Domingo 33 del Tiempo Ordinario – Año B
Marcos 13, 24-32


Fico

24En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: “En aquellos días, después de esa tribulación, el sol se oscurecerá, la luna no irradiará su resplandor, 25las estrellas caerán del cielo y los ejércitos celestes temblarán. 26Entonces verán llegar al Hijo del Hombre entre nubes, con gran poder y gloria. 27Y enviará a los ángeles para reunir a sus elegidos desde los cuatros vientos, de un extremo de la tierra a un extremo del cielo. 28Aprendan del ejemplo de la higuera: Cuando las ramas se ablandan y brotan las hojas, saben que está cerca la primavera. 29Lo mismo ustedes, cuando vean suceder aquello, sepan que el fin está cerca, a las puertas. 30Les aseguro que no pasará esta generación antes de que suceda todo eso. 31El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán. 32En cuanto al día y la hora, no los conoce nadie, ni los ángeles en el cielo, ni el Hijo; solo los conoce el Padre.

NADIE SABE EL DÍA
José Antonio Pagola

El mejor conocimiento del lenguaje apocalíptico, construido de imágenes y recursos simbólicos para hablar del fin del mundo, nos permite hoy escuchar el mensaje esperanzador de Jesús, sin caer en la tentación de sembrar angustia y terror en las conciencias.

Un día la historia apasionante del ser humano sobre la tierra llegará a su final. Esta es la convicción firme de Jesús. Esta es también la previsión de la ciencia actual. El mundo no es eterno. Esta vida terminará. ¿Qué va a ser de nuestras luchas y trabajos, de nuestros esfuerzos y aspiraciones.

Jesús habla con sobriedad. No quiere alimentar ninguna curiosidad morbosa. Corta de raíz cualquier intento de especular con cálculos, fechas o plazos. “Nadie sabe el día o la hora…, sólo el Padre”. Nada de psicosis ante el final. El mundo está en buenas manos. No caminamos hacia el caos. Podemos confiar en Dios, nuestro Creador y Padre.

Desde esta confianza total, Jesús expone su esperanza: la creación actual terminará, pero será para dejar paso a una nueva creación, que tendrá por centro a Cristo resucitado. ¿Es posible creer algo tan grandioso? ¿Podemos hablar así antes de que nada haya ocurrido?

Jesús recurre a imágenes que todos pueden entender. Un día el sol y la luna que hoy iluminan la tierra y hacen posible la vida, se apagarán. El mundo quedará a oscuras. ¿Se apagará también la historia de la Humanidad? ¿Terminarán así nuestras esperanzas?

Según la versión de Marcos, en medio de esa noche se podrá ver al “Hijo del Hombre”, es decir, a Cristo resucitado que vendrá “con gran poder y gloria”. Su luz salvadora lo iluminará todo. Él será el centro de un mundo nuevo, el principio de una humanidad renovada para siempre.

Jesús sabe que no es fácil creer en sus palabras. ¿Cómo puede probar que las cosas sucederán así? Con una sencillez sorprendente, invita a vivir esta vida como una primavera. Todos conocen la experiencia: la vida que parecía muerta durante el invierno comienza a despertar; en las ramas de la higuera brotan de nuevo pequeñas hojas. Todos saben que el verano está cerca.

Esta vida que ahora conocemos es como la primavera. Todavía no es posible cosechar. No podemos obtener logros definitivos. Pero hay pequeños signos de que la vida está en gestación. Nuestros esfuerzos por un mundo mejor no se perderán. Nadie sabe el día, pero Jesús vendrá. Con su venida se desvelará el misterio último de la realidad que los creyentes llamamos Dios. Nuestra historia apasionante llegará a su plenitud.

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PERSECUCIÓN Y ESPERANZA
José Luis Sicre

Las lecturas del penúltimo domingo del Tiempo Ordinario parecen trasladarnos siempre a un mundo de ciencia ficción, difícil de ser tomado en serio. Sin embargo, los tres evangelios sinópticos contienen este discurso de Jesús sobre el fin del mundo. Lo cual significa que, para los primeros cristianos, era algo esencial: un mensaje de esperanza y consuelo en medio de las persecuciones. La 1ª lectura y el evangelio coinciden en ser la respuesta a momentos de crisis, mucho más profundas de las que nosotros a veces padecemos. Ambos textos pretenden consolar a los que atraviesan esta dura prueba.

