Texto pdf:

Carlo Maria Martini
HABÉIS PERSEVERADO CONMIGO EN MIS PRUEBAS
Meditaciones sobre Job

Quarta meditación
MODERACIÓN Y CONOCIMIENTO

“Señor, Dios nuestro, tú eres el misterio inaccesible, tu vives en la eterna luz que nadie puede contemplar sino tu Hijo, que nos la ha revelado desde lo alto de la cruz. Concédenos penetrar en el misterio de Jesús para que podamos conocer algo de ti, en la gracia del Espíritu. Concédenos penetrar en este misterio con paciencia, con humildad, convencidos de nuestra ignorancia, de lo mucho que todavía no conocemos sobre tu Trinidad de amor, sobre tu proyecto salvffico. Haz que nos humillemos en nuestra ignorancia, para poder merecer al menos las migajas del conocimiento del misterio que nos ha de saciar por toda la eternidad. Te lo pedimos por intercesión de Marfa, que ha creído profundamente, incluso sin conocer directamente, y ha llegado antes que nosotros—y desde ahora en nuestro nombre— al conocimiento inmediato de tu gloria. “

Después de haber escuchado a Job, vamos a escuchar a su compañero, es decir a Dios. Será la forma de caminar hacia el conocimiento de su misterio. Y, para graduar el camino, he pensado en la conveniencia de reflexionar sobre tres distintos capítulos del Libro bíblico. En primer lugar sobre el capítulo 9, en el que Job habla de Dios; después el capítulo 28 en el que un desconocido habla de Dios; finalmente los capítulos 38 y 39, en los que Dios mismo empieza a hablar.

Job no acepta el desconocimiento de si mismo

El capítulo 9 es una respuesta de Job a las palabras —que querían ser de consuelo—del tercer amigo, Bildad de Suaj. Este había subrayado que no se puede dudar nunca de la justicia de Dios, y puesto que Él es justo, consiguientemente los malos son castigados y los buenos premiados. Job, por tanto, puede estar tranquilo, sus enemigos se verán cubiertos de vergüenza (cfr. 8,20-22). Job replica presto, aceptando el principio fundamental, incluso aumentando la dosis:

“Bien sé yo, en verdad, que es así:  
cómo ante Dios puede ser justo un hombre?” (9,1-2).

En los versículos siguientes expresa de manera un poco irónica esta absoluta certeza: nadie puede resistir ante Dios, que tiene razón en todo, siempre y en cualquier caso. Después añade:

“¡Cuánto menos podré yo llevar mi causa  
y rebuscar razones frente a él!” (v. 14).

Aquí la certidumbre muta en duda: Dios tiene tanta razón, que si la tuviera yo también, no la obtendría. A partir de este versículo Job empieza a dudar de sí mismo: ¿Yo, quien soy? ¿Tengo razón o no? Sus palabras son características de la postura de un hombre en el acmé del sufrimiento, y se podrían expresar de la siguiente forma: Job no aceptar el hecho de no conocerse a sí mismo, está atormentado por el apremio de no acertar a saber con seguridad si es o no justo; está convencido de serlo, sin embargo quisiera que le fuese declarado; la incerteza le corroe.

“Yo, que si tengo razón no recibo respuesta,
cuando a mi juez imploro.
Y aunque le llame y me responda,
aún no creo que escuchará mi voz.
¡Él, que me aplasta por un pelo,
que multiplica sin razón mis heridas,
y ni aliento recobrar me deja,
sino que me harta de amarguras!
Si recurrrimos a la fuerza, ¡es él el Poderoso!
Si a la justicia, ¿quién le emplazará?
Si me creo justo, su boca me condena,
si intachable, me declara perverso” (vv. 15-20)

En el versículo 21 expresa la dramática interrogación:  

¿Soy intachable’? Ni yo mismo me conozco,
y desprecio mi vida!
Pues todo es lo mismo, y por eso digo:
él extermina al intachable y al malvado.
Si un azote acarrea la muerte de improviso,
él se ríe de la angustia de los inocentes.
En un país sujeto al poder de un malvado,
él pone un velo en el rostro de sus jueces:
si no es él, ¿quién puede ser?” (vv. 21-24).

