Un extraño festín con unos extraños invitados
28º Domingo
Tiempo Ordinario (A)
Mateo 22,1-14

Primera lectura
Lectura del libro de Isaías (25,6-10a):
Aquel día, el Señor de los ejércitos preparará para todos los pueblos, en este monte, un festín de manjares suculentos, un festín de vinos de solera; manjares enjundiosos, vinos generosos.
Segunda lectura
Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Filipenses (4,12-14.19-20):
Sé vivir en pobreza y abundancia. Estoy entrenado para todo y en todo: la hartura y el hambre, la abundancia y la privación.
Evangelio
Lectura del santo evangelio según san Mateo (22,1-14):
En aquel tiempo, de nuevo tomó Jesús la palabra y habló en parábolas a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo: «El reino de los cielos se parece a un rey que celebraba la boda de su hijo. Mandó criados para que avisaran a los convidados a la boda, pero no quisieron ir. Volvió a mandar criados, encargándoles que les dijeran: “Tengo preparado el banquete, he matado terneros y reses cebadas, y todo está a punto. Venid a la boda.” Los convidados no hicieron caso; uno se marchó a sus tierras, otro a sus negocios; los demás les echaron mano a los criados y los maltrataron hasta matarlos. El rey montó en cólera, envió sus tropas, que acabaron con aquellos asesinos y prendieron fuego a la ciudad. Luego dijo a sus criados: “La boda está preparada, pero los convidados no se la merecían. Id ahora a los cruces de los caminos, y a todos los que encontréis, convidadlos a la boda.” Los criados salieron a los caminos y reunieron a todos los que encontraron, malos y buenos. La sala del banquete se llenó de comensales. Cuando el rey entró a saludar a los comensales, reparó en uno que no llevaba traje de fiesta y le dijo: “Amigo, ¿cómo has entrado aquí sin vestirte de fiesta?” El otro no abrió la boca. Entonces el rey dijo a los camareros: “Atadlo de pies y manos y arrojadlo fuera, a las tinieblas. Allí será el llanto y el rechinar de dientes.” Porque muchos son los llamados y pocos los escogidos.»
INVITACIÓN
José Antonio Pagola
Jesús conocía muy bien cómo disfrutaban los campesinos de Galilea en las bodas que se celebraban en las aldeas. Sin duda, él mismo tomó parte en más de una. ¿Qué experiencia podía haber más gozosa para aquellas gentes que ser invitados a una boda y poder sentarse con los vecinos a compartir juntos un banquete de bodas?
Este recuerdo vivido desde niño le ayudó en algún momento a comunicar su experiencia de Dios de una manera nueva y sorprendente. Según Jesús, Dios está preparando un banquete final para todos sus hijos pues a todos los quiere ver sentados, junto a él, disfrutando para siempre de una vida plenamente dichosa.
Podemos decir que Jesús entendió su vida entera como una gran invitación a una fiesta final en nombre de Dios. Por eso, Jesús no impone nada a la fuerza, no presiona a nadie. Anuncia la Buena Noticia de Dios, despierta la confianza en el Padre, enciende en los corazones la esperanza. A todos les ha de llegar su invitación.
¿Qué ha sido de esta invitación de Dios? ¿Quién la anuncia? ¿Quién la escucha? ¿Dónde se habla en la Iglesia de esta fiesta final? Satisfechos con nuestro bienestar, sordos a lo que no sea nuestros intereses inmediatos, nos parece que ya no necesitamos de Dios ¿Nos acostumbraremos poco a poco a vivir sin necesidad de alimentar una esperanza última?
Jesús era realista. Sabía que la invitación de Dios puede ser rechazada. En la parábola de “los invitados a la boda” se habla de diversas reacciones de los invitados. Unos rechazan la invitación de manera consciente y rotunda: “no quisieron ir. Otros responden con absoluta indiferencia: “no hicieron caso”. Les importan más sus tierras y negocios.
Pero, según la parábola, Dios no se desalienta. Por encima de todo, habrá una fiesta final. El deseo de Dios es que la sala del banquete se llene de invitados. Por eso, hay que ir a “los cruces de los caminos”, por donde caminan tantas gentes errantes, que viven sin esperanza y sin futuro. La Iglesia ha de seguir anunciando con fe y alegría la invitación de Dios proclamada en el Evangelio de Jesús.
El papa Francisco está preocupado por una predicación que se obsesiona “por la transmisión desarticulada de una multitud de doctrinas que se intenta imponer a fuerza de insistencia”. El mayor peligro está según él en que ya “no será propiamente el Evangelio lo que se anuncie, sino algunos acentos doctrinales o morales que proceden de determinadas opciones ideológicas. El mensaje correrá el riesgo de perder su frescura y dejará de tener olor a Evangelio”.
