Solemnidad de la
Santísima Trinidad (A)
Juan 3,16-18

  • Lectura del libro del Éxodo (34,4b-6.8-9):
    «Si he obtenido tu favor, que mi Señor vaya con nosotros, aunque ése es un pueblo de cerviz dura; perdona nuestras culpas y pecados y tómanos como heredad tuya.»
  • Lectura de la segunda carta del apóstol san Pablo a los Corintios (13,11-13):
    La gracia del Señor Jesucristo, el amor de Dios y la comunión del Espíritu Santo esté siempre con todos vosotros.
  • Evangelio según san Juan (3,16-18):
    Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único para que no perezca ninguno de los que creen en él, sino que tengan vida eterna. Porque Dios no mandó su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él. El que cree en él no será juzgado; el que no cree ya está juzgado, porque no ha creído en el nombre del Hijo único de Dios.

Trinità3

LA INTIMIDAD DE DIOS
José Antonio Pagola

Si por un imposible la Iglesia dijera un día que Dios no es Trinidad, ¿cambiaría en algo la existencia de muchos creyentes? Probablemente no. Por eso queda uno sorprendido ante esta confesión del P. Varillon: «Pienso que, si Dios no fuera Trinidad, yo sería probablemente ateo […] En cualquier caso, si Dios no es Trinidad, yo no comprendo ya absolutamente nada».
La inmensa mayoría de los cristianos no sabe que al adorar a Dios como Trinidad estamos confesando que Dios, en su intimidad más profunda, es solo amor, acogida, ternura. Esta es quizá la conversión que más necesitan no pocos cristianos: el paso progresivo de un Dios considerado como Poder a un Dios adorado gozosamente como Amor.
Dios no es un ser «omnipotente y sempiterno» cualquiera. Un ser poderoso puede ser un déspota, un tirano destructor, un dictador arbitrario: una amenaza para nuestra pequeña y débil libertad. ¿Podríamos confiar en un Dios del que solo supiéramos que es omnipotente? Es muy difícil abandonarse a alguien infinitamente poderoso. Parece más fácil desconfiar, ser cautos y salvaguardar nuestra independencia.
Pero Dios es Trinidad, es un misterio de Amor. Y su omnipotencia es la omnipotencia de quien solo es amor, ternura insondable e infinita. Es el amor de Dios el que es omnipotente. Dios no lo puede todo. Dios no puede sino lo que puede el amor infinito. Y siempre que lo olvidamos y nos salimos de la esfera del amor nos fabricamos un Dios falso, una especie de ídolo extraño que no existe.
Cuando no hemos descubierto todavía que Dios es solo Amor, fácilmente nos relacionamos con él desde el interés o el miedo. Un interés que nos mueve a utilizar su omnipotencia para nuestro provecho. O un miedo que nos lleva a buscar toda clase de medios para defendernos de su poder amenazador. Pero esta religión hecha de interés y de miedos está más cerca de la magia que de la verdadera fe cristiana.
Solo cuando uno intuye desde la fe que Dios es solo Amor y descubre fascinado que no puede ser otra cosa sino Amor presente y palpitante en lo más hondo de nuestra vida, comienza a crecer libre en nuestro corazón la confianza en un Dios Trinidad del que lo único que sabemos por Jesús es que no puede sino amarnos.

José Antonio Pagola
http://www.musicaliturgica.com


Santísima Trinidad

En este domingo la Iglesia celebra la solemnidad de la Santísima Trinidad, misterio central de la fe  y de la vida cristiana. Sólo Dios puede dárnoslo a conocer revelándose como Padre, Hijo y Espíritu Santo. En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo, así empieza y termina la Santa Misa y el Oficio divino, y se confieren los Sacramentos. Igualmente A los salmos sigue el Gloria al Padre…; los himnos tradicionales acaban con la doxología y las oraciones con una conclusión en honor a las Tres Divinas Personas.  El misterio de la Trinidad es la síntesis de nuestra fe cristiana y del Año litúrgico.

Jn 3, 16 – 18
Este Evangelio, destaca la importancia de la fe y es muy consolador.
“Porque tanto amó Dios al mundo  que dio a su hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna”.  Es la declaración más sorprendente de toda la Escritura. Las expresiones de este versículo contienen detalles de gran valor, aquí debemos apreciar el énfasis que el evangelista hace en la clase y grandeza de este amor. El no puede ocultar su asombro cuando se va acercando a considerar el amor de Dios hacia este mundo hostil.

Su admiración es similar a la que expresa en su primera carta cuando dice: “Mirad qué amor nos ha tenido el Padre, para llamarnos hijos de Dios…” (1Jn 3, 1). Somos exhortados a considerar el grado tan infinito y la forma tan gloriosa en la que Dios nos ha amado. Esto nos ha de llevar a adorarle con todo nuestro corazón. También a reconocer que si amamos a Dios, se debe a que él nos amó a nosotros primero. Nunca olvidemos que es su amor el que hace posible el nuestro. “En  esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó a nosotros, y envió a su hijo en propiciación por nuestros pecados”. (1 Jn 4,10).

