro y con dolor, pero deben cultivar la gozosa certeza de que la cosecha crecerá y será abundante. Su trabajo no será en vano; si fueran condenados a muerte, ninguna fuerza enemiga podrá impedir la realización del plan de Dios.

Es revelador lo que le sucedió a Jesús: sus enemigos estaban convencidos de haberlo silenciado para siempre, de haber puesto una enorme e inamovible piedra sobre él y su mensaje, pero en Pascua resucitó, igual que la semilla que, enterrada en la tierra, muere, pero para reaparecer centuplicada.

En segundo término, el que anuncia el Evangelio tiene miedo de ser maltratado o incluso llevado a la muerte (v. 28). Jesús nos invita a reflexionar: ¿Qué daño pueden hacer los enemigos del Evangelio? Insultos, acusaciones injustas, confiscación de bienes, quitar la vida… Sí, pero nada más. Ninguna violencia es capaz de privar al discípulo del único bien duradero: la Vida que ha recibido de Dios y que nadie le puede quitar. De esto Pablo estaba profundamente convencido: “Tengo la certeza de que ni la tribulación, ni la angustia, ni la persecución, ni el hambre, ni la desnudez, ni la espada … nada nos podrá separar del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús Señor nuestro” (Rom 8,35-39).

Pero hay algunos –continua Jesús– a los que sí hay que temer: a los que tienen el poder de destruir el alma y el cuerpo. “Esos” no están fuera de nosotros… Son el mismo mal que, desde que nacimos, llevamos dentro. Es esa fuerza negativa que sugiere caminos opuestos a los de Cristo. Por lo tanto, es necesario ante todo temer al propio miedo. ¿No nos pasa a veces que, por miedo a quedarnos solos, cultivamos amistades ambiguas o lazos que nos someten y nos impiden vivir? ¿Acaso en alguna ocasión, por miedo, no nos hemos comportado cobardemente, no hemos mentido o no nos hemos comprometido con la justicia? El que tiene miedo afecta la realización su propia vida. Y por eso es que se dice que… “perecerá”.

La tercera razón por la que la persecución asusta es que a menudo no solo nos afecta a nosotros, sino que también afecta a los que nos rodean. Ellos también pueden ser privados de la necesaria subsistencia (vv. 29-31). A esta objeción Jesús responde recordando la confianza en la providencia del Padre celestial. No promete a sus discípulos que no les pasará nada, que siempre van a ser rescatados, de forma prodigiosa, sino que Dios realizará su verdadero bien de todos modos, si han tenido el coraje de seguir siendo fieles. Hace referencia al cabello de la cabeza de los cuales solo Dios sabe el número. Ninguno de nosotros se escapa de su amor y su cuidado. Se interesa por todas las criaturas, incluso la más pequeña, ¡cuánto más se preocupará de los que están luchando por la venida de su reino!

El texto termina con una promesa: Jesús va a reconocer, ante su Padre, a aquellos que lo han reconocido ante los hombres (vv. 32-33). No habla del juicio final, sino de lo que sucede hoy en día: reconoce a algunos de sus discípulos que actúan en el mundo, pero a otros no. Reconoce al que no tiene miedo de anunciar su Evangelio aun a costa de la vida; no reconoce por otro lado a los que niegan delante de los hombres su imagen, a los que no hacen presente en el mundo su Palabra. Jesús dará testimonio ante el Padre de este hecho.

Hoy todavía hay muchos que mueren por causa del Evangelio, y aun donde no hay derramamiento de sangre, existe persecución y esto es inevitable. Ocurre a veces abiertamente con insultos, burlas públicas y otras veces sutilmente y disfrazados de exclusión y discriminación. El que con su vida no molesta a nadie puede estar seguro: tal vez,sin darse cuenta, se ha adaptado a los principios de este mundo y renunciado al reino de Dios.

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