Domingo de Pentecostés (A)
Juan 20,19-23


Santo Spirito




19Al atardecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos con las puertas bien cerradas por miedo a los judíos. Llegó Jesús, se colocó en medio y les dijo: “La paz esté con ustedes.” 20Después de decir esto, les mostró las manos y el costado. Los discípulos se alegraron al ver al Señor. 21Jesús repitió: “La paz esté con ustedes. Como el Padre me envió, así yo los envío a ustedes.” 22Al decirles esto, sopló sobre ellos y añadió: “Reciban el Espíritu Santo. 23A quienes les perdonen los pecados les quedarán perdonados; a quienes se los retengan les quedarán retenidos.”


Hace unos años, el gran teólogo alemán, Karl Rahner, se atrevía a afirmar que el principal y más urgente problema de la Iglesia de nuestro tiempo es su “mediocridad espiritual”. Estas eran sus palabras: el verdadero problema de la Iglesia es “seguir caminando con resignación y aburrimiento cada vez mayores caminos comunes de una mediocridad espiritual.”
El problema no ha hecho más que agravarse en estas últimas décadas. De poco han servido los intentos de reforzar las instituciones, salvaguardar la liturgia o vigilar la ortodoxia. En el corazón de muchos cristianos se está apagando la experiencia interior de Dios.
La sociedad moderna ha apostado por “el exterior”. Todo nos invita a vivir desde fuera. Todo nos presiona para movernos con prisa, casi sin detenerse en nada ni en nadie. La paz no encuentra rendijas para penetrar hasta nuestro corazón. Vivimos casi siempre en la corteza de la vida. Se nos está olvidando lo que es saborear la vida desde dentro. Por ser humana, a nuestra vida le falta una dimensión esencial: la interioridad.
Es triste observar que tampoco en las comunidades cristianas sabemos cuidar y promover la vida interior. Muchos no saben lo que es el silencio del corazón, no se enseña a vivir la fe desde dentro. Privados de la experiencia interior, sobrevivimos olvidando nuestra alma: escuchando palabras con los oidos y pronunciando oraciones con los labios, mientras nuestro corazón está ausente.
En la Iglesia se habla mucho de Dios, pero, ¿dónde y cuándo escuchamos los creyentes la presencia callada de Dios en lo más profundo del corazón? ¿Dónde y cuándo acogemos al Espíritu del Resucitado en nuestro interior? ¿Cuándo vivimos en comunión con el Misterio de Dios desde dentro?
Acoger el Espíritu de Dios quiere decir dejar de hablar sólo con un Dios al que casi siempre colocamos lejos y fuera de nosotros, y aprender a escucharlo en el silencio del corazón. Dejar de pensar a Dios con la cabeza, y aprender a percibirlo en lo más íntimo de nuestro ser.
Esta experiencia interior de Dios, real y concreta, transforma nuestra fe. Uno se sorprende de cómo ha podido vivir sin descubrirlo antes. Ahora sabe por qué es posible creer incluso en una cultura secularizada. Ahora conoce una alegría interior nueva y diferente. Me parece muy difícil de mantener por mucho tiempo la fe en Dios en medio de la agitación y la frivolidad de la vida moderna, sin conocer, aunque sea de manera humilde y sencilla, alguna experiencia interior del Misterio de Dios.

José Antonio Pagola
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Los textos que leemos este domingo hacen referencia al Espíritu, pero de muy diversa manera. Ninguno se puede entender al pie de la letra. Es teología que debemos descubrir más allá de la literalidad del discurso. Las referencias al Espíritu, tanto en el AT (377 veces) como en el NT no podemos entenderlas de una manera unívoca. Apenas podremos encontrar dos pasajes en los que tengan el mismo significado. Algo está claro: en ningún caso en toda la Biblia podemos entenderlo como una entidad personal.

Pablo aporta una idea genial al hablar de los distintos órganos. Hoy podemos apreciar mejor la profundidad del ejemplo porque sabemos que el cuerpo mantiene unidas a billones de células que vibran con la misma vida. Todos formamos una unidad mayor y más fuerte aún que la que expresa en la vida biológica. El evangelio de Jn escenifica también otra venida del Espíritu, pero mucho más sencilla que la de Lc. Esas distintas “venidas” nos advierte de que Dios-Espíritu-Vida no tiene que venir de ninguna parte.

