27º Domingo
Tiempo Ordinario (A)
Mateo 21,33-43
En aquel tiempo, dijo Jesús a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo: «Escuchad otra parábola: Había un propietario que plantó una viña, la rodeó con una cerca, cavó en ella un lagar, construyó la casa del guarda, la arrendó a unos labradores y se marchó de viaje. Llegado el tiempo de la vendimia, envió sus criados a los labradores, para percibir los frutos que le correspondían. Pero los labradores, agarrando a los criados, apalearon a uno, mataron a otro, y a otro lo apedrearon. Envió de nuevo otros criados, más que la primera vez, e hicieron con ellos lo mismo. Por último les mandó a su hijo, diciéndose: “Tendrán respeto a mi hijo.” Pero los labradores, al ver al hijo, se dijeron: “Éste es el heredero, venid, lo matamos y nos quedamos con su herencia.” Y, agarrándolo, lo empujaron fuera de la viña y lo mataron. Y ahora, cuando vuelva el dueño de la viña, ¿qué hará con aquellos labradores?»
Le contestaron: «Hará morir de mala muerte a esos malvados y arrendará la viña a otros labradores, que le entreguen los frutos a sus tiempos.»
Y Jesús les dice: «¿No habéis leído nunca en la Escritura: “La piedra que desecharon los arquitectos es ahora la piedra angular. Es el Señor quien lo ha hecho, ha sido un milagro patente?” Por eso os digo que se os quitará a vosotros el reino de Dios y se dará a un pueblo que produzca sus frutos.»
UN PUEBLO QUE DÉ FRUTO
José Antonio Pagola
A un pueblo que produzca frutos.
La parábola de los «viñadores homicidas» es, sin duda, la más dura que Jesús pronunció contra los dirigentes religiosos de su pueblo. No es fácil remontarse hasta el relato original que pudo salir de sus labios, pero probablemente no era muy diferente del que podemos leer hoy en la tradición evangélica.
Los protagonistas de mayor relieve son, sin duda, los labradores encargados de trabajar la viña. Su actuación es siniestra. No se parecen en absoluto al dueño que cuida la viña con solicitud y amor para que no carezca de nada.
No aceptan al señor al que pertenece la viña. Quieren ser ellos los únicos dueños. Uno tras otro, van eliminando a los siervos que él les envía con paciencia increíble. No respetan ni a su hijo. Cuando llega, lo «echan fuera de la viña» y lo matan. Su única obsesión es «quedarse con la herencia».
¿Qué puede hacer el dueño? Terminar con estos viñadores y entregar su viña a otros «que le entreguen los frutos». La conclusión de Jesús es trágica: «Yo os aseguro que a vosotros se os quitará el reino de Dios y se dará a un pueblo que produzca sus frutos».
A partir de la destrucción de Jerusalén el año setenta, la parábola fue leída como una confirmación de que la Iglesia había tomado el relevo de Israel, pero nunca fue interpretada como si en el «nuevo Israel» estuviera garantizada la fidelidad al dueño de la viña. Jesús no dice que la viña será entregada a la Iglesia o a una nueva institución, sino a «un pueblo que produzca frutos».
El reino de Dios no es de la Iglesia. No pertenece a la Jerarquía. No es propiedad de estos teólogos o de aquellos. Nadie se ha de sentir propietario de su verdad ni de su espíritu. El reino de Dios está en «el pueblo que produce sus frutos» de justicia, compasión y defensa de los últimos.
La mayor tragedia que puede succederle al cristianismo de hoy y de siempre es que mate la voz de los profetas, que los sacerdotes se sientan dueños de la «viña del Señor» y que, entre todos, echemos al Hijo «fuera», ahogando su Espíritu. Si la Iglesia no responde a las esperanzas que ha puesto en ella su Señor, Dios abrirá nuevos caminos de salvación en pueblos que produzcan frutos.
José Antonio Pagola
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EL RELATO NOS INSTA A NO APROPIARNOS DE LO QUE NO ES NUESTRO
Fray Marcos
Continuación del domingo pasado: de las tres parábolas con que responde Jesús a lo jefes religiosos, la de hoy es la más provocadora. Al rechazo de los jefes responde Jesús con suma crudeza. Esta parábola se narra ya en el evangelio de Mc, del que copian Mt y Lc. Cuando se escriben estos evangelios, hacia el año 80, ya se había producido la destrucción de Jerusalén y la total separación de los cristianos de la religión judía y se había concretado la muerte de Jesús. Era muy fácil ‘anunciar’ lo que había sucedido ya.