José Antonio Pagola
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EL BANQUETE DEL REY
Dolores Aleixandre
Hace ya muchos años que no sé lo que es dormir bajo techo. Una racha de malas cosechas arruinó a mi familia, y yo me vine solo a Jerusalén, siendo aún joven, atraído por el lujo de la ciudad y esperando encontrar algún trabajo para sobrevivir. Las cosas me fueron mal también aquí, y ahora vivo pidiendo limosna y haciendo, de vez en cuando, algún trabajo duro y mal pagado. A pesar de ello no he perdido la fe en Dios, y hasta solía acudir el sábado a la sinagoga, asistiendo al culto desde un rincón, hasta que un día escuché estas palabras de un salmo: “El Señor alza de la basura al pobre, levanta del polvo al humilde para sentarlo con los príncipes, los príncipes de su pueblo…”(Sal 113,7-8)
Ese día sonreí con amargo escepticismo, porque no es ése el Dios que yo conozco: a mí me deja seguir hundido en el estiércol de la pobreza, y creo que es así como voy a morir; por eso no he vuelto a pisar la sinagoga ni el templo, ni creo que haya nadie capaz de hacerme retornar a ellos. Una tarde, oí revuelo en la Puerta Hermosa: había llegado a Jerusalén el rabí de Galilea que estaba dando tanto que hablar. Lleno de curiosidad, me mezclé con la multitud para ver cómo era y qué decía, y me senté entre los que escuchaban la historia que estaba contando: -“Se parece el reino de los cielos a un rey que quiso celebrar un banquete de bodas para su hijo, y envió a sus servidores a convidar a los invitados…” (Como siempre, pensé yo. Otro que nos va a repetir la misma cantinela de que Dios premia ya en esta vida a los buenos colmándolos de agasajos y riquezas y deja en la cuneta a los pobres diablos como yo, llenos de pecados y miserias). Pero el cuento que él contaba empezó a interesarme cuando oí que la gente importante que había sido invitada (fariseos, escribas, sacerdotes y gente de dinero sin duda), se negaban a participar en el banquete y ponían pretextos para acudir. Y el anfitrión se encontró con la cena preparada y el comedor vacío. (¿Qué hará ahora el rey?, me pregunté. Seguramente aplazará el convite mientras convence a los invitados para que asistan. Suspiré con envidia y de nuevo me asaltó la rebeldía: ¿por qué mientras a unos les sobraba, otros pasábamos hambre? ¿Por qué más fiestas y banquetes para los que ya estaban saciados…?)
Volví a prestar atención a la historia, y me quedé sorprendido ante el desenlace: el rey decidió sustituir a los convidados ausentes por los desconocidos de la calle, y envió a sus servidores a las plazas y calles de la ciudad para que trajeran al banquete a pobres, lisiados, ciegos y cojos. Salieron los siervos a las encrucijadas de los caminos y veredas, reunieron a cuantos encontraron y la sala quedó llena de convidados. Y comenzó la mejor fiesta que el dueño hubiera podido soñar. En un sector de la multitud hubo un rumor de protesta, y muchos se levantaron del corro y se fueron indignados: eran fariseos que siempre proclamaban convencidos que eran ellos los primeros invitados al banquete del Reino, y que los demás no tendríamos derecho ni a las migas que cayeran de la mesa. Estaban indignados de que los invitados definitivos fueran gente de las encrucijadas de los caminos, y no les faltaba razón porque, de todos es sabido, el tipo de gente que deambulamos por esos lugares… Oí a uno decir: – “A este hombre habría que denunciarle y pararle los pies: su doctrina es peligrosa y contradice claramente lo que sabemos por la Ley…”
Solo nos quedamos con él un pequeño grupo, entre los que reconocí a los que pedían limosna conmigo, a algún ladronzuelo del mercado, y a los que cada noche se arrimaban como yo a la muralla, buscando protección del relente de la noche. Quizá se habían sentido también aludidos por la parábola, y estaban tan sorprendidos como yo al saberse destinatarios, al menos imaginarios, del banquete de un rey. Jesús siguió hablando, ahora más relajado porque sólo le rodeábamos hombres y mujeres sin importancia, gente de los caminos, sin más posesiones que la túnica vieja y el par de sandalias que llevábamos puestas, y quizá con sólo un mendrugo de pan en la alforja.
A medida que le escuchaba, algo iba cambiando dentro de mí, como si aquellas palabras me enderezaran y tuvieran el poder de devolverme mi dignidad. Todo lo que yo creía que era valioso y que daba categoría e importancia a un hombre: el dinero, la fama, el poder, la ciencia…, aparecía de pronto hueco y sin brillo, y Jesús nos lo hacía ver con la misma facilidad con que hasta el más ignorante sabe descubrir si una calabaza está vacía o un árbol sin savia.
