Ascensión del Señor (A)
Mateo 28,16-20


  • Hechos 1, 1-11: “¿Qué hacen ahí mirando al cielo?”
  • Salmo 39: R. Entre voces de júbilo, Dios asciende a su trono. Aleluya.
  • Efesios 1, 17-23: El Cristo glorioso es la Cabeza de la Iglesia
  • Mateo 28, 16-20: Jesús nos encomienda una misión

En aquel tiempo, los once discípulos se fueron a Galilea, al monte que Jesús les había indicado.
Al verlo, ellos se postraron, paro algunos vacilaban.
Acercándose a ellos, Jesús les dijo:
—«Se me ha dado pleno poder en el cielo y en la tierra.
Id y haced discípulos de todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; y enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado.
Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo».


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HACER DISCÍPULOS DE JESÚS
José Antonio Pagola

Mateo describe la despedida de Jesús trazando las líneas de fuerza que han de orientar para siempre a sus discípulos, los rasgos que han de marcar a su Iglesia para cumplir fielmente su misión.

El punto de arranque es Galilea. Ahí los convoca Jesús. La resurrección no los ha de llevar a olvidar lo vivido con él en Galilea. Allí le han escuchado hablar de Dios con parábolas conmovedoras. Allí lo han visto aliviando el sufrimiento, ofreciendo el perdón de Dios y acogiendo a los más olvidados. Es esto precisamente lo que han de seguir transmitiendo.

Entre los discípulos que rodean a Jesús resucitado hay «creyentes» y hay quienes «vacilan». El narrador es realista. Los discípulos «se postran». Sin duda quieren creer, pero en algunos se despierta la duda y la indecisión. Tal vez están asustados, no pueden captar todo lo que aquello significa. Mateo conoce la fe frágil de las comunidades cristianas. Si no contaran con Jesús, pronto se apagaría.

Jesús «se acerca» y entra en contacto con ellos. Él tiene la fuerza y el poder que a ellos les falta. El Resucitado ha recibido del Padre la autoridad del Hijo de Dios con «pleno poder en el cielo y en la tierra». Si se apoyan en él no vacilarán.

Jesús les indica con toda precisión cuál ha de ser su misión. No es propiamente «enseñar doctrina», no es solo «anunciar al Resucitado». Sin duda, los discípulos de Jesús habrán de cuidar diversos aspectos: «dar testimonio del Resucitado», «proclamar el evangelio», «implantar comunidades»… pero todo estará finalmente orientado a un objetivo: «hacer discípulos» de Jesús.

Esta es nuestra misión: hacer «seguidores» de Jesús que conozcan su mensaje, sintonicen con su proyecto, aprendan a vivir como él y reproduzcan hoy su presencia en el mundo. Actividades tan fundamentales como el bautismo, compromiso de adhesión a Jesús, y la enseñanza de «todo lo mandado» por él son vías para aprender a ser sus discípulos. Jesús les promete su presencia y ayuda constante. No estarán solos ni desamparados. Ni aunque sean pocos. Ni aunque sean solo dos o tres.

Así es la comunidad cristiana. La fuerza del Resucitado la sostiene con su Espíritu. Todo está orientado a aprender y enseñar a vivir como Jesús y desde Jesús. Él sigue vivo en sus comunidades. Sigue con nosotros y entre nosotros curando, perdonando, acogiendo… salvando.

José Antonio Pagola
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CONTIGO AL FIN DEL MUNDO

Tras la Resurrección se fue. Y lo hizo abiertamente. Los discípulos se quedaron mirando atolondrados mientras se iba y pudieron ratificar que realmente se marchó. El Señor tenía que dejar claro que comenzaba una etapa nueva en su forma de estar con nosotros. ¿Qué relación no pasa en su historia por distintas fases para crecer? De hecho, Él insistió en que estaría acompañándonos todos los días hasta el fin del mundo. Por tanto, nada de ruptura. Su decisión apuntaba a un cambio cualitativo para impulsar la unión. Pero ¿cómo se puede permanecer cuando uno se va?

La presencia es algo tan misterioso que es casi imposible de definir. Porque no queda encerrada en los límites de lo físico. Trasciende lo que se puede ver y tocar. Por eso los sentidos más “adelantados” que mejor la perciben son el olfato y el oído. Se pueden escuchar sonidos reales que nos emocionan aunque estén lejos; se puede oler un aroma único que se nos escapa de las manos pero que nos rodea y envuelve, y nos hace soñar y recordar. La realidad es más amplia que aquello que abarcan nuestros ojos. Se puede reconocer al Señor en signos apenas perceptibles que muestran que de verdad no nos ha abandonado: personas que tienen sus mismos gestos, que pronuncian con autenticidad sus palabras, que son como una prolongación de su ser. Quizás por ello animó a los discípulos a guardar y reproducir todo lo que les había enseñado. Para que otros reconocieran su presencia en ellos y creyeran que el amor y la vida no tienen fecha de caducidad.

