María,
modelo de la esperanza del adviento


La madre que espera un hijo es el modelo de la esperanza cristiana del adviento. Nunca nadie esperó tanto a Jesús como María.

Un adviento cerca de María es prenda de una Navidad cerca de Jesús.

1. El deseo y la esperanza

El Dios que esperamos no viene de fuera, sino de dentro. Ciertas imágenes insinúan que es alguien que desciende desde las nubes como la lluvia. “Cielos lloved vuestra justicia (Is 45,8a). Pero también es verdad que la segunda parte de este verso dice: “Ábrete tierra y haz germinar al Salvador” (8,b).

El salvador no es un extraterrestre que viene en una nave espacial. Germina desde dentro, nace del interior de la historia. Es un beso, un abrazo de cielos y tierra (Sal 85,11-12). Es un abrazo fecundo que hace germinar. El Reino de Dios no viene de fuera, sino de dentro (Lc 17,21). Decir que está dentro es mucho más que decir que está cerca. Está tan cerca, que es “intimior intimo meo”, más íntimo que mi propia intimidad.

María es por eso el modelo de una espera acogedora y comprometida. En sus entrañas acoge al Dios que es entrañable. Su entraña (rahamim) es el reflejo del de Dios. El Dios que es fecundo porque tiene entrañas, ha querido crearnos a nosotros también con entrañas y capaces de fecundidad.

Pero hay que saber dar permiso a Dios. “Cúmplase en mí” (Lc 1,38). Alguien fue una vez a un puesto donde regalaban flores, pero le dijeron que allí vendían sólo semillas. Habrá que esperar a que esas semillas germinen, pero sin tener la curiosidad de arrancarlas cada día para comprobar si han prendido, si han echado ya raíces.

Orar es acoger los deseos de Dios. La naturaleza es pródiga en semillas, Los peces ponen millones de huevos para garantizar que unos pocos lleguen a la edad adulta. Si una mínima parte de un millón de buenos deseos llegara a dar fruto, ¿no valdría la pena haberlos acogido todos en su momento?

2. María modelo del Adviento

Las tres paradojas de la esperanza cristiana:

a) Esperar a alguien que es a la vez conocido y desconocido: 1 P 1,8.

Cualquier mujer que es pera un hijo puede ayudarnos a entender las paradojas de la espera de la Iglesia en adviento. A mí me cuesta más entenderlo, pero cuando predico a mujeres, veo qué bien lo entienden ellas enseguida.

En adviento esperamos a la vez a alguien que es un extraño a quien no hemos visto nunca, pero que no nos es del todo desconocido. Como nos dice el apóstol Pedro: “No le habéis visto y le amáis; sin verlo habéis creído en él y os alegrías y exultáis con un gozo inexpresable y glorioso” (1 P 1,8).

¿Podemos amar a alguien a quien no hemos visto? Una mujer en estado nos dirá que sí. Ama a ese niño que lleva dentro, aunque nunca lo ha visto ni conoce cuál es el color de sus ojos o de su pelo.

Aguarda a abrazarlo cuando llegue, pero ya está allí presente. Durante el embarazo no puede verlo pero siente cómo se mueve dentro de ella. Y conforme pasa el tiempo su espera se hace más tensa e impaciente.

También nosotros esperamos al que ha de venir, pero no como alguien que viene desde fuera, como a un extraño, sino como al alguien ya presente que sentimos en nuestro interior. Podemos entrar en el diálogo que se da entre la madre y el bebé que lleva dentro. La madre le habla en voz alta. El primer sentido desarrollado en el es el oído. El bebé antes de nacer ya conoce el sonido de la voz de su madre. ¡Cuántas conversaciones! ¡Cuánta comunicación!

Y cuando llega el final del embarazo, la madre sabe que puede tener lugar en cualquier momento, y está siempre preparada. Siempre hay un coche listo para llevarla al hospital. Es mucho más poderosa esta imagen que la del ladrón. No es el ladrón quien va a llegar, sino el amado (Mc 13,33). “Cuando llegue, encontrará fe en la tierra?” (Lc 18,8). ¿Encontrará un corazón que no se haya cansado de esperar?

b) Deseo y miedo

Hay otra paradoja en el adviento que puede entenderse a la luz de la madre que espera un hijo. La madre a la vez desea y teme la llegada del bebé. Este es el agridulce del adviento, como el de la comida china.