Otro detalle que debemos notar es que el objeto del  amor de Dios fue el “mundo”. He aquí la grandeza de este amor, es capaz de abrazar al mundo entero, es decir, a la totalidad de la raza humana.
Ninguno de nosotros quedamos fuera del alcance del Amor de Dios, por más bajo que hayamos caído. Es cierto somos indignos de un amor de tan alto grado, pero Dios abre la puerta de la salvación a todos los hombres por igual. “ Dió a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca sino que tenga vida eterna” (Jn 3,16).
Dios ha entregado lo más valioso que tenía, a su propio Hijo unigénito. Fue a este Hijo unigénito con quien desde la eternidad mantenía una relación de amor a quien entregó por los pecadores. El padre nos entregó lo que más quería, a su propio Hijo. No existe un don más grande.
Grandeza de su propósito: “para que todo el que cree en él no perezca sino que tenga la vida eterna” (Jn 3, 16). Aunque el amor de  Dios, es inmensamente grande no servirá de nada a aquellos que no creen en él. La única condición que Dios pone es la fe, no  nuestras obras ni méritos personales.

Todo el que cree, en Jesús que murió y resucitó, tiene la vida eterna. Dios envió a su hijo al mundo para que pudiera ser salvado, no para condenarlo. Jesús es la clave de la Salvación.

Señor, te doy gracias por esta inmensa demostración de tu amor, por todos nosotros. “Cuando el Espíritu está en nosotros, lo está también la Palabra, de quien recibimos el Espíritu, y en la Palabra está también el Padre, realizándose así aquellas palabras: El Padre y yo vendremos a fijar en él nuestra morada. Porque donde está la luz, allí está también el resplandor; y donde está el resplandor, allí está también su eficiencia y su gracia esplendorosa.” (De las cartas de San Atanasio. Obispo.)
Este amor no hace distinción de personas; “ porque no hay acepción de personas para con Dios” Rm 2,11. Toda la humanidad sin distinción está incluida en este admirable amor.
El origen eterno del Espíritu se revela en su misión temporal. El Espíritu Santo es enviado a los apóstoles y a la Iglesia tanto por el  Padre en nombre del Hijo, como por el Hijo en Persona, una vez que vuelve junto al Padre (Cf Jn 14,26; 15,26; 16,14). El envío de la persona del Espíritu tras la glorificación de Jesús (Cf Jn. 17, 39) Revela en plenitud el misterio de la Santísima Trinidad.

https://www.figliedellachiesa.org


La Santa Trinidad:
manantial de misericordia y de misión
Romeo Ballan mccj

¿Cómo es Dios por dentro? ¿Cómo vive? ¿Qué hace? ¿Dónde habita?… Son preguntas que todo ser humano se hace, por lo menos en algunas etapas de la vida. A estas y a otras preguntas responde, sobre todo para los cristianos, la fiesta de la Santísima Trinidad. Es la fiesta del “Dios uno en Tres Personas”, como enseña el catecismo. Con eso está dicho todo, pero, a la vez, todo queda por ser explicado y ser entendido, acogido con amor y adorado en la contemplación. Este tema tiene una importancia central para la misión. En efecto, se afirma con facilidad que todos los pueblos

– incluidos los no cristianos – saben que Dios existe, lo mencionan y lo invocan de diferentes maneras; se afirma igualmente que también los ‘paganos’ creen en Dios. Esta verdad compartida – aunque con diferencias y reservas – hace posible el diálogo entre cristianos y seguidores de otras religiones. Sobre la base de un Dios único común a todos, es posible tejer un entendimiento entre los pueblosincluso no cristianos, con vistas a acciones concertadas: favorecer la paz, defender los derechos humanos, realizar proyectos de desarrollo humano y social, como ya se viene haciendo en muchos lugares.

Sin embargo, para la actividad evangelizadora de la Iglesia, estas iniciativas no son sino una parte del mensaje cristiano. Además, en el Evangelio la familia humana encuentra recursos nuevos e inagotables para su propio subsistir y progreso humano y espiritual: ¡acogiendo la novedad de Cristo! El cristiano no se limita a fundar su vida espiritual solo sobre la existencia de un Dios único, y mucho menos lo puede hacer un misionero consciente de la extraordinaria riqueza del don de Jesucristo, que nos introduce de lleno en el misterio de Dios-Amor. El Evangelio que el misionero lleva al mundo, además de enriquecer la comprensión del monoteísmo, abre al inmenso y siempre sorprendente misterio de Dios, que es comunión de Personas. Aquí la palabra misterio no alude a verdades escondidas, difíciles de entender, sino más bien a verdades siempre nuevas, por descubrir y sobre todo vivir. La fe no es un saber. La fe es experiencia de vida.

