Formación Permanente – Español 2022
Texto pdf:

¿Por qué Jesús enseñaba con parábolas?
Carlo M. Martini

¿Qué salta a la vista, al leer los primeros dos versículos? Que algunas palabras aparecen tres veces. Ante todo, la palabra “enseñanza”: “comenzó a enseñar”; “enseñaba en parábolas”‘ “Les decía en su enseñanza”. Sabemos que cuando en la Escritura se repite una palabra tres veces quiere decir que es importante.

Otra palabra repetida es el mar (“thálassa”). “Comenzó a enseñar en la ribera del lago”; “subió a una barca en el lago”; “la gente estaba en tierra en la ribera del lago”.

Enseñanza significa que Jesús obra como rabí, como maestro, porque se propone comunicar algo, quiere que se lleve un camino de conocimiento.

Las parábolas forman, pues, parte de su magisterio vivo, de su didáctica. Al escuchar la palabra maestro, la entendemos nosotros en sentido escolástico: pero aquí Jesús es maestro de vida, maestro con la fuerza profética de la admonición, del reproche, de la ira. La parábola nace de su ser maestro, preocupado de que la gente pueda realizar un cierto itinerario aun mental.

“Concédeme también a mí Señor, recorrer el camino que tú quisiste que se recorriera con tus parábolas. Comunícame lo que deseabas comunicar”.

El mar

¿Por qué tanta insistencia sobre el mar? ¿Por qué Marcos, escritor muy lacónico, quiso hacer hincapié en esta palabra? Notamos que “De nuevo comenzó a enseñar” indica una referencia a situaciones anteriores. La situación inmediatamente anterior es la de la montaña: “Subió al monte, llamó a los que él quiso… y designó a doce” (Mc 3, 14).

Antes de la montaña estaba de nuevo el mar” “Jesús se retiró con sus discípulos hacia el mar; y mucha gente de Galilea lo siguió. Otra gran multitud de Judea, de Jerusalén, de Idumea, de Transjordania y de los alrededores de Tiro y de Sidón, al oír las cosas que hacía, vinieron a él” (3, 7-8). La expresión: “De nuevo comenzó a enseñar” con que Marcos comienza nuestra parábola se refiere, pues, a aquella primera vez: Jesús ha enseñado en la sinagoga, después “se retiró” cerca del mar, como para estar solo; la gente lo alcanza; de allí pasa al monte y del monte regresa al mar.

Se insiste en la imagen visiva por un motivo simbólico que a nosotros tal vez se nos escapa. Hay que entrar en la mentalidad de los hebreos para comprender qué valor tienen los símbolos para ellos, cómo los símbolos son alusivos a la historia de salvación, cuando vienen de un rabí experto, que conoce el lenguaje de la Escritura. Aquí ciertamente la enseñanza de Jesús cerca del mar, incluso su sentarse “en” el mar, tiene una grandísima fuerza simbólica.

Mientras el monte es el lugar de la presencia de Dios -y sobre el monte Jesús elige a los suyos-, el mar es el Mar Rojo, es el lugar de los borrascosos acontecimientos humanos, el lugar del peligro, del riesgo, de la confusión, de la inestabilidad. Jesús viene cerca de la inestabilidad humana, cerca de la fragilidad humana, en donde se encuentra toda la multitud de enfermos, de miserables, de gente que ni siquiera sabe lo que quiere; viene hacia los pobres, hacia los más desesperados. Jesús, incluso, entra en el mar: los israelitas no pueden menos de recordar el poder de Dios que dividió el Mar Rojo, que puso orden en las aguas y en el caos primitivo, que dividió las aguas de la tierra.

Quien narra así, lee la potencia de Jesús sobre las vicisitudes y sobre los desórdenes de la existencia cotidiana.

“Quien así lee, ya te contempla, Señor, como amo de los mares, amo de todas las múltiples vicisitudes de la humanidad. Tú te sientas, Señor, en medio de los caminos tortuosos de la historia y nosotros nos abandonamos a ti, nos acercamos a ti para escuchar esas palabras que nos pueden iluminar en los caminos oscuros y a menudo impenetrables de la jungla del acontecimiento humano”. (…)

vv. 3-9

Esta es la parábola en su forma enigmática, misteriosa. Pero me impacta el que la parábola la encuadre una doble invitación a escuchar: comienza diciendo “escuchen” y termina diciendo “el que tenga oídos para oír, que oiga”.