-“Dios no le da importancia a nada de eso”, decía, – “es el corazón lo que cuenta para él, y la verdadera dicha está en que vuestros nombres están escritos en el Reino de los cielos. Porque el Padre se revela a los que son humildes, los sienta a su mesa y les confía sus secretos…” Y yo me iba sintiendo libre, humano, digno, como el hombre abatido del salmo, alzado de la basura e invitado a sentarse entre príncipes.
Había anochecido y los hombres y mujeres que acompañaban a Jesús trajeron panes y aceitunas, y los repartieron entre todos. También nosotros sacamos las provisiones que llevábamos en nuestros zurrones y lo compartimos todo. Era un extraño festín con unos extraños invitados. Pero aquel anochecer al raso, mientras salían las primeras estrellas, los que rodeábamos a Jesús nos sabíamos huéspedes de un rey.
Un rey sentado entre nosotros, que llevaba unas sandalias tan polvorientas como las nuestras, dormía también a la intemperie y, cuando hablaba, tenía el acento inconfundible de los campesinos de Galilea.
Dolores Aleixandre
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Dios no se desanima: ¡quiere a todos en su banquete!
Romeo Ballan, MCCJ
Hoy la invitación es para un banquete de bodas, para una fiesta, para la vida; ¡no solo para trabajar en la viña! De la viña del Señor al banquete de los pueblos: después de tres domingos con el tema del trabajo en la viña, hoy el mensaje de las lecturas bíblicas está centrado en el banquete de la vida, al que Dios invita a todos los pueblos. Este proyecto del Padre aparece ya en el Primer Testamento, desde la creación, en la que Dios prepara un jardín para sus hijos e hijas. El profeta Isaías (I lectura), con lenguaje apocalíptico proyectado al futuro, habla de un banquete para todos los pueblos: “un festín de manjares suculentos, un festín de vinos de solera” (v. 6). ¡Humillación, muerte, lágrimas, esclavitud… serán cosas del pasado! ¿Se trata solo de un sueño, una ilusión? ¡No! Es el proyecto del Padre de la vida, para con todas las naciones (v. 7), que se va realizando gradualmente en el camino hacia el Reino definitivo. Por tanto, es preciso celebrar y gozar con la salvación que viene de Dios (v. 9). Aun en medio de las tribulaciones, junto con Él, que es el Pastor bueno, nada nos falta: Él nos asegura el alimento y el agua, prepara una mesa abundante para todos (Salmo).
El icono del banquete es muy querido y familiar en las acciones y enseñanzas de Jesús. Él sabe ayunar y llevar una vida austera, pero le gusta también estar con la gente y hacer fiesta. Estrena sus signos en un festín de bodas en Caná; acepta los banquetes ofrecidos por Mateo y Zaqueo, por Simón el leproso y por el amigo Lázaro; luego vienen las multiplicaciones de los panes, la última cena, la mesa de Emaús, el desayuno a orillas del lago; las enseñanzas sobre los asientos a la mesa, el ayuno, la vigilancia de las doncellas para entrar a la fiesta de boda, y otras como la parábola de hoy del banquete de boda por el hijo del rey (Evangelio).
El icono del banquete (imagen y realidad) subraya el proyecto del Padre para la vida del mundo. Su invitación no es solo a trabajar en la viña (ver las parábolas de los domingos anteriores), sino a entrar con gozo en el banquete de boda del Hijo: es decir, ser hijos e hijas en el Hijo, hermanos y hermanas por el bautismo; participar en el banquete de la Eucaristía; tomar parte activa en el proyecto del Reino y llevar esta bella noticia a otros en un compartir misionero. Todo esto, antes de ser un compromiso, es un don, una dignidad, una fiesta. Ser cristianos, discípulos y misioneros del Evangelioes mucho más que una tarea o una disciplina: es motivo de gozo y de esperanza, es un servicio al Reino, es vida.
La fiesta está preparada (v. 8): el Hijo ha venido, está presente. Este plan salvífico de Dios es para todos los pueblos. Su Reino tiene dimensiones universales, sin restricciones, como se deduce de la parábola: el Padre invita a todos, quiere que la casa se llene con todos sus hijos e hijas, “malos y buenos”, recogidos de todos los caminos del mundo (v. 9-10). Dios ‘invita’ al banquete de bodas, pero nos deja libres de decir sí o no: nos toca a nosotros tomar una decisión de responsabilidad; de ella depende nuestra felicidad. Dios es sensible al rechazo de los primeros invitados, pero no renuncia. “El plan de Dios no se suspende, la invitación queda en pie, resuena incluso con mayor intensidad por esos extraños personajes que ningún judío hubiera aceptado que accedieran a su mesa purificada y ritualmente perfecta. Es el mundo de los pobres, de los sufridos, marginados dispersos por los caminos del mundo. A la arrogante autosuficiencia de los que se consideraban propietarios de la elección y de la salvación… sucede la nueva comunidad de las Bienaventuranzas” (G. Ravasi). Dios no se deja vencer por nuestros rechazos: en su ‘fantasía’ busca siempre nuevos caminos.
