Formación Permanente – Español 2022
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Carlo M. Martini
Meditación sobre Pedro

En el fondo Pedro es cada uno de nosotros, es el hombre que por primera vez se ve deslumbrado por el hecho inconcebible de la Pasión de Jesús y esto lo impacta personalmente, porque se da cuenta que ella se refleja en él.

Leeremos del cap. 14, 28 de Mateo: Pedro sobre las aguas, hasta el llanto final, en Mateo cap. 26, 75, es decir, desde la primera presunción de Pedro, que se cambió en miedo y pronto quedó curada, hasta estallar en llanto que es una manifestación de que se le acabaron todas sus seguridades ante Cristo que sufre y ante lo que él había pensado de sí mismo y de Jesús.

La presunción y el miedo

Comencemos, pues, por Mateo 14, 28. Al ver a Jesús que, como un fantasma, se acerca a la barca y dice: “Animo, no temáis”… Pedro dice: “Señor, si eres tú, mándame ir a ti sobre las aguas”. Es una palabra muy fuerte, “caminar sobre las aguas” es propio de Yavé, es una característica de Dios en el Antiguo Testamento; por tanto, Pedro es muy atrevido: pedir hacer lo que hace Jesús es participar de la fuerza de Dios. Esto corresponde al sueño de Pedro: siguiendo a Jesús, quedamos investidos de su fuerza; ¿acaso no nos ha comunicado sus poderes para expulsar demonios y curar enfermos? Por tanto, entremos en esta comunicación de poder con fe, con amor, con generosidad, participando del poder de Dios. Jesús acepta. “…Y Jesús le dijo: Ven. Y bajando Pedro de la barca, andaba sobre las aguas hacia Jesús. Mas, al ver la fuerza del viento, se asustó y, como empezaba a hundirse, gritó: ¡Señor, sálvame! Al punto, Jesús le tendió la mano, lo agarró y le dijo: Hombre de poca fe, ¿por qué has dudado?

Pedro quiere participar de la potencia de Jesús, pero no se conoce y no sabe que participar de este poder significa condividir también las pruebas de Jesús, soportar el viento y el agua. No había pensado en esto, le parecía una cosa fácil y, entonces, asustado, grita. Este grito revela el hecho de que Pedro no se conocía a sí mismo, porque presumía de sí, se consideraba ya capaz de participar de la debilidad de Dios: no conocía a Jesús, porque a un cierto punto no se confió en él, no entendió que es el Salvador y que en medio de la fuerza del huracán, allí donde se manifestaba su debilidad, Jesús estaba allí para salvarlo. Para Pedro esta es la primera experiencia de la Pasión, pero es una experiencia sin fruto, cerrada, apenas inicial, de la que, como nos sucede a nosotros muchas veces, no aprende mucho. Probablemente se pregunta qué fue lo que le sucedió, por qué se asustó. El asunto le queda un poco vago, como muchas experiencias nuestras que no nos impactan hasta cuando otras más grandes no nos revelan su sentido.

Evolución sicológica de Pedro

Ahora veamos sencillamente todos los lugares en los que se habla de Pedro, preguntándonos qué pueden significar para la evolución sicológica de este hombre. En Mt 15,15 dice Pedro con mucha sencillez: “Señor, explícanos esta parábola: lo que sale de la boca hace impuro al hombre, no lo que entra”. Jesús le contesta: “También vosotros estáis sin entendimiento”. Pedro es, pues, un hombre que tiene valentía, desea entender algo, pero su conocimiento de las cosas de Dios es todavía muy embrional, todavía en movimiento y esto se manifiesta en todo su camino.

El siguiente capítulo (Mt 16,16ss) nos muestra el punto culminante de este camino; Pedro, en nombre de todos, es el único que tiene la valentía de hablar, y a la pregunta de Jesús: “¿ Y vosotros quién decís que soy yo?” contesta: “Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo”. Y Jesús: “Bienaventurado tú, Simón, hijo de Juan, porque no te lo ha revelado la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos. Yo te digo que tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia. Te daré las llaves del Reino de los cielos”.