Tres años terribles (169-167 a.C.)

Los años 169-167 a.C. fueron especialmente duros para los judíos. El 169, Antíoco Epífanes, rey de Siria, invadió Jerusalén, entró en el templo y robó todos los objetos de valor, después de verter mucha sangre. El 167, un oficial del fisco enviado por el rey mata a muchos israelitas, saquea la ciudad, derriba sus casas y la muralla, se lleva cautivos a las mujeres y los niños, y se apodera del ganado. Al mismo tiempo, Antíoco, obsesionado por imponer la cultura griega en todos sus territorios, prohíbe a los judíos ofrecer sacrificios en el templo, guardar los sábados y las fiestas, y circuncidar a los niños [como si a nosotros nos prohibieran celebrar la eucaristía y bautizar a los niños]; y manda contaminar el templo construyendo altares y capillas idolátricas, y sacrificando en él cerdos y animales inmundos.

Estos acontecimientos provocaron dos reacciones muy distintas: una militar, la rebelión de los Macabeos; otra teológica, la esperanza apocalíptica, que encontramos reflejada en la 1ª lectura de hoy.

Apocalipsis significa “revelación”, “desvelamiento de algo oculto”. La literatura apocalíptica pretende revelar un secreto escondido, que se refiere al fin del mundo: momento en que sucederá, señales que lo precederán, instauración definitiva del Reino de Dios. Es una literatura de tiempos de opresión, de lucha a muerte por la supervivencia, de búsqueda de consuelo y de unas ideas que den sentido a su vida. La única solución consiste en que Dios intervenga personalmente, ponga fin a este mundo malo presente y dé paso al mundo bueno futuro, el de su reinado.

La respuesta de Daniel

El pequeño fragmento del libro de Daniel recoge algunas de estas ideas. Se anuncia al profeta que habrá un tiempo de angustia como no lo ha habido nunca; pero, al final, se salvará su pueblo, mientras que los malvados serán castigados. Todo esto no puede ocurrir en este mundo, el autor está convencido de que este mundo no tiene remedio. Ocurrirá en el mundo futuro, cuando unos resuciten para ser recompensados y otros para ser castigados. Entre los buenos el autor destaca a los doctos, a los que enseñaron a la multitud la justicia, que brillarán como las estrellas, por toda la eternidad. Con ello deja clara su opción política y religiosa: la solución no está en las armas, como piensan los Macabeos.

Una década fatal (60-70 d.C.)

No sabemos con seguridad cuándo se escribió el primer evangelio. Pero lo que ocurrió en la década de los 60 del siglo I ayuda a comprender lo que dice el texto de este domingo.

El año 61 hubo un gran terremoto en Asia Menor que destruyó doce ciudades en una sola noche (lo cuenta Plinio en su Historia natural 2.86). El 63 hubo un terremoto en Pompeya y Herculano, distinto de la erupción del Vesubio el año 79. El 64 tuvo lugar el incendio de Roma, al parecer decidido por Nerón y del que culpó a los cristianos. El 66 se produce la rebelión de los judíos contra Roma; la guerra durará hasta el año 70 y terminará con el incendio del templo y de Jerusalén. El 68 hubo otro terremoto en Roma, poco antes de la muerte de Nerón. El 69, profunda crisis a la muerte de Nerón, con tres emperadores en un solo año (Otón, Vitelio y Vespasiano). En la mentalidad apocalíptica, terremotos, incendios, guerras, disensiones son signos indiscutibles de que el fin del mundo es inminente.

Por otra parte, la comunidad cristiana sufre toda clase de problemas. Unos son de orden externo, provocados por las persecuciones de judíos y paganos: se les acusa de rebeldes contra Roma, de infanticidio y de orgías durante sus celebraciones litúrgicas; se representa a Jesús como un crucificado con cabeza de asno. Otros problemas son de orden interno, provocados por la aparición de individuos y grupos que se apartan de las verdades aceptadas. La primera carta de Juan reconoce que “han venido muchos anticristos”, no uno solo (1 Jn 2,18), y que “salieron de entre nosotros”.

La respuesta del evangelio de Marcos

En este ambiente tan difícil, el evangelio de Marcos también ofrece esperanza y consuelo mediante un largo discurso (capítulo 13). Todo comienza con un comentario ocasional de Jesús. Estando en el monte de los Olivos, donde se goza de una vista espléndida del templo, dice a los discípulos: «¿Veis esos grandes edificios? Pues se derrumbarán sin que quede piedra sobre piedra.»