Para formar parte de la comunidad de las Bienaventuranzas, se necesita, sin embargo, el traje de fiesta (v. 12). Una exigencia que parece contrastar con la amplitud y la prisa de esa convocatoria general… Podría tratarse de otra parábola de Jesús para un contexto diferente. En todo caso, el mensaje es coherente con la libertad personal y la disponibilidad de cada uno ante la llamada de Dios. Para entrar a la fiesta será necesario vestir “el traje de bodas” (v. 11-12): no se trata de un distintivo exterior sino interior. Son condiciones irrenunciables: despojarse del hombre viejo, renovar el espíritu y revestirse del Hombre Nuevo (Ef 4,22-24), según la exhortación de San Pablo (II lectura), el cual se fía totalmente de Dios: “todo lo puedo en aquel que me da la fuerza” (v. 13).
El traje de fiesta es Cristo, Él es el hombre nuevo: “Revístanse del Señor Jesucristo”, insiste Pablo (Rom 13,14). S. Gregorio Magno comenta: “La caridad es el traje de fiesta, porque nuestro Redentor la revistió cuando vino para unir en sí como esposa a su Iglesia. Es el amor de Dios que movió al Hijo a reunir en torno a sí a los elegidos”. Es un mensaje que ilumina el compromiso de todo cristiano y de cada comunidad para este octubre misionero. Somos nosotros los servidores, que el Padre envía hoy por los caminos del mundo para anunciar el Evangelio de Jesús, para que todos los miembros de la familia humana se conviertan en comensales en el banquete de la vida nueva, en Cristo. Los cristianos somos “bautizados-enviados”, llamados a ser misioneros: es decir, “tejedores de fraternidad”, contentos de ser anillos de la cadena de transmisión del Evangelio.
INVITADOS A DANZAR CON DIOS
Fernando Armellini
Introducción
El reino de Dios constituye el motivo central de la predicación de Jesús. Él comienza su vida pública anunciando que el reino de Dios está cerca (Mc 1,15). Después, sirviéndose de muchas parábolas, devela gradualmente “los misterios” (cf. Mt 13). La de los obreros de laúltima hora (cf. Mt 20,1-16) es ciertamente la más desconcertante. Jesús la ha contado para poner de relieve tanto la gratuidad de la llamada como el compromiso requerido a quien entra en el reino de Dios. No se puede negar que es fatigoso permanecer fieles a Cristo. Pero ser discípulos lleva consigo notables esfuerzos. ¿Cómo no considerar justificadas las protestas de los obreros contratados a las 6 de la mañana y retribuidos con la misma paga que los que llegaron a las 5 de la tarde?
Si se plantea la relación con Dios en términos de trabajo ecuánimemente remunerado, si el premio que se recibe en el paraíso no es proporcional a los méritos acumulados, entonces hay que pensar que es bienaventurado el que pone el pie en el reino de los cielos solo en el último momento, el que tiene la fortuna de “morir en gracia de Dios” después de haber “gozado la vida” lejos de Él.
Esta es la mentalidad que crea el indiferente (quien se desinteresa de las invitaciones a la fe), el que siempre llega tarde (quien se compromete con el bien lo más tarde posible), el miedoso (quien observa los mandamientos bajo la presión producida por el miedo al infierno), el “mal vestido” (el bautizado que continúa comportándose como un semi-pagano). Solo quien ha comprendido que el reino de Dios es una fiesta, un banquete, entra decidido y sin tardanzas, porque no quiere perderse ni un instante de la alegría que se le ofrece.
Primera lectura: Isaías 25,6–10a
6El Señor Todopoderoso ofrece a todos los pueblos, en este monte, un festín de manjares suculentos, un festín de vinos añejados, manjares deliciosos, vinos generosos. 7Arrancará en este monte el velo que cubre a todos los pueblos, el paño que tapa a todas las naciones; 8y aniquilará la muerte para siempre. El Señor enjugará las lágrimas de todos los rostros y alejará de la tierra entera la humillación de su pueblo. Lo ha dicho el Señor. 9Aquel día se dirá: “Aquí está nuestro Dios, de quien esperábamos que nos salvara: celebremos y festejemos su Salvación”. 10La mano del Señor se posará en este monte, mientras que Moabserá pisoteado en su sitio, como se pisa la paja en el agua del estercolero.
Antiguamente solo la gente importante se podía permitir grandes banquetes. Los reyes los organizaban frecuentemente por razones políticas: invitaban a aquellos con quienes querían estipular alianzas o reforzar lazos de amistad. Particularmente suntuosos eran los banquetes en los que se festejaba algún evento extraordinario o importantes victorias militares (cf. Est 1,1-8; Dn 5).
