Maurice Zundel

El Evangelio que acabamos de escuchar se nos presenta primero como algo extraordinario por la progresión misteriosa que nos orienta hacia el secreto de la Nueva Alianza. Primero, está la duda, que nos parece increíble, del Precursor que pregunta con ansiedad: ¿Eres tú el que ha de venir, o debemos esperar a otro? (Mt 11, 3).

Tenemos la respuesta, estructural, de Jesús, que, refiriéndose a los Profetas, especialmente a Isaías, se limita a constatar que los tiempos se han cumplido ya que las profecías se realizan. Cuando los mensajeros de Juan hubieron recibido esa respuesta conforme con las Escrituras, Jesús dice algo inesperado, hace un elogio de Juan que sube hasta el más alto nivel. Parece que jamás un hombre hubiera sido enaltecido como él en ese elogio de Jesús: “El mayor de los profetas, el más grande de los nacidos de mujer, igual a nadie más; él es el ángel que precede al Enviado de Dios“. Y cuando el elogio alcanza su punto más alto, esa recaída prodigiosa, inesperada y magnífica: “Pero el menor en el Reino es más grande que Juan el Bautista(Mt.11,11).

¿Qué quiere decir eso? ¿Cómo es que un elogio tan insuperable cae de repente tan bajo con la afirmación opuesta de que el menor en el Reino es más grande que Juan el Bautista? Quiere decir que entramos en la Nueva Alianza, que comparada con la nueva economía, al antigua, cuyo heraldo supremo es Juan el Bautista, ha sido superada infinitamente, y que la distancia entre la Antigua y la Nueva Alianza es tan grande que el más pequeño de los discípulos de Jesús, por pertenecer a la Nueva Alianza, a la nueva economía, es más grande que Juan el Bautista el cual solo muestra el mundo que viene, pero no pasa el velo que acaban de correr, y solo alcanzará la revelación única de la Pobreza de Dios en la gloria divina.

Porque de verdad hay una oposición: ¡lo que anunciaba Juan, lo que esperaba, era la explosión de la ira de Dios! La había anunciado: el hacha a la raíz del árbol… por fin Dios la va a empuñar, va a coger la cosecha; va a escoger, a separar el buen grano del malo; con una sola palabra va a destruir sus enemigos, va a afirmar su omnipotencia una vez más en la Historia y de manera definitiva.

Y precisamente, eso no se realiza y es lo que va a decepcionar no solo al Precursor sino a los discípulos, a los apóstoles, a los más íntimos de Jesús. Nada de lo esperado por Juan se realizará. El día de la ira no estalla. La omnipotencia de Dios se manifiesta finalmente en la derrota, en la humillación, en la soledad, en la noche, en las terribles tinieblas, en el grito del Gólgota: “¡Dios mío! ¿Porqué me has abandonado?”(Mt 17, 46)

Cómo habría podido Juan, perteneciendo justamente a la Antigua economía, concebir que la omnipotencia de Dios es la omnipotencia del Amor y que el Amor puede ser vencido, si no encuentra la respuesta adecuada, la respuesta libre, única que puede fijarlo en nosotros y hacer de él la fuente misma de nuestra vida.

Este Evangelio justamente tiene eso de infinitamente precioso: haciéndonos sentir la angustia del Precursor, haciéndonos esperar la respuesta de Jesús, tan discreta y tan sacada de la Escritura, asociándonos al elogio del Bautista que llega hasta las cumbres, nos permite, nos hace sentir la distancia infinita entre las concepciones que tenían antes y las que debemos inferir, las que surgen de la Encarnación en que Dios pone en todo hombre un corazón de hombre, y donde va a enseñarnos justamente que la suprema grandeza es el despojamiento supremo.

¿Es Dios un poder, un poder que sabe todo, un poder que decide de todo y al que todos estamos irresistiblemente sometidos, o bien es un Amor, un Amor entregado, un Amor ofrecido, un Amor que puede ser rechazado, un Amor que acepta ser rechazado hasta la muerte de la cruz?

