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Carlo Maria Martini
HABÉIS PERSEVERADO CONMIGO EN MIS PRUEBAS
Meditaciones sobre Job.

Meditación 7
Tres ejemplos de la obediencia de la mente

Teniendo siempre presente el Libro de Job, escojamos algunas páginas de la Escritura que nos inducen a una reflexión de tipo cristológico.

Ya hemos profundizado en la importancia de la obediencia de la mente. Ahora ejemplificaremos el tema con tres casos concretos:

Abraham (Gn 22);
Job (Jb 40-42);
Jesús (Mc 14).

Como de costumbre, antes de la meditación nos inspiraremos en las palabras de la Carta a los Hebreos, que puede considerarse como un resumen de todo un curso de Ejercicios:

“Por tanto, también nosotros, teniendo en torno nuestro tan gran nube de testigos, sacudamos todo lastre y el pecado que nos asedia, y corramos con fortaleza la prueba que se nos propone, fijos los ojos en Jesús, el que inicia y consuma la fe, el cual, en lugar del gozo que se le proponía, soportó la cruz sin miedo a la ignominia, y está sentado a la diestra del trono de Dios. Fijaos en aquel que soportó tal contradicción de parte de los pecadores, para que no desfallezcáis faltos de ánimo” (Hb 12,1-3).

Jesús, autor y perfeccionador de la fe, es aquel que ha pasado la gran prueba; tal prueba ha tenido su culmen en la ignominia de la cruz a la que se ha sometido soportando una gran hostilidad por parte de los pecadores. Y esto nos incita a correr con perseverancia en la carrera que está ante nosotros, deponiendo cuanto haya de lastre y el pecado que nos asedia, rodeados de una gran número de testigos, que son todos los santos del Antiguo y del Nuevo Testamento, en particular los recordados en la Carta a los Hebreos, entre los que se encuentra Abraham (cfr. Hb 11).

“Concédenos, oh Jesús, tener ante todo la mirada fija en ti. Tú eres aquel de quien nuestra fe procede, eres aquel que la ha llevado a la perfección, aquel que ha corrido en la prueba antes que nosotros, aquel que nos conduce, que no nos deja errar en el camino.
Haz que te contemplemos con afecto profundo y que podamos encontrar la fuerza y la alegría en tu seguimiento, incluso en los momentos más difíciles. “

La obediencia de Abraham

“Después de estas cosas sucedió que Dios tentó a Abraham y le dijo: «¡Abraham, Abraham!»” (Gn 22,1). Estamos en el momento culminante de la vida de Abraham, que durante toda la tradición permanecerá como un momento supremo, misterioso, dramático, tanto que incluso puede ser leído simbólicamente con referencia a Cristo en la cruz y a la relación del Padre con el Hijo, el Padre “que no perdonó ni a su propio Hijo” (cfr. Rm 8,32).

Dios pone a prueba a Abraham. Le llama por dos veces y le dice: “«Toma a tu hijo, a tu único, al que amas, Isaac, vete al país de Moría y ofrécele allí en holocausto en uno de los montes, el que yo te diga». Levantóse, pues, Abraham de madrugada, aparejó su asno y tomó consigo a dos mozos y a su hijo Isaac. Partió la leña del holocausto y se puso en marcha hacia el lugar que le había dicho Dios” (vv. 2-3).

Nos sorprende la aridez de la historia, como si todo fuera normal: Dios ordena, Abraham obedece y alzándose de buena mañana se pone en camino.

Resulta fácil imaginar la lucha que se desencadenaría en la mente de Abraham, qué pensamientos, objeciones y rebeliones le asaltarían, con qué repugnacia actuaría mientras externamente mostraba gestos sencillos, como si se tratara de una excursión al campo. Y nos sorprende que el texto bíblico no comente el hecho, no aluda a la lucha dramática interior de Abraham. De ella nos hablará la Carta a los Hebreos: “Por la fe, Abraham, sometido a la prueba, presentó a Isaac como ofrenda, y el que había recibido las promesas, ofrecía a su unigénito, respecto del cual se le había dicho: Por Isaac tendrás descendencia de tu nombre” (Hb 1,17-18). De forma sintética se expresa toda la lucha interior que Abraham debe combatir: ¿Precisamente a mí este mandato? ¿A mí que soy heredero de la promesa, que he sido halagado y fascinado con promesas de descendencia esperada durante años y años? ¡Si al menos tuviese más hijos! Pero, Isaac, precisamente el único, precisamente aquel de quien se me ha dicho: “Por Isaac tendrás descendencia de tu nombre.”