A ellos les falta tiempo para identificar la destrucción del templo con el fin del mundo. Entonces, Pedro, Santiago, Juan y Andrés le preguntan en privado: «¿Cuándo sucederá todo eso? ¿Y cuál es la señal de que todo está para acabarse?» Los dos temas que obsesionan a la apocalíptica: saber qué señales precederán al fin del mundo y en qué momento exacto tendrá lugar.

La lectura de este domingo ha seleccionado algunas frases del final del discurso, en las que reaparecen estas dos preguntas, pero en orden inverso: primero se habla de las señales, luego del tiempo. En medio, la gran novedad, algo por lo que no han preguntado los discípulos: la venida gloriosa del Señor.

Las señales del fin y la venida del Señor

Las señales no acontecen en la tierra, sino en el cielo: el sol se oscurece, la luna no ilumina, las estrellas caen del cielo. Pero lo que ocurre no provoca el pánico de la humanidad. Porque la desaparición del universo antiguo da lugar a la venida gloriosa del Señor y a la salvación de los elegidos. Indico algunos detalles de interés en estos versículos.

1) A Dios no se lo menciona nunca. Todo se centra, como momento culminante, en la aparición gloriosa de Jesús.

2) De acuerdo con algunos textos apocalípticos judíos, se pone de relieve la salvación de los elegidos. Esto demuestra el carácter optimista del discurso, que no pretende asustar, sino consolar y fomentar la esperanza, aunque no encubre los difíciles momentos por los que atravesará la Iglesia.

3) A diferencia de otros textos apocalípticos, que conceden gran importancia a la descripción del mundo futuro, aquí no se hace la menor referencia a ese tema, como si pudiera descentrar la atención de la figura de Jesús.

El momento del fin

La parte final contiene tres afirmaciones distintas: 1) vosotros podéis saber cuándo se acerca el fin (parábola de la higuera); 2) el fin tendrá lugar en vuestra misma generación; 3) el día y la hora no lo sabe más que Dios Padre.

La segunda es la más problemática. Si se refiere a la caída de Jerusalén no plantea problema, porque tuvo lugar el año 70. Pero, si se refiere al fin del mundo, no se realizó. A pesar de todo, es posible que así la interpretasen muchos cristianos, convencidos de que el fin del mundo era inminente. Así pensó Pablo en los primeros años de su actividad apostólica.

Pero al lector debe quedarle claro lo que se dice al final: nadie sabe el día ni la hora, y lo importante no es discutir o calcular, sino mantener una actitud vigilante [este tema, importantísimo, lo ha suprimido la liturgia de forma incomprensible].

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Introducción

Estamos asistiendo en nuestro mundo de hoy a constantes progresos científicos y tecnológicos, al aumento de la sensibilidad hacia valores más altos… Sin embargo nosproducen consternación y profundo malestar las injusticias planetarias, las guerras, los bruscos vaivenes políticos, económicos y sociales. Colapsan ideologías consideradas inmunes al paso del tiempo, vienen a menos las certezas, desaparecen de escena personalidades de la política, caen en el olvido atletas y estrellas del espectáculo tan pronto como se apagan los reflectores y las cámaras que los enfocaban. Todo es discutible. Incluso los dogmas son revisados y reinterpretados; ciertas prácticas religiosas que parecían indispensables e insustituibles, se revelan viejas y gastadas; su tiempo pasó y han sido abandonadas.

Frente a estas turbulencias, algunos se rebelan, otros se resignan, muchos se desaniman y piensan que hemos llegado al final de todo, incluso de la fe. ¿Cómo evaluar estas realidades? ¿Cómo comportarse frente a acontecimientos tan alarmantes? ¿Cómo participar en el día a día de este mundo que nos rodea? ¿Con ansiedad y miedo o con compromiso y esperanza?

Los afanes, dolores y sufrimientos del agonizante son preludio de una muerte inminente;los dolores de parto de una mujer anuncian el comienzo de una nueva vida.

Jesús nos ha mostrado la perspectiva justa: “Cuando comience a suceder todo esto, enderécense y levanten la cabeza, porque ha llegado el día de su liberación” (Lc 21,28).

