Se celebra mañana (24.10.21) la fiesta del DOMUND, Domingo Mundial de las Misiones. Con esta ocasión, y con motivo de una carta muy discutida del Papa Francisco a los obispos de México, en el Segundo Centenario de la Independencia, sobre el tema de la Evangelización, quiero presentar los cuatro momentos y estilos de la misión (evangelización) cristiana a lo largo de la historia.
Son momentos que han sido valiosos, pero que pueden y deben ser valorados y actualizados desde el Evangelio, como hice en mis dicciones de la Biblia de las Religiones. Así han de valorarse y recrearse, desde el Evangelio, en este momento (año 2021) en que la iglesia está replantando su visión y tarea de la misión cristiana. 

23.10.2021 | X. Pikaza
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24.10.21

Papa Francisco, sobre la evangelización de América

Con motivo del bicentenario de la Independencia de México, el 17.9.2021), el Papa francisco escribió una carta de felicitación a Mons. Cabrera López, Presidente de la Conferencia Episcopal    alegrándose por el evento y deseando  que “este aniversario tan especial fuera ocasión propicia para fortalecer las raíces y reafirmar los valores de México, “teniendo en cuenta tanto las luces como las sombras que han forjado la historia del país”, mirando al pasado para recrear el futuro:

“Esa mirada retrospectiva incluye necesariamente un proceso de purificación de la memoria, es decir, reconocer los errores cometidos en el pasado, que han sido muy dolorosos. Por eso, en diversas ocasiones, tantos mis antecesores como yo mismo, hemos pedido perdón por los pecados personales y sociales, por todas las acciones u omisiones que no contribuyeron a la evangelización”.

 El Papa no hacía ninguna referencia a la conquista española, ningún juicio de valor político estricto, refiriéndose sólo, desde un punto de vista eclesial, a la “evangelización”, esto es, a la transmisión del cristianismo, reconociendo la existencia de “errores” dolorosos, vinculados al hecho de que esa evangelización estuvo vinculada con la conquista  y con el patronato real de algunos reinos “católicos” (Castilla, Portugal, Francia…).

Ese patronato tenía ciertos valores (exigía que la conquista se hiciera “cristianamente”), pero también algunos, riesgos, tanto desde el evangelio (difícil de cumplir en situación de conquista) como desde la conciencia social de libertad y autonomía de los pueblos injustamente conquistados. En ese contexto, el Papa se refería a los errores y sombras de aquel tiempo,  afirmando implícitamente que la evangelización debería haberse realizado sin conquista (reconociendo así la culpa de la Iglesia).

A pesar de ello, en los días que siguieron a la carta (18.09.21) surgió en España (y en México) una dura polémica: Algunos “dignatarios” criticaron con gran dureza las declaraciones del Papa: (1) Por mezclar religión y política. (2) Por desconocer los valores culturales y sociales de la conquista española (que a su juicio había sido impecable).

Teniendo en cuenta el juicio del Papa Francisco y la polémica posterior quiero distinguir, muy en general, cuatro momentos de la evangelización (misión) cristiana, para situar así mejor el sentido actual del DOMUND, del que trataré mañana. Sobre la misión y la conquista occidental de parte del mundo trataré en la cuarta parte.

1. Primera expansión del cristianismo en el imperio romano.

Los cristianos fueron, al principio, grupos pequeños de entusiastas mesiánicos, que se extendieron, sobre todo, por el oriente del Mediterráneo, pero que llegaron pronto a Roma. Se extendieron básicamente a través del contacto personal, entre los judíos de las sinagogas y los prosélitos paganos, a quienes recibieron plenamente en las Iglesias, creando pronto comunidades mixtas, formadas por personas de origen judío y pagano. De un modo tanteante podemos presentar así el avance cristiano.