No estamos celebrando una fiesta en honor del Espíritu Santo ni recordando un hecho que aconteció en el pasado. Estamos tratando de descubrir y vivir una realidad que está tan presente hoy como hace dos mil años. La fiesta de Pentecostés es la expresión más completa de la experiencia pascual. Los primeros cristianos tenían muy claro que todo lo que estaba pasando en ellos era obra del Espíritu-Jesús-Dios. Vivieron la presencia de Jesús de una manera más real que su presencia física. Ahora, era cuando Jesús estaba de verdad realizando su obra de salvación en cada uno de los fieles y en la comunidad.

Sin el Espíritu no podríamos decir: Jesús es el Señor (1 Cor 12,3)”. Ni decir: “Abba”, sin el Espíritu de Jesús (Gal 4,6). Pero con la misma rotundidad hay que decir que nunca podrá faltarnos el Espíritu, porque no puede faltarnos Dios en ningún momento. El Espíritu no es un privilegio, ni siquiera para los que creen. Todos tenemos como fundamento de nuestro ser a Dios-Espíritu, aunque no seamos conscientes de ello. El Espíritu no tiene dones que darme. Es Dios mismo el que se da, para que yo pueda ser.

Cada uno de los fieles está impregnado de ese Espíritu-Dios que Jesús prometió a los discípulos. Solo cada persona es sujeto de inhabitación. Los entes de razón como instituciones y comunidades, participan del Espíritu en la medida en que lo tienen los seres humanos que las forman. Por eso vamos a tratar de esa presencia del Espíritu en las personas. Por fortuna estamos volviendo a descubrir la presencia del Espíritu en todos y cada uno de los cristianos. Somos conscientes de que, sin él, nada somos.

Ser cristiano consiste en alcanzar una vivencia personal de la realidad de Dios-Espíritu que nos empuja desde dentro a la plenitud de ser. Es lo que Jesús vivió. El evangelio no deja ninguna duda sobre la relación de Jesús con Dios-Espíritu: fue una relación “personal”; Se atreve a llamarlo papá, cosa inusitada en su época y aún en la nuestra; hace su voluntad; le escucha siempre. Todo el mensaje de Jesús se reduce a manifestar esa experiencia de Dios, para que nosotros lleguemos a la misma experiencia.

El Espíritu nos hace libres. “No habéis recibido un espíritu de esclavos, sino de hijos que os hace clamar Abba, Padre”. El Espíritu tiene como misión hacernos ser nosotros mismos. Eso supone el no dejarnos atrapar por cualquier clase de esclavitud alienante. El Espíritu es la energía que tiene que luchar contra las fuerzas desintegradoras de la persona humana: “demonios”, pecado, ley, ritos, teologías, intereses, miedos. El Espíritu es la energía integradora de cada persona y también la integradora de la comunidad.

A veces hemos pretendido que el Espíritu nos lleve en volandas desde fuera. Otras veces hemos entendido la acción del Espíritu como coacción externa que podría privarnos de libertad. Hay que tener en cuenta que estamos hablando de Dios que obra desde lo hondo del ser y acomodán­dose totalmente a la manera de ser de cada uno, por lo tanto esa acción no se puede equiparar ni sumar ni contraponer a nuestra acción, ser trata de una moción que en ningún caso violenta ni el ser ni la voluntad del hombre.

Si Dios-Espíritu está en lo más íntimo de todos y cada uno de nosotros, no puede haber privilegiados en la donación del Espíritu. Dios no se parte. Si tenemos claro que todos los miembros de la comunidad son una cosa con Dios-Espíritu, ninguna estructura de poder o dominio puede justificarse apelando a Él. Por el contrario, Jesús dijo que la única autoridad que quedaba sancionada por él, era la de servicio. “El que quiera ser primero sea el servidor de todos.” O, “no llaméis a nadie padre, no llaméis a nadie Señor, no llaméis a nadie maestro, porque uno sólo es vuestro Padre, Maestro y Señor.”

El Espíritu es la fuerza de unión de la comunidad. En el relato, las personas de distinta lengua se entienden, porque la lengua del Espíritu es el amor, que todos entienden; lo contrario de lo que pasó en Babel. Este es el mensaje teológico. Dios-Jesús-Espíritu hace de todos los pueblos uno, “destruyendo el muro que los separaba, el odio”. Durante los primeros siglos fue el alma de la comunidad. Se sentían guiados por él y se daba por supuesto que todo el mundo tenía experiencia de su acción.