Por una parte Abraham lucha y siente en sí mismo que se le acumulan las objeciones, tan fáciles, tan razonables, tan lógicas—como las de Job—, pero por otra parte, como dice la Carta a los Hebreos: “Pensaba que poderoso era Dios aun para resucitar de entre los muertos. Por eso lo recobró para que Isaac fuera también figura” (v. 19).

Es un éxito de la obediencia de la mente porque se fía más allá de toda confianza, espera contra toda esperanza, según las acertadísimas palabras de Pablo.

Mientras camina en silencio, intenta reprimir y dominar la multitud de pensamientos que le atormentan; el hijo, con simplicidad e ingenuidad, le hace la pregunta que no se debía hacer y que hubiera podido desencadenar exteriormente la tormenta interior que Abraham estaba viviendo: “Dijo Isaac a su padre Abraham: «¡Padre!» Respondió: «¿Qué hay, hijo?» —«Aquí está el fuego y la leña, pero ¿dónde está el cordero para el holocausto?» Dijo Abraham: «Dios proveerá el cordero para el holocausto, hijo mío»” (Gn 22,7-8).

Esta es la obediencia de la mente: el abandono, más allá de toda evidencia, al Dios más grande que nosotros, que tiene en su mano todas las cosas, que todo lo sabe, todo lo puede y todo lo provee. De hecho el nombre de aquel lugar será “Yahveh provee”, “de donde se dice hoy en día: «En el monte Yahveh provee»” (v. 14).

Es un primer ejemplo dramático de obediencia de la mente, es decir de obsequio a un misterio del que no se comprenden las razones, pero se advierte su fuerza dentro de nosotros.
Por esto Abraham es nuestro padre en la fe.

El final del camino de Job

Job, después de tanto hablar y disparatar, llega, al final del primer discurso sobre Dios, a una expresión que corresponde a una madurez de la obediencia, que ya ha sido alcanzada.

“Y Yahveh se dirigió a Job y le dijo:
«¿Cederá el adversario de Sadday?
¿El censor de Dios va a replicar aún?»

Y Job respondió a Yahveh:

«He hablado a la ligera: ¿qué voy a responder?
Me taparé la boca con mi mano.
Hablé una vez…, no he de repetir;
dos veces…, ya no insistiré»” (Jb 40,1-2).

Es una primera respuesta de Job y un reconocimiento de que el mundo, el misterio de la historia y el misterio de cada uno de los hombres son parte de un misterio más grande e incontrolable.

Después sigue el segundo discurso de Dios (40,6-41), que ha hecho correr ríos de tinta por parte de los exegetas, siendo difícil comprender qué elemento esencial añade al primero. ¿Qué sentido tienen las descripciones, casi barrocas, de los dos grandes animales, el hipopótamo y el Leviatán? ¿Por qué este interés descriptivo que parece mermar el acmé dramático al que el Libro había llegado?

Los exegetas han intentado responder de formas diversas. A mí me parece que quizás una de las respuestas más pertinentes sea que, después de haber hablado de la naturaleza, se habla de la historia. Se alude, con la imagen de las bestias, a las dos grandes potencias que para Israel aparecen invencibles y capaces de destruir el universo: Egipto—el hipopótamo que es la bestia de los ríos—y Mesopotamia—el Leviatán, bestia mítica, ferocísima—. Pues bien, Dios considera también esta realidad desde lo alto, casi como un juego, porque las conoce desde su interior y, aunque sean crueles, las tiene en su mano.

Sea el que sea el significado del pasaje, Dios vuelve con sus respuestas, entrando en el discurso de Job, no directamente, sino ampliando el horizonte hasta los límites de lo posible, incluso más allá, forzando al hombre Job:

“Yahveh respondió a Job desde el seno de la tempestad y dijo:
«Ciñe tus lomos como un bravo:
voy a preguntarte y tú me instruirás»” (40,6-7).