Aunque el relato puede verse como parábola, el mismo Mt nos la presenta como una alegoría, donde, a cada elemento del relato, corresponde un elemento metafórico espiritual. El propietario es Dios. La viña es el pueblo elegido. Los labradores son los jefes religiosos. Los enviados una y otra vez, son los profetas. El hijo es el mismo Jesús. Los frutos que Dios espera son derecho y justicia. El nuevo pueblo, a quien se ha entregado la viña, que tiene que producir abundantes frutos, es la comunidad cristiana.
El relato del evangelio es copia, casi literal, del texto de Isaías. Pero si nos fijamos bien, descubriremos matices que cambian sustancialmente el mensaje. En Is el protagonista es el pueblo (viña), que no ha respondido a las expectativas de Dios; en vez de dar uvas, dio agrazones. En Mt los protagonistas son los jefes religiosos (viñadores), que quieren apropiarse de los frutos e incluso de la misma viña. No quieren reconocer los derechos del propietario. Pero, curiosamente, al final se retoma la perspectiva de Is y se dice que la viña será entregada a otro pueblo, cosa que ni a Is ni a Jesús se les podía ocurrir.
Como los domingos anteriores, se nos habla de la viña, una de las imágenes más utilizadas en el AT para referirse al pueblo elegido. Seguramente, Jesús recordó muchas veces, el canto de Isaías a la viña; sin embargo, no es probable que la relatara tal como la encontramos en los evangelios. No solo porque en él se da por supuesto la muerte de Jesús y el total rechazo del pueblo de Israel, sino también porque a ningún judío le podía pasar por la cabeza que Dios les rechazara para elegir a otro pueblo. Por lo tanto, está reflejando una reflexión de la primera comunidad cristiana muy posterior a Jesús.
Se os quitará la viña y se dará a otro pueblo que produzca sus frutos. Una manera muy bíblica de justificar que los cristianos se consideraran ahora el pueblo elegido. Esto era inaceptable y un gran escándalo para los judíos que consideraban la Ley y el templo como la obra definitiva de Dios, y ellos, sus destinatarios exclusivos. El relato no sólo justifica la separación, sino que también advierte a las autoridades de la comunidad, que pueden caer en la misma trampa y ser rechazada por no reconocer los derechos de Dios.
Recordemos que, entre la Torá (Ley) y el mensaje del Jesús, existe un peldaño intermedio que a veces olvidamos, y que seguramente hizo posible que la predicación de Jesús prendiera, al menos en unos pocos. Recordad las veces que se dice en el evangelio: “para que se cumplieran las escrituras”. Ese escalón intermedio fueron los profetas, que dieron chispazos increíbles en la dirección correcta; aunque no fueron escuchados. Muchas de las enseñanzas de Jesús, y precisamente las más polémicas, ya las encontramos en ellos.
La piedra desechada por los arquitectos es ahora la piedra angular, da por supuesto la apreciación cristiana de la figura de Jesús. Jesús no pudo contemplar el rechazo del pueblo judío como la causa de su propia muerte. Jesús nunca pretendió crear una nueva religión, ni inventarse un nuevo Dios. Jesús fue un judío por los cuatro costados, y nunca dejó de serlo. Si su predicación dio lugar al nacimiento del cristianismo, fue muy a su pesar. El traspaso de la viña a otros sobrepasa con mucho el pensamiento bíblico. En el AT el pueblo de Israel es castigado, pero permanece como pueblo elegido.
Tendremos verdadera dificultad en aplicarnos la parábola si partimos de la idea de que aquellos jefes religiosos eran malvados y tenían mala voluntad. Nada más lejos de la realidad. Su preocupación por el culto, por la Ley, por defender la institución, por el respeto a su Dios, era sincera. Lo que les perdió fue la falta de autocrítica y confundir los derechos de Dios con sus propios intereses. De esta manera llegaron a identificar la voluntad de Dios con la suya propia y creerse dueños y señores del pueblo.