  1. Hacia el año 100 sólo había en el imperio algunas docenas de miles cristianos, divididos en iglesias, compuestas de unos cien creyentes cada una. En general, se les considera como un grupo peculiar de judíos mesiánicos, vinculados a Jesús de Nazaret, crucificado por Poncio Pilato. A veces eran tratados con hostilidad por otros grupos judíos, sobre todo por el hecho de admitir en sus comunidades a gentiles. Algunos funcionarios romanos empezaron también a considerarles peligrosos e incluso a perseguirles, porque no tenían estatuto legal reconocido ni aceptaban el carácter sagrado del imperio.
  2. Hacia el año 200 son ya unos 218.000 (0,36%). Han empezado a independizarse de un modo consecuente del judaísmo rabínico, poniendo ya de relieve aquellos elementos doctrinales y sociales de lo que será la iglesia posterior. Sólo ahora se puede afirmar que judaísmo rabínico y cristianismo se han separado y expresan de un modo consciente sus opciones, iniciando caminos distintos, que van a mantenerse de algún modo hasta el día de hoy. Los judíos rabínicos ya no “persiguen” a los cristianos, pues se han separado de ellos. El imperio romano empieza a verles como un problema social y religioso de primera magnitud, de manera que empieza a perseguir de manera más organizada a los cristianos, pues ellos forman un grupo no reconocido ni integrado en el Estado.
  3. Hacia el año 250 los cristianos serán más de un millón (unos 1.110.000, más de un dos por ciento del imperio). Sólo ahora empiezan a ser una minoría grande, con un peso específico en la población. Sólo ahora se estructuran de un modo estricto, con obispos en los que se centraliza de un modo personal la vida de las iglesias, que van creando su propia red de conexiones por todo el imperio. Se puede afirmar que en este momento, encontrándose aún en situación de ilegalidad, la iglesia se estructura ya como «alternativa social» frente al imperio, pero no en sentido político, sino cultural y humano. Allí donde el imperio fracasa (pierde su cohesión interior), la Iglesia va creando redes de asistencia social y de comunicación humana que transforman la vida de sus fieles. Muchos funcionarios del imperio advierten que la política de rechazo o de persecución contra los cristianos no ha dado fruto.
  4. El año 300 había ya más de seis millones de cristianos, formando (al lado del judaísmo, que seguía aislado) la minoría más significativa del imperio, tanto en plano religioso como social. Es evidente que las «persecuciones» han fracasado. Los cristianos forman una comunidad bien cohesionada, capaz de ofrecer espacios de sentido y convivencia, de asistencia social y celebración a una parte cada vez mayor de la población del imperio. A partir de ese momento el número de cristianos aumentará de un modo vertiginoso, aun antes de la “conversión” de Constantino, que en su Edicto de Milán, año 313, ratifica la tolerancia del Imperio ante los cristianos, que empiezan a considerarse como imperio espiritual dentro del imperio, de manera que el mismo emperador viene a presentarse como garante de su estabilidad y de su vida.

2. Auge del cristianismo, conversión del imperio romano.

Sociólogos e historiadores están convencidos de que el punto de inflexión en el despliegue cristiano debe situarse en torno al 200 (entre el 150 y el 250 d. C.), tiempo en que el cristianismo deja de ser un especial grupúsculo judío (capaz de acoger en su seno a los gentiles) para convertirse en grupo propio, con identidad social y religiosa. En ese momento, hacia el 150 d. C., sólo había unos 41.000 cristianos, dentro de un imperio que contaba con unos 60 millones de habitantes (con unos 6 millones de judíos). Los cristianos eran pocos, pero tenían una fuerte identidad, fundada en la visión de Jesús como Cristo (enviado definitivo de Dios) y en la misma herencia judía, de la que habían recibido su conciencia de elección y su compromiso moral.

En ese momento privilegiado, el auge del cristianismo se realizó a través de la misión testimonial, sin necesidad de acudir a presiones de tipo militar o político (como sucederá más tarde, como indicaremos en el próximo apartado de este capítulo). Los cristianos no necesitaron mucho dinero para extenderse, pero compartieron el que tenían, creando comunidades donde había espacio de vida (casa y comida, familia y dignidad) para todos, especialmente para los más pobres. Tampoco necesitaron tomar el poder, sino al contrario, ellos tuvieran al poder en contra (vivieron bajo régimen de excepción o de persecuciones). Tampoco desplegaron una gran misión intelectual, aunque tuvieron buenos intelectuales, que reflexionaron sobre los aspectos básicos del cristianismo. El cristianismo no fue un movimiento intelectual de sabios ni una escuela interior de liberación, como quisieron algunos maestros gnósticos, sino un movimiento social, que terminó estando dirigido por “obispos” con funciones de tipo sacerdotal, administrativo y caritativo. Las cosas cambiaron tras la conversión de Constantino, cuando la iglesia utilizó el poder político (y su violencia) para extenderse.