Jesús promueve una fraternidad cuyo lazo de unidad es el Espíritu-Dios. Para las primeras comunidades, Pentecostés es el fundamento de la Iglesia naciente. Está claro que para ellas la única fuerza de cohesión era la fe en Jesús, que seguía presente en ellos por el Espíritu. No duró mucho esa vivencia generalizada y pronto dejó de ser comunidad de Espíritu para convertirse en estructura jurídica. Cuando faltó la cohesión interna, hubo necesidad de buscar la fuerza de la ley para subsistir como comunidad.

“Obediencia” fue la palabra escogida por la primera comunidad para caracterizar la vida y obra de Jesús en su totalidad. Pero cuando nos acercamos a la persona de Jesús con el concepto equivocado de obediencia, quedamos desconcertados, porque descubrimos que no fue obediente en absoluto, ni a sus familias, ni a los sacerdotes, ni a la Ley, ni a las autoridades civiles. Pero se atrevió a decir: “mi alimento es hacer la voluntad del Padre”. La voluntad de Dios no viene de fuera, sino que es nuestro verdadero ser.

Para salir de una falsa obediencia, entremos en la dinámica de la escucha del Espíritu que todos poseemos y nos posee por igual. Tanto el superior como el inferior, tiene que abrirse al Espíritu y dejarse guiar por él. Conscientes de nuestras limitaciones, no solo debemos experimentar la presencia de Espíritu, sino que tenemos que estar también atentos a las experiencias de los demás. Creernos privilegiados con relación a los demás, anulará una verdadera escucha del Espíritu.

Meditación

Dios-Espíritu en nosotros, es la base de toda contemplación.
El místico lo único que hace es descubrir y vivir esa presencia.
La experiencia mística es conciencia de unidad.
No porque se han sumado mi yo y Dios,
sino porque mi yo se ha fundido en el YO.
Todos los místicos llegan a la misma conclusión que Jesús:
“yo y el Padre somos uno”
No te esfuerces en encontrar a Dios ni fuera ni dentro.
Deja que Él te encuentre a ti y te transforme.

Fray Marcos
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¡Pentecostés es una fiesta de maravillas! “Los oímos hablar de las maravillas de Dios en nuestra propia lengua” (I lectura, v. 11). La sorpresa sacude a la gente de Jerusalén y a los mismos Apóstoles, en esa mañana de Pentecostés (I lectura). Muchos pueblos distintos (se nombran hasta 17 pueblos), con idiomas diferentes, hablan una lengua común: todos comentan al unísono las maravillas de Dios (v. 8-11). El Espíritu Santo, que acaba de descender sobre la comunidad reunida en el Cenáculo, es el autor de esta maravilla: es decir, la superación de Babel y el paso a una vida de comunión fraterna y de impulso misionero. En efecto, en Babel la confusión de las lenguas había provocado la dispersión de los pueblos que, en actitud orgullosa y egoísta, querían edificarse una ciudad y hacerse famosos (Gen 11,1-9); por el contrario, en Jerusalén, cuando el Espíritu desciende, pueblos diferentes logran entenderse y comunicar las maravillas de Dios. En Babel todos hablaban el mismo idioma, pero nadie lograba entender al otro. En Pentecostés hablan lenguas diferentes y, sin embargo, todos se entienden como si hablaran un único idioma. En el corazón de las personas, el Espíritu desplaza el centro de interés: ya no es la búsqueda egoísta de sí mismos o de hacerse famosos, sino vivir en Dios y narrar sus obras, en beneficio de toda la familia humana.

La fiesta hebraica de Pentecostés se había convertido progresivamente en un memorial de las grandes alianzas de Dios con su pueblo (con Noé, Abrahán, Moisés, Jeremías, Ezequiel…). Ahora en la culminación de Pentecostés (v. 1) es el don del Espíritu, que se nos da como definitivo principio de vida nueva: es Espíritu de unidad, de fe y de amor, en la pluralidad de carismas y de culturas. San Pablo atribuye claramente al Espíritu la capacidad de hacer a la Iglesia unida y múltiple en la pluralidad de dones, ministerios, funciones (v. 4-6). El Espíritu quiere una Iglesia rica en dones diversos, pero unida; una Iglesia que no anula, sino que valora las diferencias. ¡Porque constituyen una riqueza! El Espíritu realiza la convivialidad de las diferencias: no las anula, ni las homologa, más bien las salva, las purifica, las custodia, las enriquece, las armoniza. El Papa Francisco nos recuerda que Pentecostés es la fiesta del nacimiento de la Iglesia; es el “cumpleaños de la Iglesia”.

