El Rosario ya había tenido un auge extraordinario en el siglo XIII gracias a los dominicos. Luego, las apariciones de Fátima hicieron que se tomara conciencia de la importancia del Rosario en el plan salvífico de Dios.

Ermes Dovico
07/10/2026
Por cortesía de
https://brujulacotidiana.com
El 7 de octubre de 1571, en las aguas griegas de Lepanto, la flota musulmana del Imperio otomano se enfrentó con la flota cristiana de la Santa Liga, que reunió a las repúblicas de Venecia y Génova, el Estado Pontificio, el Imperio español, los principales ducados italianos y los Caballeros de Malta. En el estandarte de la Santa Liga, bendecido antes de la partida por san Pío V, se representaba un crucifijo entre los apóstoles Pedro y Pablo, encabezado por el lema In hoc signo vinces. Era el único símbolo que ondeaba en el bando cristiano, junto con una imagen de la Virgen con la inscripción Sancta Maria succurre miseris, mientras que la bandera de la flota turca llevaba miles de veces impreso el nombre de Alá. Antes de la batalla, los cristianos rezaron el Rosario y pidieron la intercesión de María.
Aquel 7 de octubre marcó la primera gran victoria de un ejército cristiano de la Europa – entonces consciente de sus raíces y de la necesidad de defenderlas – contra el Imperio otomano y su expansionismo, que ya había islamizado muchos territorios. La victoria se comunicó a Roma tan solo 23 días después, pero el día de la batalla, san Pío V había tenido una visión y ordenó: «Son las 12 en punto, sonad las campanas, hemos ganado en Lepanto por intercesión de la Santísima Virgen». Así nació la fiesta de Santa María de la Victoria, más tarde llamada Nuestra Señora del Rosario, hasta la denominación actual que nace con la reforma del calendario de 1969. En tanto, en 1883, León XIII había ya «consagrado y dedicado a la celeste Virgen del Rosario» todo el mes de octubre, alentando a la recitación diaria de esta oración durante todo el mes.
El Rosario ya había tenido un auge extraordinario en el siglo XIII gracias a los dominicos (a santo Domingo, que había rezado para entender cómo derrotar la herejía cátara, se le apareció la Virgen regalándole la coronilla) y a las diversas cofradías nacidas precisamente con el objetivo de difundir esta oración, que incluso en siglos anteriores había estado tomando forma lentamente. Luego, las apariciones de Fátima hicieron que se tomara conciencia de la importancia del Rosario en el plan salvífico de Dios, como arma contra Satanás. Nuestra Señora recomendó a los pastorcillos su recitación diaria, ya desde la primera aparición el 13 de mayo de 1917, «para lograr la paz en el mundo y el final de la guerra».
Además, sor Lucía le explicó su poder al padre Fuentes en una entrevista: «La Santísima Virgen, en estos últimos tiempos en los que vivimos, ha dado una nueva eficacia al rezo del Santo Rosario. Ella ha dado esa eficacia hasta tal punto que no hay ningún problema, ni cuestión por difícil que sea, tanto temporal o sobre todo espiritual, en la vida personal de cada uno de nosotros, de nuestras familias, de las familias del mundo, o de las comunidades religiosas, o incluso de la vida de los pueblos y de las naciones, que no pueda ser resuelto por el Santo Rosario. No hay problema, le digo, ni asunto por difícil que sea, que nosotros no podamos resolverlo con el rezo del Santo Rosario. Con el Santo Rosario nos salvaremos. Nos santificaremos. Consolaremos a Nuestro Señor y obtendremos la salvación de muchas almas».
Octubre, el mes de la Reina del Rosario
¿Por qué se dedica octubre a Nuestra Señora del Rosario? El origen se remonta a la batalla de Lepanto, de la que surgió la festividad que hoy se celebra en toda la Iglesia el día 7 de ese mes. Pero fue León XIII quien consagró todo el mes de octubre a Nuestra Señora, exhortando a los fieles a combatir el mal con la corona en la mano.
Ermes Dovico
01/10/2026
Por cortesía de
https://brujulacotidiana.com
Octubre es el mes de la Virgen del Rosario por excelencia, el mes en el que —más que en cualquier otro— estamos especialmente llamados a cultivar esta devoción mariana, a tomar el rosario y a meditar sobre los misterios de nuestra salvación. Pero, ¿por qué octubre? Las razones son fundamentalmente dos, y están relacionadas entre sí. El mérito de haber elegido y consagrado este mes a Nuestra Señora del Rosario le corresponde a León XIII (1810-1903). En el fondo de su elección se encuentra la festividad homónima instituida por san Pío V en el siglo XVI y celebrada por la Iglesia el 7 de octubre (o, durante un cierto período, el primer domingo del mes), dedicada originalmente a “Santa María de la Victoria”, en agradecimiento por la intercesión de la Madre de Dios en la batalla de Lepanto (7 de octubre de 1571), cuando la flota cristiana de la Liga Santa derrotó a la flota del Imperio Otomano, frenando así el avance de los musulmanes hacia Europa.