Job ha llegado al colmo del dolor: no comprende nada, ya no sabe ni quién es; se siente justo pero no sabe la diferencia entre justo e injusto y no acierta a dar razón de sí mismo. En otras palabras, está perdiendo el sentido de su propia identidad: ¡Si al menos supiera por qué soy así! Me he detenido en este tema porque, aunque se exprese como caso límite, paradójico, representa una situación bastante común: el tormento de la identidad hace sufrir a muchas personas, aunque sea a niveles no siempre dramáticos. En particular, hace sufrir a todos aquellos que tienen tareas no programadas rigurosamente; porque si uno es un empleado de banco, quizás el trabajo le cueste, pero sabe que es su deber y que hará carrera si lo desenvuelve correctamente. En cambio, los padres, por ejemplo, al no tener tareas geométricamente definidas, se atormentan con cuestiones de este tipo: ¿Qué quiere decir hoy ser padre?, ¿hasta qué ponto me obliga, me implica, me compromete? Lo mismo se podría decir de educadores y pastores, sobre todo cuando las cosas no van del todo bien, cuando no reciben la aprobación que esperaban. Entonces se dicen a sí mismos: Si al menos supiera si voy bien o no, si al menos supiera lo que debo hacer, si al menos supiera que estoy haciendo todo lo que debo… La incertidumbre atormenta: ¿Cuáles son mis responsabilidades precisas? ¿qué se espera de mí y qué puedo hacer para que me aprueben? Job representa, pues, esta dolorosa incertidumbre de sí mismo y el deseo de sabernos juzgados a fondo, de ser justificados con toda claridad sobre nuestros actos.

La Sabiduría está más allá de toda comprensión

Ante este Job que no acepta el no entenderse a sí mismo, leamos algunos pasajes del misterioso capítulo 28, que no se sabe cómo ha formado parte del Libro. No se indica ningún interlocutor particular, como sucedía en los diálogos precedentes; es un discurso que se ha denominado intermedio. La Biblia de Jerusalén anota a este propósito: “El lugar y el sentido primitivos de este poema en el diálogo quedan oscuros” (p. 636). No sabemos siquiera qué justificación darle; y sin embargo, en esta oscuridad, nos acerca al corazón de nuestra charla.

Se trata, en la práctica, de un elogio, de una gloriIicación de la Sabiduría divina, pero la insistencia está en el hecho de que el hombre no conoce la Sabiduría. Empieza así:

“Hay, sí, para la plata un venero,
para el oro un lugar donde se purifica.
Se extrae del suelo el hierro,
una piedra fundida se hace cobre.
Se pone fin a las tinieblas,
hasta el límite se excava
la piedra oscura y lóbrega.
Los hombres de la lámpara abren minas
donde se pierde el pie,
y oscilan, se balancean, lejos de los humanos.
Tierra de donde sale el pan,
que está revuelta, abajo, por el fuego.
Lugar donde las piedras son zafiro
y contienen polvo de oro.
Sendero que no conoce el ave de rapiña,
ni el ojo del buitre lo columbra.
No lo pisaron los hijos del orgullo,
el león jamás lo atravesó…” (28,1ss.).

El continúa con imágenes poéticas muy bellas para afirmar que todas las cosas aceptan un algo más, excepto la Sabiduría:

“Mas la Sabiduría, ¿de dónde viene?  
¿cuál es la sede de la Inteligencia?” (v. 12).

Después empiezan los “no”:

“Ignora el hombre su sendero,
no se le encuentra en la tierra de los vivos.
Dice el Abismo: «No está en mí»,
y el Mar: «No está conmigo.»
No se puede dar por ella oro fino,
ni comprarla a precio de plata,
ni evaluarla con el oro de Ofir,
el ágata preciosa o el zafiro.
No la igualan el oro ni el vidrio,
ni se puede cambiar por vaso de oro puro.
Corales y cristal ni se recuerden,
mejor es pescar Sabiduría que perlas.
No la iguala el topacio de Kas,
ni con oro puro puede evaluarse…” (cfr. vv. 13-19).

