Ofrezco a los lectores del blog un intento de visión panorámica de los cien años de la Jornada Mundial de las Misiones

15 de octubre de 2026
www.comboni2000.org

La Jornada Mundial de las Misiones fue instituida por Pío XI el 14 de abril de 1926 y en 2026 llega a su centésima edición. Durante los primeros decenios no existía todavía un mensaje pontificio anual específico como en la actualidad; esta práctica se consolidó especialmente con Pablo VI a partir de 1963.

El recorrido de estos cien años permite observar una evolución profunda del concepto de misión: desde el apoyo espiritual y material a los misioneros hasta la convicción de que toda la Iglesia y cada bautizado son misioneros.

1. El hilo conductor: cómo cambia el concepto de “misión”

Entre 1926 y 1945 predomina una visión centrada en la oración, las vocaciones, el apoyo económico y el envío de misioneros. La misión consiste principalmente en llevar el Evangelio allí donde Cristo todavía no es conocido. Durante la guerra, esta dimensión se relaciona también con la paz y la fraternidad.

Entre 1945 y 1962 adquiere más importancia la formación de Iglesias locales. Ya no se trata solo de enviar misioneros, sino de hacer crecer comunidades eclesiales maduras, con clero y responsables propios.

Con Pablo VI, entre 1963 y 1978, se produce un cambio decisivo: la misión deja de entenderse como tarea de unos pocos y pasa a considerarse una dimensión constitutiva de la Iglesia. Todo bautizado participa en ella.

Con Juan Pablo II, entre 1979 y 2005, la misión se vincula cada vez más con la evangelización universal, la dignidad humana, la inculturación, la comunión y la “nueva evangelización”. El Evangelio no debe destruir las culturas, sino asumir y llevar a plenitud lo que en ellas hay de verdadero y bueno.

Benedicto XVI, entre 2006 y 2012, subraya sobre todo la caridad, la comunión y el testimonio. La misión nace del encuentro con Cristo y del amor de Dios; no es conquista ni poder, sino servicio.

Francisco, entre 2013 y 2025, desarrolla la idea de los “discípulos misioneros”: todo bautizado está llamado a salir de sí mismo, ir hacia las periferias, anunciar con alegría y testimoniar la misericordia y la esperanza.

En 2026, León XIV resume este camino con el lema “Uno en Cristo, unidos en la misión”: la misión es obra común de toda la Iglesia, nace del amor, se vive en el amor y conduce al amor.

2. De “ayudar a las misiones” a “ser misión”

El siglo muestra un paso progresivo desde una lógica de apoyo externo a las misiones hasta una comprensión más profunda de la identidad cristiana. Con Pablo VI se afirma que la misión pertenece a todos los bautizados; Juan Pablo II añade la importancia del respeto a las culturas; Benedicto XVI destaca la caridad como alma de la misión; Francisco presenta a cada cristiano como discípulo misionero; y León XIV pone el acento en la unidad en Cristo y en la misión del amor.

3. De la fundación al Concilio: 1926-1962

Durante el pontificado de Pío XI, la prioridad es llevar el Evangelio a todos los pueblos y hacer nacer Iglesias capaces de arraigarse localmente. La Jornada Misionera se presenta como responsabilidad concreta de todo el pueblo cristiano mediante la oración, las vocaciones y la ayuda material.

Con Pío XII, especialmente durante y después de la Segunda Guerra Mundial, la misión asume también un sentido de fraternidad, paz y reconstrucción. Crece la atención a las llamadas “jóvenes Iglesias”, a la formación del clero local y a una mayor autonomía respecto de las Iglesias europeas.

En estos años se consolida la idea de que evangelizar no significa solo convertir individuos, sino formar comunidades cristianas estables, capaces de vivir y crecer en sus propios pueblos y culturas.

La encíclica Evangelii Praecones de 1951 insiste en la necesidad de consolidar las Iglesias locales, mientras que Fidei Donum de 1957 da un nuevo impulso a la cooperación directa entre diócesis y comunidades eclesiales.

Con Juan XXIII, especialmente en Princeps Pastorum de 1959, la misión sigue siendo central, pero ya se prepara una comprensión más amplia, que desembocará en el Concilio Vaticano II: la misión como dimensión propia de toda la Iglesia.

4. Pablo VI: 1963-1978

Con Pablo VI se produce una de las transformaciones más importantes. En 1963 la misión se presenta como continuación de la obra de Cristo; en 1966 se afirma que todo hijo de la Iglesia es “misionero por vocación bautismal”.