En esta materia es mejor dejar la palabra a los místicos. Para S. Juan de la Cruz Hay mucho que ahondar en Cristo, porque es como una abundante mina con muchos senos de tesoros, que por más que ahonden, nunca les hallan fin ni término, antes van en cada seno hallando nuevas venas de nuevas riquezas acá y allá”. Por su parte, hablándole a la Trinidad, S. Catalina de Sienaexclama: “Tú, Trinidad eterna, eres como un mar profundo, en el que cuanto más busco, más encuentro, y cuanto más hallo, más crece la sed de buscarte. Tú eres insaciable; y el alma, saciándose en tu abismo, no se sacia, porque sigue con el hambre de ti, siempre más te desea, oh Trinidad eterna”.

La revelación de Dios uno y trino lleva a consecuencias inmediatas y renovadoras para la vida del creyente: ofrece parámetros nuevos sobre el misterio de Dios, sobre la manera de tejer las relaciones entre las personas humanas, sobre la relación del hombre con la creación… También el diálogo entre las religiones se enriquece con perspectivas nuevas, aunque difíciles, como lo indican, por ejemplo, las primeras afirmaciones de un diálogo escueto entre un musulmán y un cristiano:

El musulmán dice: “Dios, para nosotros, es uno; ¿cómo podría tener un hijo?”

El cristiano responde: “Dios, para nosotros, es amor; ¿cómo podría estar solo?”

Este es tan solo el comienzo de un largo camino para el encuentro; queda el desafío: cómo continuar el diálogo, ante todo en las relaciones interpersonales y sociales, y luego en el nivel doctrinal.

El Dios cristiano es trinitario: es uno pero no solitario; es comunitario. Esta revelación enriquece también al monoteísmo hebraico, islámico y de las otras religiones. En efecto, el Dios revelado por Jesús (Evangelio) es Dios-amor, Dios que quiere la vida del mundo, Dios que ofrece salvación a todos los pueblos (v. 16-17; cfr. 1Jn 4,8). Él se revela siempre como “Dios compasivo y misericordioso… rico en clemencia y lealtad” (I lectura, v. 6); “el Dios del amor y de la paz” (II lectura, v. 11); “Dios rico en misericordia” (Ef 2,4).

Es vana la pretensión humana de explicar a Dios; se le puede seguir, sentir, entrever. La Biblia no nos habla de Dios en lenguaje teórico, sino dinámico; nos presenta la historia, los hechos en los cuales Dios se comunica, se manifiesta. La narración bíblica nos muestra lo que Dios-Trinidad ha hecho por nosotros; y desde sus obras podemos entrever algo de cómo es la Trinidad por dentro. Estamos ante un ‘monoteísmo convivial’: hay un Dios uno en la divinidad, pero diferente en las Tres Personas. Dios es comunión de personas y, al mismo tiempo, custodio de las diferencias. La Biblia nos revela que nosotros estamos hechos a imagen y semejanza de la Trinidad (cfr. Gén 1,26-27): estamos creados, pues, para la vida, la relación, la convivialidad. El desafío para todos nosotros, hombres y mujeres, hechos a imagen de Dios, consiste ahora en declinar entre nosotros, de manera armoniosa, la comunión y las diferencias.

Todos los pueblos tienen el derecho y la necesidad de conocer el verdadero rostro de Dios, que Jesús ha revelado.Y los misioneros tienen el encargo de anunciarlo. Como afirma el Concilio, “la Iglesia peregrinante es misionera por su naturaleza, puesto que tiene su origen en la misión del Hijo y del Espíritu Santo, según el designio de Dios Padre” (Ad Gentes 2). Palabras claras del Concilio sobre el origen y el fundamento trinitario de la misión universalde la Iglesia.

“¿Dónde habita Dios?” Es otra de las preguntas iniciales. El catecismo responde: “Dios está en el cielo, en la tierra y en todo lugar”. Es verdad, pero hay una respuesta aún más vital y personal. Un día el rabí Mendel de Kotzk preguntó a unos huéspedes cultos: “¿Dónde habita Dios?” Ellos reaccionaron diciendo: “¿Cómo? ¿No lo sabes? ¿Acaso el mundo no está lleno de su gloria?” El rabí, en cambio, replicó: “Dios habita allí donde se le deja entrar”. Dios está allí donde hay personas que se aman. Dios busca el encuentro personal, llama a la puerta de cada corazón, ofrece su amistad. Con una intimidad que calienta el corazón, regala vida y gozo y desemboca en la misión.


El año litúrgico comienza celebrando cómo Dios Padre envía a su Hijo al mundo. En los domingos siguientes recordamos la actividad y el mensaje de Jesús. Cuando sube al cielo nos envía su Espíritu, tema del domingo pasado. Ya tenemos al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo. Estamos preparados para celebrar a los tres en una sola fiesta, la de la Trinidad.