Resulta interesante la fuerza con la que se dice que no se puede encontrar la Sabiduría, ni comprarla, ni venderla. Y se vuelve a preguntar: “Mas la Sabiduría ¿de dónde viene? / ¿cuál es la sede de la Inteligencia?” (v. 20).

La respuesta es siempre la misma:

“Ocúltase a los ojos de todo ser viviente,  
se hurta a los pájaros del cielo.

La Perdición y la Muerte dicen:

«Con nuestros oídos oímos hablar de ella»” (vv. 21-22).

Finalmente, la clave de todo el capítulo:

“Sólo Dios su camino ha distinguido,  
únicamente él conoce su lugar…” (cfr. vv. 23ss.),

con la conclusión:

“Mira, el temor del Señor es la Sabiduría,  
huir del mal, la Inteligencia” (v. 28).

Me parece sumamente bello el adverbio repetido cuando se habla de Dios, porque esta palabra—sólo, solamente, únicamente—representa uno de los momentos decisivos en los que el hombre bíblico capta al Dios vivo. Encontramos este adverbio, quizás, en los Salmos, cuando se quiere proclamar la trascendencia y al mismo tiempo su comunicación: “Él sólo hizo grandes maravillas”, él sólo ha creado los cielos; “Me acuesto en paz, y enseguida me duermo, / pues tú sólo, Yahveh, me asientas en seguro” (Sal 135,4; 4,9). En la Biblia a la profunda intuición sobre la unicidad de Dios le acompaña siempre la afirmación de que en él únicamente está nuestro descanso, nuestra salvación, nuestra paz. Podemos ver ahora, en el capítulo 28, un importante paso adelante: el hombre no se conoce, no debe pretender conocerse, sino que a Dios, y sólo a él, confía su justicia, el conocimiento de sí mismo, la certeza de su verdad, su propio ser. De una forma discreta se responde a la ansiedad de Job que quiere poseerse a sí mismo, quiere conocerse, quiere la seguridad, en el cielo y en la tierra, de ser justo, de ser un hombre cabal.

La respuesta de Dios Jb 38 – Jb 39

Ahora podemos pasar a nuestro relato sobre Dios que, después de haber sido invocado al principio del libro, llamado a juicio, tratado mal e insultado, siempre ha escuchado tranquilamente, sin descomponerse; se puede pensar incluso que haya escuchado con amor, con benevolencia, con bondad, los disparates de Job y sus amigos. Consideraremos brevemente los capítulos 38 y 39, dejando para vosotros la tarea de leerlos y meditarlos por entero.  

“Y Yahveh respondió a Job desde el seno de la tempestad” (38,1).  

La teofanía recuerda el episodio de Elías, cuando el profeta alcanzó una parte del inaccesible misterio. Y respondió haciendo llover sobre Job una lluvia torrencial de preguntas. Job continúa preguntando a Dios y Dios contesta a su vez interrogándole a él.

“¿Quién es éste que empaña el Consejo
con razones sin sentido?
Ciñe tus lomos como un bravo:
voy a interrogarte, y tú me instruirás.
¿Dónde estabas tú cuando fundaba yo la tierra?
Indícalo, si sabes la verdad.
¿Quién fijó sus medidas? ¿lo sabrías?
¿quién tiró el cordel sobre ella?
¿Sobre qué se afirmaron sus bases?
¿quién asentó su piedra angular,
entre el clamor a coro de las estrellas del alba
y las aclamaciones de todos los Hijos de Dios?” (vv. 4-7).

La interrogación “¿dónde estabas?, es una clase de pregunta que provoca en quien la escucha una gran emoción y se transforma en otra: ¿Cómo ha sucedido esto, cómo se ha verificado lo otro? Y más adelante:

“¿Has penetrado hasta las fuentes del mar?
¿has circulado por el fondo del Abismo?
¿Se te han mostrado las puertas de la Muerte?
¿has visto las puertas del país de la Sombra?
¿Has calculado las anchuras de la tierra?
Indícalo, si sabes todo esto” (vv. 16-18).

