¡Fuera del amor no hay salvación!
Año A – 30.º Domingo del Tiempo Ordinario
Mateo 22,34-40: «Maestro, ¿cuál es el mandamiento principal de la Ley?»
El domingo pasado asistimos a una disputa entre Jesús y los fariseos, aliados con los herodianos, que habían intentado tenderle una trampa sobre la cuestión del impuesto que debía pagarse al César. El Evangelio de este domingo nos presenta otra controversia, una vez más con los fariseos.
A) ¿Una pregunta inocente y pertinente?
La controversia de hoy gira en torno a una cuestión teológica: «Maestro, ¿cuál es el mandamiento principal de la Ley?». Quien plantea la pregunta es un doctor de la Ley, un experto en la Torá, un teólogo, por así decirlo, que interviene para poner a prueba la ortodoxia de Jesús.
Pero ¿dónde está la trampa esta vez?
La pregunta parece inocente y pertinente. En efecto, con la intención de regular todos los aspectos de la vida según la voluntad de Dios, la tradición rabínica había identificado en la Torá —el Pentateuco, es decir, los cinco primeros libros de la Biblia— nada menos que 613 preceptos, incluidos los diez mandamientos.
Según una tradición recogida en el Talmud, estos preceptos se dividían en 365 negativos, es decir, prohibiciones —cosas que no se deben hacer—, correspondientes a los días del año solar, y 248 positivos, es decir, prescripciones —cosas que se deben hacer—, correspondientes a los miembros del cuerpo humano, según la concepción antigua. Un simbolismo sugerente: ¡cada día del año y cada parte del cuerpo estaban llamados a observar la voluntad de Dios! Sin embargo, en esta tupida red de preceptos se sentía la necesidad de discernir lo esencial.
El intento de establecer una jerarquía entre los mandamientos no estaba exento de controversia. En el judaísmo de la época existían diversas sensibilidades interpretativas. Era célebre el debate entre las escuelas de dos grandes maestros, Hillel y Shammai, que vivieron entre el siglo I a. C. y el siglo I d. C.
La escuela de Hillel, generalmente más abierta y conciliadora, privilegiaba una lectura de la Ley atenta a la misericordia y a las relaciones humanas. A Hillel se atribuye esta célebre síntesis: «Lo que te resulta odioso, no se lo hagas a tu prójimo. Esta es toda la Torá; lo demás es comentario» (Talmud babilónico). La escuela de Shammai, en cambio, era generalmente más rigurosa en la interpretación y aplicación de los preceptos.
Pero, si la pregunta era pertinente, ¿dónde estaba la insidia?
En la tradición de Israel, la observancia del sábado ocupaba un lugar central, porque remitía al descanso de Dios mismo después de la obra de la creación. Quizá los adversarios de Jesús esperaban que señalara precisamente el mandamiento del sábado como el más importante. Entonces habrían podido replicar: «¿Por qué, pues, tú y tus discípulos no respetáis el sábado?». Era, en efecto, una de las acusaciones que ya le habían dirigido (cf. Mt 12,1-14).
¡Pero Jesús vuelve a desconcertarlos! No cita ninguno de los diez mandamientos. No se deja encerrar en una disputa sobre la precedencia entre las normas, sino que va al corazón de la Ley, a su fuente y a su plenitud: ¡el amor!
Jesús recuerda el Shemá Israel, la gran profesión de fe de Israel (Deuteronomio 6,4-5), recitada diariamente por la mañana y por la tarde, y repetida también antes del descanso nocturno: «Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente. Este es el mandamiento principal y primero». Después lo pone junto a otro pasaje de la Torá, tomado del Levítico (19,18): «El segundo es semejante a este: Amarás a tu prójimo como a ti mismo». El Maestro concluye con una afirmación solemne: «De estos dos mandamientos dependen toda la Ley y los Profetas». ¡Y ahí termina la cuestión!
San Agustín, quien nos dejó la célebre exhortación «Ama y haz lo que quieras», nos ofrece otra intuición de extraordinaria profundidad: «El amor a Dios es el primero que se nos manda, pero el amor al prójimo es el primero que debemos poner en práctica».