En los años siguientes se repiten algunas ideas fundamentales: la misión es vocación de todos; la Iglesia es misionera por naturaleza; el Pueblo de Dios entero es un pueblo misionero; las Iglesias deben cooperar entre sí; evangelizar significa también reconciliar, construir la paz y extender la caridad.

En 1976, con ocasión de los cincuenta años de la Jornada, Pablo VI pone el acento en la formación de una conciencia misionera de todo el Pueblo de Dios. La misión deja así de aparecer como un sector particular de la vida eclesial y se convierte en una dimensión de toda la comunidad cristiana.

5. Juan Pablo II: 1979-2005

Con Juan Pablo II la reflexión misionera se amplía mucho. Ya en 1979 se afirma que la misión “no es destrucción”: el Evangelio respeta, asume, purifica y lleva a plenitud los valores de los pueblos y las culturas.

Durante su pontificado se insiste repetidamente en que toda la Iglesia es misionera y que la misión pertenece a su misma esencia. El anuncio de Cristo se relaciona con la dignidad humana, la vida, la santidad, el martirio, la familia, los laicos, los sacerdotes y las personas consagradas.

Un papel central corresponde al Espíritu Santo, considerado verdadero protagonista de la misión. También se subraya que la fe crece cuando se comunica y que evangelizar transforma igualmente a quien evangeliza.

La misión se presenta además como testimonio, servicio, reconciliación y don de sí. En los últimos años del pontificado aparecen con fuerza la contemplación de Cristo, el perdón, la oración, la Eucaristía y la idea de convertirse en “pan partido” para la vida del mundo.

6. Benedicto XVI: 2006-2012

Benedicto XVI concentra su reflexión en la relación entre misión, amor y comunión.

En 2006 habla de “la caridad, alma de la misión”: sin amor, la actividad misionera corre el riesgo de reducirse a simple filantropía.

En los años siguientes insiste en que todas las Iglesias son responsables de la misión en todo el mundo, que Cristo es su fuente y que cada bautizado es enviado.

La misión consiste en hacer resplandecer la luz del Evangelio mediante un testimonio creíble, no mediante la imposición. Comunión eclesial y misión son inseparables: una Iglesia unida es también una Iglesia capaz de evangelizar.

7. Francisco: 2013-2025

Con Francisco se consolida la figura del “discípulo misionero”. Ser discípulo de Cristo significa necesariamente ser enviado.

La Iglesia es llamada a estar “en salida”, a no encerrarse en sí misma y a ir hacia las periferias humanas y existenciales. La misión se asocia a la alegría, la misericordia, la esperanza y la capacidad de encuentro.

En 2017 se afirma que la misión está “en el corazón de la fe cristiana”; en 2019 el lema “Bautizados y enviados” subraya que la vocación misionera nace del mismo bautismo.

Los mensajes posteriores ponen el acento en la disponibilidad personal —“Aquí estoy, envíame”—, en el testimonio de lo vivido, en la fuerza de la experiencia de Cristo, en la inclusión de todos y, finalmente, en la esperanza.

La misión se convierte así en una forma concreta de vivir la fe en la vida cotidiana.

8. León XIV y la centésima Jornada: 2026

En 2026, León XIV propone el lema “Uno en Cristo, unidos en la misión”.

La misión se presenta como prolongación de la misión misma de Cristo en el Espíritu Santo y como responsabilidad común de toda la Iglesia.

La unidad, la reconciliación y la colaboración aparecen como condiciones esenciales de una auténtica misión. El punto central puede resumirse en la expresión: la misión “nace del amor, se vive en el amor y conduce al amor”.

9. Síntesis de los cien años

El recorrido completo puede resumirse en seis grandes etapas.

Entre 1926 y 1950 domina la idea de sostener las misiones mediante oración, ofertas, vocaciones y envío de misioneros.

Entre 1950 y 1965 se busca sobre todo hacer madurar las Iglesias locales, con clero, obispos y responsables propios.

Entre 1965 y 1980 se afirma que toda la Iglesia es misionera y que la misión pertenece a la identidad bautismal.

Entre 1980 y 2005 se desarrolla la dimensión del testimonio, con especial atención al Espíritu Santo, la santidad, las culturas, la familia, los laicos, el don de sí y la Eucaristía.

Entre 2006 y 2012 la misión se presenta principalmente como amor y comunión.

Entre 2013 y 2026 se consolida la figura de los discípulos misioneros, llamados a salir, testimoniar, invitar a todos, llevar esperanza y permanecer unidos en Cristo.

En conjunto, la evolución de estos cien años puede expresarse con una fórmula sencilla: de “sostener las misiones” a “ser misión”. La misión deja de ser una actividad reservada a especialistas y pasa a ser una dimensión esencial de la vida de toda la Iglesia y de cada cristiano.