El Espíritu Santo es el fruto más grande y más hermoso de la Pascua, ya desde el último respiro de Jesús en la cruz, que marcó el comienzo de la vida nueva en el Espíritu. En sentido pleno, el texto “expiró” (Lc 23,46; Jn 19,30) se puede traducir: entregó-transmitió el Espíritu (Santo), preludio de Pentecostés. Además, en su resurrección Jesús insufla el Espíritu sobre los discípulos (Evangelio): “Reciban el Espíritu Santo; a quienes les perdonen los pecados, les quedan perdonados” (v. 22-23). Él es el Espíritu de vida y de la misericordia de Dios para el perdón de los pecados. Por tanto, es Espíritu de paz: con Dios y con los hermanos. Es Espíritu de unidad en la pluralidad. Es el Espíritu de la misión universal; es, incluso, el protagonista de la misión que Jesús confía a los Apóstoles y a sus sucesores (cfr. RMi cap. III; EN 75s): “Como el Padre me ha enviado, así también los envío yo” (v. 21). Son palabras que vinculan para siempre la misión de los apóstoles y de los fieles cristianos con la vida de la Trinidad: el Hijo es el primer misionero enviado por el Padre para salvar al mundo, por el amor (Jn 15,9); el Espíritu impulsa a toda la Iglesia a la misión y en el camino hacia la unidad de los cristianos.

El soplo de Jesús sobre los Apóstoles en la tarde de Pascua (v. 22), para el evangelista Juan es ya Pentecostés y evoca la creación nueva, que es obra del Espíritu: Él transforma desde dentro a cada persona y la dispone a acoger el don de la salvación en Cristo. De manera real, aunque por caminos invisibles que se nos escapan, el Espíritu dispone los corazones de las personas, incluidos los no cristianos, para el necesario encuentro salvífico con Cristo, como lo enseña el Concilio: “Debemos creer que el Espíritu Santo ofrece a todos la posibilidad de que, en la forma por Dios conocida, se asocien al misterio pascual” (GS22; es un texto valiente que Juan Pablo II cita tres veces en la RMi, n. 6.10.28).

Estrechamente vinculada a la obra creativa y purificadora del Espíritu está también su acción capaz de sanar y curar el alma y el cuerpo de las personas. Se trata de una energía real y eficaz, ante la cual existe una particular sensibilidad en el mundo misionero, aunque a menudo no es fácil discernir. La acción sanadora alcanza a veces también el cuerpo, pero más a menudo toca el espíritu humano, sanando las heridas interiores y derramando el bálsamo de la reconciliación y de la paz. Se abren ante la Iglesia campos siempre nuevos para su actividad misionera, en los que está llamada a trabajar con creciente impulso y creatividad. ¡Confiando en la acción del Espíritu!


Introducción

Los fenómenos naturales que más impresionan la fantasía del hombre –el fuego, el relámpago, el huracán, el terremoto, los truenos (cf. Éx 19,16-19)– son empleados en la Biblia para narrar las manifestaciones de Dios. También para presentar la efusión del Espíritu del Señor, los autores sagrados recurren a estas imágenes. Han dicho que el Espíritu es soplo de vida (cf. Gén 2,7), lluvia que riega la tierra y transforma el desierto en un jardín (cf. Is 32,15; 44,3), fuerza que da vida (cf. Ez 37,1-14), trueno del cielo, viento huracanado, fragor, lenguas como de fuego (Hch 2,1-3). Imágenes vigorosas todas que sugieren la idea de una incontenible explosión de fuerza.

A donde llega el Espíritu, acontecen cambios y transformaciones radicales: se desploman barreras, se abren las puertas de par en par, tiemblan todas las torres construidas por manos humanas y proyectadas por la “sabiduría de este mundo”, desaparece el miedo, la pasividad, el quietismo, surgen iniciativas y se toman decisiones audaces.

Quien se siente insatisfecho y aspira a renovar el mundo y el hombre, puede contar con el Espíritu: nada resiste a su fuerza. Un día, el profeta Jeremías se ha preguntado en un momento dedesconfianza: “¿Puede un etíope mudar de piel o una pantera de pelaje? ¿Podrán hacer el bien habituados como están a hacer el mal?” (Jer 13,23) Sí –se le puede responder–, todo prodigio es posible allí donde irrumpe el Espíritu de Dios.

Para interiorizar el mensaje, repetiremos:
“El Espíritu del Señor llena el universo y renueva la faz de la tierra.”