 “No es lo mismo marcharse que huir”, escribió la poeta Gloria Fuertes. Tenía razón. Jesucristo no “se fue a por tabaco y no volvió” para evadirse de los problemas de este mundo, sino que, destruyendo a la muerte, fortaleció el vínculo que nos une, irrompible ya, para continuar actuando a nuestro favor de un modo distinto. Por eso quiso dejar claro que la resurrección no suponía irse Más Allá, a vivir cómodamente y disfrutar de un merecido descanso después de tanto sufrido. Con esa presencia nueva mostró que resucitar significa vivir más, amar más, compartir más plenitud. Una inyección de ánimo para vacilantes y temerosos. A Jesucristo resucitado, y a los que han resucitado con Él, nadie nos los puede arrebatar.

Así, ser misionero es posible. Contamos de verdad con unos aliados fieles e indestructibles ante las adversidades y la intemperie: El Señor y los que nos han precedido. Jesucristo nos hizo una promesa que ya ha cumplido: estar con nosotros hasta el fin del mundo. Y tú… ¿estarías dispuesto a irte con Él?

María Dolores López Guzmán
https://www.feadulta.com


Ascensión:
¿una desaparición o una partida?

La resurrección, la ascensión y pentecostés son aspectos diversos del misterio pascual. Si se presentan como momentos distintos y se celebran como tales en la liturgia es para poner de relieve el rico contenido que hay en el hecho de pasar Cristo de este mundo al Padre. La resurrección subraya la victoria de Cristo sobre la muerte, la ascensión su retorno al Padre y la toma de posesión del reino y pentecostés, su nueva forma de presencia en la historia. La Ascensión no es más que una consecuencia de la resurrección, hasta tal punto que la resurrección es la verdadera y real entrada de Jesús en la gloria. Mediante la resurrección Cristo entra definitivamente en la gloria del Padre.

«Apareciéndoseles durante cuarenta días, les habló del Reino de Dios». Los cuarenta días en el A. y NT representan un período de tiempo significativo, durante el cual el hombre o todo un pueblo se encuentra recluido en la soledad y en la proximidad de Dios para después volver al mundo con una gran misión encomendada por Dios. Con el acontecimiento de la Ascensión se termina una serie de apariciones del Resucitado. ¿Dónde estaba Jesús durante los cuarenta días después de Pascua, cuando se aparecía a sus discípulos? ¿Estaba solitario en algún lugar de Palestina del que salía de cuando en cuando para ver a sus discípulos? ¡NO! Jesús estaba ya «junto al Padre» y «desde allí» se hacía visible y tangible a los suyos. Junto al Padre estaba ya desde su resurrección y con nosotros permanece aún después de subir al Padre. En la Ascensión no se da una partida, que da lugar a una despedida; es una desaparición, que da lugar a una presencia distinta. Jesús no se va, deja de ser visible. En la Ascensión Cristo no nos dejó huérfanos, sino que se instaló más definitivamente entre nosotros con otras formas de presencia. «Yo estaré siempre con vosotros hasta la consumación de los siglos». Así lo había prometido y así lo cumplió. Por la Ascensión Cristo no se fue a otro lugar, sino que entró en la plenitud de su Padre como Dios y como hombre. Y precisamente por eso se puso más que nunca en relación con cada uno de nosotros.

Por esto es muy importante entender qué queremos decir cuando afirmamos que Jesús se fue al cielo o que está sentado a la derecha de Dios Padre.

La única manera de convertir la Ascensión en una fiesta es comprender a fondo la diferencia radical que existe entre una desaparición y una partida. Una partida da lugar a una ausencia. Una desaparición inaugura una presencia oculta.Por la Ascensión Cristo se hizo invisible: entra en la participación de la omnipotencia del Padre, fue plenamente glorificado, exaltado, espiritualizado en su humanidad. Y debido a esto, se halla más que nunca en relación con cada uno de nosotros.

Si la Ascensión fuera la partida de Cristo deberíamos entristecernos y echarlo de menos. Pero, afortunadamente, no es así. Cristo permanece con nosotros “siempre hasta la consumación del mundo”. En la Biblia, la palabra cielo no designa propiamente un lugar: es un símbolo para expresar la grandeza de Dios. S. Pablo dice: “subió a los cielos para llenarlo todo con su presencia” (Ef 4,10), es decir, alcanzó una eficacia infinita que le permitía llenarlo todo con su presencia.

“Encielar” a Cristo es como desterrarlo, es perderlo. Su ascensión es una ascensión en poder, en eficacia, y por tanto, una intensificación de su presencia, como así lo atestigua la eucaristía. No es una ascensión local, cuyo resultado sólo sería un alejamiento. No olvidemos que el relato de los Hechos de los apóstoles es mucho más el relato de la última parición de Cristo que la fecha de su glorificación.

Mientras tanto ¿qué hacer? Esta es la cuestión fundamental: ¿Y ahora, qué?

-Vivir la certeza de que Él «está con nosotros todos los días hasta el fin del mundo». Que la Encarnación es un gesto de Dios irreversible. Está, pero de otro modo. Y los apóstoles necesitaron semanas para comprender y hacerse a la idea. Es el sentido de lo sorprendente de cada «aparición». Reconocerle en tantas mediaciones: Iglesia, comunidad, sacramentos, eucaristía, hermanos… Encontrar al Señor en todo y de tantas maneras.

