Año A – Solemnidad de la Santísima Trinidad
Juan 3,16-18: “Dios amó tanto al mundo que entregó a su Hijo unigénito”

Celebramos hoy la Solemnidad de la Santísima Trinidad. Es una fiesta relativamente reciente: fue introducida en el calendario litúrgico en 1334 por el papa Juan XXII. El motivo principal era dar una celebración solemne al misterio central de nuestra fe: Dios uno y trino, Padre, Hijo y Espíritu Santo. La encarnación y la Trinidad son los dos misterios esenciales de la fe cristiana. En efecto, todos los cristianos son bautizados en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.

La colocación de esta solemnidad en el domingo después de Pentecostés no es casual. A lo largo de los noventa días del tiempo cuaresmal y pascual, con la Semana Santa de la Pasión, muerte y resurrección de Jesús en el centro, hemos hecho experiencia de la acción salvífica del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. En este domingo después de Pentecostés contemplamos la acción amorosa de las tres Personas divinas en su unidad y comunión. “Esta fiesta es como un oasis de contemplación, después de la plenitud de Pentecostés” (don Angelo Casati).

A todos les es posible llegar a la existencia de Dios a través de su epifanía en la creación. La inteligencia humana puede también llegar a la unicidad de Dios, es decir, al monoteísmo. A la Trinidad de las Personas en el único Dios, en cambio, nos ha guiado la fe en Jesús, porque “a Dios nadie lo ha visto jamás: el Hijo unigénito nos lo ha revelado” (Juan 1,18). No se trata, sin embargo, de un conocimiento teórico o puramente dogmático, que serviría de poco o de nada, sino de una introducción a la intimidad de Dios, de una inmersión en su misterio inmenso, sorprendente y fascinante.

Dios es amor

Las lecturas propuestas por la liturgia, breves pero densas, nos ayudan a profundizar en este misterio. Todas subrayan el amor de Dios. En la primera lectura, el Señor se presenta como “Dios misericordioso y piadoso, lento a la ira y rico en amor y fidelidad” (Éxodo 34). En la segunda, conclusión de la segunda carta a los Corintios, san Pablo, con palabras llenas de ternura, se despide de la comunidad diciendo: “Hermanos, estad alegres, buscad la perfección, animaos mutuamente, tened los mismos sentimientos, vivid en paz, y el Dios del amor y de la paz estará con vosotros” (2 Corintios 13,11-13). El Evangelio nos presenta una de las afirmaciones más extraordinarias y revolucionarias de toda la Sagrada Escritura: “Dios amó tanto al mundo que entregó a su Hijo unigénito, para que todo el que cree en él no se pierda, sino que tenga vida eterna”.

En su primera carta, san Juan desarrolla esta verdad hasta afirmar: “Dios es amor” (1 Juan 4,16). La Trinidad es una exigencia del amor: Dios es amor, por eso es Trinidad. En la meditación de este Misterio permanece insuperable la intuición de san Agustín, que define al Padre como el amante, al Hijo como el amado y al Espíritu Santo como el amor que los une.

Mientras no acojamos en el corazón esta novedad evangélica, corremos el riesgo de hacer de Dios un ídolo, construido a “nuestra imagen y semejanza”: desde el dios juez hasta las distorsiones más perversas, como podemos ver en ciertos fundamentalismos. Pero no pretendamos conocer demasiado deprisa a Dios. La Palabra nos presenta “al Dios desconocido” a los atenienses, pero también a nosotros (Hechos 17,23).

¿Cómo percibir el amor de Dios? ¿Cómo llegar a lo que san Pablo desea a los Efesios: “Que Cristo habite por la fe en vuestros corazones, y así, arraigados y cimentados en la caridad, seáis capaces de comprender con todos los santos cuál es la anchura, la longitud, la altura y la profundidad, y de conocer el amor de Cristo, que supera todo conocimiento” (Efesios 3,17-19)?