B) Algunas pistas para la reflexión
1. ¡El amor es la Ley!
La primera carta de Juan constituye uno de los comentarios más profundos a este Evangelio: «Este es el mandamiento que hemos recibido de él: quien ama a Dios, ame también a su hermano» (1 Jn 4,21).
Sorprendentemente, toda la carta se desarrolla como una espiral que vuelve continuamente sobre el tema del amor, profundizando cada vez más en sus exigencias y consecuencias: «Nosotros sabemos que hemos pasado de la muerte a la vida porque amamos a los hermanos (…) En esto hemos conocido el amor: en que él dio su vida por nosotros; también nosotros debemos dar la vida por los hermanos (…) Hijos míos, no amemos de palabra ni de boca, sino con obras y de verdad» (3,14-18).
El amor al hermano es el espejo y la prueba de la autenticidad de nuestro amor a Dios. Por eso Jesús lo resumirá todo en su mandamiento nuevo: «Amaos unos a otros como yo os he amado» (Jn 13,34; 15,12). Por tanto, el amor no es un simple sentimiento ni una virtud entre otras. El amor compendia la vida del cristiano y es la clave de la existencia.
2. Del dios-amo al Dios-Esposo
¡Que Dios sea amor no es en absoluto evidente! Y, por consiguiente, tampoco lo es el mandamiento del amor. Que «Dios es amor» es una revelación sorprendente, no una conclusión obvia del razonamiento humano. Es una realidad revelada por la Escritura. El camino de maduración hacia la revelación de Dios-Amor y el paso del régimen de la ley al del amor fue un largo proceso impulsado por los Profetas. Jesús lo lleva a su plenitud. Y el cristiano es quien ha creído en esta sorprendente revelación: «Nosotros hemos conocido y creído el amor que Dios nos tiene. Dios es amor» (1 Jn 4,16).
Sin embargo, a menudo la realidad parece contradecir esta revelación. Las dificultades cotidianas, las cruces y las incertidumbres de la existencia, pero sobre todo el mal que parece imponerse, el sufrimiento de los inocentes y la propagación de la injusticia ponen duramente a prueba nuestra fe.
¡Cada día estamos llamados a renovar nuestra fe en el Dios-Amor!
El día en que creamos verdaderamente en su amor, también para nosotros se cumplirá la profecía de Oseas: «Aquel día —oráculo del Señor— me llamarás “Esposo mío”, y ya no me llamarás “Baal, mi amo”» (Oseas 2,18).
Mientras tanto, corremos el trágico riesgo de seguir adorando a un «baal», un ídolo, un dios falso al que sacrificamos nuestras energías y nuestra propia vida.
3. ¡Amarás!
Los dioses paganos eran imaginados a menudo como divinidades a las que había que aplacar mediante sacrificios y sumisión, bajo el dominio del miedo. El Dios revelado por Jesucristo, en cambio, quiere hijos libres, capaces de responder a su amor con amor.
El verbo amar — ahav en hebreo— aparece, según el biblista italiano Fernando Armellini, 248 veces en el Antiguo Testamento. Más allá de la exactitud del recuento, esta cifra llama mi atención por su valor simbólico: según la tradición rabínica, 248 es precisamente el número de los preceptos positivos, es decir, de las cosas que se deben hacer. Como si sugiriera que, en el fondo, lo único que estamos verdaderamente llamados a hacer es amar. Y hacerlo siempre, cada día del año —los 365, tantos como son, también según la tradición rabínica, los preceptos negativos, es decir, las prohibiciones— y con cada fibra de nuestro ser.
Para la reflexión semanal
Leer pausadamente la primera carta de san Juan, dejándonos conducir por su vertiginosa espiral del amor.
P. Manuel João Pereira Correia, MCCJ

P. Manuel João, Comboniano
Reflexión dominical
de la boca de mi ballena, ELA
Nuestra cruz es el púlpito de la Palabra