La Ascensión es la plenitud de la Encarnación. Cuando se hizo carne no se pudo encarnar más que en un solo hombre, al que asumió personalmente el Verbo de Dios. Pero mediante la Ascensión, por la fuerza del Espíritu que lo resucitó de entre los muertos, se hace «más íntimo a nosotros que nosotros mismos», de tal modo que Pablo pudo decir «vivo yo, pero no soy yo quien vive, es Cristo quien vive en mí».

Durante su ida mortal Jesús vivió la condición corporal y sus limitaciones en espacio y tiempo. Cuando estaba sentado en casa de Lázaro y de sus hermanas, no estaba en otra parte. Y cuando dormía, envuelto en su manto, cerca de sus discípulos al borde del lago, no estaba en ellos, como lo estuvo después. Por ello, la Ascensión aparece no como una ausencia de Jesús que haría legítima su tristeza, sino como una modificación de su presencia: la presencia corporal, sin dejar de ser corporal, muere a cierta manera de ser, para realizarse totalmente, es decir. para llegar a ser más interior y más universal.

Podríamos decir que en el cuerpo glorificado de Jesús se realizan las promesas al cuerpo humano. Lo que prometía, en el encuentro personal, deja de impedirlo. Este es el verdadero cuerpo humano. Para nosotros, el cuerpo es lo que nos hace presentes, pero al mismo tiempo limita y sabotea esta presencia de la persona. Con razón escribía Blondel: «Es una extraña soledad el que los cuerpos y todo lo que se ha podido decir de la unión no es nada para el precio de la separación que causan» (L’Action, t. Il. pág. 262).

Pero en el cuerpo glorificado de Jesús se realiza lo que no nos habríamos atrevido a esperar. Jesús se hace inmediatamente presente a los que ama, y se une a ellos allí donde ellos son justamente ellos mismos, se hace interior a ellos. Y, por otra parte, se hace simultáneamente presente a todos, sin limitaciones espacio-temporales. Así, el misterio de Jesús aboliendo ciertas formas de presencia corporal para tener junto a nosotros una presencia más interior y más universal, es a la vez el sentido de una experiencia humana vivida y la promesa de que esta experiencia será salvada y colmada para los que la vivan en la fe.

-No quedarnos «ahí plantados mirando al cielo». Volver a la ciudad, al trabajo… pero siendo sus testigos aquí y allá. Que la memoria de Jesús no sea nostalgia ni simple recuerdo, sentimiento intimista inoperante, intrascendente. Sino impulso de seguirle hacia los hombres, hacia el Reino. La Ascensión es una invitación al realismo cristiano y no una evasión a un falso cielo deseado. Los ángeles invitan a mirar a la tierra y preparar su vuelta aquí entre los hombres. La fe es una alienación si uno se despreocupa del mundo. Pero esta fe alienante está condenada por los mismos ángeles: «Galileos, qué hacéis ahí plantados mirando al cielo? El mismo Jesús que os ha dejado para subir al cielo volverá como le habéis visto marcharse». Teilhard de Chardin: «La fe en JC se podrá en el futuro conservar o defender sólo a través de la fe en el mundo».

Nos ha resultado más cómodo ubicar a Cristo, el Hijo de Dios, a la derecha del Padre en el cielo, que hacer sitio al Hijo del hombre en nuestro mundo y por encima de nuestros intereses. Creer en Dios no es muy difícil, sobre todo si lo situamos en el cielo. Lo difícil -y eso es el cristianismo- es aceptar que Dios se ha hecho hombre, que es hombre, que vive y está con nosotros, precisamente en el prójimo. Eso es difícil de creer, porque eso nos compromete y nos complica la vida, cuestionando nuestra seguridad, nuestro bienestar, nuestro progreso frente al riesgo, malestar y subdesarrollo de tantos millones de cristianos vivientes… en los que no creemos y a los que olvidamos y rechazamos.

Y se vuelven a Jerusalén con la alegría metida en el alma.

Es todo un programa de vida. Y para ello:

-«Seréis bautizados con Espíritu Santo». Esta será la fuerza de Dios en nuestra debilidad. Uno se sorprende al ver la serenidad, la ciencia y fortaleza de aquellos primeros discípulos, pescadores temerosos y desalentados; ¡cómo cambió su suerte! Durante esta semana pidamos con insistencia la venida del Espíritu Santo.

http://www.mercaba.org


“Vayan y hagan discípulos de todos los pueblos”
Romeo Ballan mcci

La Ascensión es una nueva epifanía. Las lecturas bíblicas y otros textos litúrgicos la presentan como una manifestación gloriosa de Jesús. En la I lectura se narra la nube de las apariciones divinas y hombres (ángeles) vestidos de blanco, se hacen hasta cuatro referencias al cielo en tan solo dos versículos, hay un anuncio del retorno futuro… (v. 9-11). S. Pablo (II lectura) presenta el epílogo de una empresa difícil y paradójica, pero muy exitosa: Jesús sentado a la derecha del Padre en el cielo, por encima de todo principado y potestad, constituido como cabeza de la Iglesia y sobre todas las cosas (v. 20-22). Los acontecimientos conclusivos de la vida terrena de Jesús dan sentido e iluminan el doloroso recorrido anterior. “Por eso Juan habla de exaltación, por tanto, de ascensión de Jesús, en el día mismo de la muerte en la cruz: muerte-resurrección-ascensión constituyen el único misterio pascual cristiano, en el cual se realiza la recuperación en Dios de la historia humana y del ser cósmico. También los cuarenta días, mencionados en Hechos 1,2-3, evocan un tiempo perfecto y definitivo y no se han de considerar como una información cronológica” (G. Ravasi).