Es la exaltación de Job, aunque sea un tanto irónicamente:

“Y yo mismo te rendiré homenaje,
por la victoria que te da tu diestra!” (v. 14).

Algunos comentaristas han observado que Dios ha salido así del dilema de Job, que consistía en saber si tenía razón o no. El Señor le dice: Tú eres fuerte, y por eso te glorifico, pero yo también tengo razón. La justicia de Dios es distinta de la nuestra; es posible una glorificación de Dios y del mundo y del hombre, a través de designios misteriosos. Este parece ser el sentido de las palabras. Después de la alabanza a Job, Dios prosigue:

“Mira a Behemot, (el buey de las aguas).
Se alimenta de hierba como el buey.
Mira su fuerza en sus riñones,
en los músculos del vientre su vigor.
Atiesa su cola igual que un cedro,
los nervios de sus muslos se entrelazan.
Tubos de bronce son sus vértebras,
sus huesos, como barras de hierro” (cfr. 40, l 5- l 8).

Y más adelante:

“Y a Leviatán ¿le pescarás tú a anzuelo,
sujetarás con un cordel su lengua?
¿Harás pasar por su nariz un junco?
¿taladrarás con un gancho su quijada?
… ¿Quién le hizo frente y quedó salvo?
¡Ninguno bajo la capa de los cielos!
Mencionaré también sus miembros,
hablaré de su fuerza incomparable.
… No hay en la tierra semejante a él,
que ha sido hecho intrépido.
Mira a la cara a los más altos,
es rey de todos los hijos del orgullo” (cfr. 40,25-26; 41,3-4.25-26).

Al final de la larga descripción de las dos bestias, viene la respuesta de Job:

“Y Job respondió a Yahveh:
Sé que eres todopoderoso:
ningún proyecto te es irrealizable.
Era yo el que empañaba el Consejo
con razones sin sentido.
Sí, he hablado sin inteligencia de maravillas
que me superan y que ignoro.
(Escucha, deja que yo hable:
voy a interrogarte y tú me instruirás.)
Yo te conocía sólo de oídas,
mas ahora te han visto mis ojos.
Por eso retracto mis palabras,
me arrepiento en el polvo y la ceniza” (42,1-6).

Job comienza con unas palabras muy hermosas, que las repetirá después el ángel a María, y Jesús a propósito del joven rico y de la salvación de cuantos poseen riquezas: “Nada es imposible para Dios”. Los designios divinos son inescrutables, más allá de toda posible evidencia física o moral. Dios es el Viviente, la regla última de amor de todo el universo.

“Era yo el que empañaba el Consejo con razones sin sentido”. San Pablo, después de haber contemplado el misterio terrible de Israel, intuye que debe encerrar un designio impenetrable y expresa la misma certeza de Job (cfr. Rm 11).

Y Job ejecuta el acto final de obediencia de la mente y al mismo tiempo de confesión: “Sí, he hablado sin inteligencia de maravillas que me superan y que ignoro”.

Es un juicio sobre lo que se ha dicho: sus palabras contenían una parte de verdad, pero el conjunto del discurso tendía a explorar cosas que no le competían, que escapan al hombre.

Sigue el versículo 5 que, a mi modo de ver, es el momento álgido de todo el Libro, en particular por lo que se refiere a la enseñanza que podemos extraer:

“Yo te conocía sólo de oídas,
mas ahora te han visto mis ojos”.

Aquí está el sentido del largo trabajo de Job. Conocía a Dios desde la catequesis, desde la teología, las disquisiciones o los libros. No se trataba, entiéndase bien, de conocimientos falsos; pero sin embargo no acertaba a unificar, a enfocar realmente el rostro de Dios; y Job se perdía en el intento de aunar la multiplicad de los razonamientos. Ahora sus ojos han sido iluminados y ha logrado intuir directamente que de Dios no se habla: se le escucha y se le adora.