Esta fiesta surge bastante tarde, en 1334, y fue el Papa Juan XII quien la instituyó. Quizá se pretendía (como ocurrió con la del Corpus) contrarrestar a grupos heréticos que negaban la divinidad de Jesús o la del Espíritu Santo. Así se explica que el lenguaje usado en el Prefacio sea más propio de una clase de teología que de una celebración litúrgica. En cambio, las lecturas son breves y fáciles de entender, centrándose en el amor de Dios.

La única definición bíblica de Dios (Éxodo 34,4b-6.8-9)

La primera lectura, tomada del libro del Éxodo, ofrece la única definición (mejor, autodefinición) de Dios en el Antiguo Testamento y rebate la idea de que el Dios del Antiguo Testamento es un Dios terrible, amenazador, a diferencia del Dios del Nuevo Testamento propuesto por Jesús, que sería un Dios de amor y bondad. La liturgia ha mutilado el texto, pero conviene conocerlo entero.

Moisés se encuentra en la cumbre del monte Sinaí. Poco antes, le ha pedido a Dios ver su gloria, a lo que el Señor responde: «Yo haré pasar ante ti toda mi riqueza, y pronunciaré ante ti el nombre de Yahvé» (Ex 33,19). Para un israelita, el nombre y la persona se identifican. Por eso, «pronunciar el nombre de Yahvé» equivale a darse a conocer por completo. Es lo que ocurre poco más tarde, cuando el Señor pasa ante Moisés proclamando: 

«Yahvé, Yahvé, el Dios compasivo y clemente, paciente y misericordioso y fiel, que conserva la misericordia hasta la milésima generación, que perdona culpas, delitos y pecados, aunque no deja impune y castiga la culpa de los padres en los hijos, nietos y bisnietos» (Ex 34,6-7).

Así es como Dios se autodefine. Con cinco adjetivos que subrayan su compasión, clemencia, paciencia, misericordia, fidelidad. Nada de esto tiene que ver con el Dios del terror y del castigo. Y lo que sigue tira por tierra ese falso concepto de justicia divina que «premia a los buenos y castiga a los malos», como si en la balanza divina castigo y perdón estuviesen perfectamente equilibrados. Es cierto que Dios no tolera el mal. Pero su capacidad de perdonar es infinitamente superior a la de castigar. Así lo expresa la imagen de las generaciones. Mientras la misericordia se extiende a mil, el castigo sólo abarca a cuatro (padres, hijos, nietos, bisnietos). No hay que interpretar esto en sentido literal, como si Dios castigase arbitrariamente a los hijos por el pecado de los padres. Lo que subraya el texto es el contraste entre mil y cuatro, entre la inmensa capacidad de amar y la escasa capacidad de castigar. Esta idea la recogen otros pasajes del AT: 

«Tú, Señor, Dios compasivo y piadoso,
paciente, misericordioso y fiel» (Salmo 86,15). 

«El Señor es compasivo y clemente,
paciente y misericordioso; 
no está siempre acusando ni guarda rencor perpetuo. 
No nos trata como merecen nuestros pecados 
ni nos paga según nuestras culpas; 
como se levanta el cielo sobre la tierra, 
se levanta su bondad sobre sus fieles; 
como dista el oriente del ocaso, 
así aleja de nosotros nuestros delitos; 
como un padres siente cariño por sus hijos, 
siente el Señor cariño por sus fieles» (Salmo 103, 8-14).

«El Señor es clemente y compasivo,
paciente y misericordioso; 
El Señor es bueno con todos, 
es cariñoso con todas sus criaturas» (Salmo 145,8-9).

«Sé que eres un dios compasivo y clemente,
paciente y misericordioso,
que se arrepiente de las amenazas» (Jonás 4,2).

Como consecuencia de lo anterior, Dios se convierte para Moisés en modelo de amor al pueblo: las etapas del desierto han sido momentos de incomprensión mutua, de críticas acervas, de relación a punto de romperse. Ahora, las palabras de Dios mueven a Moisés a interesarse por el pueblo y a demostrarle el mismo amor que Dios le tiene.

El amor de Dios al mundo (Juan 3,16-18)

Este breve fragmento, tomado del extenso diálogo entre Nicodemo y Jesús, insiste en el tema del amor de Dios llevándolo a sus últimas consecuencias. No se trata solo de que Dios perdone o sea comprensivo con nuestras debilidades y fallos. Su amor es tan grande que nos entrega a su propio hijo para que nos salvemos y obtengamos la vida eterna. «De tal manera amó Dios al mundo…». La palabra «mundo» puede significar en Juan el conjunto de todo lo malo que se opone a Dios. Pero en este caso se refiere a las personas que lo habitan, a las que Dios ama de una forma casi imposible de imaginar. Dios no pretende condenar, como muchas veces se predica y se piensa, sino salvar, dar la vida. Una vida que consiste, desde ahora, en conocer a Dios como Padre y a su enviado, Jesucristo, y que se prolongará, después de la muerte, en una vida eterna. En estos meses de pandemia, que nos han puesto en contacto frecuente con la muerte, las palabras de Jesús nos sirven de ánimo y consuelo.