El feliz cumplimiento del hecho-misterio pascual de Jesús es la raíz de la gozosa esperanza de la Iglesia y de la serena confianza de los fieles de poder gozar un día de la misma gloria de Cristo (Prefacio). Aquí tienen inspiración y energía tanto el compromiso apostólico como el optimismo que anima a los misioneros del Evangelio, con la certeza de ser portadores de un mensaje y de una experiencia de vida exitosa, gracias a la resurrección. No se trata de una experiencia fracasada, sino exitosa y segura: ya plenamente triunfante en Cristo, y, si bien de manera parcial, exitosa también en la vida del cristiano y del evangelizador, aunque a la espera de nuevos desarrollos.

Motivados interiormente por esta experiencia de vida nueva en Cristo, los Apóstoles – y los misioneros de todos los tiempos – se convierten en sus “testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria y hasta los confines del mundo” (Hch 1,8), en un movimiento que se abre progresivamente del centro (Jerusalén) hacia una periferia tan vasta como el mundo entero. El campo de trabajo misionero de la Iglesia son todos los pueblos (Evangelio), a los que Jesús envía a sus discípulos antes de subir al cielo (v. 19). Los envía con la plenitud de su poder (v. 18), que le corresponde en cuanto Hijo de Dios, y en cuanto Kyrios (Señor) glorificado: “Vayan, pues, y hagan discípulos detodos los pueblos, bautizándoles… enseñándoles… (v. 19-20). Una misión que es posible realizar con la fuerza del Espíritu, al que invocamos, junto con María y los Apóstoles, en la espera de un Pentecostés siempre nuevo.

Ese pues (oun-ergo: en gr. y lat., respectivamente) tiene el valor de una consecuencia irrenunciable: indica la raíz y la continuidad de la misión universal, que nace de la Santísima Trinidad y se prolonga en el tiempo y en el espacio por medio de la Iglesia, enviada a todos los pueblos, confortada por la perenne presencia de su Señor: “Yo estoy con ustedes todos los días” (v. 20). Para Mateo, Jesús no se aleja de los suyos, cambia solamente el modo de presencia. Se queda con ellos: Él es siempre el Emmanuel, el Dios con nosotros, anunciado desde el inicio del Evangelio (cfr. Mt 1,23).

Los verbos que Jesús utiliza para enviar a sus discípulos en misión mantienen su perenne actualidad. ‘Vayan’ indica el dinamismo de una salida permanente y el valor para entrar en las situaciones siempre nuevas del mundo; vayan, o sea salgan, partan, vayan al encuentro del otro; ‘hagan discípulos’ quiere decir que todos los pueblos están invitados a hacerse seguidores no ya de una doctrina, sino de una Persona; propongan así como Dios se propone sin imponerse; ‘bauticen’ hace referencia al sacramento que introduce a las personas en la Iglesia y las inserta en la vida de la Trinidad; ‘enseñen a guardar’ se refiere a la respuesta de los discípulos a la voz del Maestro y Pastor. Él ha cumplido ya la obra de la salvación en favor de todos los pueblos; ahora llama y envía a otros discípulos para continuar su misma misión. Por los caminos del mundo, el cristiano vive a menudo en tensión entre mirar al cielo y transformar la tierra. Si uno mira solamente hacia arriba, vienen los ángeles (Hch 1,11) a indicarle sus tareas en la tierra. Si se mira solo a la tierra, S. Pablo nos recuerda la esperanza a la cual estamos llamados (Ef 1,18). La síntesis es la misión en nombre de Dios y en medio a los pueblos. Este es el don y el misterio de cada vocación al servicio del Evangelio en el mundo.


Introducción

¿Ha cambiado algo en la tierra con la entrada de Jesús en la gloria del Padre? Exteriormente, nada. La vida de la gente sigue siendo la misma de siempre: sembrar y cosechar, comerciar, construir casas, viajar, llorar, festejar, todo como antes. Tampoco los apóstoles se han beneficiado de ningún “descuento” respecto a los dramas y angustias experimentadas por los demás mortales. Sin embargo, algo increíblemente nuevo ha sucedido: una luz nueva ha sido proyectada sobre la existencia humana.

En un día de niebla, cuando el Sol aparece de repente, las montañas, el mar, los campos, los árboles del bosque, los perfumes de las flores, el canto de los pájaros son los mismos, pero es diverso el modo de verlo y percibirlo todo. Lo mismo ocurre a quien ha sido iluminado por la fe en Jesús ascendido al cielo: ve el mundo con ojos nuevos. Todo adquiere sentido, nada entristece, nada produce ya miedo. Por encima de las desventuras, las fatalidades, las miserias, los errores humanos, se vislumbra siempre al Señor que va construyendo su reino.