Primera Lectura: Hechos de los Apóstoles 2,1-11

1Cuando llegó el día de Pentecostés, estaban todos reunidos. 2De repente vino del cielo un ruido, como de viento huracanado, que llenó toda la casa donde se alojaban. 3Aparecieron lenguas como de fuego que descendieron por separado sobre cada uno de ellos. 4Se llenaron todos de Espíritu Santo y empezaron a hablar en lenguas extranjeras, según el Espíritu les permitía expresarse. 5Residían entonces en Jerusalén judíos piadosos venidos de todos los países del mundo. 6Al oírse el ruido, se reunió una multitud, y estaban asombrados porque cada uno oía a los apóstoles hablando en su propio idioma. 7Fuera de sí por el asombro, comentaban: “¿Acaso los que hablan no son todos galileos? 8¿Cómo es que cada uno los oímos en nuestra lengua nativa? 9Partos, medos y elamitas, habitantes de Mesopotamia, Judea y Capadocia, Ponto y Asia, 10Frigia y Panfilia, Egipto y los distritos de Libia junto a Cirene, romanos residentes,11judíos y prosélitos, cretenses y árabes: todos los oímos contar, en nuestras lenguas, las maravillas de Dios.”

Jesús ha prometido a sus discípulos que no los dejaría solos y que enviaría al Espíritu Santo (cf. Jn 14,16.26). Hoy celebramos la fiesta del don del Resucitado.

Los numerosos “prodigios” que nos narra el pasaje de los Hechos, acaecidos en el día de Pentecostés, nos dejan totalmente sorprendidos: truenos y viento impetuoso, llamas que descienden del cielo, los apóstoles hablando todas las lenguas.

​¿Por qué ha esperado Jesús cincuenta días para enviar a sus discípulos el Espíritu Santo?

Para comprender esta página de teología (no de crónica) debemos adentrarnos un poco en el lenguaje simbólico empleado por el autor.

Lucas coloca la venida del Espíritu en el día de Pentecostés. Juan, por otra parte, nos dice en el evangelio de hoy dice que Jesús comunicó su Espíritu en el mismo día de la Resurrección (cf. Jn 20,22). ¿Como se explica la discordancia entre las dos fechas?

Digámoslo de inmediato claramente desde el principio: el misterio pascual es único. Muerte, Resurrección, Ascensión y don del Espíritu han tenido lugar en el mismo instante, en el momento de la muerte de Jesús. Narrando lo sucedido en el Calvario aquel viernes santo, Juan dice que, inclinando la cabeza, Jesús entregó el Espíritu (Jn 19,30).

¿Por qué, entonces, este único, inefable, sublime misterio pascual ha sido presentando por Lucas como si hubiera sucedido en tres momentos sucesivos? Lo ha hecho para ayudarnos a comprender sus múltiples dimensiones.

Juan ha puesto la efusión del Espíritu en el día de Pascua para hacer ver que el Espíritu es un don del Resucitado. Ahora veamos por qué Lucas pone el episodio en la fiesta de Pentecostés.

Pentecostés era una fiesta hebraica muy antigua que se celebraba cincuenta días después de la Pascua: conmemoraba la llegada del pueblo de Israel al monte Sinaí. Todos sabemos lo acaecido en aquel lugar: Moisés ha subido al monte, se ha encontrado con Dios y ha recibido la Ley para trasmitirla a su pueblo.

Los israelitas se sentían orgullosos de este don. Decían que Dios había ofrecido la Ley a otros pueblos antes que a ellos, pero que éstos la habían rechazado, prefiriendo sus vicios y desenfrenos. Para agradecer a Dios por esta predilección, los israelitas habían instituido una fiesta: Pentecostés. Diciendo que el Espíritu había descendido sobre los discípulos justamente en el día de Pentecostés, Lucas quiere enseñarnos que el Espíritu ha substituido a la antigua ley, convirtiéndose en la nueva ley para el cristiano.

Para explicar lo que quiere decir el evangelista, recurramos a una comparación. Un día Jesús dijo: “¿Se cosechan higos de los espinos o uvas de los cardos?” (Mt 7,16). Sería insensato imaginar que, cuidando con premura un cardo, podándolo, creando alrededor un clima más suave, podría llegar a producir uva. No obstante, si –con un prodigio de ingeniería genética– se llegase a trasformar un cardo en vid, entonces no sería necesaria ninguna intervención externa. El cardo produciría espontáneamente uvas.