Así se desarrollaron, así se extendieron los cristianos entre el 200 y el 300 d. C., en medio de unas condiciones que parecían adversas, pero que eran en el fondo muy favorables. Se extendieron precisamente allí donde el imperio greco-romano les sentía como distintos y les perseguía (aunque en el fondo quizá les admiraba). Esa persecución, que era de tipo militar e ideológico, resulta esencial para entender el cristianismo, pues marca y traza la diferencia de los cristianos, frente a otros modelos de organización social, como el de los judíos rabínicos que prefirieron mantenerse aislados (rechazando el proselitismo anterior). El aislamiento rabínico constituye también un elemento esencial de contraste para el cristianismo.

El verdadero auge de la iglesia se dio en condiciones adversas, dentro de un imperio que no admitía su modelo de comunidad (pues pensaba que destruía su identidad imperial sagrada, es decir, la presencia de Dios en los triunfadores), a diferencia de un judaísmo rabínico, que prefería cerrarse en sus fronteras nacionales. Este es el auge de unos perdedores católicos, es decir, de unos hombres y mujeres que querían ofrecer un espacio de encuentro y comunicación a todos los pueblos y grupos de la tierra, desde los más pobres (no desde una situación de imperio, como el greco-romano), sin cerrarse en un grupo de iniciados, capaces de entender un Libro y cumplir unas Leyes (como los judíos rabínicos).

Pues bien, este auge y triunfo del cristianismo se vio interrumpido, bastante bruscamente, por su mismo triunfo externo y por la debilidad del imperio romano. Los cristianos vivían mucho mejor siendo perseguidos: sabían lo que debían hacer, cómo responder a su Cristo, es decir, al mesianismo universal, desde los pobres. Pero no estaban preparados para el triunfo imperial, para el poder que les ofrecieron Constantino y sus sucesores, a partir del año 313 (Edicto de Milán).

Por otra parte, más que aspiración y necesidad de la iglesia, esa toma de poder fue consecuencia de la debilidad del imperio greco-romano, cuyos valores culturales y artísticos, administrativos e incluso políticos, iban languideciendo. Para mantenerse como poder (sobre todo en oriente) el imperio cedió gran parte de su autoridad a la iglesia y ella tuvo, la debilidad y el gran error, de aceptarlo, dando de esa forma un poder religioso al emperador, sobre todo en Oriente, donde la iglesia tuvo una historia brillante de mas de mil años (bajo el poder del emperador bizantino), pero para ello tuvo que cerrarse demasiado en sí misma, en su sacralidad más imperial que evangélica. De esa forma, el Imperio se convirtió oficialmente al Cristianismo (edicto de Teodosio, año 380).

3. Misión medieval.

Tras la caída del imperio de occidente (el año 476), se inicia una nueva época de expansión de la iglesia en Europa (dejamos a un lado la parte del imperio bizantino), de manera que la cultura latina penetró con el cristianismo en lugares donde el imperio romano no había llegado o no había conseguido implantarse intensamente, como ya hemos dicho. Fue un proceso largo de simbiosis y mestizaje en el que, a modo de ejemplo, podemos distinguir varios elementos y/o momentos:

1. Misiòn monacal. Puede quedar representada por el Papa San Gregorio Magno (590-604) que envió los primeros monjes benedictinos a Inglaterra, para sembrar y extender en aquella tierra el cristianismo. Otros monjes, de origen romano o irlandés, salieron también de sus tierras y plantaron sus centros de evangelización en casi toda Europa, llevando con ellos no sólo el cristianismo sino también el derecho romano y la memoria de la cultura greco-latina antigua. Ellos constituyen quizá el momento más valioso de la gran obra de evangelización pacífica de Europa.