Nuestra respuesta: amor con amor se paga (2 Corintios 13,11-13)

En la primera lectura, Dios se convertía en modelo para Moisés, animándolo al amor y al perdón. En la carta de Pablo a los corintios, Dios se convierte en modelo para los cristianos. La misma unión y acuerdo que existe entre el Padre, el Hijo y el Espíritu debe darse entre nosotros, teniendo un mismo sentir, viviendo en paz, animándonos mutuamente, corrigiéndonos en lo necesario, siempre alegres.

Esta lectura ha sido elegida porque menciona juntos (cosa no demasiado frecuente) a Jesucristo, a Dios Padre y al Espíritu Santo. En esas palabras se inspira uno de los posibles saludos iniciales de la misa.

Conclusión

«Escucha, Israel: el Señor, tu Dios, es solamente uno. Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente, con todo tu ser».

http://www.feadulta.com


Introducción

No basta con creer en Dios. Es importante verificar en qué Dios se cree. Los musulmanes profesan su fe en Alá, el creador del cielo y de la tierra, aquel que gobierna desde lo alto, que ha establecido prescripciones justas y prohibiciones santas y vigila para premiar a quienes las observan y castigar a los transgresores. No conciben que Dios se rebaje al nivel de los hombres y que pueda descender para encontrarse y dialogar con ellos. ¿Es éste el Dios en el que creemos?

En la tribu africana junto a la que he vivido, se invoca a Dios solamente en tiempo de sequía–se cree, de hecho, que la lluvia depende de él–; para otras necesidades, se recurre a los ancestros. Ni siquiera se preguntan si Dios se interesa por las enfermedades, las desgracias, las cosechas de los campos, los asuntos de los hombres. ¿Quizás es éste el Dios en el que creemos?  

A estos interrogantes, responderemos ciertamente que no, que no creemos en dioses semejantes; pero, hagamos la prueba de preguntarnos: ¿Qué imagen de Dios se oculta detrás de la convicción –todavía muy extendida– de que, en el día del Juicio, el Señor valorará con severidad la vida de cada persona? ¿A quién suelen recurrir los cristianos en los momentos difíciles para impetrar favores? Reconozcámoslo: adoramos a un Dios que conserva muchas características de las divinidades paganas, susceptibles, severas, lejanas.  

La fiesta de hoy, introducida bastante tarde en el calendario litúrgico (solo hacia el año 1350), nos ofrece la oportunidad de purificar la imagen que nos hayamos hecho de Diosreflexionando su Palabra, y descubrir rasgos nuevos y sorprendentes de su rostro.

Primera lectura: Éxodo 34,4b-6.8.9

4Moisés labró dos tablas de piedra como las primeras, madrugó y subió al amanecer al monte Sinaí, según la orden del Señor, llevando en la mano dos tablas de piedra. 5El Señor bajó en la nube y se quedó con él allí, y Moisés pronunció el nombre del Señor. 6El Señor pasó ante él proclamando: “Yahveh, Yahveh, Dios compasivo y clemente, paciente, rico en bondad y lealtad…” 8Moisés, al momento, se inclinó y se echó por tierra. 9Y le dijo: “Si gozo de tu favor, venga mi Señor con nosotros, aunque seamos un pueblo de cabeza dura; perdona nuestras culpas y pecados y tómanos como tu pueblo.”

La Biblia refiere con frecuencia palabras pronunciadas por Dios. Ya desde el principio del libro del Génesis, Dios comienza a hablar, pero es necesario llegar al final del libro de Éxodo para oír de sus labios una amplia presentación de sí mismo. Lo que dice lo encontramos en laprimera lectura de hoy.

Un día Moisés pide a Dios que le muestre su rostro y recibe esta respuesta: “Mi rostro no lo puedes ver, porque nadie puede verlo y quedar con vida” (Gén 33,18-20).

El anhelo de Moisés es la expresión del sueño de todo hombre: conocer los secretos más íntimos y profundos de Dios. Para responder a este deseo, Dios se revela como el Señor clemente y lleno de compasión, paciente, misericordioso y fiel, que mantiene su favor por miles de generaciones (“miles”, indica el texto hebreo original, no “mil” como dicen algunas traducciones), que perdona culpas, delitos y pecados (cf. Éx 34,6-7).

Los pueblos paganos imaginaban a Dios como un soberano potente y terrible, siempre pronto a enfadarse con quienes no le ofrecieran sacrificios o violaran sus leyes; que castigaba con enfermedades o desventuras a los que no eran de su agrado.

El Dios de Israel se revela a Moisés con un rostro completamente nuevo: no es imprevisible y suspicaz, no amenaza, no es el Ser supremo exigente y caprichoso frente a quien no hay más remedio que temblar y vivir angustiados. Dios mira a los hombres con ternura, comprende sus errores y los ama siempre, también cuando pecan.