Un ejemplo de esta perspectiva completamente nueva podría ser el modo de considerar los años de la vida. Todos conocemos, sin poder evitar a veces una sonrisa, a octogenarios que envidian a quienes tienen menos años que ellos, que se avergüenzan de su edad… es decir, que vuelven su mirada hacia el pasado en vez de hacia el futuro. La certeza de la Ascensión cambia totalmente esta perspectiva. Mientras transcurren los años, el cristiano tiene la satisfacción de ver acercarse el día del encuentro definitivo con Cristo. Está contento de haber vivido; no envidia a los jóvenes; los mira con ternura.

Para interiorizar el mensaje, repetiremos:
“Los sufrimientos del momento presente no son nada comparados con la gloria futura que será revelada en nosotros.”

Primera Lectura: Hechos 1,1-11

1En mi primer libro, querido Teófilo, conté todo lo que Jesús hizo y enseñó desde el principio 2hasta el día que fue llevado al cielo, después de haber dado instrucciones, por medio del Espíritu Santo, a los apóstoles que había elegido. 3Después de su Pasión, se les había presentado vivo durante cuarenta días, dándoles muchas pruebas, mostrándose y hablando del reino de Dios. 4Mientras comía con ellos, les encargó que no se alejaran de Jerusalén sino que esperaran lo prometido por el Padre: “La promesa que yo les he anunciado –les dijo–: 5que Juan bautizó con agua, pero ustedes serán bautizados dentro de poco con Espíritu Santo.” 6Estando ya reunidos le preguntaban: “Señor, ¿es ahora cuando vas a restaurar la soberanía de Israel?” 7Él les contestó: “No les toca a ustedes saber los tiempos y circunstancias que el Padre ha fijado con su propia autoridad. 8Pero recibirán la fuerza del Espíritu Santo que vendrá sobre ustedes, y serán testigos míos en Jerusalén, Judea y Samaría y hasta el confín del mundo.”9 Dicho esto, los apóstoles lo vieron elevarse, y una nube lo ocultó de la vista.10Seguían con los ojos fijos en el cielo mientras Él se marchaba, cuando dos personas vestidas de blanco se les presentaron 11y les dijeron: “Hombres de Galilea, ¿qué hacen ahí mirando al cielo? Este Jesús, que les ha sido quitado y elevado al cielo, vendrá de la misma manera que lo han visto partir.”

Los cruzados construyeron sobre el monte de los Olivos un pequeño santuario octogonal, convertido en mezquita por los musulmanes en el 1200. Un día explicaba yo a los peregrinos que este pequeño edificio tiene hoy techo pero que originariamente fue construido sin él como recuerdo de la Ascensión. Un gracioso del grupo comentó: “No lo tenía porque, de lo contrario, Jesús, subiendo al cielo se hubiera dado un golpe en la cabeza”. Este comentario un poco irreverente no fue del agrado de algunos de los presentes; para otros, en cambio, significó una oportunidad para profundizar en el significado de la Ascensión.

A primera vista, el relato de la Ascensión corre con fluidez. Pero, cuando nos fijamos en los detalles, surge la perplejidad. Parece un tanto inverosímil que Jesús se haya comportado como un astronauta que despega de la tierra y se eleva al cielo para desaparecer entre las nubes. Nos encontramos, además, con algunas incongruencias difíciles de explicar.

Al final de su evangelio, Lucas –el mismo autor del libro de los Hechos– afirma que el Resucitado condujo a sus discípulos hacia Betania y “alzando las manos los bendijo y, mientras los bendecía, se separó de ellos y fue llevado al cielo. Ellos se postraron ante él y regresaron a Jerusalén muy contentos” (Lc 24,50-53). Pasemos por alto la extraña anotación de “muy contentos” (¿quién de nosotros es feliz cuando un amigo se va?) y el problema de la localidad (Betania está un poco a tras mano respecto del monte de los Olivos). Lo que de verdad sorprende es el patente desacuerdo sobre la fecha: según Lucas 24 la Ascensión tuvo lugar el mismo día de Pascua, mientras que en los Hechos ocurrió cuarenta días después (cf. Hch 1,3). Es extraño que el mismo autor nos ofrezca dos informaciones contrastantes.

Si tomamos por buena la segunda versión (la de los cuarenta días), surge natural la pregunta: ¿Qué hizo Jesús durante todo ese tiempo? ¿No había prometido en el Calvario al ladrón: Hoy estarás conmigo en al paraíso? ¿Por qué no ha “ascendido” inmediatamente? Las dificultades enumeradas son suficientes como para sospechar que, quizás, la intención de Lucas no sea la de informarnos acerca de cuándo y desde dónde subió Jesús al cielo. Probablemente su preocupación sea otra: quiere responder a los problemas y desvanecer las dudas que surgían en su comunidad e iluminar a los cristianos de su tiempo sobre el misterio inefable de la Pascua. Por esto, como buen literato que es, compone una página de teología utilizando un género literario con imágenes accesibles a contemporáneos. El primer paso a dar es comprender el género literario en cuestión.

