• “Por causa de la pandemia y sus consecuencias, mucha gente se siente incómoda e indignada por la sencilla razón de que la Navidad se ha ido al traste y no se puede celebrar… Porque no puede pasarlo bien”
  • “Así las cosas, lo primero que se me ocurre pensar es que la Religión se está extinguiendo. No puede responder a preguntas muy fundamentales que los ciudadanos del siglo XXI nos hacemos”
  • “La sola ciencia y la tecnología nos están llevando al desconcierto y la inseguridad del ‘cambio climático’, que puede destrozar el planeta en que vivimos”
  • “Nos queda la esperanza que aporta el Evangelio, que no es una recopilación de milagros increíbles, ni se enseña mediante catecismos y actos piadosos. El Evangelio es vida”
  • “Si el centro de la vida de la Iglesia no lo ocupa la Religión, sino que lo ocupa el Evangelio, el horizonte del futuro será una fuente de luz y esperanza”
José María Castillo
30.12.2021
http://www.religiondigital.org

Es un hecho que, por causa de la pandemia y sus consecuencias, mucha (y hasta muchísima) gente se siente incómoda e indignada por la sencilla razón de que la Navidad se ha ido al traste y no se puede celebrar. La mismo viene ocurriendo en Semana Santa, en las fiestas patronales, etc. etc.

Otro hecho a tener en cuenta es que las fiestas mencionadas son fiestas religiosas. Pero el motivo que indigna tanto a tanta gente, ¿es que no se puede celebrar el nacimiento de Jesús (en Navidad) o la pasión y muerte de Jesucristo (en Semana Santa), etc.? Nada de eso. La mayoría de la gente se siente incómoda porque no puede pasarlo bien (viajes, festejos, vacaciones…).

Así las cosas, lo primero que se me ocurre pensar es que la Religión se está extinguiendo. Poco a poco – y sin que nos demos cuenta – el “hecho religioso” se va quedando desplazado. De forma que (sobre todo en los países más industrializados) lo que interesa a una notable mayoría de la población, si se habla de temas religiosos, es lo que hacen mal y son motivo de escándalo determinados comportamientos de obispos, sacerdotes, clérigos y hasta monjas que, en sus conventos han abusado de personas inocentes.

Por supuesto, que nos enteramos de conductas ejemplares en casos concretos. Pero lo que impregna el tejido social no es ya la ejemplaridad de “lo religioso”. Interesa la economía, la política, la estética, el deporte, determinados sectores de la cultura, etc. En este momento, un hombre ejemplar – y del que se habla – es el papa Francisco, por su humanidad, su cercanía a la gente… Pero también es verdad que no faltan los que desean que el papa Francisco se jubile o se muera. Insisto, la Religión como tal, cada día que pasa, interesa menos.

¿Qué está ocurriendo en lo que se refiere a la Religión? A mí me parece que hay un hecho indiscutible: la Religión se ha quedado atrasada y no responde a problemas muy fundamentales, que tienen la sociedad y las personas, que buscan, pero no encuentran las soluciones que necesitan.

Me explico. Tengo la impresión – y lo he pensado detenidamente – que la Teología y la Liturgia, que tiene y mantiene nuestra Religión, siguen siendo, en no pocas de sus ideas, en su lenguaje y en sus rituales, básicamente propias de la Edad Media. Lo que tiene como consecuencia que, con este pensamiento y con estas celebraciones litúrgicas, la Religión no puede responder a preguntas muy fundamentales que los ciudadanos del siglo XXI nos hacemos. Concretando:

1) La Cristología se elaboró en el primer milenio, no a partir del Evangelio, sino desde conceptos básicos de la filosofía helenista (ousía = esencia), (hipóstasis = substancia), (prósopon = persona).

2) El tema de Dios se pensó que estaba resuelto con las “cinco vías” de Sto. Tomás, pero hoy eso no resuelve el problema (J. A. Estrada).

3) En cuanto a la Liturgia, el rito de la misa (prescindiendo de algunas costumbres particulares o monásticas) puede decirse que apenas ha cambiado a partir del siglo XI (J. A. Jungmann). La Eclesiología, en el papado de Bonifacio VIII y en los de Aviñón, la Teología no pasó de discutir la potestad papal. Hay que esperar hasta el s. XIX, cuando la Escuela de Tubinga, especialmente J. Möhler, empezó a elaborar un tratado sobre la Iglesia. En el s. XX, el Vaticano II no fue un concilio dogmático, sino pastoral, como explicó Juan XXIII desde el discurso de apertura. Nos queda la esperanza de que el papado de Francisco tenga sucesores que sigan el camino que él ha iniciado.

El sufrimiento indecible de la pandemia, que estamos soportando, quizá nos pueda abrir los ojos para ver la realidad. Y la pura realidad es que “la experiencia religiosa de todos nosotros ya no es de fiar” (Thomas Ruster). La sola ciencia y la tecnología nos están llevando al desconcierto y la inseguridad del “cambio climático”, que puede destrozar el planeta en que vivimos.

Nos queda la esperanza que aporta el Evangelio, que no es una recopilación de milagros increíbles, ni se enseña mediante catecismos y actos piadosos. El Evangelio es vida, que sólo se puede comunicar mediante relatos, en los que lo determinante no es la “historicidad” del relato, sino la “significatividad” de acontecimientos que superan y vencen el sufrimiento, la injusticia y la desigualdad. Si el centro de la vida de la Iglesia no lo ocupa la Religión, sino que lo ocupa el Evangelio, el horizonte del futuro será una fuente de luz y esperanza.