Ante estas palabras Pedro se siente muy contento: ha correspondido a la confianza que el Maestro ha puesto en él. El lo llamó cerca de la barca cuando todavía era un pobre pescador, un rústico, tuvo confianza, y él ahora ha demostrado que sabía corresponder. Claro que Jesús dijo: “La carne ni la sangre te lo han revelado”; por tanto, la revelación es de Dios, pero le fue hecha a él, a Pedro; Dios le dio la posibilidad de hacer esta manifestación y por tanto de tener una responsabilidad en el Reino. Esto, naturalmente, no le disgusta, como no nos disgusta a ninguno de nosotros.

Imaginémonos, pues, el desconcierto de Pedro cuando, inmediatamente después, piensa abrir la boca y ejercer un poco sus funciones, se le contesta duramente. En efecto, cuando Jesús, inmediatamente después, comienza a decir abiertamente que debe ir a Jerusalén, sufrir mucho por parte de los Ancianos, de los Sumos Sacerdotes, de los Escribas, ser muerto (aquí aparece la Pasión por primera vez), Pedro, como hombre prudente, no lo contradice en público, sino que lo lleva aparte para decirle al Maestro con honestidad algo que le será útil. Lo recombino diciendo: “¡Dios te libre, Señor, no te sucederá eso!”.

Es una palabra que le nace del corazón, porque Pedro ama mucho a Jesús y cree que ellos son los que deben morir y no él, que debe seguir adelante por el Reino. Me parece que Pedro es muy generoso, prefiere él morir, porque sabe muy bien que la vida que han comenzado está llena de contrastes, hay enemigos, hay dificultades. No se hace ilusiones, pero razona lógicamente: si la Palabra calla, ¿quién la dirá? La Palabra no debe callar, entonces preferimos morir por ti. Nos podemos imaginar, pues, el desagrado, el desconcierto por la respuesta de Jesús: “Lejos de mí, Satanás, pues eres mi obstáculo, porque tus sentimientos no son los de Dios, sino los de los hombres”. Pedro ha hablado con toda generosidad de su corazón, ha hablado por el bien de Jesús y de los compañeros para que la Palabra permanezca, y ahora se lo trata como si fuera Satanás. Está confundido, calla y no hace lo único que me parece tenía que hacer: pedirle al Señor que le explicara, y manifestarle su perplejidad. Poco después lo encontramos de nuevo con su plena confianza de “mayordomo” del Reino, cuando (en el Mt 17, 4), en el monte de la Transfiguración toma la palabra y dice: “Señor, qué bien se está aquí”. De nuevo toma la palabra por todos, ya ha comprendido que le toca a él interpretar el pensamiento común: “Si quieres haré aquí tres tiendas, una para ti, una para Moisés y otra para Elías”. Tratando de ponerme en la sicología de Pedro leo en estas palabras suyas: ¡proveo yo! Y con mucha generosidad, porque no piensas hacer una tienda para él; él es ahora quien organiza el Reino de Dios. Mateo no lo dice, pero Lucas añade: “El no sabía lo que decía”.

Ciertamente aquí brota la alegría de tener un puesto y de querer hacer lo posible para ser digno de la confianza que se ha puesto en él. Puesto que el Reino de Dios es algo grande, hay que hacer cosas grandes, por tanto una tienda para cada uno, que en Oriente es un lujo grande. Ciertamente aquí Pedro no reflexiona mucho sobre sí mismo, dice lo que le parece, y Jesús no lo reprocha, porque la escena cambia inmediatamente.