En tiempos de Jesús, la espera del reino de Dios era vivísima y los escritores apocalípticos la anunciaban como inminente. Se esperaba un diluvio purificador desde el cielo, la resurrección de los justos y el comienzo de un mundo nuevo. En la mente de no pocos discípulos se había creado un clima de exaltación, alimentado por algunas expresiones de Jesús que podían fácilmente ser malentendidas: “les aseguro que no habrán recorrido todas las ciudades de Israel antes de que venga el Hijo del Hombre” (Mt 10,23). “Hay algunos de los que están aquí que no morirán antes de ver al Hijo del Hombre venir en su reino” (Mt 16,28).

Con la muerte del Maestro, sin embargo, todas las esperanzas se esfumaron: “¡Nosotros esperábamos que Él fuera el liberador de Israel!”, dirán los dos de Emaús (Lc 24,21). La Resurrección reaviva las esperanzas y se difunde entre los discípulos la convicción de un inmediato regreso de Cristo. Algunos fanáticos, basándose en presuntas revelaciones, comenzaron hasta anunciar la fecha. En todas las comunidades se repetía la invocación: “¡Marana tha!¡Ven, Señor Jesús!

Los años pasan y el Señor no viene. Muchos comentan con ironía: “¿Qué ha sido de su venida prometida? Desde que murieron nuestros padres, todo sigue igual que desde el principio del mundo”(2 Pe 3,4). Lucas escribe en este contexto de crisis. Se da cuenta del equívoco que ha provocado la amarga desilusión de muchos cristianos: la Resurrección de Jesús ha marcado, sí, el comienzo del reino de Dios, pero no el fin de la historia. La construcción del mundo nuevo acaba de comenzar y requerirá largo tiempo y el compromiso constante de los creyentes.

¿Cómo corregir las falsas esperanzas? Lucas introduce en la primera página del libro de los Hechos un diálogo entre Jesús y los apóstoles. Consideremos la pregunta que estos le dirigen: “¿Cuándo vas a restaurar la soberanía de Israel?” (v. 6). Era ésta la pregunta que, hacia finales del siglo l, todos los cristianos hubieran querido hacer al Maestro. La respuesta del Resucitado, más que a los Doce, va dirigida a los miembros de las comunidades de Lucas: ¡dejen de especular sobre los tiempos y circunstancias del fin del mundo! Esto solo lo conoce el Padre. Es mejor que se empeñen en cumplir la misión que les ha sido encomendada: ser “testigos míos en Jerusalén, Judea y Samaría y hasta el confín del mundo” (vv. 7-8). A este diálogo sigue la escena de la Ascensión (vv. 9-11).

Jesús y sus discípulos están sentados, comiendo (Hch 1,4), es decir, están en casa. ¿Por qué no se han despedido allí después de cenar? ¿Qué necesidad había de dirigirse al monte de los Olivos? Los otros detalles: la nube, las miradas dirigidas al cielo, los dos hombres vestidos de blanco: ¿son datos de crónica o artificios literarios? Hay en el Antiguo Testamento un relato que se asemeja mucho al nuestro: se trata del “rapto” de Elías (cf. 2 Re 2,9-15). Un día, el gran profeta se encontraba con su discípulo Eliseo junto al Jordán. Éste, sabiendo que su Maestro estaba a punto de partir, se atreve a pedirle en herencia dos tercios de su espíritu. Elías se lo promete, pero con una condición: “si me ves” cuando sea arrebatado al cielo. De pronto, aparece un carro tirado por caballos de fuego y, mientras Eliseo mira al cielo, Elías es arrebatado hacia lo alto en un torbellino. Desde ese momento, Eliseo recibe el espíritu del maestro y es habilitado para continuar su misión en este mundo. El libro de los Reyes contará después las obras de Eliseo: serán las mismas que ha realizado Elías.

Es fácil señalar los elementos comunes con el relato de los Hechos, lo cual nos lleva a la siguiente conclusión: Lucas se ha servido de la escenografía grandiosa y solemne del rapto de Elías para expresar una realidad que no puede ser verificada por los sentidos ni adecuadamente descrita con palabras, a saber, la Pascua de Jesús, su Resurrección y su entrada en la gloria del Padre. La nubeindica en el Antiguo Testamento la presencia de Dios en un cierto lugar (cf. Éx 13,22). Lucas la emplea para afirmar que Jesús, el derrotado, la piedra desechada por los constructores, aquel cuyos enemigos hubieran preferido que quedara para siempre prisionero de la muerte, ha sido acogido por Dios y proclamado Señor. Los dos hombres vestidos de blanco son los mismos que aparecen junto al sepulcro el día de Pascua (cf. Lc 24,4). El color blanco representa, según la simbología bíblica, el mundo de Dios. Las palabras puestas en boca de los “dos hombres” son la explicación dada por Dios acerca de los acontecimientos de la Pascua: Jesús, el Siervo fiel, matado por los hombres, ha sido glorificado. Sus palabras son verdaderas (siendo dos, su testimonio es digno de fe).