Un viaje desde el exterior hacia las profundidades

Hoy vivimos proyectados hacia el mundo y el universo, deseosos —justamente— de descubrir los misterios del cosmos y de la vida. También buscamos conocer el “cosmos” que llevamos dentro: qué nos hace humanos, qué nos hace únicos, qué nos distingue de la inteligencia artificial… Sin embargo, pocos parecen interesados en profundizar en el Misterio por excelencia.

Los progresos asombrosos de las ciencias, nuestros conocimientos sobre el origen y la expansión del universo, sobre la evolución y sobre las leyes que hicieron saltar la chispa de la vida, suscitan asombro y maravilla. A pesar de todo, sin embargo, el sentido del infinito y el significado profundo de la vida parecen escapársenos, inasibles. Parecen remitirnos siempre… más allá. Nosotros mismos seguimos siendo un enigma para nosotros mismos. Al creyente le surge espontáneamente pensar: ¿no será quizá que solo el conocimiento de Dios y de su Misterio puede ofrecernos la clave de la existencia?

Así habla de ello el teólogo italiano Paolo Scquizzato:
“Dios-Trinidad, el Misterio insondable, quién sabe, quizá sea el Fondo del ser, la creatividad del Universo, la Belleza de lo bello, la Bondad del bien, la Vida de los vivientes, la Información del Cosmos, el Alma del mundo, la Conciencia del Universo, la ternura de los amantes, la Levadura de la materia, el Amor que me pide a cada instante expresarme plenamente y captar la sacralidad de todo lo que existe”.

Un cambio de dirección: desde dentro hacia fuera

“El amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por medio del Espíritu Santo que se nos ha dado”, afirma san Pablo en la carta a los Romanos (5,5). Habitualmente hablamos de “seguir a Jesús”, de ir detrás de él. Es la perspectiva de los Evangelios sinópticos: Marcos, Mateo y Lucas. Sin embargo, san Juan y sobre todo san Pablo prefieren hablar de Cristo y de Dios “en nosotros”: “Ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí” (Gálatas 2,20). Cristo habita en Pablo, lo anima, lo transforma.

Quizá no hemos profundizado suficientemente en esta dimensión. No hay que buscar a Dios quién sabe dónde, fuera de nosotros. Él está en lo íntimo de cada uno, en el núcleo más profundo, allí donde recibimos nuestro ser del amor de Dios. Jesús viene a nuestro encuentro “desde dentro hacia fuera”, dice el beato Juan de Ruusbroec, místico medieval. Nosotros estamos naturalmente orientados hacia el exterior; él, en cambio, está dentro. Esta maravillosa realidad hace exclamar a san Agustín, con asombro: “Tú eras más íntimo a mí que yo mismo y más alto que lo más alto que hay en mí”. Dios está escondido en nuestro corazón. Allí encontramos la fuente de la dignidad de nuestra humanidad.

¿Cómo concluir nuestra reflexión?

Los cristianos no son aquellos que creen simplemente en Dios creador del cielo y de la tierra, un Dios eterno y omnipotente. De un Dios así podríamos tener miedo. Podríamos respetarlo, pero no amarlo. Podríamos desconfiar de él y verlo como una amenaza para nuestra libertad. Los cristianos, en cambio, se definen así: “Nosotros hemos creído en el amor que Dios nos tiene” (1 Juan 4,16). A un Dios así podemos amarlo. De un Dios así podemos fiarnos y a él podemos abandonarnos.

Propuesta de oración para la semana:

Trinidad eterna, eres como un mar profundo, en el que cuanto más busco, más encuentro; y cuanto más encuentro, más crece la sed de buscarte. Tú eres insaciable; y el alma, saciándose en tu abismo, no se sacia, porque permanece con hambre de ti, cada vez te anhela más, oh Trinidad eterna, deseando verte con la luz de tu luz.” (Santa Catalina de Siena)

P. Manuel João Pereira Correia, MCCJ