Año A – 28.º Domingo del Tiempo Ordinario
Mateo 22,1-14: «Todo está preparado; venid a la boda»

Desde hace ya cinco domingos Jesús nos habla por medio de parábolas. La de hoy –la de los invitados a las bodas del hijo del rey– es la tercera dirigida a los jefes religiosos y a los responsables del pueblo, después de las de los dos hijos enviados a trabajar en la viña y de los viñadores homicidas.

El contexto espacio-temporal en el que Jesús cuenta estas tres parábolas es especialmente significativo y dramático. Estamos en el templo, al día siguiente de su entrada solemne en Jerusalén. Para entendernos, estamos en el… Lunes Santo. Es la última oportunidad para sacudir el alma del pueblo y de sus dirigentes políticos y religiosos y hacerles tomar conciencia de la gravedad del momento.

1. Una parábola extraña e inverosímil

La parábola de hoy nos recuerda la de los viñadores homicidas del domingo pasado. En este caso, sin embargo, se presenta más compleja. El relato parece reunir dos núcleos parabólicos: el de los invitados a la boda (vv. 1-10) y el del traje de boda (vv. 11-14). Para darse cuenta basta leer la versión de san Lucas, donde el mensaje es mucho más sencillo y directo (véase Lucas 14,15-24). San Mateo quiso añadir a la parábola de la llamada universal dirigida a todos, tal como la presenta san Lucas, una segunda parte destinada a la comunidad cristiana, haciendo el relato más complejo y, en ciertos aspectos, inverosímil.

La parábola habla de un banquete preparado por un rey con motivo de la boda de su hijo, es decir, de una circunstancia de fiesta y alegría. Sin embargo, en el relato se introducen tres elementos anómalos que contrastan con el ambiente festivo: 1) el rechazo e incluso la reacción violenta de los primeros invitados; 2) el envío del ejército para matar a los asesinos e incendiar su ciudad; 3) cuando la sala está finalmente llena de nuevos invitados, recogidos en los cruces de los caminos, la dura intervención del rey contra uno de ellos, que no llevaba traje de boda.

¿Cómo comprender la parábola?

En la primera parte, dirigida a los dirigentes políticos y religiosos de Israel, san Mateo parece presentar de forma alegórica la historia de la salvación. Los dos primeros grupos de siervos representan a los profetas enviados al pueblo de Dios, quizá antes y después del exilio. La ciudad incendiada puede evocar la destrucción de Jerusalén en el año 70 d. C. El tercer grupo de enviados representaría a los apóstoles y misioneros, enviados al mundo para invitar a todos a entrar en el banquete del Reino.

La segunda parte de la parábola, la del invitado que carece del traje de boda, parece, en cambio, dirigida a la comunidad cristiana como una advertencia sobre las condiciones necesarias para participar en el banquete.

¿Cuál es el mensaje de la parábola?

La primera parte revela la llamada universal de Dios, dirigida ahora a todos, malos y buenos, sin excluir a nadie. La invitación de Dios atraviesa toda frontera y alcanza ya a todos los pueblos: «Id al mundo entero y proclamad el Evangelio a toda la creación» (Marcos 16,15). Así se cumple lo profetizado por Isaías: «El Señor del universo preparará para todos los pueblos, en este monte, un festín de manjares suculentos, un festín de vinos de solera, manjares exquisitos, vinos refinados» (véase la primera lectura, Isaías 25,6-10).

La segunda parte de la parábola, sin embargo, subraya que no basta con aceptar la invitación: es necesario convertirse, es decir, sintonizar con la alegría de las bodas mesiánicas del Hijo del Rey y entrar en comunión con todos los comensales.

Centremos nuestra atención en este doble mensaje.

2. Una invitación a la fiesta: ¡Venid a la boda!

«Tengo preparado mi banquete… y todo está a punto; venid a la boda».

Toda la Sagrada Escritura podría releerse a la luz de la palabra «invitación»: una invitación a la fiesta, a la alegría, a participar en la vida de Dios, en sus bodas de amor con la humanidad. Por desgracia, la visión predominante de la vida como sufrimiento y sacrificio ha distorsionado nuestra percepción de la existencia y ha condicionado negativamente nuestra relación con Dios y la práctica de la fe.