Finalmente: la mirada dirigida al cielo. Como Eliseo, también los apóstoles y los cristianos del tiempo de Lucas se quedan contemplando al Maestro que se aleja. Su mirada indica el deseo de su regreso inmediato para que, después de un breve intervalo, continúe su obra interrumpida. Pero la voz del cielo aclara: no será él quien va a llevarla a cumplimiento. Serán ustedes. Lo harán, están capacitados para ello, porque han pasado con Él cuarenta días (en el lenguaje del judaísmo era el tiempo necesario para la preparación del discípulo) y han recibido el Espíritu. Para los apóstoles, como para Eliseo, la imagen del “rapto del maestro” indica el traspaso de poderes.

Ya en tiempos de Lucas había cristianos que “miraban al cielo”, es decir, que consideraban la religión como una evasión, no como un estímulo a comprometerse concretamente para mejorar la vida de los hombres. A éstos, Dios les dice: “¿Qué hacen ahí mirando al cielo?”, es en la tierra donde tienen que dar prueba de la autenticidad de su fe. Jesús regresará, sí, pero esta esperanza no debe ser una razón para que se desentiendan de los problemas de este mundo. Bienaventurados serán aquellos siervos a quienes el Señor encuentre, a su regreso, comprometidos en el trabajo por los hermanos (cf. Lc 13,27).

¿Ha subido Jesús al cielo? Ciertamente sí, pero decir que ha subido al cielo es lo mismo que decir que ha resucitado, que ha sido glorificado, que ha entrado en la gloria de Dios. Su cuerpo, es verdad, ha sido colocado en el sepulcro, pero Dios no ha tenido necesidad de los átomos de su cadáver para formar aquel “cuerpo de Resucitado” que Pablo llama: “cuerpo espiritual” (1 Cor 15,35-50).

Cuarenta días después de la Pascua no ha tenido lugar ninguna ascensión espacial, no ha habido ningún “rapto” hacia el cielo desde el monte de los Olivos. La Ascensión ha tenido lugar en el instante mismo de la muerte, aunque los discípulos hayan comenzado a entender y a creer solamente a partir del “tercer día”.

El relato de Lucas es una página de teología, no el reportaje de un cronista. El evangelista nos quiere decir que Jesús ha atravesado, el primero, el “velo del templo” que separaba el mundo de los hombres del mundo de Dios y ha mostrado cómo todo lo que acontece en la tierra –éxitos y fracasos, injusticias, sufrimientos e incluso los acontecimientos más absurdos, como una muerte ignominiosa– no está fuera del proyecto de Dios.

La Ascensión del Señor significa todo eso. No debemos extrañarnos, entonces, de que haya sido saludada por los apóstoles con gran alegría (Lc 25,52).

Segunda Lectura: Efesios 1,17-23

17Que el Dios de nuestro Señor Jesucristo, Padre de la gloria, les conceda un Espíritu de sabiduría y revelación que les permita conocerlo verdaderamente. 18Que Él ilumine sus corazones para que ustedes puedan valorar la esperanza a la que han sido llamados, la espléndida riqueza de la herencia que promete a los consagrados 19y la grandeza extraordinaria de su poder a favor de nosotros los creyentes, según la eficacia de su fuerza poderosa; 20poder que ejercitó en Cristo resucitándolo de la muerte y sentándolo a su derecha en el cielo 21por encima de toda autoridad y potestad y poder y soberanía, y de cualquier otra dignidad que pueda mencionarse tanto en este mundo como en el venidero. 22Todo lo ha sometido bajo sus pies, y lo ha nombrado, por encima de todo, cabeza de la Iglesia, 23que es su cuerpo y plenitud de aquel que llena completamente todas las cosas.

Pablo pide a Dios la sabiduría para sus cristianos. No se trata de una sabiduría humana sino de la inteligencia para comprender el misterio de la Iglesia. Pide a Dios iluminar los ojos de sus corazones para que comprendan cuán grande es la esperanza a la que han sido llamados.

La primera lectura invitaba a los cristianos a no desentenderse de los deberes concretos de este mundo. La segunda completa este pensamiento y nos invita a no olvidar que nuestras vidas no están limitadas por el horizonte de este mundo, porque, aunque inmersos en las actividades de esta vida, están siempre a la espera de que Cristo regrese con el fin de llevarnos definitivamente con él.

Evangelio: Mateo 28,16-20

16Los once discípulos fueron a Galilea, al monte que les había indicado Jesús. 17Al verlo, se postraron, pero algunos dudaron. 18Jesús se acercó y les habló: “Me han concedido plena autoridad en cielo y tierra. 19Vayan y hagan discípulos entre todos los pueblos, bautícenlos consagrándolos al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo, 20y enséñenles a cumplir todo lo que yo les he mandado. Yo estaré con ustedes siempre, hasta el fin del mundo.”

Mateo no describe la Ascensión como lo hacen los Hechos de los apóstoles. Sin embargo, sirviéndose de imágenes diferentes, trasmite el mismo mensaje. A diferencia de Lucas y Juan, coloca el encuentro con el Resucitado no en Jerusalén sino en Galilea. Esta ambientación geográfica contiene un mensaje teológico: el evangelista quiere afirmar que la misión de los apóstoles comienza allí donde había comenzado la del Maestro.