Antes de recibir la efusión del Espíritu, el mundo era como un gran cardo. Dios había dado a los hombres óptimas indicaciones –un decálogo, preceptos, innumerables consejos– y esperaba frutos, obras de justicia y de amor (cf. Mt 21,18-19), pero éstos no llegaron porque el árbol seguía siendo malo y “no hay árbol podrido que dé fruto sano… el hombre malo saca lo malo de la maldad” (Lc 6,43.45).

¿Qué ha hecho entonces Dios? Ha decidido cambiar el corazón de los hombres. Con un corazón nuevo –ha pensado– los hombres no tendrían necesidad de una ley externa, harían el bien siguiendo los impulsos procedentes de su interior.

He aquí lo que es la ley del Espíritu: es el corazón nuevo, es la vida de Dios que, entrando en el hombre, lo trasforma y, de cardo, lo convierte en árbol fecundo capaz de producir espontáneamente las obras de Dios.

Cuando el hombre está lleno del Espíritu, algo inaudito tiene lugar en él: ama con el mismo amor de Dios. Desde ese momento “no tendrá más la necesidad de que nadie le enseñe” (1 Jn 2,27), no necesitará otra ley. Juan llega hasta decir que el hombre animado por el Espíritu es ya incapaz de pecar: “Nadie que sea hijo de Dios comete pecado, porque permanece en él la semilla de Dios; y no puede pecar porque ha sido engendrado por Dios” (1 Jn 3,9).

¿Y respecto al ruido huracanado, al viento, al fuego? Está claro su significado: veamos ellibro de Éxodo donde se nos refieren los fenómenos que acompañaron al don de la antigua ley: “Al tercer día por la mañana hubo truenos y relámpagos y una nube espesa se posó sobre el monte, mientras el toque de trompeta crecía en intensidad y todo el pueblo se puso a temblar”(Ex 19,16). “Todo el pueblo percibía los truenos y relámpagos, el sonar de la trompeta y la montaña humeante” (Éx 20,18).

Los rabinos decían que en monte Sinaí, el día de Pentecostés, cuando Dios había dado la ley, sus palabras habían tomado la forma de setenta lenguas de fuego para indicar que la Torah estaba destinada a todos los pueblos de la tierra (que en aquel tiempo se pensaba que éstos eran justamente setenta).

Si la antigua ley había sido dada en medio de truenos, relámpagos y llamas de fuego… ¿cómo hubiera podido Lucas presentar de modo diverso el don del Espíritu Santo: la nueva ley? Para hacernos comprender debía emplear las mismas imágenes.

¿En cuanto a las muchas lenguas habladas por los apóstoles?

Probablemente Lucas hace alusión a un fenómeno muy común en la Iglesia primitiva: después de haber recibido el Espíritu, los creyentes comenzaban a alabar a Dios en un estado de exaltación y, como en éxtasis, balbuceaban palabras extrañas en otras lenguas.

Lucas ha utilizado este fenómeno en un sentido simbólico, para enseñar la universalidad dela Iglesia. El Espíritu es un don destinado a todos los hombres y a todos los pueblos. Frente a este don de Dios, se desploma toda barrera de lengua, raza y tribu. En el día de Pentecostés, sucede todo lo contrario de lo acaecido en la torre de Babel (cf. Gén 11,1-9).Allí donde los hombres comenzaron a no entenderse entre sí y a alejarse los unos de los otros.

En Pentecostés el Espíritu pone en marcha un movimiento opuesto: reúne a todos aquellos que estaban dispersos.

Quien se deja guiar por la palabra del Evangelio y por el Espíritu Santo, habla una lengua que todos comprenden y que a todos une: el lenguaje del Amor. Es el Espíritu el que transforma la humanidad en una única familia donde todos se entienden y se aman.

Segunda Lectura: 1 Corintios 12,3b-7.12-13

3Por eso les hago notar que nadie puede decir «¡Señor Jesús!» si no es movido por el Espíritu Santo. 4Existen diversos dones espirituales pero un mismo Espíritu; 5existen ministerios diversos, pero un mismo Señor; 6existen actividades diversas, pero un mismo Dios que ejecuta todo en todos. 7A cada uno se le da una manifestación del Espíritu para el bien común. 12Como el cuerpo, que siendo uno, tiene muchos miembros, y los miembros, siendo muchos, forman un solo cuerpo, así también Cristo. 13Todos nosotros, judíos o griegos, esclavos o libres, nos hemos bautizado en un solo Espíritu para formar un solo cuerpo, y hemos bebido un solo Espíritu.

