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Carlo Maria Martini
“Habéis perseverado conmigo en mis pruebas”
Meditaciones sobre el Libro de Job.

Primera meditación
Introducción al misterio de la prueba

Permítenos, Señor, introducirnos en esta realidad de la prueba, que no es simplemente un hecho; es un misterio, porque mediante ella aceptamos un aspecto de la contingencia histórica sufrida, que somos nosotros, y al mismo tiempo es algo de ti. Nosotros, además, deseamos conocerte y penetrar con el corazón y con la mente en tu misterio indecible. Infunde, pues, en nosotros, Padre, alguna migaja de la contemplación de tu misterio a través de la experiencia de la prueba”.

Como tema de esta primera meditación propongo los primeros dos capítulos del Libro de Job, que constituyen la introducción en prosa al poema propiamente dicho.

Ante todo llevemos a cabo una lectura resumida y después nos plantearemos algunas cuestiones.

Hace ya tiempo que deseaba reflexionar sobre Job durante unos Ejercicios. Sin embargo las incertidumbres eran numerosas, porque este libro tan fascinante es también muy difícil; San Jerónimo lo parangona a una anguila que cuanto más se pretende aferrar, tanto más se escapa.

Finalmente me he decidido a evocar, en estos días, al menos algunas páginas que nos ayuden a entornar la puerta de este texto misterioso y lleno de enigmas: enigmas filológicos, históricos, literarios, interpretativos.

La historia del prólogo de Job

Los personajes fundamentales de la historia son tres:

Job, que vivía en la tierra de Uz, fuera por tanto de los confines de Israel, “un hombre cabal y recto, que temía a Dios y se apartaba del mal”. Hombre rico: “Le habían nacido siete hijos y tres hijas. Su hacienda era de siete mil ovejas, tres mil camellos, quinientas yuntas de bueyes, quinientas asnas, además de una servidumbre muy numerosa. Este hombre era, pues, más grande que todos los hijos de Oriente” (Jb 1, 1-3).

—La segunda figura característica del prólogo es Satanás, el Acusador, personaje misterioso que aparece junto a la corte de Dios como quien saca a la luz negativamente las acciones de los hombres. Él es el que pide que Job sea tentado.

—El tercer personaje del drama es Dios, que desde lo alto de su trono sigue las acciones de los hombres y de alguna manera las tiene presentes.

La historia está compuesta de dos momentos o pruebas:

—Job es probado en sus bienes. “Un día en que sus hijos y sus hijas estaban comiendo y bebiendo vino en casa del primogénito, vino un mensajero donde Job y le dijo: «Tus bueyes estaban arando y las asnas pastando cerca de ellos; de pronto irrumpieron los sabeos y se los llevaron, y a los criados los pasaron a cuchillo. Sólo yo pude escapar para traerte la noticia». Todavía estaba éste hablando, cuando llegó otro que dijo: «Cayó del cielo el fuego de Dios, que quemó tus ovejas y tus hombres y los devoró. Sólo yo pude escapar para traerte la noticia»”. El tercer mensajero anuncia el robo de los camellos y el cuarto la muerte de sus hijos e hijas a causa del viento impetuoso que había arremetido contra la casa donde estaban comiendo y bebiendo (cfr. Jb 1, 13-20).

Ante esta prueba, ciertamente durísima, sigue un comportamiento de Job, que viene expresado de la siguiente forma:

“Entonces Job se levantó y rasgó su vestido. Luego se rapó la cabeza, cayó en tierra, se postró, y dijo: «Desnudo salí del seno de mi madre, desnudo allá retornaré. Yahveh dio, Yahveh quitó: ¡Sea bendito el nombre de Yahveh!» En todo esto no pecó Job, ni profirió la menor insensatez contra Dios (Jb 1, 20-22).”