Galilea era una región despreciada. A causa de las frecuentes invasiones procedentes del norte y del este, estaba habitada por una población heterogénea, consecuencia de la mezcla de razas. Isaías la designa como “territorio de los Gentiles”, es decir, de los paganos (cf. Is 9,1). Los judíos ortodoxos la miraban con sospecha y desconfianza. A Nicodemo, que tímidamente intentaba defender a Jesús, los fariseos de Jerusalén le objetaron: “Estudia y verás que de Galilea no salen profetas” (Jn 7,52). Es justamente a estos casi-paganos a quienes ahora está destinado el Evangelio, quiere decir Mateo. Jerusalén, la ciudad que ha rechazado al Mesías de Dios, ha perdido el privilegio de ser el centro espiritual de Israel.

El encuentro con el Resucitado tiene lugar en el monte (v. 16). Comentando el evangelio del segundo domingo de Cuaresma, habíamos aclarado el significado bíblico del monte: era el lugar de las manifestaciones de Dios. En la cima de la montaña se había manifestado a Moisés y Elías. Mateo emplea frecuentemente esta imagen: coloca a Jesús en el monte cada vez que enseña o realiza un gesto particularmente importante.

Si se tiene presente este hecho, se comprenderá el significado de la escena narrada en el pasaje de hoy: el envío al mundo de los discípulos es un acontecimiento decisivo. Y solamente está capacitado para llevar esta misión quien haya tenido en el monte la experiencia del Resucitado y asimilado su mensaje. La anotación: “al verlo se postraron, pero algunos dudaron”(v. 17) no deja de ser sorprendente. ¿Cómo podían tener aún dudas si habían encontrado al Resucitado el día de Pascua?

Desde el punto de vista de la catequesis, este detalle es muy indicativo. Para Mateo la comunidad cristiana no está compuesta por gente perfecta sino por personas en las que el bien y el mal, las luces y sombras siguen estando presentes. Esta es la situación que encontramos entre los primeros discípulos: tienen fe, pero permanecen las dudas e incertidumbres. Es posible creer en Cristo y seguir teniendo dudas. Imposible es lo contrario: no puede existir la fe junto a la evidencia. No se puede “creer” que el Sol “exista”: hay certeza, se puede ver; son científicamente verificables los efectos de su luz y de su calor. En el campo de la fe esta evidencia es imposible. Como los apóstoles, también nosotros estamos profundamente convencidos de la verdad de la Resurrección de Cristo, pero es imposible demostrarla.

En la segunda parte del pasaje (vv. 18-20), se narra ‘el envío‘ de los apóstoles a evangelizar el mundo entero. Durante su vida pública, Jesús los había enviado a anunciar el reino de los cielos con estas instrucciones: “No se dirijan a países de los paganos, no entren en las ciudades de samaritanos; vayan más bien a las ovejas descarriadas de la Casa de Israel” (Mt 10,5-6). Después de la Pascua, su misión se amplía, se convierte en universal.

La luz se había encendido en Galilea cuando Jesús deja Nazaret y se establece en Cafarnaún. “El pueblo que vivía en tinieblas vio una luz intensa; a los que vivían en sombras de muerte les amaneció la luz” (Mt 4,16). Ahora su luz debe brillar en el mundo entero. Como habían anunciado los profetas, Israel se convierte en “luz de las gentes” (cf. Is 42,6).

El momento es decisivo y Jesús apela a su autoridad: ha sido enviado por el Padre a anunciar el mensaje de la Salvación; ahora confía esta tarea a la comunidad de sus discípulos, confiriéndoles sus mismos poderes. La Iglesia está llamada a hacer presente a Cristo en el mundo. Mediante el bautismo, genera nuevos hijos e hijas que son insertados en la comunión de vida de la Trinidad, del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Misión sublime, pero ardua. Suscita estremecimiento y angustia en quienes han sido llamados a llevarla a cabo.

Toda vocación está siempre acompañada del miedo de la persona y de una promesa del Señor que asegura: “No temas; yo estoy contigo”. A Jacob, en viaje hacia una tierra desconocida, Dios le garantiza: “Yo estoy contigo; te acompañaré a donde vayas… No te abandonaré” (Gn 28,15); a Israel, deportado en Babilonia, declara: “Porque te aprecio y eres valioso y yo te amo…no temas, que contigo estoy yo” (Is 43,4-5); a Moisés, que le objeta: “¿Quién soy yo para acudir al faraón o para sacar a los israelitas de Egipto?”, le responde: “Yo estoy contigo” (Éx 3,11-12); a Pablo, presa del desaliento en Corinto, el Señor le dice: “No temas…que yo estoy contigo y nadie podrá hacerte daño” (Hch 18,9-10).

La promesa del Resucitado a los discípulos que están a punto de dar los primeros y tímidos pasos misioneros, no puede ser distinta: “Yo estaré con ustedes siempre, hasta el fin del mundo”(v. 20). Concluye así, como al comienzo, el evangelio de Mateo: con la referencia al Emmanuel, al Dios con nosotros, nombre con el que el Mesías había sido anunciado por los profetas (cf. Mt 1,22-23).

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