Año A – Pascua – 7.º domingo – Ascensión del Señor
Mateo 28,16-20: “Id, pues, y haced discípulos a todos los pueblos”.

Hemos llegado a la fiesta de la Ascensión del Señor, que el libro de los Hechos de los Apóstoles sitúa simbólicamente cuarenta días después de la Pascua (cf. primera lectura: Hechos 1,1-11). Es particularmente significativo notar que esta es la única aparición de Jesús a sus discípulos narrada en el Evangelio de san Mateo. Antes, de hecho, se había aparecido solo a las dos Marías que habían ido al sepulcro, confiándoles la tarea de decir a los discípulos que fueran a Galilea: “Id a anunciar a mis hermanos que vayan a Galilea: allí me verán” (Mateo 28,10).

No se trata de una incongruencia histórica entre los Evangelios. Los hechos principales de la vida de Jesús, transmitidos por los apóstoles, eran ya patrimonio común de las comunidades cristianas. Cuando los evangelistas escriben el Evangelio, recogen algunos relatos y les dan una estructura literaria, con una orientación teológica y catequética particular, pensando en las necesidades de sus comunidades.

Comparto con vosotros algunas reflexiones, teniendo ante los ojos el Evangelio de hoy —un texto de apenas cinco versículos— y tratando de interiorizar su mensaje. Se trata de la conclusión del Evangelio de Mateo y, por tanto, de su culmen y de la clave de relectura de todo el Evangelio. Difícilmente podríamos exagerar su alcance.

1. Galilea, el lugar de la cita

Los once discípulos fueron a Galilea, al monte que Jesús les había indicado”.

Jesús cita a los apóstoles lejos del centro religioso y político de Jerusalén: en Galilea, lugar de periferia y de frontera, donde todo había comenzado. Desde allí se vuelve a partir, ya no hacia el centro, sino hacia los confines del mundo, hacia todos los pueblos. Es el inicio de la gran aventura de la Iglesia, que durará “hasta el fin del mundo”. Jesús, que había partido de Galilea para concluir su camino en Jerusalén, ahora parece dejar atrás la ciudad santa y su templo: ¡son ya realidades superadas!

Galilea es el lugar de la vida ordinaria, donde Jesús había encontrado y llamado a sus discípulos. Es el símbolo de la vida cotidiana. Después del tiempo pascual, el Resucitado nos remite a nuestra vida de cada día. Es allí donde lo veremos.

La cita es en el monte. Se trata del séptimo y último monte del Evangelio de Mateo: el monte de la misión. Este corresponde al primero, el monte de la tentación, donde el diablo había intentado apartar a Jesús del plan de Dios, ofreciéndole el poder y la gloria del mundo (Mateo 4,8).

2. Los once discípulos, los protagonistas

Son once, solo once, y ya no doce. Aquella ausencia será pesada, embarazosa, llena de interrogantes, causa de tristeza y de desconcierto. Por eso Pedro propondrá ocupar aquel lugar vacío con la elección de Matías (Hechos 1,26). Pero Matías podría representar a cada uno de nosotros.

Es con estos once —un número que habla de incompletud e imperfección— con quienes también nosotros somos convocados para la gran misión. Dada la inmensidad de la tarea, estaríamos tentados de hacer el censo de las fuerzas con las que podemos contar, como hizo el rey David, provocando la ira de Dios (cf. 2 Samuel 24,9). En el fondo, ¿no son acaso eso muchas de nuestras estadísticas?

Dios parece casi burlarse de nuestros cálculos y reduce cada vez más nuestras fuerzas, como hizo con las tropas de Gedeón, en marcha contra los madianitas: de treinta y dos mil a trescientos hombres, porque “Israel podría gloriarse ante mí y decir: Mi mano me ha salvado” (Jueces 7,2). ¡Y ahora será con once hombres como Jesús hará fermentar el mundo!

3. La duda que hace verdadera la fe

Al verlo, se postraron. Pero ellos dudaron”.

¡Lo vieron, se postraron, pero dudaron! Las mujeres junto al sepulcro, cuando vieron a Jesús, “se acercaron, le abrazaron los pies y lo adoraron” (Mateo 28,9). Aquí, en cambio, está la duda, y es Jesús quien debe acercarse a los once.

¡Los evangelistas no hacen concesiones a los apóstoles! Ponen de relieve sus límites, sus debilidades, sus incomprensiones, sus lentitudes: en una palabra, su inadecuación. Son hombres como nosotros. Pensando en ellos, nadie podrá decir ya: “Pero ¿cómo?, ¿quieres escogerme precisamente a mí?”. No debemos avergonzarnos de nuestras dudas. La duda toma en serio la grandeza de la fe.

4. Todo poder al… “maldito” en la cruz

Jesús se acercó y les dijo: Se me ha dado todo poder en el cielo y en la tierra”.

Aquel que había sido juzgado por las autoridades religiosas como blasfemo y maldito por Dios recibe del Padre “todo poder en el cielo y en la tierra”. ¡Qué ironía! Da que pensar, sobre todo a nosotros, que ejercemos un “poder” en nombre de Dios.

Todo está ahora en sus manos (Juan 13,3): en las manos del Amor. Nada ni nadie puede arrancarnos de esas manos (Romanos 8,35; Juan 10,28). Es una certeza consoladora y liberadora, capaz de desatar los vínculos paralizantes de nuestros miedos.

5. El mandato misionero de la Iglesia

Id, pues, y haced discípulos a todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, enseñándoles a observar todo lo que os he mandado”.

Ir es la primera consigna. Reanudar el camino de la misión, la de Jesús. Es impresionante ver cómo, desde el principio, la Iglesia —una realidad diminuta e insignificante— tenía una conciencia tan fuerte de ser enviada a todo el mundo.

Para hacer discípulos: suyos, no nuestros. Bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, es decir, sumergiéndolos —este es el significado del verbo griego “bautizar”— en el Amor de la Trinidad. Enseñándoles no como maestros, sino como discípulos y testigos del único Maestro (Mateo 23,10).

6. La Ascensión, plenitud de la Encarnación

Y he aquí que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo”.

Es la última palabra de Jesús, el Emmanuel (Mateo 1,23). Es su encarnación en cada uno de nosotros. La presencia es algo difícil de definir. Se puede estar presente con el cuerpo y ausente con la mente y con el corazón.

La Ascensión no es una partida, sino una nueva y más profunda modalidad de presencia: Cristo es “más íntimo a nosotros que nosotros mismos”, por decirlo con san Agustín. Por eso san Pablo podrá decir: “Ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí” (Gálatas 2,20).

7. Una sugerencia

Cuando te parezca que Cristo es el gran ausente en tu vida o en nuestra sociedad; cuando te parezca que el “príncipe de este mundo” ha vuelto a tomar el poder en sus manos… vuelve a tomar este Evangelio y escucha esta palabra que nunca pasará: “Se me ha dado todo poder en el cielo y en la tierra”.

Y recuerda la última y definitiva promesa de Jesús: “Y he aquí que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo”.

P. Manuel João Pereira Correia, MCCJ