La serie de preguntas continúa durante todo el capítulo y en los primeros dos versículos del capítulo 39. Dios pasa a describir la realidad que el hombre ve en torno a sí, en el mundo animal, pero de la que no sabe dar la última razón.

Preparación a la meditación

Son muchas las pistas de reflexión para nuestra meditación: un filón, por ejemplo, podría considerar la posibilidad o no de la naturaleza de revelar el misterio de Dios, es decir, la posibilidad de hablar de Dios a partir de la naturaleza. Hoy día la teología se ocupa cada vez con mayor frecuencia de este tema, sobre todo en relación a los grandes temas de la ecología: ¿cómo debemos concebir la presencia de Dios en la creación? Sin embargo no seguiré esta línea, sino que me detendré en algunas reflexiones sobre el tema de la no aceptación, por parte de Job, de los límites de su conocimiento: me parece un aspecto bastante importante de cuanto nos enseña este Libro.

1. Primera reflexión: debo aceptar el hecho de no saber cambiar el universo, de no saber cambiar los planes de Dios y de la Iglesia, incluso ni siquiera el giro completo de mis responsabilidades. Puede ser duro, porque nuestra época precisamente se muestra orgullosa de sus progresos científicos y las ciencias humanas aspiran, al menos inconscientemente, a poseer la totalidad del misterio. Sin embargo me parece sabiduría auténtica el reconocer que no sabemos y no podemos saberlo todo, que toda ciencia, por su naturaleza, es sectorial y conoce un solo aspecto de la realidad.  

Este límite de nuestro conocimiento nos quema, nos humilla desde el momento que estamos tentados continuamente a poseer el conjunto de la realidad para poder prever incluso el futuro. En el fondo, tal tentación se relaciona con la originaria: Quiero comer el fruto del árbol de la ciencia del bien y del mal, quiero tener la llave de la totalidad del ser, de la totalidad del misterioso plan de Dios, del misterio de la Iglesia, del futuro de nuestra sociedad. Y sin embargo la sabiduría auténtica nace de la aceptación de este límite humano.

2. Segunda reflexión: debo aceptar, consecuentemente, la imposibilidad de conocerme por completo. Como dice San Pablo, incluso si no soy consciente de haber hecho mal a alguien, no por eso estoy justificado; quien me justifica es el Señor (cfr. 1 Cor 4,3-4). El depositario de la ciencia total, también sobre mi vida, es únicamente Dios. Este es el paso ulterior de la sabiduría, tan difícil de comprender para Job y para el hombre en general, pero necesario si queremos alcanzar una cierta paz interior.

3. Tercera reflexión: debo confiar en Dios por cuanto respecta al conocimiento global de mí mismo, del ser, del horizonte trascendental del todo. A partir de esta confianza podré alcanzar segmentos útiles de conocimiento, investigador y deductivo, sobre mí mismo y sobre los otros. Siempre, sin embargo, con la reserva de que el conocimiento de la totalidad del misterio no se nos ha sido concedido.

Aplicaciones prácticas

Incluso en el ámbito de la meditación, sugiero tres aplicaciones prácticas para nuestra vida.

1. El futuro de la Iglesia está en las manos de Dios, como también los planes pastorales dependen, en sus resultados, de mil acontecimientos imprevistos que se nos escapan y cuya totalidad es conocida únicamente por Dios. Se nos ha pedido aplicarnos con humildad a estos segmentos de conocimiento que nos resultan posibles, a expresar las acciones y ejecuciones que nos parecen razonables, aceptando también que los acontecimientos nos superan, nos desmienten, nos obligan a ver las cosas de nuevo.  

El intento mayor de forzar el conocimiento de la totalidad de los hechos y de prever el curso histórico es el de las ideologías totalitarias, que se derrumban dramáticamente desmentidas por las circunstancias. En nuestro camino de Iglesia, incluso dejándonos influir justamente por las cuestiones de mayor racionalidad, es necesario darnos cuenta que tal racionalidad siempre es relativa y parcial, que requiere de nosotros honestidad, lealtad, capacidad de responder a situaciones tal como las conocemos, recordando siempre la salvedad del Salmo: “Pues tú sólo, Yahveh, me asientas en seguro” (Sal 4,9).