2. Imperio carolingio, sacro imperio romano-germánico. El año 754 el Papa Esteban III viajó a Francia para pedir la ayuda de Pipino el Breve y para establecer en el centro de Italia unos «Estados Pontificios» desde los cuales el Papa pudiera realizar su labor cristiana desde una situación de independencia política. De esa forma, la iglesia de Occidente quedó vinculada, por más de mil cien años (hasta la caída de los Estados Pontificios, el 1870), a la política de poder y violencia de los estados europeos. La nueva situación quedó ratificada cuando el año 800 el papa León III coronó emperador a Carlomagno, en el Vaticano. De un modo o de otro, una ceremonia semejante se fue sucediendo por siglos y siglos, hasta la caída del «Antiguo Régimen» con la Revolución Francesa de finales del siglo XVIII. Papas y emperadores (francos y/o germanos) se complementaron, de manera que la fe religiosa quedaba internamente vinculada a la violencia política, conforme a un modelo de poder que parecía eterno. En ese contexto se sitúa la tarea de evangelización de Europa, promovida y apoyada por los emperadores con las armas.

3. ¿Cruzada misionera? Ciertamente, en la conversión del Norte de Europa al cristianismo influyen principios religiosos (la atracción y novedad del evangelio), pero influyeron también, de un modo decisivo, factores de tipo humanista (la iglesia se impuso por su misma supremacía cultural) y político (emperadores y reyes impusieron de algún modo el cristianismo). En este contexto se puede hablar de una «cruzada evangelizadora», vinculada de un modo especial a la Orden de los Caballeros Teutónicos, vinculados a las ligas comerciales y políticas del Norte de Alemania. Algo semejante podría decirse de la misión cristiana en España, vinculada con la “reconquista”, entre el siglo XI y XV de. C.

La conversión del Norte de Europa al Cristianismo constituye un hecho cultural y social de primera magnitud, de manera que podemos decir que en los «siglos oscuros» que siguieron a la caída el Imperio Romano y precedieron al surgimiento de la Edad Moderna, la Iglesia actuó como un factor social y cultural básico. Sin esa labor de la iglesia no se podría hablar de Europa. Pero se trata de una labor que no fue sólo evangelizadora o, mejor dicho, evangélica, sino también política y social, de tipo violento. Posiblemente, los portadores de la fe cristiana fueron a veces menos violentos que los representantes de viejo orden pagano. Pero, sin duda, lo fueron también de un modo intenso: extendieron la fe con la ayuda de la fuera militar y de la autoridad social de su cultura.

4. Misión en América y en otros continentes (siglos XVI-XIX).

En la línea anterior se sitúa y avanza gran parte de la conquista y evangelización de América, que algunos analistas hispanos han valorado, de un modo triunfal, afirmando que ha sido la mayor obra cristiana después de la redención de Cristo. Los misioneros hispanos de América (y en algún sentido también de África y América) se han valido de la espada (de la conquista violenta) para extender la fe. Esa visión de la guerra de conquista, con fines religiosos (para propagar la fe) se encuentra en el fondo de las tres bulas del Papa Alejandro VI, que desembocan en el Tratado de Tordesillas, donde castellanos y portugueses se reparten “en nombre de Dios” el mundo conocido para conquistarlo, con el compromiso de extender la fe. A lo largo de tres siglos (del XVI hasta el XVIII) esos reyes tendrán el derecho y el deber de utilizar sus conquistas (así legitimadas desde una perspectiva religiosa) para extender la fe cristiana.

Es evidente que la conquista hispana de una parte considerable de América, con el surgimiento posterior de los nuevos estados, desde México a Chile, desde Perú hasta Brasil, incluye valores de tipo cultural y social y también defectos. Pues bien, la iglesia católica ha legitimado y promovido esa conquista y colonización violenta con una finalidad religiosa, tomándola como medio para la extensión de la fe cristiana.