En un mundo que parece condenado a la ruina atrapado en su propia espiral de violencia, el no creyente baja la cabeza y se desespera convencido de que nos estamos acercando al final; el creyente permanece firme y erguido en medio de la prueba, alza la cabeza y en cada grito de dolor sabe que “la humanidad entera está gimiendo con dolores de parto” (Rom 8,22). En todo lo que sucede, capta el preludio no de la muerte sino de un acontecimiento gozoso: el nacimiento de una nueva humanidad.

Evangelio: Marcos 13,24-32

Cuando Marcos escribe esta página de su evangelio, el imperio romano se debate enmedio de guerras, pestilencias, calamidades y carestías. Las comunidades cristianas son golpeadas por la persecución y, profundamente turbadas, no logran captar el sentido de lo que está sucediendo. Esta crítica situación enciende la fantasía de algunos fanáticos quienes, recurriendo al anuncio de la destrucción del templo de Jerusalén hecha por Jesús, difunden sus previsiones sobre una inminente catástrofe, el final de todo lo creado y el regreso de Cristo sobre las nubes del cielo.

La serenidad de las comunidades se ve afectada y el evangelista se siente en el deber de intervenir. A fin de ayudar a los cristianos a situar los acontecimientos en su justa perspectiva, intercala en su libro un capítulo, el 13, que quizás inicialmente no estaba programado, en el que refiere las palabras iluminadoras del Maestro sobre este tema apocalíptico.

Recomienda, ante todo, no dejarse engañar por los discursos insensatos de aquellos que predican el inminente fin del mundo: “¡Cuidado que nadie los engañe! Cuando oigan ruidos de guerra, no se alarmen. Todo eso ha de suceder, pero todavía no es el final. Porque se alzará pueblo contra pueblo y reino contra reino. Habrá terremotos en diversos lugares y carestías. Es el comienzo de los dolores de parto” (Mc 13,5-8).

No será el fin, sino el comienzo de los dolores. ¿Qué quiere decir esto? ¿Una intensificación del dolor? ¿Una dramática agonía del mundo, preludio de la muerte de todo lo creado, o un nuevo nacimiento después de los dolores de parto? Marcos responde a estas preguntas con las palabras del Maestro que nos trae el evangelio de hoy.

El texto comienza con las imágenes típicas de la literatura apocalíptica: “El sol se oscurecerá, la luna no irradiará su resplandor, las estrellas caerán del cielo y los ejércitos celestes temblarán (vv. 24-25). Todos los pueblos del Antiguo Medio Oriente consideraban como divinidades a los astros del firmamento; pensaban que de ellos dependían los acontecimientos del mundo y que, por tanto, podían favorecer la vida o provocar desventuras y calamidades, por lo que les dirigían plegarias y ofrecían sacrificios.

Moisés había recomendado a su pueblo: “Al levantar los ojos al cielo y ver el sol, la luna y las estrellas, el ejército entero del cielo, no te dejes arrastrar a arrodillarte ante ellos y rendirles culto; porque son la parte que el Señor, tu Dios, ha repartido a todos los pueblos bajo el cielo” (Deut 4,19). Los profetas habían condenado severamente el culto a los astros, dioses engañosos, ídolos que atraían la mirada estupefacta de los hombres, haciéndolos caer de rodilla en adoración; habían anunciado que se apagarían y asegurado su caída. “Las estrellas del cielo y las constelaciones no destellan su luz; se entenebrece el sol al salir, la luna no irradia su luz”. “El cielo se enrolla como un pliego y se marchitan sus ejércitos como se marchita el follaje de la vid, como se marchita la hoja de la higuera” (Is 13,10; 34,4).

No eran presagios de desventuras sino oráculos destinados a infundir alegría y esperanza. Isaías no pretendía profetizar un futuro caos de las fuerzas cósmicas, sino que el mundo pagano, representado por estos astros, sería aniquilado y que los hombres serían liberados de servir a los ídolos.

Jesús retoma estas Imágenes no para asustar a sus discípulos sino para consolarlos. Las pestilencias, las carestías, la violencia y las persecuciones que deben afrontar son signos de un mundo todavía dominado por el maligno; no obstante, el fin de esta realidad penosa ha sido ya decretado y su declinar ha comenzado.