Se escucha la voz de lo alto: “Este es mi Hijo en el cual me he complacido”. Tal vez Pedro hubiera podido comprender que no era el caso de hacer tres tiendas, sino mirar a este Hijo, el modo de comportarse, cómo Dios lo está manifestando en la gloria y en la pobreza; pero todo esto no le cabe en la cabeza. Podemos imaginar el momento cuando bajan de la montaña y se acercan a la muchedumbre que está cerca del lugar en donde el epiléptico no ha podido ser curado por los discípulos: Pedro, Santiago y Juan están de parte de la razón, son los que no se han quemado con el experimento fracasado. Creo que Pedro con una cierta satisfacción interna se una a Jesús que dice: “Oh generación incrédula y perversa, hasta cuándo estaré con vosotros” pensando que ciertamente, si hubieran estado ellos, lo habrían curado, mientras estos otros discípulos “de segunda clase” no fueron capaces de hacerlo.

En este capítulo hay otro episodio muy interesante, rico de simbolismo (en /Mt/17/24-27): el episodio del impuesto del Templo, en el que Jesús dice despreocupadamente: echa el anzuelo, agarra el primer pez y entrega la moneda. Lo que impacta es: “Tómala y entrégala a ellos por mí y por ti”. Me parece muy hermoso este gesto de Jesús de entregar una sola moneda por él y por Pedro, parece una advertencia: fíjate que estamos juntos, trata de unirte a mi destino y no pretenderás tener uno distinto para ti, o mirar al mío como separado del tuyo.

No sé si Pedro entendió la riqueza de significado de esta única moneda, la delicadeza de esta palabra. En efecto, lo vemos aquí no ya directamente citado, sino junto con los diez, en el cap. 20, 24-28 dice Jesús: “Sabéis que los príncipes de las naciones las tiranizan, y que los grandes las oprimen con su poderío. No será así entre vosotros, sino que aquel de entre vosotros que quiera ser grande, que sea vuestro servidor; y el que quiera de entre vosotros ser el primero, que sea vuestro siervo. Como el Hijo del hombre no vino a ser servido, sino a servir, y a dar su vida en redención de muchos”.

El texto no dice qué pensarían los apóstoles, pero es claro, por lo que sigue, que todavía no han comprendido. Jesús habla, pero como nos sucede también a nosotros con frecuencia, escuchamos las cosas pero no las realizamos, es decir, no las percibimos hasta cuando un acontecimiento imprevisto, duro, no nos pone en contacto con la realidad. Tenemos, pues, el mismo fenómeno, el sicológicamente ya codificado del punto ciego; es decir, hay cosas que no vemos, ante las que somos ciegos o sordos; las cosas que nos dicen y se nos repiten, decimos que las entendimos, pero no las asimilamos. Pedro se encuentra en esta misma línea. Muchas veces tenemos esta experiencia sobre nosotros o tal vez sobre los demás: comprendemos solamente lo que podemos experimentar, lo demás es agua que pasa.

El drama de Pedro

Pasemos ahora directamente a los últimos puntos del drama de Pedro, que hemos visto tan poco preparado (Mt 26,32-35). Mientras se dirigen al Huerto de los Olivos, después de haber cantado el himno al final de la cena, dice Jesús: “Todos vosotros tendréis en mí ocasión de caída esta noche, porque está escrito: Heriré al pastor, y se dispersarán las ovejas del rebaño”. Aquí se hace ver la debilidad de los apóstoles: son como ovejas, si no está el pastor, no saben hacer nada.

“Pero después resucitaré e iré delante de vosotros a Galilea. Mas Pedro le respondió: Aunque fueras para todos ocasión de caída, para mí no. Jesús le dijo: En verdad te digo que esta misma noche, antes de que el gallo cante, me negarás tres veces. Pedro le dijo: Aunque tuviera que morir contigo, no te negaré. Y lo mismo dijeron todos los demás”. Reflexionemos un instante sobre estas palabras. Naturalmente, tenemos que creer en la honestidad de Pedro y en su generosidad. Aquí ciertamente Pedro habla creyendo conocerse plenamente a sí mismo, y de todo corazón. En el fondo, acaba de recibir la Eucaristía, sale del momento culminante de la vida de Jesús, no podemos pensar que hable con ligereza; sus palabras son también muy hermosas: aunque tuviera que morir contigo. Aquel “contigo” es la palabra esencial de la vida cristiana.