Su primera característica es la misericordia. Este término nos deja siempre un poco incómodos, porque instintivamente lo asociamos a la idea del benefactor compasivo que, desde la cima de su inaccesible rectitud, concede benévolamente el perdón, pero deja en quien ha cometido el delito la sensación de ser un tipo despreciable. El término hebreo empleado aquíhace referencia a las vísceras, indicando, por tanto, el sentimiento más íntimo y profundo que se pueda imaginar: el que siente una madre por el hijo que lleva en las entrañas. Expresión sublime de este amor son las palabras que Dios dirige a Sión, que teme ser rechazada a causa de sus pecados: “¿Puede una madre olvidarse de su criatura, dejar de querer al hijo de sus entrañas?Pero, aunque ella se olvide, yo no te olvidaré” (Is 49,15).

Con un audaz antropomorfismo, el profeta Oseas pone en boca del Señor esta declaración de amor para la esposa Israel que lo ha traicionado: “Me da un vuelco el corazón, se me conmueven las entrañas” (Os 11,8). No hay culpa tan grande que pueda ser mayor que su misericordia. El hombre reacciona pasional e impetuosamente. Dios, en cambio, es lento para la ira; es paciente, tolerante, indulgente; no es impulsivo, no se venga nunca.

Esta característica de Dios ha penetrado profundamente en la espiritualidad hebrea como también en la musulmana. La Biblia hace referencia a ella continuamente. Recordemos la conmovedora invocación del salmista: “Dueño mío, Dios compasivo y piadoso, paciente, todo amor y fidelidad, vuélvete y ten compasión de mí” (Sal 86,15-16).

En el pasaje de hoy (Éx 34,4b-6) se omite el versículo 7. Quien, sin embargo, lee el texto en la Biblia, se encontrará necesariamente con el omitido versículo. Es mejor, pues, citarlo y clarificar su significado.

Dios continúa su revelación declarando que conserva la misericordia hasta la milésima generación, que perdona culpas, delitos y pecados, aunque no deja impune y castiga la culpa de los padres en los hijos, nietos y biznietos (cf. Éx 34,7). Se trata de una afirmación desconcertante que parece contradecir lo que ha sido dicho.

Dios no castiga nunca, ni en este mundo ni en el otro: Él solamente ama y salva.

Cuando la Biblia habla de sus castigos –y lo hace con frecuencia– emplea un lenguaje perteneciente a una cultura arcaica. Se trata de una metáfora que debe ser inmediatamente traducida en el lenguaje de hoy. Los llamados “castigos de Dios” no son otra cosa, en realidad, que las consecuencias del pecado del hombre.

La palabra “pecado” viene del latín peccus, que indica una persona con el pie defectuoso, que camina mal, sufre esguinces, rotura de ligamentos, equivoca el camino, cae en un barranco. Nadie busca deliberadamente estos problemas. Todos los hombres aspiran a la felicidad y a la alegría, pero algunos se equivocan de objetivo y, sin saber lo que hacen (cf. Lc 23,34), provocan desgracias, causan tragedias, se dañan a sí mismos y a los otros, y las consecuencias de sus errores afectan, a veces, a generaciones futuras.

Dios no castiga a quien se equivoca, no añade otro mal al que el hombre se ha hecho a sí mismo, sino que interviene para salvar, para poner remedio a los daños causados por el pecado. El nombre con el que Dios ha querido ser llamado es “Jesús” porque, como explica Mateo, “Él salvará a su pueblo de sus pecados” (Mt 1,21).

El pasaje concluye con la petición de perdón. Israel se ha convertido en idólatra, se ha construido un becerro de oro y se ha alejado de su Dios, pero Moisés pone inmediatamente a prueba la misericordia de Dios: “Aunque seamos un pueblo de cabeza dura, perdona nuestras culpas y pecados y tómanos como tu pueblo” (v. 9).

Moisés da prueba de haber asimilado completamente la revelación del Señor. Dios le responderá entrando inmediatamente en alianza con su pueblo.

El primer mensaje de esta fiesta es, por tanto, una invitación a revisar la imagen de Dios que tenemos en mente: ¿Pensamos aún que es el “justiciero” de los pecadores o hemos comprendido que es rico en misericordia? ¿Estamos convencidos de que “por el gran amor que nos tuvo, estando nosotros muertos por nuestros pecados, nos hizo revivir con Cristo”? (Ef 2,4-5).

Segunda Lectura: 2 Corintios 13,11-13

11Por lo demás, hermanos, estén alegres, alcancen la perfección, anímense, vivan en armonía y en paz; y el Dios del amor y la paz estará con ustedes. 12Salúdense mutuamente con el beso santo. Los saludan todos los consagrados. 13La gracia del Señor Jesucristo, el amor de Dios y la comunión del Espíritu Santo esté con todos ustedes.