No se pone en duda que la viña dé frutos. Se trata de criticar a los que se aprovechan de los frutos que corresponden al Dueño. A Jesús le mataron por criticar su propia religión. Atacó radicalmente los dos pilares sobre los que se sustentaba: el culto del templo y la Ley. Tenemos que recordar a nuestros dirigentes, que no son dueños, sino administradores de la viña. La tentación de aprovechar la viña en beneficio propio es hoy la misma que en tiempo de Jesús. No tenemos que escandalizarnos de que en ocasiones, nuestros jerarcas no respondan a lo que el evangelio exige.
La historia nos demuestra que es muy fácil caer en la trampa de identificar los intereses propios o de grupo, con la voluntad de Dios. Esta tentación es mayor, cuanto más religiosa sea la comunidad. Esa posibilidad no ha disminuido un ápice en nuestro tiempo. El primer paso para llegar a esta actitud es separar el interés de Dios del interés del hombre. El segundo es oponerlos. Dado este paso ya tenemos todo preparado para machacar al hombre en nombre de Dios.
¿Qué espera Dios de mí? Dios no puede esperar nada de mí porque nada puedo darle. Él es el que se nos da totalmente. Lo que Dios espera de nosotros no es para Él, sino para nosotros. Lo que Dios quiere es que todas y cada una de sus criaturas alcancen el máximo de ser. Como seres humanos, tenemos que alcanzar nuestra plenitud precisamente por nuestra humanidad. Desde que nacemos tenemos que estar en constante evolución. Jesús alcanzó esa plenitud y nos marcó el camino para que todos podamos llegar a ella.
¿De qué frutos nos habla el evangelio? Los fariseos eran los cumplidores estrictos de la Ley. El relato de Isaías nos dice: “esperó de ellos derecho y hay tenéis asesinatos; espero justicia y ahí tenéis lamentos. En cualquier texto de la Torá hubiera dicho: esperó sacrificios, espero un culto digno, espero oración, esperó ayuno, esperó el cumplimiento de la Ley. Pedir derecho y justicia es la prueba de que el bien del hombre es lo más importante. Jesús da un paso más. No habla ya de “derecho y justicia”, que ya era mucho, sino de amor, que es la norma suprema.
La denuncia nos afecta a todos, porque todos tenemos algún grado de autoridad y todos la utilizamos buscando nuestro propio beneficio en lugar de buscar el bien de los demás. No sólo el superior autoritario que abusa de sus súbditos como esclavos a su servicio, sino también la abuela que dice al niño: si no haces esto, o dejas de hacer aquello, Jesús no te quiere. Siempre que utilizamos nuestra superioridad para aprovecharnos de los demás, estamos apropiándonos de los frutos que no son nuestros.
Fray Marcos
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Dar nuevo vigor a la Fe
Promover la Misión
Romeo Ballan, MCCJ
La viña tiene su cantor. El profeta Isaías, llamado el “Dante de la literatura bíblica”, dedica uno de sus más apasionados cánticos de amor a la viña de un amigo (I lectura). Se trata de una viña plantada con cariño, cuidada, protegida, mimada con gozo y esperanza (v. 1-2.4). “La viña del Señor es su pueblo” (v. 7 y el salmo responsorial). Lamentablemente, la viña – es decir, el pueblo – ha sido infiel. En el momento de la vendimia, los frutos esperados chocan con decepciones y amarguras: agrazones en lugar de uva (v. 4); en vez de frutos de justicia y rectitud, el pueblo ha producido asesinatos y lamentos (v. 7). El drama de esa viña se vuelve, de hecho, en tragedia en la parábola de Jesús (Evangelio). Los labradores, además de adueñarse de la vendimia, se convierten en homicidas: apalean, apedrean y matan a los criados del dueño, e incluso a su hijo (v. 35-39). La aplicación a los hechos de la muerte de Jesús es directa. Sin embargo, el amor de Dios a su pueblo supera cualquier maldad humana. Dios, que se ha insertado en la historia, da un sentido nuevo a los acontecimientos humanos: recupera la piedra – ¡Jesús! – desechada por los constructores y hace de ella la piedra angular (v. 42), es decir, la base de la salvación para todos los pueblos. Ahora el plan está claro: el que rechaza a Dios se autocondena a la infructuosidad; tan solo el que lo acepta y permanece en Él da mucho fruto. Porque sin Él no podemos hacer nada (Jn 15,5). Dios quiere obstinadamente nuestro bien, y, por tanto, no se desanima, no cede ante la decepción, no renuncia a los frutos. Lo intenta de nuevo tras cada rechazo: vuelve a proponer al mismo Salvador ante nuevos pueblos, para que, unidos a Él, den frutos de vida (v. 34.41.43).