En la lectura de hoy, el profeta se presenta como el heraldo de un anuncio sensacional. No un soberano de este mundo, sino Dios en persona ofrecerá un festín del que se detalla el menú: manjares suculentos, vinos añejados, sabrosas carnes de todo tipo (v. 6) … es decir, una lista para encender la imaginación y hacer agua la boca a la gente pobre de Israel, acostumbrada a comer una sola vez al día, y no siempre.
Incluso los rabinos gozaban especulando sobre los manjares prometidos en este banquete; partiendo de la referencia bíblica a Leviatán, el monstruo marino destruido por Dios (Sal 74,14). Concluían que el principal manjar de los justos sería la carne de este mítico pez. Es por esto que aun hoy en Israel se suele comer pescado en la cena del viernes, cuando se inicia el descanso sabático, para recordar a las personas piadosas el banquete celestial que les espera.
¿Quiénes serán los invitados? se preguntan ansiosos los oyentes. Todos los pueblos de la tierra, sin exclusión alguna, es la respuesta. Todos serán convocados a la misma mesa; se alegrarán los pueblos que antes se odiaban, que ejercieron violencia, que lucharon para quitarse tierras y bienes.
No se comerá solamente. Verán cosas extraordinarias, acaecerán hechos inauditos: “el Señor hará caer el velo, la costra que cubre los ojos de los hombres (v. 7) y todos podrán contemplarlo, sentado a la mesa junto a ellos; después, destruirá la muerte para siempre…y enjugará las lágrimas de todos los rostros…” (v. 8).
El profeta no era tan ingenuo como para pensar que un día no habría ya más muerte biológica; anunciaba, por el contrario, la desaparición de todo lo que para el hombre es muerte y derrota: una vida sin sentido y sin ideales, la burla del fracaso y del dolor, el hambre, la enfermedad, la marginación. Todo lo que “no es vida” será eliminado, “lo ha dicho el Señor” (v. 8). En ninguna otra parte del Antiguo Testamento se encuentran promesas tan extraordinarias.
El banquete, naturalmente, será amenizado con música, danzas y cantos. La lectura concluye con un himno que parece haber sido compuesto para ser coreado por todos los participantes: “Aquí está nuestro Dios, de quien esperábamos que nos salvara; celebremos y festejemos su Salvación pues la mano del Señor se posará en este monte” (vv. 9-10).
El profeta aludía a los tiempos mesiánicos, pero no se daba cuenta del alcance de las promesas que, en nombre de Dios, estaba anunciando; no se imaginaba que un día el Señor habría destruido de verdad la muerte para siempre. Lo entenderá, sin embargo, Pablo quien, iluminado por los acontecimientos de la Pascua, escribirá a los corintios: “Cuando lo corruptible se revista de incorruptibilidad y lo mortal de inmortalidad, se cumplirá lo escrito: la muerte ha sido vencida definitivamente. ¿Dónde está, oh muerte, tu victoria? (1 Cor 15,54). Lo entenderá el vidente del Apocalipsis quien, al despuntar los nuevos cielos y la nueva tierra, contemplará a Dios enjugando las lágrimas de los ojos de cada persona (cf. Ap 21,4) …como Isaías había predicho.
Segunda lectura: Filipenses 4,12–14.19-20
12Sé lo que es vivir en la pobreza y también en la abundancia. Estoy plenamente acostumbrado a todo, a la saciedad y el ayuno, a la abundancia y la escasez. 13Todo lo puedo en aquel que me da fuerzas. 14Con todo, hicieron bien en mostrarse solidarios de mis sufrimientos. 19Mi Dios, colmará todas sus necesidades según su riqueza y generosidad por medio de Cristo Jesús. 20Al Dios y Padre nuestro sea la gloria por los siglos de los siglos. Amén.
Con el pasaje de hoy concluye la Carta a los Filipenses; son pocas las conmovedoras líneas que dejan entrever los sentimientos de profunda amistad que une a Pablo con loscristianos de aquella comunidad. El Apóstol recuerda, ante todo, las molestias, las privaciones, las contrariedades que ha soportado a causa del Evangelio: “Sé lo que es vivir en la pobreza y también en la abundancia. Estoy plenamente acostumbrado a todo, a la saciedad y al ayuno, a la abundancia y a la escasez” (v. 12).
Pablo se encuentra en Éfeso, en la cárcel, no por penas comunes sino por haber servido a Cristo. En la cárcel ha recibido la ayuda que le han enviado los filipenses. Es un hombre austero y está habituado a la vida dura, a las persecuciones y al hambre; no obstante, frente al gesto de generosidad de sus amigos, se conmueve y les agradece “haberse mostrado solidarios de mis sufrimientos” (v. 14).
Quien se juega la vida por la causa del Evangelio sigue siendo un hombre con todas las emociones y sentimientos: se muestra herido por las ingratitudes y se alegra por las manifestaciones de estima y afecto. Sobre todo, quien ha renunciado por amor al Reino a formar su propia familia, siente profundamente esta necesidad de amistad. Quien aprecia el mensaje de Salvación que Pablo anuncia, está bien que le manifieste de una manera o de otra el propio agradecimiento.