2. Muchas veces invocamos en la pastoral el auxilio de las ciencias sociales y, en general, de los datos científicos del momento, del ambiente, de la situación, de los modos conforme a los que se mueve la humanidad. Un filósofo contemporáneo ha escrito recientemente que las ciencias sociales son la reflexión “sobre las consecuencias inintencionales de los proyectos intencionales”. Porque el juego de la realidad no intencional, de las consecuencias no previstas racionalmente, es vastísimo. Y aquel filósofo oponía una mentalidad proyectual—que puede convertirse en pretensión de programar la totalidad—a una mentalidad peregrinante, más abierta, que intenta darse cuenta de las cosas tal como son, valorar lo que se debe hacer y después vivir con aquella confianza que no presume poder conocer todas las cosas, ni siquiera sobre nosotros mismos, nuestra justicia, nuestro bien hacer. Cuánto más sea nuestra tarea de responsabilidad, tanto menos debemos esperar encontrar en torno a nosotros parámetros geométricos que nos aseguren la bondad de nuestras acciones. Sólo Dios en la eternidad nos lo podrá decir. Lo importante es andar hacia adelante con la libertad de quien se sabe juzgado únicamente por Dios y que se esfuerza por corregir los errores que conoce, aunque no alcance a darse cuenta completamente de la medida en que sean verdaderos errores.  

Esta es la mentalidad que le cuesta asumir a Job. Él quiere llegar a la claridad con respecto a sí mismo, a los otros, a Dios, una claridad que no deje paso a las sombras. Y Dios le argumenta: “¿Dónde estabas tú cuando fundaba yo la tierra?”, ¿qué sabes tú de todo esto? En su justicia personal, en su rectitud, Job—y esa es la enseñanza para nosotros—es conducido a la medida justa, que después aparecerá en las declaraciones finales.

3. Me atrevo a dar una aplicación de la actitud que podríamos llamar de reverencia amorosa hacia el misterio, actitud fundamentalmente bíblica, por la que confiamos en el aliado: Has puesto tu mano sobre mi espalda y, aunque andase por un valle oscuro, no temeré ningún mal porque tú estás conmigo.  

Este comportamiento nos puede ayudar ante discusiones angustiosas que hoy se plantean en el ámbito de las ciencias y de los juicios morales. Porque vivimos en una situación ciertamente muy compleja, y en la búsqueda de las grandes decisiones morales (respecto a la paz, al desarrollo, a la economía, etc.) no resulta siempre fácil distinguir lo justo de lo injusto. No hablo evidentemente de casos particulares, inmediatos, sino de problemas de mayor alcance. Hoy no es posible exponer, por ejemplo, una teoría del desarrollo que verdaderamente satisfaga a todos en todos los elementos del problema mundial, y no deje atrás ningún bloque de miseria o sufrimiento. Y esto es motivo de ansiedad, de sufrimiento, de búsqueda, pero no de desesperación, porque el misterio de Dios guía nuestro universo confuso y lleno de absurdos, permitiéndonos encontrar poco a poco nuestra pequeña tarea, con la esperanza de que, si cometemos algún error, él nos lo perdonará conduciéndonos a una mayor unión entre nosotros y haciendo crecer nuestro amor. Sólo así será posible afrontar las grandes decisiones morales sobre situaciones ante las que no acertamos a comprender completamente su importancia. 

A este propósito vemos que Job libera de las preocupaciones de encontrar una respuesta totalmente racional a nivel teológico y pone en crisis el intento de encontrar respuestas que delimiten los problemas de la humanidad en una racionalidad perceptible a una síntesis mundana. Esta es para mí una gran liberación, porque estaba habituado, debido a la teodicea comúnmente enseñada, a esforzarme por encontrar soluciones convincentes para mí mismo y para los otros. Donde, por el contrario, soy libre y tengo el deber de buscar soluciones racionales, es en el estudio de las causas históricas. A este respecto, Giuseppe Dossetti, en el prefacio al libro Le querce di Montesole (Las encinas de Montesol), escribe páginas espléndidas. Examina con lucidez implacable las causas históricas de tantas masacres terribles que se han perpetrado en la humanidad, junto con las raíces culturales ideológicas, que en ese momento pueden ser percibidas con libertad. Si no buscamos únicamente la solución racional abstracta, conseguiremos comprometernos con la realidad histórica y seremos capaces de ver lo que podemos hacer aquí y ahora.  