​ ¿Cuál es el origen de las divisiones al interior de nuestras comunidades? Son la envidia ylos celos recíprocos. Los que tienen bellas cualidades (son inteligentes, fuertes, tienen buena salud, han estudiado…), en vez de poner humildemente sus dotes al servicio de los hermanos, comienzan a aspirar a títulos honoríficos, exigen mayor respeto y están convencidos de tener derecho a privilegios; quieren ocupar los mejores puestos. Es así como los ministerios de la comunidad, en lugar de estar al servicio de los demás, se convierten en oportunidad para imponerse a los demás, para la propia afirmación, el propio poder, el propio prestigio.

​Los cristianos de la comunidad de Corinto no eran mejores que los cristianos de hoy, cometían los mismos pecados, tenían los mismos defectos. Concretamente, estaban divididos a causa de los diversos carismas (es decir, de los diversos dones) que cada uno había recibido de Dios.

​Pablo escribe a estos cristianos para recordarles que los muchos dones, las muchas cualidades que tiene cada uno de ellos, no les han sido dadas para crear divisiones sino para favorecer la unidad: “A cada uno –dice Pablo– se le ha dado una manifestación del Espíritu para el bien común” (v. 7). Y esto es así porque el origen de todos los carismas es único: el Espíritu. Pablo dice : “Existen diversos dones espirituales, pero es solo uno el Espíritu” (v. 4).

​Para aclarar mejor esta idea de la unidad y del servicio recíproco, Pablo utiliza la comparación del cuerpo.

​Los cristianos constituyen un solo cuerpo dotado de muchos miembros. Cada miembro debe desarrollar su función para el bien de todo el organismo. Así sucede también con los diversos dones con que son enriquecidos los miembros de la comunidad: sirven para que cada uno pueda manifestar a los otros su amor mediante una humilde actitud de disponibilidad al servicio mutuo.

Evangelio: Juan 20,19-23

​Para los primeros cristianos el primer día de la semana es muy importante por ser el día del Señor (cf. Ap 1,10), el día en el que la Comunidad suele reunirse para la fracción del pan eucarístico (cf. Hch 20,7; 1 Cor 16,2).

​Era por la tarde. La referencia al tiempo con que comienza el pasaje evangélico es preciosa: quizás indique la hora tardía en que los primeros cristianos tenían por costumbre reunirse para sus celebraciones.

​Las puertas están cerradas por miedo a los judíos (v. 19). Jesús no había prometido ciertamente triunfos y una vida fácil a sus discípulos; “en el mundo tendrán que sufrir”, les había dicho (Jn 16,33). Sin embargo, la razón principal por la que se insiste en las puertas cerradas (cf. Jn 20,26) es teológica: Juan quiere que comprendamos que el Resucitado es el mismo Jesús que los apóstoles han visto, conocido, escuchado, tocado, pero que ahora se encuentra en una situación diferente. No ha regresado a la vida de antes (como ocurrió con Lázaro); ha entrado en una existencia completamente nueva.

​Su cuerpo no está ya formado de átomos materiales sino que es imperceptible a la verificación de los sentidos.

​La resurrección de la carne no equivale a la reanimación de un cadáver. Se trata del misterioso florecer de una vida nueva a partir de un ser finito. Pablo explica este hecho mediante la imagen de la semilla: “Así pasa con la resurrección de los muertos: se siembra corruptible, resucita incorruptible; se siembra miserable, resucita glorioso; se siembra débil, resucita poderoso; se siembra un cuerpo natural, resucita un cuerpo espiritual” (1 Cor 15,42-44).

​Cuando Jesús mostró las manos y el costado, los discípulos se llenaron de alegría. Una reacción sorprendente: deberían haberse entristecido al ver los signos de su Pasión y Muerte. Se alegran, sin embargo, no porque se encuentran ante el Jesús al que han acompañado a lo largo de los caminos de Palestina, sino porque ven al Señor (v. 20), se dan cuenta de que el Resucitado que está revelándose a ellos es el mismo Jesús, aquel que ha entregado la vida.

​Situando las manifestaciones del Resucitado en el contexto de la tarde del primer día de la semana, Juan ha intentado decir a los cristianos que también ellos pueden encontrar al Señor, no a Jesús de Nazaret con el cuerpo material que tenía en este mundo, sino al Resucitado, cada vez que se encuentran reunidos “en el día del Señor”.