Al final de la Carta, Pablo asegura que Dios ama y protege a sus enviados y recompensará de manera sobreabundante los gestos de generosidad en favor de ellos (v. 19).
Evangelio: Mateo 22,1-14
1Jesús tomó de nuevo la palabra y les habló usando parábolas: 2”El reino de los cielos se parece a un rey que celebraba la boda de su hijo. 3Envió a sus sirvientes para llamar a los invitados a la boda, pero éstos no quisieron ir. 4Entonces envió a otros sirvientes encargándoles que dijeran a los invitados: «Tengo el banquete preparado, mis mejores animales ya han sido degollados y todo está a punto; vengan a la boda.» 5Pero ellos se desentendieron: uno se fue a su campo, el otro a su negocio; 6otros agarraron a los sirvientes, los maltrataron y los mataron. 7El rey se indignó y, enviando sus tropas, acabó con aquellos asesinos e incendió su ciudad. 8Después dijo a sus sirvientes: «El banquete nupcial está preparado, pero los invitados no se lo merecían. 9Vayan a los cruces de caminos y a cuantos encuentren invítenlos a la boda.» 10Salieron los sirvientes a los caminos y reunieron a cuantos encontraron, malos y buenos. El salón se llenó de convidados. 11Cuando el rey entró para ver a los invitados, observó a uno que no llevaba traje apropiado. 12Le dijo: «Amigo, ¿cómo has entrado sin traje apropiado?» Él enmudeció. 13Entonces el rey mandó a los guardias: «Átenlo de pies y manos y échenlo afuera, a las tinieblas. Allí será el llanto y el crujir de dientes.14Porque son muchos los invitados pero pocos los elegidos”.
En tiempos de Jesús, el pueblo fantaseaba mucho sobre el “Gan (o Jardín) del Edén” –es decir, el Paraíso– donde los justos gozarían de una felicidad total. A la luz de la bien conocida profecía de Isaías que nos ha sido presentada en la primera lectura, se imaginaban ese paraíso como un banquete suntuoso en el que se les serviría como bebida nada menos que “el vino conservado en el racimo desde los seis días de la Creación”. Se imaginaban este banquete como un lugar donde no sería necesario esparcir aromas y perfumes, porque un viento del Norte y otro del Sur, soplando entre las plantas aromáticas del Gan Edén derramarían por doquier su fragancia.
Los rabinos continuaban con promesas de alegrías aún mayores: “¿Puede un anfitrión –se preguntaban– preparar un banquete para los viandantes sin sentarse a la mesa con ellos? ¿Puede un esposo preparar un banquete para los invitados sin sentarse junto a ellos?” La respuesta era: “En el más allá, el Santo, ¡Bendito sea!, ordenará una danza para los justos en el Gan Edén y se sentará en medio de ellos y cada uno lo señalará diciendo: «ese es nuestro Dios, a quien hemos esperado, gocemos de Su salvación.»”
Es sobre este trasfondo cultural donde se proyecta la parábola que leemos hoy. Notemos inmediatamente, sin embargo, que la perspectiva del reino de Dios anunciado por Jesús es notablemente distinta de la de los rabinos. Estos anunciaban un Gan Edén preparado para el más allá mientras que el banquete del reino de Dios anunciado por Jesús muestra su abundancia para el aquí y ahora: ésta es la condición nueva en la que entra inmediatamente quien acoge el don de su Espíritu, quien cree en su propuesta de felicidad, quien se fía de sus bienaventuranzas.
El ambiente de toda la parábola es de fiesta y alegría, pero surgen también, inesperados, dos momentos dramáticos: en mitad del relato hay una ciudad en llamas y, al final, un desafortunado es expulsado afuera, a las tinieblas. Trataremos de comprender el significado de estas dos escenas, pero comencemos ante todo identificando a los personajes.
La fiesta de bodas es la imagen bíblica del encuentro de Amor entre Dios e Israel. En la parábola, el Esposo es Jesús, Él es el Hijo, y la esposa es la humanidad entera, a la que, aun mostrando tantos aspectos poco atrayentes (odios, guerras, injusticias, lágrimas de inocentes…), Dios ama perdidamente.
El banquete representa la felicidad de los tiempos mesiánicos. Quien acoge la propuesta del Evangelio y entra en el reino de Dios experimenta la más profunda y auténtica alegría. En la Biblia el reino de Dios no se compara con una Iglesia donde todos rezan recogidos y devotos ni tampoco es imaginado como un convento donde no se oye el más mínimo ruido, donde ninguno perturba la meditación y el éxtasis del otro, sino como un banquete en el quetiene lugar el encuentro de unos con otros, donde se come y se bebe a saciedad, se dialoga y se hace fiesta.