Jesús Maestro dice: “¡Estén atentos!” No es una expresión, como a veces se dice, solamente pleonástica. Jesús quiere avisar: “Voy a decir algo que les concierne de cerca, pero para la cual tienen que poner a funcionar la inteligencia”.

Estamos invitados al ejercicio de la inteligencia, no solamente la escucha material; en efecto, se lamentará: “Escuchan y no oyen, miran y no ven”. Jesús pide una escucha inteligente, una escucha que llegue a preguntarse: “¿Qué hay detrás de esto, qué quiere decir, qué relación tiene conmigo, en qué me atañe?”. La palabra tiene, pues, como característica el compromiso: son palabras relevantes para mí, que se refieren a mí, que me conciernen.

De nuevo hay una palabra que aparece tres veces: sembrar. “Salió el sembrador a sembrar y, al sembrar, parte cayó…”. Se subraya el tema de la siembra y de la semilla. Se trata de imágenes de la vida vegetal, que no se toman por casualidad, porque por medio de ellas se expresan los misterios del reino.

Vuelve a la mente el Salmo 126: “Van llorando al llevar la semilla”. Sembrar significa confiar una vida a su camino vital, iniciar un proceso vital con confianza: la metáfora le gusta mucho a Jesús y a toda la Escritura, porque se la aplica a la Palabra, a la fe en su camino personal.

Veamos brevemente las cuatro situaciones progresivamente.

La primera se dice rápidamente: algo cae en el camino, vienen los pájaros y se la comen.

La segunda se expresa con tres líneas y está más desarrollada respecto de la primera.
Está el terreno pedregoso y se repite el concepto tres veces: no había mucha tierra, ésta no tenía profundidad, la semilla no echó raíces. Se presenta la situación en su fragilidad. Tierra, raíz, profundidad, son términos muy alusivos al lenguaje bíblico. En todo caso, aun en esta segunda situación, aun habiendo un mínimo de crecimiento, termina en nada, se quema.

La tercera: “Otra cayó entre espinos, y al crecer los espinos, la sofocaron y no dio fruto”.
No se dice que no haya crecido: en la segunda situación se quemó después de la germinación, mientras que aquí creció, pero no dio fruto. Germinó, pero no dio fruto, que es la finalidad última del crecimiento. Podemos recordar imágenes análogas: la higuera de grandes hojas, que no da fruto; la viña de Israel que dio uvas amargas.

La cuarta situación está expresada de manera solemne, con una sinfonía más amplia de palabras, en la imagen de la tierra buena. La plenitud se describe cuidadosamente: “Otra parte, en fin, cayó en buena tierra y dio fruto lozano y crecido (más aún, aquí, más que el fruto es la semilla), produciendo unos granos treinta, otros sesenta y otros ciento”.

Es interesante que, en el texto griego, mientras las primeras tres categorías están en singular: parte cayó junto al camino, otra parte cayó en el pedregal, otra cayó entre espinos, ahora se dice otras (en plural). Es la pluralidad de las semillas que caen en tierra buena, y luego se vuelve extrañamente al singular hablando del crecimiento de todas estas semillas: “produciendo unos granos treinta, otros sesenta y otros ciento”. (…)

¿En dónde cae el acento de la parábola? Es muy importante lograr captarlo. En efecto, si la narración se detuviera en la primera, o en la segunda, o en la tercera imagen, el acento caería sobre la suerte dolorosa de la semilla. Por parte de Jesús, hubiera sido una advertencia para no malgastar la palabra de Dios, para no maltratarla.

En cambio, la palabra va hacia el cuarto nivel. Ciertamente la intención de Jesús es la de poner en guardia (de lo contrario habría narrado solamente la última parte), pero es más rica de elementos, más compleja. El acento cae sobre el último resultado y con una particularidad. Aunque no soy experto en agronomía, me parece que ordinariamente una semilla no produce el ciento ni siquiera en el mejor de los casos. Hay una exageración en la parábola, y en donde hay exageración está el punto principal, la palanca en la que se quiere hacer fuerza.