La historia del anuncio del Evangelio en el mundo da cuenta de peripecias y cambios de pueblos que, en épocas sucesivas, acogieron o rechazaron el mensaje cristiano, con distintas consecuencias para bien o para mal. Ningún pueblo puede autodefinirse como mejor que los otros, o considerarse evangelizado de una vez por todas. El hecho del nacimiento, el florecer y luego la desaparición de numerosas comunidades en diferentes regiones del planeta, invita a hacer serias reflexiones misioneras. De muchas comunidades cristianas del Norte de África y de Asia Menor – aunque fueron fundadas por Apóstoles o guiadas por Padres de la Iglesia – nos quedan tan solo los nombres, unos restos arqueológicos y poco más. Mientras tanto, otros pueblos y continentes se han abierto al Evangelio y siguen dando frutos (en África, América, Asia, Oceanía…); mientras que algunos pueblos del Occidente cristiano, que en tiempos pasados eran fuertes en la fe, viven ahora situaciones de cansancio y caídas, con escasos frutos. ¿Cómo recuperar lozanía y vigor en la fe? He aquí el gran desafío para una eficaz acción misionera.
San Pablo, al escribir a los Filipenses (II lectura), habla a una comunidad que, en su momento, dio buenos frutos. Él enumera ocho frutos que es preciso cultivar y promover: lo que es verdadero, noble, justo, puro, amable, honorable, virtuoso, encomiable (v. 8), como garantía de paz con Dios y con los demás (v. 8-9). Son valores que invitan a pensar en positivo, y constituyen la base para los caminos de la Misión en el mundo, tales como: diálogo con las otras religiones, inculturación, diálogo ecuménico, promoción de la justicia, salvaguarda de la creación…
Pablo recomienda estos frutos y valores a los cristianos de Filipos, la primera comunidad que él fundó en Europa durante su segundo viaje misionero (años 49-50); una comunidad con la cual estableció relaciones muy cariñosas. Los orígenes de esta comunidad ofrecen pautas misioneras interesantes. Después del concilio de Jerusalén (Hch 15), Pablo visitó nuevamente las comunidades de Asia Menor (que él había fundado el año anterior), nombró allí unos responsables y se puso a buscar nuevos campos de evangelización (Hch 16,6-7). Estando en Tróada (Asia Menor), tuvo la visión nocturna de un macedonio, que le abrió el camino hacia un mundo nuevo: “Pasa a Macedonia y ayúdanos” (Hch 16,9-10). El mar por delante era estrecho, pero el paso era muy significativo: para Pablo y sus compañeros esa fue la entrada al Imperio romano. Desde entonces la mirada de Pablo ya estaba puesta en Roma, la capital del Imperio.
Los comienzos de la comunidad de Filipos y la invitación del macedonio (“Pasa… y ayúdanos”) constituyen un hecho emblemático y un llamado misionero a las comunidades eclesiales de todo tiempo y lugar, para que acojan el grito – abierto o silencioso – de los muchos macedonios de hoy (personas, pueblos, situaciones, acontecimientos…). Son temas permanentes, que exigen oración, reflexión y compromiso en el octubre misionero y en la fiesta misionera del DOMUND. Pero también después. ¡Siempre!
Cristo: piedra que destruye nuestros ídolos
Fernando Armellini
Introducción
El último versículo del Salmo 137 –el célebre canto del exiliado– parece cuidadosamente ignorado. Después de la desgarradora referencia al llanto de los deportados junto a los ríos de Babilonia, el poeta, dirigiéndose a la ciudad sanguinaria, exclama: “¡Dichoso el que agarre y estrelle a tus hijos contra la piedra”! (Sal 137,9). No menos embarazoso es el versículo con que concluye la parábola del evangelio de hoy y que omite el texto del Leccionario. Refiriéndose a Cristo –la piedra que los constructores han descartado y que Dios ha colocadocomo piedra angular–, el evangelista comenta: “¡El que tropiece con esta piedra se hará trizas; al que le caiga encima lo aplastará!” (Mt 21,44).