Pero volvamos al Papa León XIII, el sucesor de Pedro al que con razón se le ha denominado “el Papa del Rosario”, ya que dedicó varias encíclicas y otros documentos magisteriales a la promoción de esta oración tan poderosa como medio de salvación eterna y remedio contra los males que afligen a la Iglesia y al mundo entero. La encíclica con la que el Papa Pecci estableció por primera vez que todo el mes de octubre se dedicara a Nuestra Señora del Rosario es la Supremi Apostolatus, publicada el 1 de septiembre de 1883. Habían pasado 13 años desde la Brecha de Porta Pia, pero ciertamente no había pasado la larga época anticlerical que había conducido a aquel acontecimiento.
En aquel tiempo la Esposa de Cristo veía sus derechos amenazados y, como escribió León, estaba “atormentada por graves calamidades”. De ahí la necesidad de animar a los obispos y, a través de ellos, a todos los fieles a pedir con mayor fuerza la ayuda de la Virgen. El Papa explicaba: “Ha sido en todo tiempo una costumbre muy loable e inviolable del pueblo católico recurrir a María en los acontecimientos inquietantes y dudosos, y refugiarse en su bondad maternal. Esto demuestra la esperanza firmísima, es más, la plena confianza, que la Iglesia católica siempre ha depositado con todo derecho en la Madre de Dios. De hecho, la Virgen Inmaculada, elegida para ser Madre de Dios y, por ello mismo, convertida en corredentora del género humano, goza ante su Hijo de un poder y una gracia tan grandes que ninguna criatura, ni humana ni angélica, ha podido jamás ni podrá alcanzar jamás una mayor”.
En cuanto a los motivos que le habían llevado a escribir la encíclica, León XIII citaba los peligros a los que estaban cada vez más expuestas “la piedad cristiana, la moral pública y la propia fe”. Y añadía entonces su mayor preocupación: “El hecho más doloroso y triste de todos es que tantas almas, redimidas por la sangre de Jesucristo, como si estuvieran arrastradas por el torbellino de esta época aberrante, se precipitan hacia una conducta cada vez peor y caen en la ruina eterna”. A raíz de esta situación desastrosa, el Papa exhortaba a los fieles a rezar constantemente el rosario y, además, establecía: “Que todo el mes de octubre del presente año [1883] sea dedicado y consagrado a la Reina celestial del Rosario”. Ya desde la Supremi Apostolatus, León XIII enriquecía la práctica de esta devoción vinculándola a diversas indulgencias, que luego se confirmaron en las encíclicas sucesivas.
Asimismo, ya en una de las encíclicas del año siguiente, Superiore Anno (30 de agosto de 1884), el Papa Pecci confirmó la consagración de todo el mes de octubre a Nuestra Señora del Rosario, constatando con alegría el fervor con el que los fieles habían respondido a sus exhortaciones contenidas en la Supremi Apostolatus y exhortándolos a perseverar en la oración para obtener la ayuda celestial y no quedarse atrás, en cuanto a voluntad, respecto a los “enemigos del nombre cristiano” que “ponen tanta obstinación en sus designios”. En varias ocasiones, a lo largo de su prolongado pontificado, León XIII volvió a abordar el tema, renovando las prescripciones ya establecidas anteriormente. Lo hizo también mediante intervenciones que, aunque no se centraban directamente en el Santo Rosario, sí recordaban su importancia: véase la Quamquam Pluries (15 de agosto de 1889), la primera encíclica que presenta una doctrina orgánica sobre san José, en la que el Papa pedía, entre otras cosas, que se añadiera a la recitación del Rosario durante el mes de octubre (“que en el pasado ya hemos decretado sagrado a la Virgen María del Rosario”) la oración A ti, oh bienaventurado José.
Concluimos, entre otros muchos documentos sobre el tema, con una breve mención a la encíclica Octobri mense (22 de septiembre de 1891), en la que León XIII, además de afirmar la verdad de que María Santísima es mediadora de todas las gracias, invitaba de nuevo a los cristianos a ser constantes en el rezo del Rosario, que —a través de la “devota meditación” de sus misterios— alimenta la fe, la protege de la ignorancia y refuerza los valores morales. La oración nunca debe abandonarse, ni hay que desanimarse si parece que el mal prevalece sobre el bien, porque es precisamente la súplica a Dios —unida a la penitencia, como recordaba León aludiendo a la enseñanza de los santos— la que cambia para mejor el curso de los acontecimientos: “La mente humana no puede comprender, por ahora, los designios superiores de la Providencia divina, pero en el momento oportuno, cuando Dios mismo revele benévolamente las razones y las concatenaciones de las cosas, quedará claro cuán grandes han sido, a este respecto, la eficacia y la utilidad de la oración”.