Podría pensarse que aquí Pedro ya ha comprendido el sentido de la única moneda para dos: estoy contigo, Señor, en la vida y en la muerte. ¿Cuántas veces hemos dicho esto? Los Ejercicios de San Ignacio nos hacen decir en la famosa parábola del Reino: “Quien quiera venir conmigo”, por tanto, es una palabra clave. Pedro dice una palabra muy exacta, es sincero, no se equivoca en las palabras. Pero Jesús no ha dicho: “me negaréis”, sino “os escandalizaréis”; según la expresión bíblica: encontrarás una piedra imprevista. El escándalo es un obstáculo imprevisto que sirve de trampa.

Para los discípulos será el imprevisto contraste entre la idea que tenían de Dios y la que se revelará en aquella noche. El Dios de Israel, el grande, el poderoso, el vencedor de los enemigos, que por lo tanto no abandonará jamás a Jesús, es su idea de Dios, la que aprendieron del Antiguo Testamento. Jesús les advierte que nunca sabrán resistir al contraste entre lo que piensan y lo que va a suceder.

Pedro no acepta para él esta advertencia, cree que conoce al Señor totalmente; ya aceptó el reproche anterior, ya entendió que tiene que confiar plenamente en Jesús, por eso va hasta el fondo, o por lo menos trata de ir hasta las últimas consecuencias: “Aunque tenga que morir contigo, no te negaré”.

Aquí yo veo no sólo un poco de presunción en el no conocerse, sino también un error: cree tener ya la idea de Dios, pero no la tiene todavía, porque ninguno tiene la verdadera idea de Dios hasta cuando no haya conocido al Crucificado.

Además, Pedro sí habla de muerte, pero por lo que sigue me parece que entienda la muerte heroica, la muerte del mártir, gloriosa; morir con la espada en la mano, en el heroísmo, como los Macabeos, como los héroes del Antiguo Testamento: la muerte de aquel en cuyo último grito contra los enemigos aparece brillante la verdad de Dios, la injusticia y la vergüenza de quien ha tratado de asaltarlo. Creo que Pedro llegue hasta aquí, pero no acepta morir humillado, en silencio, siendo objeto de la burla pública.

Leamos el siguiente trozo (/Mt/26/37-45): “Tomando consigo a Pedro y a los dos hijos de Zebedeo, comenzó a entristecerse y a sentir angustia. Y les dijo: Triste está mi alma hasta la muerte. Quedaos aquí y velad conmigo. El, avanzando un paso más, cayó de bruces y oraba diciendo: Padre mío, si es posible, que pase de mí este cáliz; mas no sea como yo quiero, sino como quieres tú. Volvió a los discípulos, los encontró dormidos, y dijo a Pedro: ¿Con que no habéis podido velar una hora conmigo?”.

Parece imposible que Pedro tuviera tanto sueño después de acontecimientos tan excitantes como los de esa noche, después de la Eucaristía, después de las palabras del Maestro. Como todos, él había visto que en la ciudad la gente corría, que algo se estaba tramando, corrían voces, había reuniones. En semejantes ocasiones ninguno de nosotros nos dejamos llevar por el sueño, el nerviosismo se apodera de nosotros y esto no deja dormir.