Inmediatamente después del eclipse de estos ídolos opresores, he aquí que apareceráentre las nubes del cielo, y con gran potencia y gloria, el Hijo del Hombre para instaurar el reino (v. 26). Todo ídolo que se desploma marca un replegarse del maligno, es un paso hacia adelante del reino de Dios; toda luz engañosa que se apaga es una victoria de lo humano sobre lo inhumano.

En este punto, Jesús introduce una nueva imagen apocalíptica: el Hijo del Hombre…“Enviará a los ángeles para que reúnan a sus elegidos desde los cuatro vientos, desde un extremo de la tierra hasta un extremo del cielo” (v. 27). Parece el preludio a la escena del juicio final descrita en el evangelio de San Mateo. Se le corta a uno la respiración esperando que Jesús pronuncie su sentencia: el Hijo del Hombre “separará a unos de otros, como un pastor separa las ovejas de las cabras…” (Mt 25,31-46).

El significado de la imagen de los ángeles que reúnen a los elegidos desde los cuatro vientos, es completamente distinto. No se trata del anuncio de un juicio, no es señal de ningún castigo. El mensaje es todo lo contrario a una amenaza; es la respuesta consoladora dada por Marcos a sus comunidades que están atravesando un momento dramático. Sonperseguidas y sufren toda clase de abusos; algunos cristianos han sufrido la muerte y, por desgracia, existen entre ellos –y este es el aspecto más doloroso de la situación– divisiones y discordias; algunos incluso traicionan a los hermanos en la fe denunciándolos y acusándolosante los tribunales paganos. Han quedado lejos los tiempos en que los discípulos eran “un solo corazón y una sola alma” (Hch 4,32). Ahora se sienten a merced de las fuerzas del mal, como hojas arrojadas por vientos impetuosos (cf. Is 64,5). Están desconcertados e incapaces de reaccionar.

A estos cristianos “a punto de tirar la toalla” Marcos les recuerda la promesa de Jesús: el Hijo del Hombre no permitirá que se dispersen; por medio de sus ángeles, los reunirá desde los cuatro vientos –símbolo de los cuatro puntos cardinales– es decir, de toda la tierra.

La imagen es bíblica y aparece ya en boca de Moisés: “El Señor tu Dios te reunirá sacándote de todos los pueblos por donde te dispersó; aunque tus dispersos se encuentren en los confines del cielo, el Señor, tu Dios, te reunirá, te recogerá allí” (Deut 30,3-4).

La reunión de los discípulos no será para rendir cuentas sino para su Salvación. A los ángeles hay que identificarlos por sus referencias bíblicas. El término ángel no designa necesariamente un ser espiritual, como generalmente se cree; indica todo mediador de la Salvación de Dios; se aplica en la Biblia a todo aquel que se convierta en instrumento enmanos de Dios en favor del hombre. Moisés, que ha guiado a Israel por el desierto, es llamado “ángel” (cf. Éx 23,20.23). El Bautista es presentado al comienzo del evangelio de Marcos como un “ángel” (cf. Mc 1,2). Ángeles del Señor son todos aquellos que colaboran con el plan de Dios.

La Salvación de los hermanos del rechazo de la fe y de la dispersión, no se debe a una portentosa intervención de Dios sino que se lleva a cabo a través de la mediación de ángeles, los discípulos que, en la hora de la prueba, han sabido mantenerse firmes en la fe. Ellos son los ángeles encargados de reunir a los hermanos en la unidad de la Iglesia.

El mensaje es, por tanto, de gozo y de esperanza: ni uno solo de los elegidos será olvidado, ninguno se perderá. La sugestiva imagen del violento temporal que amedrenta y dispersa a los polluelos y de la gallina que los llama y los pone a seguro bajo sus alas (cf. Mt 23,37) es quizás la mejor ilustración de este mensaje.

La segunda parte del episodio (vv. 28-32) responde a la pregunta que surge espontáneadespués de haber oído el consolador anuncio de que el reino del mal ha llegado a su fin y de que el Hijo del Hombre reunirá a los elegidos en su reino: ¿Cuándo sucederá esto? La humanidad está harta de sufrir, de soportar las injusticias de los malvados, de constatar que el mal continúa insinuándose en el mundo y en todo hombre.

La respuesta viene dada por la imagen de la higuera (v. 28), el último de los árboles en echar hojas. Cuando éstas comienzan a despuntar, el campesino siente que ya se está aproximado el verano y se alegra pensando en la abundante cosecha.