—Entonces Satanás pidió una segunda posibilidad de probar a Job y lo hirió con una llaga maligna “desde la planta de los pies hasta la coronilla de la cabeza” (2,7). Privado de su integridad física, además de todos sus bienes, Job es considerado como maldito ante Dios; alejado de su casa estaba sentado entre la basura, indicando simbólicamente que no había más que miseria. “Entonces su mujer le dijo: «¿Todavía perseveras en tu entereza? ¡Maldice a Dios y muérete!»”. En realidad, la mujer le invita no a bendecir sino a maldecir a Dios; la Escritura forma así la frase para no ofender. “Pero él le dijo: «Hablas como una estúpida cualquiera. Si aceptamos de Dios el bien, ¿no aceptaremos el mal?» En todo esto no pecó Job con sus labios.”

La historia se concluye con la noticia de los tres amigos que se acercan a Job para condolerse y consolarle. Levantan los ojos desde lo lejos, no le reconocen, y después rompen a llorar a gritos. Se sientan junto a él durante siete días y siete noches en silencio. Hasta aquí el prólogo.

Las preguntas

1. ¿Qué significan los personajes?

—Job es ciertamente una figura irreal, una especie de modelo de laboratorio. Es un símbolo del hombre justo, y por tanto bendito de Dios, que no tiene motivo alguno para atraer sobre sí al mal; ni por su causa ni por causa de sus hijos, desde el momento que incluso suelen hacer sacrificios cada vez que realizan un banquete, y así cancelar las eventuales culpas cometidas.

No es un personaje real porque cada uno de nosotros tiene culpas de las que dolerse y de las que debe soportar sus consecuencias perjudiciales. Se crea, pues, a propósito una figura abstracta a través de la que se pueda llegar a un modo de conocimiento de Dios.

Es asimismo interesante que Job se presente con características que no lo ligan a una particular tradición religiosa, confesional. En todo el Libro, de hecho, no ocurren lo vocablos típicos de la tradición hebrea —alianza, ley, templo, Jerusalén, sacerdocio—. En Job se puede reflejar cualquier hombre de buena voluntad, honesto, que tenga el sentido de Dios y de su misterio.

—Satanás significa todo aquello que de alguna forma pueda tentar y probar al hombre en sus momentos difíciles.

2. Si estas son las dos realidades que se mueven en la escena introductoria, nos preguntamos qué hay en el centro de esta acción tan singular.

a) Podremos leer de nuevo la pregunta de Satanás, que es quien mueve la acción.

El Señor le dice: “«¿No te has fijado en mi siervo Job? ¡No hay nadie como él en la tierra; es un hombre cabal y recto, que teme a Dios y se aparta del mal!» Respondió Satán a Yahveh: «¿Es que Job teme a Dios de balde? ¿No has levantado tú una valla en torno a él, a su casa y a todas sus posesiones? Has bendecido la obra de sus manos y sus rebaños hormiguean por el país. Pero extiende tu mano y toca todos sus bienes; ¡verás si no te maldice a la cara!»” (Jb 1, 8-11).

La acción se configura como una pregunta irreverente o una apuesta hecha sobre el hombre: ¿existe o no existe la gratuidad en la acción humana? ¿Existe o no existe la libertad que se juega por sí misma y no por un cálculo sutil? ¿Acaso no es verdad que todo lo que le sucede al hombre, incluso en sus pensamientos más profundos, es fruto de un cálculo, de un tomar cuentas, de una esperanza de recibir, de un “do ut des”?

Esta es la acusación que cada uno de nosotros siente en el fondo de sí mismo y que el análisis de lo profundo saca continuamente a la luz: el hombre no sabe amar gratuitamente y toda su acción está motivada por un interés o incluso por un resentimiento, por una venganza.

Acciones verdaderamente limpias, íntegras, no existen y la misma religiosidad—la acción más sublime del hombre—nace de la esperanza de recibir un premio o se apoya en un premio ya recibido. Es el drama que rodea nuestra realidad, porque toda situación humana libre quiere saber si se funda en la verdad, en la autenticidad, en la gratuidad, o bien en un interés.