Son imágenes desconcertantes que de pronto se iluminan si se capta su referencia a la escena descrita en el libro de Daniel: una piedra –no movida por mano de hombre– se desprende de la cumbre y golpea una estatua colosal de apariencia espléndida, pero terrible,que se desploma hecha pedazos (cf. Dn 2,31-35). Es el ídolo que el hombre –en su estupidez–se ha construido y de cuya esclavitud no logra ya más liberarse; es la sociedad corrupta, injusta y deshumana que se ha creado a sí mismo y de la que se vuelve víctima.
Cristo y su Evangelio son “la piedra” lanzada por Dios contra esta estructura monstruosa;son “la piedra” que desenmascara y desactiva la lógica de este mundo, la astucia, las maniobras sucias y, sobre todo, las imágenes insensatas que los hombres se han hecho de Dios. Contra esta piedra están destinados a hacerse trizas los planes de los malvados y “sus hijos a estrellarse”: los malvados no tendrán descendencia, se quedarán sin posteridad, sin futuro, porque Dios hará desaparecer del mundo nuevo todos los agentes de iniquidad. ¡Esta es la Buena Noticia!
Los grandes de este mundo –constructores de la nueva “torre de Babel”–, descartan esta piedra porque no se adapta a sus planes, porque desvirtúa sus sueños y destruye sus reinos.Han tratado de eliminarla; pero Dios la ha escogido como roca de Salvación y quien la ponga como fundamento de la propia vida no quedará defraudado o desilusionado.
Primera lectura: Isaías 5,1-7
1Voy a cantar en nombre de mi amigo un canto de amor a su viña: “Mi amigo tenía una viñaen fértil terreno. 2Removió la tierra, la limpió de piedras y plantó buenas cepas; construyó en medio una torre y cavó un lagar. Y esperó que diera uvas, pero dio frutos agrios. 3Y ahora, habitantes de Jerusalén, hombres de Judá, por favor, sean ustedes los jueces entre mi viña y yo. 4¿Qué más podía hacer por mi viña que yo no lo haya hecho? ¿Por qué, esperando que diera uvas, dio frutos agrios? 5Y ahora les diré a ustedes lo que voy a hacer con mi viña:quitar su valla para que sirva de pasto, derruir su cerca para que la pisoteen. 6La dejaré arrasada: no la podarán ni la limpiarán, crecerán zarzas y cardos; prohibiré a las nubes que lluevan sobre ella”. 7La viña del Señor Todopoderoso es la casa de Israel; son los hombres de Judá su plantación preferida. Él esperó de ellos derecho, y ahí tienen: asesinatos; esperó justicia, y ahí tienen: lamentos.
“Al final de los tiempos…ninguna nación alzará la espada contra otra nación… Se sentará cada uno bajo su parra y su higuera sin sobresaltos” (Mic 4,1-4). Con esta simpática imagen bucólica, Miqueas describe la imagen tranquila y serena a que aspiraba todo israelita. La viña era el símbolo de la paz, de la unión familiar, de la alegría, de la fiesta. La amada del Cantar de los cantares soñaba correr entre las viñas, tomada de la mano del amado, en una fresca mañana de primavera: “amanezcamos entre las viñas, veremos si las vides ya florecen, si echan flores los granados y allí te daré mis amores (Cant 7,13). La esposa del hombre bendecido por Dios es como “la vid fecunda” en la intimidad de su casa (Sal 128,3).
En este contexto cultural, en el que la viña viene asociada al reclamo del amor, ha nacido el poema-canción que se nos propone hoy y que, justamente, está reconocido como una de las obras maestras de la literatura mundial. Describe la pasión de un agricultor por su viña, un afecto avasallador como el del enamorado por la mujer de su vida. En casa, en la calle, con los amigos, no habla sino de ella.
El poeta imagina ser el amigo de este “esposo” y cuenta: “mi amigo tenía una viña en un terreno fértil” (v. 1). Una viña excelente, cepas adquiridas en el extranjero, escogidas entre miles. Había sido plantada sobre la falda soleada de una colina, lugar ideal para obtener esos racimos que ya en julio comienzan a teñirse de violeta, señal de una uva de sabor exquisito y presagio de un vino bueno y fuerte. El terreno había sido desbrozado de espinas, malas hierbas y piedras que fueron recogidas en las márgenes del campo, sirviendo para levantar una cerca que hiciera de muro de protección, juntamente con una torre, contra los ladrones y animales salvajes.