Mientras intentamos responder a los interrogantes que nos plantea nuestro siglo, Job nos ayuda a distinguir un doble recorrido de pensamientos: quienes buscando la solución perfecta, general, al fin se ahogan en una serie de preguntas dentro de un círculo cerrado, que producen frigidez, vacío y aridez, y quienes, simplemente, intentan actuar con mayor amor. A este pasaje le corresponde una visión teológica que se introduce totalmente en el misterio trinitario, abandonando los lugares de reposo que contemplan y consideran al Dios uno, al Dios de la filosofía, préstamo de la tradición griega. Se trata más bien de la entrega al Dios de la alianza que nos compromete aquí y ahora por amor a la gente, y ésta es la única solución racional de quien tiene la tarea de vivir en este mundo actual.  

Quisiera añadir que yo personalmente leo así el enigma del hombre de hoy; me interesa menos, a este nivel, el hecho de ser sacerdote u obispo, que el ser hombre; es decir, de la obligación de dar cuentas de mis años de humanidad en una situación tan dramática y absurda. Precisamnete nos dejamos sobrecoger por un suceso u otro que tomamos como símbolo (con toda seguridad Auschwitz, por ejemplo, sería un símbolo) de tantos males; pero si pensamos en lo que ha sucedido en Cambodgia, en Armenia, en cuanto está sucediendo en el Líbano, la India o América Latina, nos daremos cuenta de que no se trata tanto de resolver una situación determinada, sino de estar dentro con una moralidad más seria, con la capacidad de expresar nuestras energías con valentía y no lamentándonos cor filosofías y teologías. La teología de la liberación ha entendido bien este problema.  

Job llega a comprenderlo a través de la prueba; y por la gracia de Dios cada uno de nosotros logrará comprender la importancia de crecer sobre todo en el abandono del misterio, con humildad y con espíritu de escucha, en el amor recíproco, paciente y perseverante; entonces encontraremos algunas soluciones, que quizás no sean completamente justas y acertadas, pero al menos serán menos injustas y mejores que las actuales.    

Os leo, ahora, un pensamiento de Juan XXIII, sacado del Diario de un alma, que está en la misma línea de nuestras reflexiones: “Cuanto más maduro me hago en años y en experiencias, más reconozco que la vía más segura para mi santificación personal y para mi mejor servicio a la Santa Sede está en el esfuerzo vigilante de reducirlo todo—principios, direcciones, posiciones, trabajos—a un máximo de simplicidad y de calma, atento a podar siempre mi viña de la hojarasca inútil y de los zarcillos dañinos, andando siempre derecho hacia la verdad, la justicia y la caridad, sobre todo hacia la caridad. Cualquier otro sistema no es más que afectación y búsqueda de afirmación personal, que pronto se ve falso y se convierte en impedimento y ridículo. Oh la simplicidad del Evangelio, del libro de la Imitación de Cristo, de las Florecillas de San Francisco, de las páginas más exquisitas de San Gregorio en sus Morales”—que, por lo demás, es un comentario al Libro de Job—. “Todos los sabios del mundo, todos los listos de la tierra, incluso los de la diplomacia vaticana, ¡qué mezquina figura muestran, vistos a la luz de la simplicidad y de la gracia que emana de esta gran y fundamental enseñanza de Jesús y de los santos! Esta es la perspicacia más segura, que confunde la sabiduría del mundo y se concilia bien con él, incluso mejor, con garbo, con señorío auténtico” (Diario de un alma, 1948, pp. 275-276).

Roguemos humildemente en la oración, que se nos conceda también a nosotros esta actitud, no de sumisión, que nos permita pasar a través de los acontecimientos de la vida a las situaciones y a las cosas con señorío y alegría.