¿Cuántas veces nos cuestionamos sobre si la elección de la vocación, la perseverancia, nuestro servicio, son fruto del amor de Dios o más bien de la comodidad, el cálculo, la inclinación o una buena predisposición? Y al final nos encontramos desolados porque nos damos cuenta de que los motivos reales de nuestras acciones con frecuencia son demasiado mezquinos.

Satanás, el Acusador, afirma, pues, que no existe religiosidad verdadera, que el hombre es incapaz de un amor gratuito, incapaz de vivir en alianza con Dios. Dios le ofrece una alianza con un amor auténtico y sincero y espera una respuesta de sincero y auténtico amor; pero ésta no es posible, es falsa, es una ilusión.

La religión, por tanto, es opio del pueblo, máscara de motivos económicos, sociales, políticos, psicológicos, culturales; no existe el verdadero amor a Dios, la divinidad misma ha sido inventada por el hombre para enmascarar y sublimar sus propios motivos. En realidad el hombre juega consigo mismo.

b) En el centro del drama narrado en el Prólogo, se encuentra sin embargo, no únicamente la apuesta de Satanás sobre el hombre, sino también una apuesta de Dios que cree en la verdad del hombre y que confía en él.

Por eso es un drama universal; cubre toda la gama de las situacions humanas libres, sobre todo aquellas en las que un sufrimiento inocente pone a prueba al hombre en la expresión más verdadera de sí mismo.

El lector se siente integrado en la lucha porque advierte súbitamente que es un juego incluso su capacidad o incapacidad de ser auténtico.

Como dice un comentarista contemporáneo del libro de Job: “La representación sagrada de Job es demasiado poderosa para admitir lectores indiferentes. Quien no entre en la acción con sus preguntas y respuestas interiores, quien no tome posición con pasión, no comprenderá un drama que por su culpa quedará incompleto. Pero si entra y toma posición, se descubrirá a sí mismo bajo la mirada de Dios, puesto a prueba en la representación del drama eterno y universal del hombre Job” (cfr. Alonso Schokel, Job, Borla 1985, p. 108).

Es lo que pedimos al Señor que podamos hacer a través de la lectura del Prólogo del Libro.

Las enseñanzas

Para ayudaros os propongo algunas reflexiones conclusivas sobre el tema de la prueba.

1. La prueba está ahí, y está ahí para todos, incluso para los mejores. Job no ofrecía motivo alguno para ser tentado, porque era perfecto en todo. Es por tanto necesario tomar conciencia de que la prueba o tentación es un hecho fundamental en la vida.

2. Dios es misterioso. Él sabe perfectamente si el hombre vale o no, lo sabe antes de probarlo, y sin embargo lo prueba.

“Yahveh tu Dios te ha hecho andar durante estos cuarenta años en el desierto para humillarte, probarte y conocer lo que había en tu corazón: si ibas o no a guardar sus mandamientos” (cfr. Dt 8, 2), dice el Señor a los israelitas expresando el mismo concepto. Este comportamiento de Dios es parte, me parece, de aquel misterio impenetrable por el que, incluso al Hijo, le pone a prueba en la Encarnación. Porque también la Encarnación y la vida de Jesús son una prueba.

3. El comportamiento al que hay que tender en la prueba es la sumisión, el aceptar y no preguntar. En el Prólogo aparece esta idea como conclusiva y resolutiva, pero después vendrá elaborada en sus etapas a lo largo del poema. “Desnudo salí del seno de mi madre, desnudo allá retornaré. Yahveh dio, Yahveh quitó: ¡Sea bendito el nombre de Yahveh! Si aceptamos de Dios el bien, ¿no aceptaremos el mal?” (1,21;2,10). Esta misteriosa sumisión, cumbre de la existencia humana ante Dios, se presenta desde el principio como la postura a la que se debe aspirar. Esto no quiere decir que ya esté en nosotros, porque en Job mismo será el fruto de todo su trabajo. Y sin embargo, sólo ella, la sumisión, es capaz de lanzar una pequeña estela de luz sobre la experiencia dramática de la existencia.