Ninguna atención, cuidado o esfuerzo había sido ahorrado. La ternura del amado aparece en la insistencia con que se repite la expresión mi viña: “Habitantes de Jerusalén, hombres de Judá, sean ustedes los jueces entre mi viña y yo. ¿Qué más podría hacer por mi viña que no lo haya hecho? Ahora les diré a ustedes lo que voy a hacer con mi viña” (vv. 3-5).
A este punto, el lector está ansioso por conocer lo que sigue del relato. ¿Qué producirá la viña, objeto de tantos cuidados? En la segunda estrofa (vv. 3-4) se narra la dramática sorpresa del agricultor: esperaba una uva excelente y, por el contrario, se encuentra con una uva salvaje, áspera, incomible (v. 4).
Como ocurre con el enamorado traicionado y decepcionado cuyo amor se transforma en desilusión, resentimiento y despecho, el agricultor decide infligir un terrible castigo a su viña:abatirá el muro que la cercaba para dejar a los viandantes entrar y pisotearla; a los animales salvajes que la destruyan y a los cardos y espinas que la sofoquen; no la podará más; no la escardará; mandará a las nubes que no descarguen sobre ella la lluvia benéfica o el rocío (vv. 5-6).
La última estrofa (v. 7) explica el sentido del símbolo: la viña es Israel, la vid escogida y preciosa que el Señor adquirió para sí en Egipto. Ya el profeta Oseas, unos cuantos años antes, había declarado: “Israel era vid frondosa” (Os 10,1).
El autor del Salmo 80 desarrolla el detalle de la remoción de las “piedras”, es decir, de los pueblos que ocupaban Palestina antes de la llegada de los israelitas, detalle solo insinuado en nuestro canto: “Arrancaste una vid de Egipto, expulsaste pueblos y la plantaste; desalojaste a sus predecesores y echó raíces hasta llenar el país” (Sal 80,9-10). La torre de protección era la dinastía de David.
A tanto amor, Israel ha respondido con la infidelidad y la rebelión. Los frutos (la uva buena y dulce) que el Señor esperaba eran la fidelidad a la alianza, la justicia social, la ayuda al pobre, al huérfano y a la viuda. ¿Qué ha encontrado? Gritos de gente oprimida y explotada, una religión hecha de procesiones, peregrinaciones al templo, ritos no correspondidos con la conversión del corazón.
En el texto original hay un curioso juego de palabras: justicia y rectitud (que Dios esperaba de su pueblo) son términos similares a derramamiento de sangre y grito de los oprimidos (que es lo que Israel produce). Quien oye la pronunciación de estos términos puede fácilmente confundirlos (mishpat = rectitud y mishpah = derramamiento de sangre; tzedapah= justicia y tze’aqah = grito de los oprimidos). A primera vista, también la uva selvática puede aparecer buena, pero es solo apariencia.
En la alegoría de la viña se enfrentan dos actitudes: la de Dios que manifiesta un amor concreto (prepara el terreno, planta las vides escogidas, las protege con una torre, cava un lagar) y la del pueblo que, olvidándose de la justicia, se contenta con ritos externos, con oraciones devotas (cf. Is 1,11-17). La severa denuncia de Isaías alcanza también a los cristianos de hoy: sobre ellos recae el peligro de creerse en buenas relaciones con Dios por elsolo hecho de realizar impecablemente las prácticas religiosas.
A causa de su infidelidad, Israel ha ido al encuentro del desastre nacional: ha sido invadido por pueblos extranjeros (los asirios, los babilonios…) que han devastado “la viña del Señor” y han reducido Jerusalén “a choza de melonar” (Is 1,8). Esta destrucción es símbolo de la esterilidad a la que se reduce el que ignora, desconoce, no valora las atenciones y el cuidado exquisito que el Señor tiene con él.
Segunda lectura: Filipenses 4,6-9
6No se aflijan por nada; más bien preséntenselo todo a Dios en oración, pídanle y también denle gracias. 7Y la paz de Dios, que supera todo lo que podemos pensar, cuidará sus corazones y sus pensamientos por medio de Cristo Jesús. 8Por último, hermanos, ocúpense de cuanto es verdadero y noble, justo y puro, amable y loable, de toda virtud y todo valor. 9Lo que aprendieron y recibieron, escucharon y vieron en mí pónganlo en práctica. Y el Dios de la paz estará con ustedes.