Solo el Padre, y nadie más, conoce el día y la hora en que el reino de Dios alcanzará su pleno cumplimiento (v. 32). No obstante, hay signos evidentes que indican que el momento decisivo se está acercando. Los cristianos han de cultivar la sensibilidad y tener la mirada atenta del agricultor que sabe percibir en todo lo que ocurre los signos de la nueva estación.

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El evangelista Marcos utiliza un lenguaje que causa miedo, pero siempre con un mensaje de salvación y de esperanza. Se trata del lenguaje ‘apocalíptico’, rico en imágenes y palabras, que los evangelistas usan para expresar la destrucción de Jerusalén y, en perspectiva, los acontecimientos postreros de la historia humana. El contexto inmediato en el cual vivían las primeras comunidades cristianas estaba marcado por tensiones internas y por persecuciones externas, que provocaban miedo, desorientación y muchas preguntas: ¿Cuánto tiempo durará la prueba? ¿Cómo permanecer fieles? Al final, ¿quién se salvará?

Marcos y los otros evangelistas, siguiendo la predicación apostólica, quieren dar a las comunidades un mensaje de esperanza y de consuelo, centrado en la cercanía del Maestro (Evangelio): su ausencia es solamente momentánea, Él volverá, envía a sus ángeles protectores, después de una dispersión inicial habrá una gran convocación (v. 26-27). Lo había previsto también el profeta Daniel (I lectura): después de tiempos difíciles, el pueblo encontrará la salvación (v. 1).

La Palabra de Dios en este domingo presenta a varias personas que intervienen, en grados diferentes, en la obra de la salvación. Ante todo, Jesucristo, sumo sacerdote y santificador de la nueva Alianza (II lectura), el único Salvador de todos los pueblos. Vienen luego los que colaboran con el plan de Dios y acompañan a los elegidos y a los hermanos en la fe. Daniel (I lectura) hace un elogio especial de “los que enseñaron a muchos la justicia” (v. 3). Marcos (Evangelio) habla de los ángeles que reúnen a los elegidos “de los cuatro vientos” (v. 27). “Salvar a los hermanos de la pérdida de la fe y de la dispersión es algo que no ocurre por una intervención prodigiosa del Señor, sino por la acción de ángeles, los discípulos, quienes, en el momento de la prueba, han logrado mantenerse firmes en la fe. Ellos son los ángeles encargados de reconducir a los hermanos a la unidad de la Iglesia” (F. Armellini).

Este es el papel misionero de quienes acompañan a los demás en el camino al encuentro con Cristo. El camino de la misión entre los diferentes pueblos es arduo y exige tiempos largos. La mies es siempre abundante, pero faltan obreros (Mt 9,37). Sin embargo, el mismo Jesús nos invita a levantar la cabeza y contemplar con esperanza la mies: “Levanten la vista y vean cómo los campos están amarillentos para la siega” (Jn 4,35).

El Señor Jesús alienta la esperanza, asegura que “Él está cerca, a la puerta” (Mc 13,29): a cada persona ofrece su salvación. Y convoca a sus amigos a convertirse en portadores de este anuncio. Juan Pablo II, en la encíclica Redemptoris Missio (1990), afirma que “la misión de Cristo Redentor, confiada a la Iglesia, está aún lejos de cumplirse… Esta misión se halla todavía en los comienzos y debemos comprometernos con todas nuestras energías en su servicio (RMi 1). El Papa invita a la esperanza “en esta nueva primavera del cristianismo” (RMi 2), mientras ve amanecer una nueva época misionera. Será una estación rica en frutos, si cada cristiano responde “con generosidad y santidad a las solicitaciones y desafíos de nuestro tiempo” (RMi 92).

El profeta Daniel (I lectura), aun en medio de angustiosos escenarios (v. 1), abre horizontes de esplendor y de luz para los sabios y “los que enseñaron a muchos la justicia” (v. 3). Entre ellos están ciertamente los educadores: es decir, los que, de diferentes maneras, ayudan a otros a caminar en la vida por el recto sendero. Sean ellos padres, maestros, catequistas, escritores, agentes de la comunicación social….

La Iglesia, y en ella todo creyente en Cristo, está llamada a renovarse en la fe y en el amor a su Señor, para ser en el mundo faro de luz y de esperanza para cuantos tienen sed de verdad, amor, justicia, y buscan salir de situaciones de angustia y muerte.