En esta disposición, que he llamado “afectiva” porque no pretende descubrir todo con la fuerza de la inteligencia sino someterse al misterio, se nos ha concedido la connaturalidad con este mismo misterio, expresada por Jesús cuando dice: “Permaneced en mí y yo en vosotros”: entonces podremos afirmar que vemos a Dios con nuestros propios ojos. Obviamente es necesario un raciocinio, son necesarias la teología y las pastorales, pero más allá de todo eso cuenta la última intuición. Este es el motivo de los motivos, más aún, el motivo sin motivo, desde el momento en que en Dios está únicamente su ser, su ser para nosotros, su ser para mí, todas las otras razones deberán callar. En la sumisión al misterio conocemos verdaderamente a Aquel de quien todo procede, a quien todo vuelve y que unifica nuestra existencia.

Démonos cuenta de que Dios ha considerado los razonamientos de Job mejor que los de sus amigos, que se han limitado a una expresión teológica muy tímida, demasiado prudente, más ligada a la geometría que a la profundidad teológica. Job se ha lanzado más adelante, ha sido más valiente, ha tenido mayor ánimo, más pasión, y por tanto se ha aproximado más al misterio trinitario, que es dedicación, entrega y pasión, que es totalidad y don. Sin embargo, habiendo pretendido hacerlo con palabras, aún se ha quedado muy lejos: “Por eso retracto mis palabras, me arrepiento en el polvo y la ceniza” (v.6).

Finalmente ha llegado a la obediencia de la mente que es el amor, la humildad, la reverencia amorosa, la sumisión que resume toda la espiritualidad de la alianza: confianza en mi aliado, abandono a él, no necesidad de saberlo todo ni sobre él ni sobre mí, y, consecuentemente, un conocimiento mucho más profundo del que se puede alcanzar con la sutilidad de los razonamientos.

El ejemplo de Jesús en Getsemaní

El tercer ejemplo de obediencia de la mente es Jesús en Getsemaní.

“Van a una propiedad, llamada Getsemaní, y dice a sus discípulos: «Sentaos aquí, mientras yo hago oración». Toma consigo a Pedro, Santiago y Juan, y comenzó a sentir pavor y angustia. Y les dice: «Mi alma está triste hasta el punto de morir; quedaos aquí y velad». Y adelantándose un poco, cayó en tierra y suplicaba que a ser posible pasara de él aquella hora” (Mc 14,32-35).

No sabemos si éste fue el único momento tan dramático de la prueba de Jesús. Algún otro indicio de los evangelistas permite suponer que no haya sido el único, porque San Juan habla de fuertes tribulaciones, de situaciones peligrosas, incluso durante su vida pública.

En Getsemaní tenemos una concretización típica del ser tentado de Jesús, que la Carta a los Hebreos refiere en el conjunto de su existencia terrena: “Pues no tenemos un Sumo Sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras flaquezas, sino probado en todo igual que nosotros, excepto en el pecado.” (Hb 4,15).

En todo, por tanto en el miedo, en el disgusto, el tedio, la repugnacia, la desmotivación, que vemos aflorar en Getsemaní. Es la prueba que hemos visto recordada en Hebreos 12.

¿Qué significan estos sentimientos de angustia que tienen su culmen en la tristeza “hasta la muerte”?

No resulta fácil entrar lógicamente en el contexto. Quizás nos pueda ayudar una oración afectiva que intente hacerse presente en la conciencia de Jesús, contemplarlo sintiendo con él miedo y angustia.

Quizás podamos parangonar su miedo con el nuestro, sobre todo el que sufrimos cuando meditamos en el Reino de Dios, y nos damos cuenta de que no sabemos lo que debemos hacer, pero que intuimos será difícil; también con nuestro miedo por los otros, por los peligros espirituales gravísimos en que se encuentran; con nuestro miedo ante los fracasos o retrocesos de la Iglesia de Dios; o ante situaciones dramáticas de familias, de personas enfermas, de sufrimientos por hijos drogadictos; o ante tragedias que la enfermedad psíquica provoca en las familias, convirtiéndolas en un infierno.

Todo eso es, de alguna forma, participación en la angustia y en la tristeza probadas por Jesús.

Y nosotros conocemos todos los sentimientos de inutilidad, de disgusto, de huida, de abandono, que nos vienen de aquella angustia, porque han sido ejemplificados en el Libro de Job.