Me parece ver en el sueño de Pedro ese disgusto sicológico de una situación inaceptable como la de Jesús en el Huerto. Poco antes había dicho Pedro: moriré contigo, vamos juntos a una muerte heroica, cantando contra el enemigo; en cambio, Jesús siente miedo, y comete el error de revelarse, de mostrar su verdad que los otros no están preparados para recibir. Entonces, comienza el escándalo ante un hombre que tiene miedo, que se asusta. De aquí el desconcierto y el deseo de no pensar en eso, como nos sucede a todos nosotros ante ciertos sufrimientos de amigos, de personas queridas, porque no podemos soportarlos todos juntos, no tenemos la fuerza suficiente. Entonces sucede en la siquis una fuerza muy poderosa de cancelación, esto es, ese desánimo de quien no sabe ya qué hacer. A Pedro le bastó que Jesús se revelara “auténtico” y no fuera más el Maestro en el que se apoyaban, el que siempre tenía la palabra precisa, sino un hombre como los otros, un amigo para consolar, y esto lo hizo escandalizar, hizo que ya no entendiera nada. “Tenían los ojos cargados”, pesados, dice el Evangelio: esta me parece también una expresión que hace pensar en un estado de enceguecimiento interior, de confusión mental que pesa sobre el espíritu y lo hace turbio, ofuscado.

Jesús tiene que orar solo y cuando vuelve a despertar a los discípulos sufre un nuevo choque: le ven la cara tan asustada, angustiada, y empieza a aparecer la duda: ¿es en verdad el Mesías? ¿Cómo puede Dios manifestarse en un hombre tan pobre? Este Jesús que se humilla, que parece un trapo, que camina con inseguridad, los desconcierta cada vez más, derrumba su castillo de fuerzas mentales, su idea de cómo Dios debe manifestarse y debe salvar a un hombre que le ha sido fiel, que es su Cristo.

Este titubear interior de Pedro se derrumba, cuando llega “Judas, uno de los Doce, con mucha gente, espadas, palos”, se acerca a Jesús y lo besa. Jesús no reacciona, solamente dice: “¡Amigo, a esto has venido!”, luego lo arrestan: “Echaron mano a Jesús y lo prendieron.

Uno de los que estaban con Jesús, sacó la espada, hirió al siervo del pontífice, y le cortó una oreja”. Pedro, pues, hace el último intento de morir como un héroe. Naturalmente, ante la multitud es un acto desesperado, pero también valiente.

Pero el último golpe a su ya demasiado mezquina seguridad, que aquí ha buscado un desquite, es la palabra de Jesús: “Mete la espada en la vaina”. Jesús desautoriza públicamente a Pedro, que ya no entiende nada y se pregunta por qué el Señor los invitó a seguirlo, siendo que quería morir.

Peor aún, si ahora Jesús parece dialogar con sus adversarios: “¡Habéis venido a prenderme como contra un ladrón, con espadas y palos!. Todos los días enseñaba sentado en el Templo, y no me prendisteis. Pero todo esto ha sucedido, para que se cumplan las Escrituras de los profetas”. Si nosotros no podemos echar mano a la espada, piensa Pedro, ¿por qué no vienen esas famosas legiones de ángeles, por qué Dios no salva a su consagrado, o por lo menos lo hace arrestar en el Templo, mientras la muchedumbre grita y se hace un tumulto? En cambio, así, en la noche, ¡como si fuera un malhechor! ¡Y él no reacciona!.

Entonces, dice el texto en el versículo 56: “Todos los discípulos lo abandonaron y huyeron”. Aquí se ve precisamente su desconcierto, claro que no total, porque conservan por lo menos la fe, en el fondo, pero como nos sucede también a nosotros, los pensamientos tenebrosos se agrupan tanto que nos parece que ya no entendemos quién es Dios.

Pedro está confuso también en su identidad: ya no sabe quién es, qué tiene que hacer, cuál es su papel en el Reino de Dios, no sabe quién es este Jesús que se ve abandonado por Dios. Todo esto se resuelve en el ánimo de Pedro que, a pesar de todo, ama muchísimo a Jesús y, por tanto, como dice inmediatamente después, en el versículo 58: “Lo había seguido de lejos”. No se atreve a seguirlo de cerca, porque ya no sabe qué es lo que debe hacer, pero no puede menos de seguirlo.