​Después de haber saludado por segunda vez: La paz esté con ustedes (vv. 19.21), Jesús dona a los discípulos su Espíritu y les confiere el poder de perdonar los pecados (vv. 21-23).

Los discípulos son enviados a cumplir una misión: “Como el Padre me ha enviado, también los envío yo”.

​Cuando estaba en el mundo, Jesús hacía presente el rostro y el amor del Padre (cf. Jn 12,45). Ahora, dejando este mundo, continua su obra a través de los discípulos a quienes infunde su Espíritu.

​Acogerlo a Él era acoger al Padre que lo había enviado; ahora, acoger a sus enviados es acogerlo a Él (cf. Jn 13,20).

​Para comprender la misión confiada a los apóstoles, el perdón de los pecados mediante la efusión del Espíritu, debemos referirnos a las concepciones religiosas del pueblo de Israel y a las palabras de los profetas.

​En tiempos de Jesús, se creía que los hombres hacían el mal, se contaminaban con los ídolos, eran impuros, porque estaban movidos por un espíritu malo; por eso esperaban la intervención de Dios que los liberara e infundiera en ellos un espíritu bueno.

​En la Carta a los Romanos, Pablo describe dramáticamente la infeliz condición del hombre que se encuentra a merced del espíritu del mal: “Lo que realizo no lo entiendo, porque no hago lo que quiero, sino que hago lo que detesto. Sé que nada bueno hay en mí, es decir, en mis bajos instintos. El deseo de hacer el bien está a mi alcance, pero no está a mi alcance el realizarlo. No hago el bien que quiero sino el mal que detesto” (Rom 7,15-19).

​Por boca de los profetas, Dios promete el don de un espíritu nuevo, de su Espíritu: “Los rociaré con agua pura que los purificará: de todas sus inmundicias e idolatrías los he de purificar; les daré un corazón nuevo y les infundiré un espíritu nuevo; arrancaré de sus cuerpos el corazón de piedra y les daré un corazón de carne. Les infundiré mi espíritu y haré que caminen según mis preceptos y que cumplan mis mandatos poniéndolos por obra” (Ez 36,25-27).

​Esta efusión del Espíritu del Señor habría de renovar el mundo. Lo inundará –dice el profeta Ezequiel– como un torrente de agua impetuoso que, cuando entra en el desierto, lo fecunda y lo trasforma en un jardín. “A la vera del río, en sus dos riberas, crecerá toda clase de frutales; no se marchitarán sus hojas ni sus frutos se acabarán; darán cosecha nueva cada luna, porque los riegan aguas que manan del santuario; su fruto será comestible y sus aguas medicinales” (Ez 46,12). Son imágenes deliciosas que describen de manera admirable la obra vivificante del Espíritu.

​En el día de Pascua se cumplen estas profecías. Con un gesto simbólico –Jesús sopló sobre ellos– les entregó su Espíritu. Este soplo nos recuerda el momento de la Creación cuando “el Señor modeló al hombre con arcilla del suelo y sopló en su nariz aliento de vida” (Gén 2,7). El soplo de Jesús crea al hombre nuevo, quien ya no es víctima de las fuerzas que lo conducen al mal, sino que está animado de una energía nueva que lo empuja hacia el bien.

Allí donde llega este Espíritu, el mal es vencido, el pecado es perdonado –cancelado, destruido–y nace el hombre nuevo modelado conforme a la persona de Cristo.

​La misión que el Resucitado confía a sus discípulos es la de perdonar los pecados, continuando así su obra de “Cordero de Dios que quita el pecado del mundo” (Jn 1,29). ¿Qué significa perdonar los pecados? Estas palabras han sido interpretadas –de manera justa pero en forma reductiva– como la trasmisión a los apóstoles del poder de absolver los pecados. No es éste el único modo de perdonar, es decir, de neutralizar y derrotar al pecado. La potestad conferida por Jesús es mucho más amplia y tiene en cuenta a todos los discípulos que estánanimados por su Espíritu: es la de purificar al mundo de toda forma de mal.

​Los poderes no son dos –perdonar o retener– a discreción del confesor que evalúa casopor caso. El poder es uno solo, y es el de aniquilar el pecado en todas sus formas. Pero éste puede no ser perdonado: si el discípulo no se compromete a crear las condiciones para que todos abran el corazón a la acción del Espíritu, el pecado no es perdonado.

​Y el discípulo será responsable del fracaso de la misión.

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