4. En la prueba corremos también el riesgo de la reflexión. El hombre, por la gracia de Dios, puede asumir rápidamente el comportamiento sumiso, pero enseguida viene el momento de la reflexión que es la prueba más terrible. El Libro de Job se hubiera podido concluir al final del segundo capítulo, demostrando que Job había resistido porque su amor por Dios era verdadero, auténtico. En realidad, hay que estar atentos, y la situación concreta de Job no es la de quien se conforma con un suspiro, con una aceptación dada una vez por todas; más bien es la situación concreta de un hombre que, habiendo expresado la aceptación, debe encarnarla en lo cotidiano. Todo esto da paso al desarrollo dramático del Libro.

Quizás experimentemos algo parecido: frente a una decisión difícil, a un suceso grave, lo aceptamos con el entusiasmo y el valor que se nos da en los momentos duros de la vida. Pero, después de una cierta reflexión aparece una serie de ideas distintas y experimentamos la dificultad de aceptar lo que con anterioridad habíamos admitido. Esta es la prueba verdadera.

El primer “sí” dicho por Job es, precisamente, propio de aquel que reacciona instintivamente hacia lo mejor; el problema está en mantener durante toda una vida este “sí” ante el acoso de los sentimientos y de la batalla mental.

La primera aceptación, por tanto, que con frecuencia es una gracia de Dios, aún no es completamente reveladora de la gratuidad de la persona. Tiene que pasar por la larga prueba de la cotidianeidad. La prueba de Job no consiste tanto en ser privado de todo bien y en quedar lleno de llagas, sino en el deber resistir día a día las palabras de los amigos, la cascada de razonamientos que intentan hacerle perder el sentido de lo que él es verdaderamente. Desde este punto la prueba comienza dentro de la inteligencia del hombre y la verdadera tentación continua, en la que también nosotros entramos y ante la que corremos el riesgo de sucumbir, es la de perdernos en el terrible trabajo de la mente, del corazón, de la fantasía.

El libro de los más pobres de la humanidad

Añado una última anotación que podéis tener presente, meditando sobre Job como el libro de los más pobres de la humanidad. A este propósito me ha iluminado mucho un comentario sobre Job, que me regaló el año pasado en Moscú su propio autor, Gustavo Gutiérrez (cfr. G. Gutiérrez, Job. Hablar de Dios desde el sufrimiento del inocente, Ed. Du Cerf, París 1987). No se trata de una reflexión propiamente exegética, sino de un texto capaz de iluminar la humanidad del Libro de Job, que Gutiérrez lee implicando el grito de los pobres de América Latina.

Todos sufrimos a causa de los errores, también de los nuestros, y sin embargo una gran parte de los hombres sufre más de lo que mereciera, más de lo que han pecado: es la gente miserable, que sufre, oprimida, que constituyen quizás las tres cuartas partes de la humanidad. Esta multitud inmensa hace que nos preguntemos: ¿por qué?, ¿qué sentido tiene?, ¿es posible hablar de un sentido?

Afrontar cuestiones tan dramáticas es propio de un libro que está fuera de los esquemas ordinarios de la vida, como es el Libro de Job.

Y nosotros, que queremos ser fieles a Jesús en sus pruebas y sabemos que sus pruebas son las del pueblo mesiánico, del pueblo que sufre, de los pueblos del hambre y de la pobreza, intentamos, a través de nuestras reflexiones, acercarnos a sus pruebas y aceptar las nuestras, con frecuencia pequeñas, pensando en aquellas tan grandes que afligen a una gran parte de la humanidad.