En la Carta a los Hebreos se resume así la condición en la que vive Jesús: “El cual, habiendo ofrecido en los días de su vida mortal ruegos y súplicas con poderoso clamor y lágrimas al que podía salvarle de la muerte… y aun siendo Hijo, con lo que padeció experimentó la obediencia; y llegado a la perfección, se convirtió en causa de salvación eterna para todos los que le obedecen” (5,7-9).

La insistencia es sobre el tema de la obediencia: él aprende la obediencia de la mente y se convierte en causa de salvación para todos los que aprenden a obedecerle a él.

¿Cómo reacciona Jesús en esta lucha por la obediencia de la mente, cuya única salida, para muchos, es la huida, la retirada, el abandono de todo?

Reacciona permaneciendo. Les pide a sus discípulos que se queden, que no huyan, que no cambien la situación, sino que se enfrenten a la lucha. Después, andando un poco más adelante, cae a tierra y ora para que, si es posible, pase de él esa hora.

Es precioso que Jesús afronte directamente el mal a partir de su propia debilidad: “que pase de él esa hora.”

Su lucha es una lucha con el Padre, y él quiere a toda costa que triunfe la voluntad del Padre. En efecto: “Y decía: «¡Abbá, Padre!; todo es posible para ti; aparta de mí este cáliz; pero no sea lo que yo quiero, sino lo que quieras tú»” (Mc 14,36).

Él sabe que quiere otra cosa, que quiere que se aleje de él aquel cáliz, pero sus palabras son decisivas: “lo que tú quieras.”

Es la última palabra de la fe, de la obediencia de la mente, palabra que interpreta Abraham, Job, todos los santos de la vía de la fe en el Antiguo Testamento.

Podemos quedarnos en contemplación afectiva de Jesús en Getsemaní y pedirle: ¿Qué me dices? ¿Cómo vivo yo esta realidad?

Reflexiones conclusivas

Sugiero tres reflexiones como conclusión.

1. Si hay una lucha por la obediencia de la mente, el modelo es Jesús en el huerto, Jesús orante; él es el modelo último que resume todo el combate de Job en su violencia y en su victoria, el lugar idóneo para releer el conjunto del Libro de Job y captar la finalidad en el designio divino.

2. Quien reza para no caer en la tentación ha llegado ya a la mitad de su victoria. En efecto, Jesús pide a sus discípulos: “Rezad para no caer en tentación”, obligándonos a repetir esta incesante petición en la oración dominical, petición que no siempre comprendemos en toda su importancia y que con frecuencia formulamos únicamente con los labios. Con esa petición, sin embargo, se pide al Padre que acepte el carácter de lucha y de prueba de tantas y tantas situaciones, que no nos haga zambullirnos de cabeza sin comprender antes que se trata de una prueba, sino que la afrontemos con la oración. Cuando uno se da cuenta de que una cierta realidad, un suceso, es una prueba que Dios nos pone, ya ha superado la mitad de la dificultad; cuando, sin embargo, se la interpreta como destino horrible, como maldad de la gente, de la sociedad, como ignorancia de los superiores o pereza de quienes nos han sido confiados, resultará entonces bastante difícil salir de ahí, y los discursos racionales y métodos programáticos sólo en parte podrán resolver el problema.

Pero si acepto el aspecto de prueba, entonces surge el grito: “‘Señor, no permitas que caiga en la tentación! Hazme comprender que estoy viviendo un momento importante en mi vida y que tú estás conmigo para probar mi fe y mi amor.”

3. La verdadera victoria está, como enseñan Abraham, Job y sobre todo Jesús, en el abandono al misterio inagotable, creativo, sorprendente de Dios, que tiene recursos más allá de cuanto podamos pensar y comprender. Nunca debemos creer que nos encontramos en un callejón sin salida, porque aunque tengamos esa impresión, la Trinidad es siempre capaz de la creatividad necesaria para una acogida; por tanto el muro de la existencia, el callejón ciego en el que uno se siente, viene superado por un abandono que es el acto supremo de libertad del hombre, el acto en el que el hombre se hace mayor a sí mismo, es decir creatura hecha para el diálogo con Dios, y que se salva en la confianza total a él como Padre lleno de amor y de misericordia.

“Concédenos, oh Padre, conocerte de esa forma. Haz que nuestros ojos te conozcan y te vean con aquella verdad que es la verdad del kerygma, del evangelio, de la salvación definitiva.”