En la primera lectura el profeta ha prometido que Dios organizaría un banquete para celebrar la victoria sobre la muerte. La Pascua es el momento del triunfo de Dios y también el día en que se celebran las nupcias indisolubles entre Cristo y la humanidad. Desde el gran acontecimiento de la Pascua, no tiene ya sentido la tristeza, la desconfianza, el desánimo; todas las muertes han sido vencidas; todos los sepulcros han sido abiertos de par en par.
Los siervos encargados de llevar la invitación están divididos en tres grupos. Los dos primeros representan a los profetas del Antiguo Testamento, hasta Juan el Bautista. Éstos han llevado a cabo la tarea de preparar Israel para acoger a Jesús, el Esposo. No han tenido éxito. El tercer grupo indica a los apóstoles y a todos nosotros; los resultados obtenidos por estos últimos son decididamente mejores.
Los primeros invitados no han entrado en la fiesta, no han sido capaces de abandonar sus intereses, sus tierras y sus negocios (v. 5). No tenían necesidad de un banquete; se sentían saciados, pensaban que poseían ya todo lo necesario para una vida sin problemas. Representan a los guías espirituales de Israel, satisfechos de la estructura religiosa que se habían fabricado y que les ofrecía seguridad –según ellos– ante los hombres y ante Dios.
Aquellos que no toman conciencia de su propia pobreza, que no tienen hambre y sed de un mundo nuevo, no entrarán nunca en el reino de Dios, se adaptarán a la mezquindad con la que están acostumbrados a convivir. Solo los pobres pueden entender la gratuidad de Dios.
Los invitados recogidos en las plazas y a lo largo de los caminos son los hombres de todo el mundo. No es casual el hecho de que en el texto original no se hable de buenos y malos –como hacen muchas traducciones (v.10)– sino de malos y buenos, sin distinción; es más, dando la preferencia a aquellos que no tienen ningún mérito. Es una manera útil de hacer referencia a la completa gratuidad del amor de Dios y al hecho de que “cuando todavía éramos débiles, en el tiempo señalado, Cristo murió por los pecadores (Rom 5,6).
La presencia del bien y del mal en la Iglesia es un tema tratado frecuentemente por Mateo. Quien entra en el reino de Dios no se convierte inmediatamente en perfecto; lleva consigo todas sus propias miserias, debilidades morales, enfermedades. El pueblo de Dios está compuesto por gente que es buena y mala; es un campo donde continúa creciendojuntamente el grano y la cizaña; es una red que arrastra toda clase de peces.
Es ésta una invitación a cultivar la comprensión por las debilidades humanas y a mantener las puertas de nuestras comunidades abiertas a todos. Los pobres, los marginados, aquellos que se sienten rechazados deben encontrar en la Iglesia el lugar donde sentirse acogidos, comprendidos y estimados.
Antes de pasar a la segunda parte del pasaje, debe quedar clarificado el detalle de la ciudad en llamas (v. 7). Ha sido ciertamente añadido por Mateo en la parábola contada por Jesús; de hecho, el versículo interrumpe el relato y, si se suprimiera, el hilo narrativo correría con más lógica. Es difícil imaginar un banquete que comienza y después, en mitad del mismo, se hace una guerra y al final… los majares están aún sobre la mesa y los invitados han estado esperando.
El evangelista ha querido hacer una relectura teológica de la destrucción de Jerusalén, que había tenido lugar mucho antes de que él escribiera el Evangelio. Los primeros cristianos probablemente consideraban el trágico acontecimiento como un castigo de Dios a causa del rechazo del Mesías por parte de Israel. Estamos ante una interpretación que hiere nuestra sensibilidad. Sabemos bien que Dios no es el responsable de nuestras insensateces. Se trata, pues, de un modo de expresión bastante arcaico, derivado del lenguaje del Antiguo Testamento donde frecuentemente son llamados castigos de Dios lo que, en realidad, es consecuencia del pecado. He aquí, por ejemplo, cómo Isaías explica las catástrofes que Israel mismo se buscó: “Porque rechazaron la ley del Señor Todopoderoso y despreciaron la palabra del Santo de Israel; por eso se enciende la ira de Dios contra su pueblo y extiende la mano para herirlo” (Is 5,24-25). No sería fidelidad al texto sacro, sino insensato fundamentalismo, repetir hoy estas expresiones que, en nuestra cultura, tienen muy distintosignificado. Es pues necesario reformular las imágenes para hacerlas comprensibles al hombre de hoy.
Así podría ser propuesto hoy el mensaje: Quien rechaza las urgentes invitaciones del Señor a participar en el banquete del reino de Dios, se auto-condena a la destrucción; verá la propia vida reducida a cenizas y, de todo lo que ha construido, no quedará al final sino ruinas humeantes (cf. 1 Cor 3,13).
Como siempre, sin embargo, Dios se sirve de los desastres provocados por el pecado para llevar adelante su proyecto de bien, haciéndolos entrar en su designio de Salvación.