Es un hombre dividido, que ya ha sido atraído por Cristo, pero siente al mismo tiempo que quiere rechazarlo, por eso lo sigue de lejos: he aquí el compromiso, negación, que no es, me parece, sino la manifestación, ahora pública, del desconcierto de Pedro. No sabiendo ya quién es él ni quién es Jesús, Pedro da respuestas que, paradójicamente, son verdaderas. “Se le acercó una criada y le dijo: Tú también estabas con Jesús, el galileo. Pero él negó ante todos, diciendo: No sé qué dices’. Esto es un acto de bellaquería, pero que no nace del puro miedo, porque Pedro estaba listo a morir, sino del desconcierto.

A la segunda pregunta: “Este estaba con Jesús el Nazareno, negó: no conozco a ese hombre”. Aquí parece que el Evangelista juega con el doble sentido: en verdad no sé quién sea ese hombre, para mí ahora es un enigma, ya no puedo hacer nada por él, porque no sé quién sea, no sé qué es lo que quiere, todo se está derrumbando. Dios siempre interviene en favor del justo, luego este no es justo, nos ha engañado. Este estado de confusión lo lleva a jurar y a imprecar contra ese hombre.

La conversión

Añade el evangelio: “Inmediatamente cantó un gallo. Y Pedro se acordó de las palabras de Jesús: antes que el gallo cante, me negarás tres veces. Salió afuera y lloró amargamente”.

El evangelista es sumamente sobrio, pero nosotros podemos preguntarnos qué fue lo que sucedió. El canto del gallo parece llegarle a un hombre todavía confundido, después el recuerdo de la palabras de Jesús, luego gradualmente la percepción: Jesús había querido en realidad todas estas cosas, y si corresponden a su plan, corresponden también al plan de Dios. Entonces no he captado nada el plan de Dios, he sido un ciego durante toda la vida, he vivido hasta ahora con un hombre del que no he entendido nada.

Dice Lucas: “Jesús pasó y lo miró”. Mateo no habla de eso, pero podemos intuirlo simplemente por la escena. Pedro piensa: ese es el hombre a quien yo no he comprendido, de quien siempre me serví en el fondo para tener una posición de privilegio, y que ahora va a morir por mí.

Nace el conocimiento de Jesús y de sí mismo, finalmente se rompe el velo y Pedro comienza a intuir entre lágrimas que Dios se revela en Cristo abofeteado, insultado, renegado por él, Pedro, y que va a morir por él. Pedro, que hubiera querido morir por Jesús, ahora comprende: mi puesto es dejar que él muera por mí, que sea más bueno, más grande que yo. Quería hacer más que él, quería precederlo, en cambio es él quien va a morir por mí que soy un gusano, que durante toda la vida no fui capaz de entender qué sería; ahora él me ofrece esta vida suya que yo he rechazado. Pedro entra, por medio de esta laceración, esta humillación vergonzosa, en el conocimiento del misterio de Dios. Pidámosle a él que nos conceda también a nosotros entrar un poco, a través de la reflexión sobre nuestra experiencia, en este conocimiento del misterio de la Pasión y de la Muerte del Señor.

Oremos juntos:

Señor, Hijo de Dios crucificado, nosotros no te conocemos. Nos es muy difícil reconocerte en la cruz, reconocerte en nuestra vida.

Te pedimos que nos abras los ojos, que nos hagas ver el significado de las experiencias dolorosas a través de las cuales tú rompes el velo de nuestra ignorancia, nos permites conocer quién es el Padre que te ha enviado, quién eres tú que nos revelas al Padre en la ignominia de la Cruz, quiénes somos nosotros que tenemos una revelación tuya en la humillación de nuestra pobreza.

Te pedimos, oh Señor, que te sigamos con humildad por el don de tu Espíritu, que contigo y con el Padre vive y reina por los siglos de los siglos. Amén.

Mons. Carlo M. Martini
El Evangelio Eclesial de S. Mateo