Esta lectura contiene las últimas frases de la Segunda Carta de Pablo a los Corintios. Son expresiones muy dulces, llenas de ternura, como deberían ser siempre las cartas de aquellos que tienen a su cargo una comunidad. La alegría es la primera señal, la más bella, de la llegada del reino de Dios al corazón del hombre y es fruto del descubrimiento del verdadero rostro de Dios.

La comunidad en la que –como recomienda el Apóstol– los fieles son alegres, tiende a la perfección; todos se animan mutuamente, cultivan los mismos sentimientos, viven en paz y unidos al Dios del Amor (v. 11). Esa es la imagen de la vida y de la beatitud de la Trinidad. El beso santo que se dan mutuamente los creyentes (v. 12) es la expresión y el signo del amor que une a las personas divinas y que, expandiéndose, envuelve a los discípulos. 

Después de estas breves recomendaciones, Pablo saluda a los corintios sirviéndose de la fórmula que nosotros usamos hoy en la liturgia de la misa: “La gracia del Señor Jesucristo, el amor de Dios y la comunión del Espíritu Santo esté con todos ustedes” (2 Cor 13,13). Estas eran, con mucha probabilidad, las palabras con las que los cristianos de la comunidad de Corinto se daban mutuamente la paz y el “beso santo”. Con esta fórmula, Pablo recuerda a los corintios que es el Padre el que ha tomado la iniciativa de salvar a los hombres, destinándolos a una felicidad eterna en su familia; el Hijo es aquel que ha llevado a cumplimiento esta obra de Salvación mediante su venida al mundo y su fidelidad hasta la muerte; el Espíritu, el amor que une al Padre y al Hijo, ha sido infundido en el corazón de cada cristiano en el bautismo. Desde el momento en que se recibe este don, se entra a formar parte de la familia de Dios: la Trinidad. 

Se comprende así la razón por la que esta fórmula trinitaria era utilizada en el momento de dar y recibir el signo de paz: la unidad de los miembros de la comunidad nace del hecho de pertenecer a la familia de Dios: son hijos del mismo Padre, hermanos del único Hijo y estánanimados por el mismo Espíritu.  

Evangelio: Juan 3,16-18

16Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Hijo único, para que quien crea en Él no muera sino tenga vida eterna. 17Dios no envió a su Hijo al mundo para juzgar al mundo sino para que el mundo se salve por medio de Él. 18El que cree en él no es juzgado; el que no cree ya está juzgado, por no creer en el Hijo único de Dios.

Solo tres versículos, pero muy densos, componen el pasaje del evangelio de hoy. Serían suficientes, sin embargo, para corregir la imagen distorsionada de Dios, presente aún en la mente de tantos cristianos –la del juez severo e inflexible– y abrir de par en par el corazón a la confianza en su amor.  

“Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Hijo único para que quien crea en Él no muerasino tenga vida eterna” (v. 16). Estos versículos pueden ser considerados como el punto culminante de la revelación bíblica sobre el sentido de la Creación, de la vida, del destino del hombre.

Contemplando, sobrecogido de admiración, cómo se devela el proyecto de Dios, Juan descubre que en el origen de todo está su amor gratuito. A diferencia de cuanto se afirma en la primera carta –donde este amor está reservado a la comunidad cristiana (cf. 1 Jn 4,7-12)– aquí, horizontes ilimitados se abren ante el evangelista: el amor de Dios se expande imparable e inconteniblemente, llenando “el mundo” entero. Estamos en las antípodas de la famosa afirmación: “El mundo en que vivimos puede entenderse como el resultado del desorden y del caos; pero, si es fruto de una acción deliberada, esta tiene que ser la acción de un diablo”. 

Por extraño que pueda parecer, la imagen de Dios que ama al hombre ha costado mucho imponerse en Israel. Se ha tenido que esperar al profeta Oseas (siglo VII a. C) para que aparezca por primera vez. Esta reticencia era debida al hecho de que en las religiones paganas la relación de amor con la divinidad tenía connotaciones equivocadas de carácter sexual.

Juan, que ha visto con sus ojos y tocado con sus manos el Verbo de la vida (cf. 1 Jn 1,1), llega a afirmar: Dios es Amor (cf. 1 Jn 4,8), Amor que se ha manifestado en el don de su Hijo unigénito al mundo. No lo ha donado solamente en la encarnación, sino también que lo ha entregado en las manos de los hombres en la cruz. Allí, Dios ha mostrado, ya sin ningún velo, su verdadero rostro.

Pablo demuestra haber comprendido este prodigio de amor cuando, escribiendo a los romanos, exclama: “Dios nos demostró su amor en que, siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros” (Rom 5,8).

Frente a este don,  ¿qué se le pide al hombre? Solamente una cosa: que se fíe, que se abandone en sus brazos –como hace la esposa con el esposo– que se entregue a Él, inmenso amor, con la certeza de encontrar la Vida.