Ese es todo el problema y parece que los cristianos todavía no han escogido, todavía no han comprendido que estamos en el cruce de caminos, que es necesario tomar posición: o bien, Dios es un soberano que puede aplastarnos, o es un Amor que nos libera, que nos libera y nos conduce a la grandeza evacuándonos de nosotros mismos porque es eternamente dado, comunicado, vaciado de sí mismo en el éxtasis de la Santísima Trinidad.

Cada día tenemos que aprender la lección tan difícil de la grandeza y la dignidad: creer que nuestra grandeza, o la de Dios, consiste en que Dios toma el último lugar, y que sólo podemos llegar a Él arrodillándonos para lavar los pies; creer que nuestra acción todopoderosa e irresistible es la humildad arrodillada; creer que es en el silencio, donde aparentemente no hacemos nada, como llegamos a toda la extremidad del universo; creer que los caminos de la Historia pasan por el corazón de cada uno y que, amando, el más pequeño eleva el mundo y lo lleva a su perfección, la cual solo puede ser una perfección de amor.

A eso alude el Evangelio de hoy, allá quiere llevarnos, a enraizarnos de nuevo en la auténtica grandeza, que es al mismo tiempo la grandeza de Dios y la nuestra. El Adviento, sí, el mundo nuevo al que nos preparamos, es ese mundo, ese mundo interior, ese mundo silencioso, ese mundo que no sabe correr, ese mundo donde Dios está escondido y donde llegamos al secreto de la vida sin decir nada, en una ofrenda de sí mismo que es el único espacio en que la luz divina pueda difundirse.

El Nuevo Testamento, sí, en este Evangelio comprendemos de manera dramática y emocionante su novedad eterna. En efecto, no hay nada más apto que estar llamados a una grandeza infinita, y aprender de pronto que la grandeza infinita es de verdad infinita y que es necesario hacer el vacío en sí mismo para acoger la luz de un pozo eterno y que es necesario cavar ese pozo siempre más y más para actuar sobre los demás sin violar el secreto de sus almas, sin atentar contra su libertad, y que la única revelación irresistible de Dios es precisamente la que comunica ese espacio y revela a Dios como corazón.

Tenemos pues que escuchar este Evangelio, seguir su desarrollo, asociarnos al elogio que Jesús hace el Bautista con admirable delicadeza, y al mismo tiempo, dejarnos llevar a ese maravilloso despegamiento, ver que lo que comienza a ahora, la Nueva Alianza, se dirige a nosotros para transformarnos en seres nuevos, para comenzar una aventura humana de dimensión ilimitada, pero en un equilibrio de gracia, de generosidad y amor, que la humildad es solo el reverso de la grandeza porque la grandeza es toda, como en Dios, únicamente grandeza de amor.

Amar, sí, eso es, amar como ama Dios, amar retirándose, eclipsándose en él, amar ofreciendo a los demás, sin decir nada, la revelación del rostro que no puede entrar en ningún lenguaje, pero que puede recibir, por medio de un rostro humano, una revelación discreta y silenciosa.

Pidamos pues a Nuestro Señor, con las oraciones de la liturgia, que seamos la cuna, que seamos el santuario, pidámosle a Jesús mismo que nos transforme para hacer de nosotros la revelación de su Presencia en el vacío recomenzado siempre en que nos iremos acostumbrando a amar el último lugar, a tomarlo espontáneamente por propia iniciativa, para encontrar a Dios cuya soberanía, cuya grandeza, cuyo poder creador, residen todos en la vida que brota sin cesar, eterna e infinitamente de la vida del Padre en el Hijo y del Hijo en el Espíritu Santo, en una comunión infinita en la cual precisamente quiere introducirnos Jesús hoy en los abismos de esta liturgia en que vamos a acercarnos a Él en la Cruz para que, enraizándonos en Él para hacernos participar en su grandeza de humildad, de despojamiento y de amor, pronuncie sobre nosotros, como sobre hostias vivas: “Esto es mi cuerpo. Esto es mi sangre” (Mt 26, 26-27), si nos prestamos a ello uno u otro día. Amén.

En Lausana, en 1965, 3er domingo de Adviento, 10 .m. (En este 3er domingo de Adviento, Mauricio Zundel predicó 6 homilías, todas diferentes, a las 8, 9, 10, 11 y 30 a.m., a las 5 y 30 de la tarde y a las 9 de la noche)

http://www.mauricezundel.com