¿Custodios o depredadores?
Año A – 27.º Domingo del Tiempo Ordinario
Mateo 21,33-43: ¡Escuchad otra parábola!
El Evangelio de este domingo nos ofrece la tercera parábola que tiene como tema la viña. Al igual que la de los dos hijos enviados a la viña del domingo pasado, está dirigida a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo, así como a los fariseos (cf. v. 45), que, en un primer momento, no se dan cuenta de que va dirigida precisamente a ellos. La parábola, conocida como la de los “viñadores homicidas”, es pronunciada en el Templo, tiene tonos dramáticos y prefigura proféticamente el trágico final de Jesús, “agarrado, echado fuera de la viña y matado” fuera de las murallas de Jerusalén.
1. Dios es un viñador
La simbología de la viña como representación del pueblo de Dios, Israel, es bien conocida y queda iluminada por la primera lectura del profeta Isaías (5,1-7). Jesús, sin embargo, cuenta la parábola contra los responsables religiosos que se han adueñado de esta viña, sordos a las llamadas de los profetas (los “siervos” de la parábola) y ahora también a la del Hijo, enviado por Dios, el Dueño de la viña.
Las primeras generaciones cristianas interpretaron la parábola alegóricamente: el primer grupo de siervos representaría a los profetas y el segundo a los apóstoles. Su conclusión: “Se os quitará el Reino de Dios y se dará a un pueblo que produzca sus frutos”, ha sido interpretada a veces como el anuncio de la sustitución de Israel por la Iglesia. Sin embargo, no parece que este sea el sentido principal de la parábola, sino más bien una fuerte reprensión a las autoridades religiosas de su tiempo y de todos los tiempos.
2. Nosotros somos la viña de Dios
Me parece oportuno detenernos, ante todo, en el cuidado amoroso de Dios hacia su viña, que refleja su amor por su pueblo y por cada uno de nosotros. “¿Qué más cabía hacer por mi viña que yo no haya hecho?”, se lamenta el Señor, constatando que la viña, en lugar de producir uvas, ha dado agrazones (Isaías 5,1-7).
Aquella viña plantada “en una fértil colina”, “cavada y despedregada” para que se convirtiera en buena tierra, y formada por “cepas escogidas”, se refiere también a nosotros. También nosotros formamos parte de aquella viña, sarmientos unidos a aquel que es la vid verdadera (Juan 15). En nuestro corazón ha construido una “torre”, no la de Babel, sino la de Pentecostés del Espíritu. Ha “cavado un lagar”, que nos recuerda el agua del Bautismo y el vino de la Eucaristía. Nos ha protegido dentro del recinto de la Iglesia…
Esta es, por tanto, una buena oportunidad para reconocer que “el Señor ha hecho grandes cosas por nosotros” (Salmo 125,3). Pero también es una ocasión para preguntarnos por los frutos que está produciendo nuestra vida cristiana: ¿uvas o agrazones?
3. Nosotros somos los viñadores de Dios
Dios “se marchó lejos” y, con una confianza extraordinaria, nos confió su viña para que la cuidáramos. Es decir, confió sus dones a nuestra responsabilidad: la vida y la salud, la tierra y los bienes, las capacidades y los talentos, la fe y las gracias espirituales… Todo para administrarlo con sabiduría al servicio de todos.
La gran tentación es adueñarse de la “viña”, es decir, de aquello que Dios ha confiado a nuestra custodia, utilizándolo a nuestro gusto y para nuestro exclusivo beneficio. Por otra parte, ya en el relato del primer pecado encontramos la tentación de apropiarse de lo que no nos pertenece. Nuestra codicia nos lleva a acaparar los bienes, a ignorar las necesidades de los demás y sus justas reivindicaciones, a someter a las personas a nuestro servicio, a pisotear a los pobres e incluso a matar, como ilustra muy bien la parábola.
Preguntémonos cuál es nuestra “viña” y cómo la estamos gestionando: ¿como propietarios o como arrendatarios? ¿Cómo ejercemos una función: como servicio o como poder? El Señor nos preguntará: ¿qué habéis hecho de mi viña? ¿Cómo habéis acogido a mis mensajeros? ¿Cómo habéis tratado a mi Hijo? ¡Y tengamos presente que hay muchas maneras de matar a Cristo!…
4. En la viña de la creación: ¿custodios o depredadores?
Esta responsabilidad no afecta únicamente a los dones personales, sino que se extiende también a la gran “viña” que Dios ha confiado a la humanidad: la creación. El 4 de octubre de 2023, el papa Francisco publicó la exhortación apostólica Laudate Deum, continuación de Laudato si’, en la que llamaba a todos a asumir la responsabilidad en la gestión de los bienes de la tierra. Las consecuencias de un uso desenfrenado, egoísta y depredador de la naturaleza están a la vista de todos.
A menudo adoptamos una actitud de casi indiferencia o de minimización, como si la cuestión no nos afectara demasiado, quizá porque no estamos dispuestos a cambiar nuestro estilo de vida. Otras veces descargamos la responsabilidad sobre los demás, especialmente sobre los políticos, a menudo condicionados por grandes intereses económicos, pero no asumimos nuestra parte de responsabilidad, tal vez por considerarla insignificante. ¡Hacer de la tierra un paraíso o un desierto depende también de cada uno de nosotros!
Ante la insuficiencia de las respuestas puestas en práctica por muchos gobiernos y por la comunidad internacional, el papa Francisco lanzaba por ello un nuevo grito de alarma, invitando a actuar antes de que fuera demasiado tarde. Nos recordaba que “el mundo que nos rodea no es un objeto de explotación, de uso desenfrenado, de ambición ilimitada” (n. 25). “Hemos realizado progresos tecnológicos impresionantes y sorprendentes, y no advertimos que al mismo tiempo nos hemos convertido en seres altamente peligrosos, capaces de poner en riesgo la vida de muchos seres y nuestra propia supervivencia” (n. 28).
Y el Papa concluía diciendo: “‘Alaben a Dios’ es el nombre de esta carta. Porque un ser humano que pretende ocupar el lugar de Dios se convierte en el peor peligro para sí mismo” (n. 73).
Preguntémonos: ¿nuestra relación con la naturaleza es un acto de alabanza a Dios o una manera de pisotear su don? En la viña de la creación, ¿nos comportamos como custodios o como dueños y depredadores?
Para la reflexión semanal
- Para comprobar si nuestra vida está produciendo la buena uva del amor y de la justicia o, por el contrario, los agrazones del egoísmo y de la injusticia, confrontémonos con las ocho características del obrar cristiano indicadas por san Pablo en la segunda lectura de hoy: “Todo lo que es verdadero, todo lo que es noble, todo lo que es justo, todo lo que es puro, todo lo que es amable, todo lo que es honorable, todo lo que es virtud y todo lo que merece alabanza, sea esto objeto de vuestros pensamientos” (Filipenses 4,6-9).
- ¿Qué podrías hacer concretamente para “contaminar menos, reducir los desperdicios, consumir con prudencia” (n. 71) y crear una nueva sensibilidad de respeto hacia la “viña” de la creación?
P. Manuel João Pereira, comboniano, MCCJ

P. Manuel João, Comboniano
Reflexión dominical
de la boca de mi ballena, ELA
Nuestra cruz es el púlpito de la Palabra