Cuando pensamos en Dios, hecho uno de nosotros en Jesús de Nazaret, cometemos a veces el error de considerar este acontecimiento como episodio pasajero, como un paréntesis triste de su existencia; ha venido a la tierra, ha permanecido en medio de nosotros poco más de treinta años, ha sufrido y muerto en la cruz y, después, ha regresado al cielo, lejos, feliz de haber retomado su antigua condición. No es así; nuestro Dios se ha hecho hombre y permanece para siempre como uno de nosotros; no se ha marchado fuera de nuestro mundo; es y permanecerá para siempre Emmanuel, “Dios-con-nosotros” (cf. Mt 28,20).

Uno de los artículos más sólidos de la fe judía era el concepto de Dios como juez de toda conducta humana. El mismo Mesías era esperado no como quien ayudaría a vencer el pecado, sino como el ejecutor de la justicia divina. Esta convicción se desprende también de muchos textos del Nuevo Testamento: el Bautista anuncia un inminente juicio del que nadie se librará (cf. Mt 3,7-10); Pablo predica “el día del castigo, cuando se pronuncie la justa sentencia de Dios, que pagará a cada uno según sus obras” (Rom 2,5-6); el mismo Jesús emplea a veces la imagen del tribunal: “Nunca los conocí; apártense de mí, ustedes que hacen el mal” (Mt 7,23).

En el evangelio de Juan, ni el Padre ni Jesús aparecen como jueces que condenan, sino solamente como salvadores del hombre: “Dios no envió a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por medio de él” (v. 17); “no he venido a juzgar al mundo sino a salvarlo” (Jn 12,47).

Parecen textos contradictorios; en realidad, empleando lenguaje e imágenes diversas, afirman la misma verdad: el juicio de Dios es siempre y solamente Salvación. No es una sentencia pronunciada al final de la vida, sino un precioso juicio de valor que el Señor pone delante de todo hombre para que nuestras decisiones estén guiadas por la verdadera sabiduría, nopor la sabiduría de este mundo que conduce a la muerte sino por la de Cristo.

Es desde esta perspectiva desde dónde hay que leer e interpretar la tercera y última porción del evangelio de hoy, en la que se pone en evidencia la responsabilidad de cada uno frente al amor de Dios: “El que cree en mí no es juzgado; el que no cree, está ya juzgado, por no creer en el Hijo único de Dios” (v. 18).

El juicio no será pronunciado por Dios al final de los tiempos; se pronuncia ahora: es el hombre el que, fiándose de Cristo y su Palabra, escoge la Vida y rechazando su propuesta, decreta, por el contrario, su propia condena.

Hoy estamos llamados a acoger la alegría que Dios ofrece, pero podemos también cometer la insensatez de retardar o incluso rechazar este abrazo suyo. Dios espera del hombre un “sí” inmediato, porque cada momento trascurrido en el pecado, en rechazo de su amor, es una oportunidad despreciada.

¿Cuál es el criterio, el punto de referencia indicado por Dios para saber juzgar sabia y rectamente las decisiones a tomar en la vida?

Encontramos la respuesta en un grupo de textos que en el evangelio de Juan presentan a Jesús como juez: “He venido a este mundo para un juicio” (Jn 9,39). “El padre no juzga a nadie, sino que encomienda al Hijo la tarea de juzgar” (Jn 5,22). Es acerca de su persona, de su propuesta de vida, de los valores predicados por Él que el Padre evaluará la existencia de cada hombre y decretará el éxito o el fracaso de la misma.

No se afirma que, al final, Dios rechazará para siempre al que se ha equivocado, al que ha seguido otros criterios, otros juicios. Dios no rechaza a nadie. Él “quiere que todos los hombres se salven” (1 Tim 2,4). Lo absurdo de una condena suya es presentado por Pablo con una serie de preguntas retóricas: “Si Dios está de nuestra parte, ¿quién estará en contra? ¿Quién acusará a los que Él eligió? Si Dios absuelve, ¿quién condenará? ¿Será acaso Cristo Jesús, el que murió y después resucitó y está a la diestra de Dios y suplica por nosotros”? (Rom 5,31-34). La conclusión es evidente: “Ni altura ni hondura, ni criatura alguna nos podrá separar del amor manifestado por Dios en Cristo Jesús” (Rom 8,39).

No obstante, al final de la vida, cuando Dios “probará con fuego la calidad de la obra de cada uno” (1 Cor 3,13), aparecerá clara la conformidad o disconformidad de las acciones de cada hombre con la persona de Cristo. Dios, entonces, acogerá ciertamente a todos en sus brazos, aunque algunos se vean obligados a admitir haber administrado mal, haber irremediablemente desperdiciado la oportunidad única que les había sido ofrecida. Las obras de estos tales, amonesta Pablo, “será quemada y ellos castigados, aunque se salvarán como quien escapa del fuego” (1 Cor 3,15).  

http://www.bibleclaret.com