La creación, el hecho mismo de venir a la existencia, es ya una invitación al banquete de la vida. Estamos llamados a la alegría y a compartir en fraternidad. Sin embargo, esta perspectiva de la vida como invitación no es compartida por todos. Muchos prefieren actuar a su antojo. Para ellos, la vida es un asunto personal. Se comportan con esa actitud rapaz y depredadora de la que hablábamos el domingo pasado. Algunos llegan incluso a maltratar a quienes les recuerdan que la vida es, en cambio, una invitación de Dios a alegrarnos juntos. El escenario de destrucción y muerte que resulta de esta actitud está ante los ojos de todos. Lo que en la parábola se presenta, con lenguaje metafórico, como castigo divino, muchas veces no es otra cosa que la consecuencia natural de nuestras decisiones.

He aquí el primer mensaje de la parábola: cambiar nuestra perspectiva sobre la vida, sobre la vocación cristiana y, en particular, sobre la Eucaristía, memorial de una visión revolucionaria de la existencia.

No podemos sino constatar que, con mucha frecuencia, nuestras celebraciones son cualquier cosa menos un banquete festivo. ¿Cómo darles ese toque de alegría y de fiesta? Es difícil decirlo. Pero una cosa podemos afirmar: todo comienza, ante todo, por un cambio de mentalidad y de corazón en cada uno de nosotros. El espíritu de la parábola nos hace pensar que el Reino de Dios no se parecerá a una inmensa catedral donde todos estén reunidos en adoración y contemplación, cantando cánticos angélicos. Más bien nos hace imaginar una inmensa sala cósmica donde se celebra la fiesta en medio de una simpática y agradable confusión.

He aquí la urgente conversión de la Iglesia: abrirse a la novedad y a la alegría del Espíritu Santo. Entonces cada invitado se convertirá en un «ángel», un enviado, un apóstol, un misionero, ¡y la sala del banquete se llenará!

3. ¿Dónde está tu traje de boda?

«Amigo, ¿cómo has entrado aquí sin traje de boda?»

No sabemos con certeza a qué costumbre concreta alude el traje de boda del relato, pero parece que en el antiguo Oriente el rey ofrecía también a los convidados una vestidura para la boda, quizá una especie de pañuelo festivo. Sin embargo, la persona encontrada sin el traje de boda lo había rechazado inexplicablemente, deshonrando así la invitación.

¿Qué es para nosotros el traje de boda?

Algunos comentaristas piensan en la rectitud moral; otros, en el compromiso cristiano, especialmente en la caridad y el servicio.

Conviene, en todo caso, evocar las resonancias bíblicas del tema del vestido. Lo encontramos al principio, cuando la humanidad toma conciencia de estar desnuda y Dios la reviste con túnicas de piel (Génesis 3). Lo encontramos de nuevo en Cristo desnudo en la cruz, despojado de sus vestiduras. Finalmente, reaparece en el Apocalipsis, cuando a la esposa se le concede «vestirse de lino resplandeciente y puro» (19,8).

Es útil recordar sobre todo que, en el Nuevo Testamento, la vida cristiana se compara a menudo con la vestidura nueva que se recibe el día del bautismo: «Cuantos habéis sido bautizados en Cristo os habéis revestido de Cristo» (Gálatas 3,27).

Ser encontrados sin el traje de boda, por tanto, puede significar querer participar en el «banquete» a nuestra manera, llevando el vestido habitual de las viejas costumbres. Pero no podemos presentarnos con los harapos de la vida antigua. Ni siquiera basta poner un remiendo de tela nueva en un vestido viejo (Lucas 5,36). La invitación puede ser acogida exteriormente, pero traicionada en la vida.

La parábola concluye con la advertencia de Jesús: «Muchos son los llamados, pero pocos los elegidos». Todos son llamados, pero pocos aceptan la invitación a dejarse «revestir del Señor Jesucristo» (Romanos 13,14).

¡No basta responder a la invitación: hay que honrarla!

P. Manuel João Pereira Correia, MCCJ