En los primeros versículos de la lectura (vv. 6-7), Pablo afirma que nada puede destruir la paz y la alegría de un cristiano, nada puede angustiarlo si permanece unido a Dios en la oración. En la segunda parte (v. 8) se presentan una lista de virtudes humanas que los cristianos están invitados a cultivar en la propia vida; se trata de cualidades y comportamientos que son apreciados por todos en cualquier lugar. Todo lo que nos hace amables, simpáticos, honorables, respetados, debe ser practicado por el cristiano; no podemospresumir de ser discípulos de Cristo si antes no somos leales, honestos, íntegros y respetables.Sin temor a ser desmentido, Pablo, poniendo la falsa modestia aparte, se atreve a presentarse como modelo de estos comportamientos (v. 9). Su recomendación es una invitación a los cristianos de hoy a cultivar un trato dulce, simpático, respetuoso con todos, especialmente con los no creyentes.
Evangelio: Mateo 21,33-34
33Escuchen otra parábola: “Un hacendado plantó una viña, la rodeó con una tapia, cavó un lagar y construyó una torre; después la arrendó a unos viñadores y se fue. 34Cuando llegó el tiempo de la cosecha, mandó a sus sirvientes para recoger de los viñadores el fruto que le correspondía. 35Pero los viñadores tomaron a los sirvientes y a uno lo golpearon, a otro lo mataron, y al tercero lo apedrearon. 36Envió otros sirvientes, más numerosos que los primeros, y los trataron de igual modo. 37Finalmente les envió a su hijo, pensando que respetarían a su hijo. 38Pero los viñadores, al ver al hijo, comentaron: «Es el heredero. Lo matamos y nos quedamos con la herencia». 39Agarrándolo, lo echaron fuera de la viña y lo mataron. 40Cuando vuelva el dueño de la viña, ¿cómo tratará a aquellos viñadores?”. 41Le responden: “Acabará con aquellos malvados y arrendará la viña a otros viñadores que le entreguen su fruto a su debido tiempo”. 42Jesús les dijo: “¿No han leído nunca en la Escritura: «La piedra que desecharon los arquitectos es ahora la piedra angular». Es el Señor quien lo ha hecho. ¿y nos parece un milagro? 43Por eso les digo que a ustedes que les quitarán el reino de Dios y se lo darán a un pueblo que produzca sus frutos”.
Como el profeta Isaías, también Jesús recurre a la imagen de la viña para describir la obra de Dios y la respuesta del hombre; la escena, sin embargo, es un tanto diversa. Cambian los personajes: el primer plano no lo ocupan Dios y la viña que da uva agria e incomestible, sino un dueño, Dios, y sus dependientes, identificados con los sumos sacerdotes y guías espirituales del pueblo a los que va dirigida la parábola (cf. Mt 21,23). La viña, por otra parte, no es estéril; parece que da frutos, pero no son entregados al dueño. Finalmente, la conclusión es distinta: no hay abandono ni devastación de la viña, sino un nuevo comienzo, una iniciativa de Salvación; los trabajadores ineptos son substituidos por otros.
Entremos en la parábola. Un terrateniente planta una viña, la circunda con una valla, escava un lagar, construye una torre, la entrega al cuidado de viñadores y se va. Llegado el tiempo de la vendimia, envía a sus siervos a recoger la cosecha, pero éstos se encuentran con la sorpresa de que los viñadores no quieren entregar los frutos. La primera hipótesis que viene a la mente es que los viñadores quieren quedarse con los frutos; existe, sin embargo, otra posibilidad, quizás la más probable: no tienen ningún fruto que presentar. Puede ser que no hayan trabajado, que hayan ocupado el tiempo en costumbres licenciosas o a distracciones inútiles o que no hayan hecho un buen trabajado.
Algunos de ellos comienzan a burlarse de los enviados del dueño; después vienen los insultos y finalmente los golpes y la muerte de algunos siervos. El dueño no se da por vencido; ama demasiado a su viña y manda, entonces, otros siervos, más numerosos que los primeros, pero los resultados son los mismos. Como última tentativa, envía a su propio hijo, pero los trabajadores de la viña lo echan afuera también a él y lo matan, convencidos deconvertirse en dueños del campo que les había sido encomendado. Como en la primera lectura, también en este evangelio todos los detalles del relato tienen un significado simbólico.