La mujer aguarda el momento del parto, pero tiene angustia (Jn 16,21). La llegada de Jesús supone la destrucción de nuestro pequeño mundo al que estamos tan apegados. Su llegada trae siempre consigo un morir a algo. El parto es siempre un suceso traumático. Algo tiene que romperse. María tuvo que sufrir en el Calvario para dar a luz nuevos hijos. También este adviento trae consigo el anuncio de la destrucción de mi pequeño mundo. ¿Es esta noticia una buena noticia? ¿No preferiría más bien que Jesús esperase hasta que termine eso tan importante que me traigo entre manos?

El anuncio del fin del mundo es buena noticia para aquellos que no tienen nada que perder. El anuncio de la revolución es buena noticia para los marginados, y terrible noticia para los instalados. El reino es sólo buena noticia para los que no viven de sus propias providencias, para los que lloran, tienen hambre y son perseguidos.

Los primeros cristianos eran personas sin privilegios, confiscados, en peligro de muerte. Al anunciarles que ese mundo llegaba a su fin, levantaban las cabezas porque se acerca la liberación (Lc 21,18).

¿Por qué para muchos cristianos de hoy la noticia del fin del mundo es una mala noticia? Estamos demasiado bien adaptados a él, aunque sepamos que reinan aquí la injusticia y la discriminación.

c) Alegría y nostalgia

El adviento es un tiempo para la alegría pero también para la añoranza. La alegría del adviento es como la del sábado por la tarde. La expectación del domingo lo hace más hermoso que el mismo domingo.

La Iglesia nos invita a experimentar la nostalgia de Sión mientras estamos en Babilonia. Comprendemos que vivimos en el exilio, que ésta no es nuestra verdadera patria. Somos extranjeros y peregrinos (1 P 2,11). Si me olvido de ti, Jerusalén, que se me seque la mano derecha. ¿Cómo cantamos el Maranatha? Realmente tenemos un deseo de que venga el Señor?

Nuestra gran tentación es el discreto encanto de la burguesía. Nuestro corazón se insensibiliza para que no sueñe demasiado. Más que los viajes apasionantes o las grandes juergas, es la mesa camilla, las zapatillas, el televisor. Esta sociedad de consumo anestesia nuestros grandes deseos y nuestra nostalgia de Jerusalén, con drogas que matan el hambre, pero no alimentan. Los judíos se pasaron años soñando con Jerusalén en Babilonia, pero cuando tuvieron la oportunidad de regresar, muchos estaban tan bien instalados que no quisieron volver. No se les secó la mano derecha, ni se les pegó la lengua al paladar.

En este tiempo tenemos que vivir la bienaventuranza de los que tienen hambre y se de justicia, las lágrimas y la aflicción por la ausencia del Señor, que ya está cerca, pero que todavía no ha llegado (Mt 9,15).

¡Cuáles son las cosas que anestesian en mí mi hambre de Dios? ¿cuáles son mis hojas de coca? Quizás mi trabajo, un poco de éxito en la vida, nuestros planes inmediatos par el futuro, nos llevan a decir: Ven, Señor, pero tómate tu tiempo. Dame tiempo a terminar lo que me traigo entre manos.

La bienaventuranza de las lágrimas en Mateo habla en palabras de Isaías, de luto, de aflicción. Los que están afligidos. Es la pena de quien ha perdido un ser querido, y va acompañada de gestos de rasgar los vestidos, ceniza en el pelo, vestidos negros, lamentos.

Los que sufren por la presencia del pecado en nuestro mundo, la falta de paz, ver como el mal parece triunfar, la victoria de los extremismos, el deterioro de los valores éticos, la violación de los derechos humanos, la destrucción de la familia.

Esta aflicción es la señal de que hemos roto con este mundo presente, las lágrimas del desterrado. Ay de mí que tengo que vivir con los que odian la paz.

Las lágrimas de los que lloran con los que lloran porque han tomado su parte en el sufrimiento de los demás. Las lágrimas de Jesús por Jerusalén…

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Juan Manuel Martín.Moreno, sj.