Dejando que en su meditación profundicen muchos otros motivos, trato de expresar lo que la parábola quiere decir. La semilla es sembrada, confiada a su curso vital de la libertad humana; con confianza, porque quien siembra la deja a su destino; y con liberalidad, sin fijarse en dónde siembra, tan es así que una parte de la semilla cae fuera del campo; la semilla está escondida, sólo se la percibe al comienzo; es contrariada y contrastada; y, sin embargo, es victoriosa al céntuplo, de modo extraordinario. (…) En la interpretación moderna de las parábolas, a partir de Jülicher a Jeremías y hasta los modernos comentaristas, se insiste en considerar que la fuerza de la parábola no está en la alegoría, es decir, en tomar cada una de las palabras y en hacer una transposición de las mismas, sino en una idea única, central, que por lo general la expresa el vértice de la parábola.

Si, por una parte, es cierta la importancia de la idea central, por otra no debemos considerar que la parábola no tenga ninguna fuerza metafórica, ¡ninguna capacidad de desarrollar un lenguaje metafórico en la comunidad¡ Porque, en efecto, lo tiene. Fuerza de la parábola es también el estimular el gusto de la metáfora, que tiene una raíz profunda -como lo vamos a ver- porque existe un paralelo entre el camino de fe y el camino de la vida del mundo; existe una cierta misteriosa armonía, que Jesús enseña a descubrir y que, por lo demás, el hombre descubre instintivamente. La fe tiene un desarrollo y el hombre puede encontrar en el camino de la vida, con en el de la semilla, analogías para intuir el misterio de la fe.

Jesús vivió todo esto intensamente; lo vivió la comunidad primitiva, lo vivieron los Padres de la Iglesia que aplicaron las parábolas -a veces exageradamente- a las diversas situaciones históricas. Es un modo no ajeno al pensamiento de Jesús ni a su lenguaje metafórico, con tal que quede salvo, naturalmente, el punto fundamental de la parábola.

Y sería muy bueno poder prolongar la reflexión pensando en cuán verdadera es la comparación de la semilla relacionado con los comienzos de la vida de la Palabra en el corazón. La semilla viene de lo alto, no nace de la tierra, y la palabra de Dios viene de afuera, no es el producto espontáneo de la inmanencia religiosa. Pero, cuando entra en este terreno, la Palabra se convierte también, análogamente a la semilla, en una sola cosa con la tierra, no es un cuerpo extraño. A partir de la tierra, por tanto de su inserción en el corazón de la vida, brota lentamente con comienzos apenas visibles.

A veces quisiéramos ver inmediatamente en las conversiones quién sabe cuáles resultados: en cambio, hay que contentarse con mirar con la lente el comienzo, después, con el ojo de la fe, y aunque apenas se vea, se debe percibir que se está desarrollando, y que hay que defender este botón muy tierno de las piedras, de los espinos, de todas las fuerzas contrarias. La acción pastoral no crea la semilla: ella viene de Dios y la respuesta viene del hombre, de la tierra.

El pastor o el agricultor es el que con atención elige la semilla, quita pacientemente lo que la obstaculiza, pro- mueve lo que la favorece. El agricultor no es el dueño de esta semilla, como tampoco es el que la hace crecer (porque es sólo Dios quien hace crecer); él no puede forzar la libertad, sino solamente facilitar la acción de Dios. No nos corresponde suscitar la respuesta favorable que viene de la libertad, puesto que Dios mismo se confía a la libertad humana, esto es, al terreno del corazón, aceptando incluso la respuesta negativa, el fracaso. (…)

La gente ve algo clamoroso y pregunta: ¿En dónde está este Reino de Dios? Aún hoy la gente corre fácilmente al lugar en donde se habla de una aparición, de una revelación; probablemente tiene necesidad de cosas visibles, algo sensacionales; le cuesta dificultad aceptar que el Reino esté en las cosas sencillas, pequeñas, cotidianas, insignificantes. Jesús viene como para esconderse en la profundidad de la tierra y la gente pregunta: ¿En dónde está esta semilla? ¿en dónde está este reino?

Es, pues, urgente abrir los ojos y entender que el reino está aquí, aunque no tenga la apariencia y la prepotencia que creemos tenga que tener el misterio de Dios.

Vislumbramos ya el escándalo de la cruz: ¡la gente que encuentra dificultad para comprender la pequeña semilla, tendrá más dificultad para aceptar que el reino venga por medio de la cruz! Dios se encarna en la humildad del Hijo y en la sencillez de la vida cotidiana, y no es reconocido.

Carlo M. Martini. ¿Por que Jesús hablaba en parábolas? Edic. Paulinas.