El patrón es el Señor que ha prodigado incontables cuidados y manifestado un inmenso amor por su pueblo (v. 33). La cerca es la Torah, la Ley que Dios ha dado a su pueblo para protegerlo de sus enemigos, es decir, de las propuestas de vida insensata que les habría llevado a la ruina. Los viñadores representan a los jefes, los líderes religiosos y políticos cuya tarea era colocar al pueblo en las condiciones ideales para producir los frutos que el dueñoespera de ellos, y que la primera lectura nos permite identificar: se trata de frutos de amor al prójimo y justicia social.
Los dos grupos de invitados se refieren a los profetas que antes y después del exilio han sido enviados, cada vez más numerosos, para exhortar a Israel a la fidelidad a la Alianza. He aquí cómo se expresa Dios por boca de Jeremías: “Desde que salieron de Egipto hasta hoy les envié a mis siervos, los profetas, un día y otro día; pero no me escucharon ni prestaron oídos;se pusieron tercos y fueron peores que sus padres (Jer 7,25-26). El destino de estos hombres fue dramático: golpes, lapidaciones (cf. 2 Cor 24,21), cepos y cadenas (cf. Jer 20,2), muertesa espada (cf. Jr 26,23). No podían esperar otra cosa: eran portavoces de Dios y de su sabiduría; demasiado alejada de los pensamientos de los hombres; tenida por absurda, inaceptable. He aquí por qué los viñadores quieren posesionarse del campo: porque rechazan cualquier otro punto de vista; pretenden gestionar ellos solos la viña. Representan a aquellos para quienes Dios no cuenta y que consideran sus dones como un bien de que apropiarse.
El Hijo es Jesús. El tiempo de la vendimia representa el momento del juicio de Dios que–hay que tener esto bien presente– no debe entenderse como un “ajuste de cuentas”, sino como una intervención salvífica. Me explico. Al final de la parábola, Jesús trata de involucraren la trama del relato a sus oyentes y les pide su parecer sobre qué comportamiento esperarían del dueño de la viña, y ellos responden convencidos: “Acabará con aquellos malvados” (v.41). Esta imagen severa y truculenta es fruto de la efervescente fantasía oriental que –como muchas veces hemos indicado– se complace en pintar cuadros con tintes fuertes, hipérboles y excesos.
Pero Jesús sigue otra lógica. En lugar de aprobar las palabras de amenaza y destrucción pronunciadas por sus oyentes (v. 41), propone la acción de Dios: el Señor no reaccionará destruyendo al malvado ni tampoco fingiendo que el mal no ha sido cometido. Éste permanece; no puede ser maquillado. Pero Dios interviene para sacar bien del mal; es una obra maestra de Salvación. Se puede recordar lo que José dijo a sus hermanos, que lo habían vendido a los egipcios: “Ustedes intentaron hacerme mal. Dios intentaba convertirlo en bien dando vida a un pueblo numeroso” (Gén 50,20).
Los versículos 39,42 y 43 constituyen la parte central de la parábola: describe la muerte y Resurrección del Señor. Los líderes del pueblo toman al Hijo y lo echan fuera de la viña. Es lo que ha sucedido a Jesús: tenido por un blasfemo, por impuro, fue conducido fuera de los muros de la ciudad para ser ajusticiado. Pero Dios, resucitándolo, lo ha glorificado, lo ha constituido Señor, piedra angular de un nuevo edificio.
El resultado final de la intervención del dueño es la entrega de la viña a otros trabajadores que la hagan fructificar. No se trata de una reacción de despecho por parte del dueño sino de un gesto suyo de amor y de Salvación. Ni siquiera el rechazo y la muerte del Hijo hacen que Dios se convierta en enemigo del hombre.
Refiriendo esta parábola, el evangelista Mateo pensaba ciertamente en la infidelidad de los líderes de su pueblo y su rechazo al Mesías de Dios. Pero no solamente pensaba en ellos;pensaba también en sus comunidades y en el mundo entero: todo hombre es un viñador del que Dios espera la entrega de los frutos. La Buena Noticia con que concluye el pasaje evangélico (v. 43) es que, a pesar de todos los rechazos del hombre, al final Dios encuentra siempre la manera de alcanzar su objetivo y obtener los frutos buenos que desea.