Los papas, y con ellos obispos y reyes “cristianos”, han tenido el convencimiento de que para propagar el evangelio era lícito y buena forma de violencia militar (una conquista como guerra santa). Ciertamente, hubo momentos en que los misioneros actuaron sin apoyarse en la espada, esto es, en el poder de la corona y de los conquistadores; pero fueron sólo casos marginales y por poco tiempo. En general, y con la aprobación de los papas, la evangelización (que debería haber sido un gesto de pura gratuidad, sin imposiciones políticas) vino a desplegarse bajo el apoyo (el protectorado) de los reyes, que elegían a los obispos y enviaban a los misioneros que estaban implicados en una conquista santa (¡anticristiana!).

Se podrá decir que aquella fue una “violencia legítima” y que tuvo efectos culturales y sociales positivos, pues los reyes de España y Portugal no eran menos iglesia ni menos religiosos que los papas. Pero, mirada desde una perspectiva de evangelio, su acción nos parece hoy vinculada con una violencia ambigua e incluso negativa, como indicaron desde antiguo Bartolomé de las Casas y más tarde otros misioneros tan poco extremistas como M. de Murúa, quien en su obra Historia general del Perú, escrita hacia el 1600 pero publicada sólo en el siglo XX (Historia 16, Madrid 1987), afirma que la misión cristiana de América debería haberse realizado sin conquista hispana, para que así fueraverdaderamente evangélica. Se equivocaron entonces, a lo largo de todo el siglo XVI y XVII (o quisieron equivocarse para su provecho), tanto los reyes y señores hispanos (que tomaron la evangelización como excusa para la conquista) como los papas y obispos (que delegaron en los reyes y señores una labor que deberían haber promovido ellos).

De esa forma se unieron la violencia política y la extensión de la fe, pero sólo en países que vivían todavía en un nivel religioso y cultural antiguo, que no habían llegado al nivel del «tiempo eje». Los cristianos, apoyándose en la fuerza de los reyes, sólo lograron convertir a pueblos de cultura inferior. En otros lugares, donde la población había desarrollado estructuras sociales y religiosas más avanzadas, en la línea del tiempo-eje (como en India y China, lo mismo que en los países de religión musulmana) no hubo un cambio religiosos significativo a pesar de la conquista.

Es evidente que no podemos juzgar el pasado. Pero podemos y debemos afirmar, desde nuestra perspectiva, que ese pasado no fue muy cristiano, en el sentido radical de la palabra: aprovecharse de la conquista militar para extender un pretendido evangelio de libertad gratuita entre gentes de cultura inferior no parece responder mensaje de Jesús. Hoy podemos afirmar que, si el fin no justifica los medios, en el fondo de aquella primera evangelización de América latía un pecado original de violencia.

Ese proceso de conquista-evangelización ha podido tener consecuencias positivas, de manera que ha sido capaz de elevar el ámbito de experiencia humana de algunos pueblos de América, que han descubierto en el cristianismo un rasgo de su identidad. Pero, en general, ese tipo de misión ha sido cuestionable desde el punto de vista evangélico, pues ha vinculado a la Iglesia con un poder político violento muy particular, más que con los pobres a los que Jesús había dirigido su mensaje.

Ha sido un proceso dramático, lleno de posibilidades creadoras y de grandes dolores, un proceso que sigue en marcha sobre todo el mundo. La función conquistadora de Europa terminó hace tiempo, pues la mayoría de las colonias más antiguas (de España, Inglaterra y Portugal) se independizaron de la metrópoli ya de dos siglos y las nuevas (en África y Asia) en la segunda mitad del siglo XX. Pero las consecuencias de aquel proceso siguen influyendo en la actualidad.

Por otra parte, el año 1625, el Papa Gregorio XV, con la Bula Inscrutabili Divinae, creó una Congregación vaticana, titulada De Propaganda Fide, es decir, para la Propagación de la Fe, para así actuar con independencia de los estados católicos. Esa Congregación ha realizado y sigue realizando una tarea m misionera muy laudable, con la ayuda de diversas órdenes religiosas, pero ella ha seguido aprovechándose también de la presencia de los países colonizadores (sobre todo de Francia y Gran Bretaña). Ahora, a comienzos del siglo XXI, nos hallamos probablemente ante el comienzo de un nuevo tipo de misión cristiana, vinculada más directamente al mensaje de Jesús y a la alianza de religiones, al servicio de los más pobres.