La destrucción del templo de Jerusalén y el rechazo del Mesías por parte de Israel favorecieron de hecho la entrada de los paganos en la Iglesia. Los que entonces “vivían lejos de Cristo, excluidos de la ciudadanía de Israel, ajenos a la alianza y sus promesas, sin esperanza y sin Dios en el mundo” (Ef 2,12) ahora, con pleno derecho, se pueden sentar como comensales en el banquete. La conclusión es tan simple como conmovedora: “y la sala se llenó” (v. 10). No falta nadie; todos los hijos están reunidos en torno a la mesa del Padre; la fiesta puede empezar.
El telón podría caer sobre esta escena dulce y sugestiva, pero la parábola continua con un episodio que parece arruinarlo todo: el Rey entra en la sala, pasa revista a los invitados y arremete contra un pobre diablo que no viste la ropa adecuada; lo trata con una dureza inaudita e injustificada si se considera la poca importancia de la falta (vv. 11-13). Es como un balde de agua fría sobre los que se hubieran dejado llevar por la alegría de la fiesta, quienes se quedan atónitos y boquiabiertos. ¿Cómo se explica esto?
Resulta evidente que esta parte del relato está desligada de la precedente: no concuerda con lo que ha sido afirmado; ¿por qué maravillarse de que alguno no vista ropa nupcial si estos invitados han venido directamente de campos y caminos? Lo extraño sería encontrar a alguien vistiendo ropa de gala. Pero lo que desconcierta más es el desdoblamiento de personalidad del soberano. Se comporta como un esquizofrénico: primero, aparece generoso y bueno con los más desgraciados y, a renglón seguido, por una falta de poca monta, se descompone y se convierte en terrible y cruel.
La explicación es bastante sencilla. La segunda parte de la parábola no tiene nada que ver con la primera; es simplemente una nueva parábola que debe ser interpretada sin referencia a la precedente. Es decir, el texto evangélico de hoy estaría compuesto por dos parábolas. El tema candente que el evangelista quiere resaltar en la segunda parábola es la posibilidad, aun para aquellos que han aceptado la invitación en entrar en el reino de Dios, de alejarse de la lógica evangélica. Éstos están abocados al fracaso como aquellos que rechazaron la invitación a entrar y ser parte.
La vida nueva del cristiano es frecuentemente comparada en el Nuevo Testamento a un vestido nuevo, estrenado en el día del bautismo. No basta haber recibido el sacramento; es necesario asumir un comportamiento coherente. No puede uno presentarse con los harapos de la vida antigua: adulterios, deshonestidad, deslealtad, corrupción moral. No podemos contentarnos con poner un remiendo nuevo en un vestido viejo; es necesario renovar completamente el guardarropa, orientar la vida hacia nuevos valores. En cuanto al castigo infligido al hombre sin vestido nupcial, hay que tener en cuenta que esta manera dura de expresarse es típica de Mateo. Solo él emplea con frecuencia la expresión: “serán expulsados a las tinieblas de afuera” (Mt 8,12; 23,30); “Allí será el llanto y el crujir de dientes” (Mt 13,42-50; 23,30; 24,51…). Los otros evangelistas no emplean nunca este lenguaje.
Mateo escribe para judíos acostumbrados a ser exhortados y amonestados por sus predicadores con estas expresiones fuertes. Se trata de imágenes ligadas al tiempo y a la cultura del pueblo de Israel. Hay que tener siempre presente este hecho para no hacerse una imagen de Dios absurda y hasta blasfema: la de un Dios sin corazón y sin misericordia. El objetivo del evangelista es llamar la atención de los cristianos –de sus y de nuestras comunidades– acerca de la seriedad con que se deben tomar los compromisos bautismales.
La última frase: “Muchos (es decir, todos) son llamados, pocos los escogidos” (v. 14) no está ligada a ninguna de las dos parábolas precedentes. En ellas, los elegidos son muchos (casi todos) y pocos los rechazados (uno solo).
Estamos, en realidad, ante un “dicho” de Jesús pronunciado en un contexto diferente. Mateo lo ha insertado aquí para sacudir con una frase de impacto el sopor y la tibieza de algunos cristianos de sus comunidades. Se interpreta con frecuencia como una indicación sobre el número limitado de los que entrarán en el paraíso. Jesús no está hablando aquí del paraíso, sino del reino de Dios, del mundo nuevo en el que se entra aceptando y comprometiéndose con su propuesta de vida. Todos están invitados, pero pocos tienen la valentía de dar el paso definitivo. La mayoría duda, intenta, vacila, titubea, no están convencidos del todo de que adentro encontrará una mesa abundante; no son capaces de renuncia a la seguridad que les da lo que ya poseen. Jesús pone en guardia acerca del riesgo de perder un tiempo precioso: se podría llegar con retraso, cuando los demás estén ya por el postre y la fruta.
