Año A – 26.º domingo del Tiempo Ordinario
Mateo 21,28-32: «Un hombre tenía dos hijos»

Hoy escuchamos la segunda parábola relacionada con la viña. El domingo pasado se hablaba de jornaleros llamados a trabajar en la viña; hoy, en cambio, se trata de dos hijos a quienes el padre invita a ir a ella.

1. ¡Un Dios que lo trastoca todo!

«¿Qué os parece? Un hombre tenía dos hijos. Se dirigió al primero y le dijo: “Hijo, ve hoy a trabajar en la viña”. Él respondió: “No quiero”. Pero después se arrepintió y fue. Se dirigió al segundo y le dijo lo mismo. Este respondió: “Sí, señor”. Pero no fue. ¿Cuál de los dos cumplió la voluntad del padre?». Respondieron: «El primero».

¿Quiénes son estos dos hijos? Jesús los identifica claramente. El primero, que dice NO pero después cambia de parecer, representa a los publicanos y a las prostitutas, las dos categorías de pecadores más despreciadas, consideradas “inconvertibles” y acusadas de retrasar la llegada del Reino de Dios.

El segundo representa a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo, a quienes Jesús se está dirigiendo. A estos podríamos añadir los escribas y los fariseos, tantas veces reprendidos por Jesús: aquellos que se consideraban justos y, por consiguiente, no necesitados de conversión.

Pues bien, a estos, cuyo SÍ es en realidad un NO, a quienes «dicen y no hacen» (Mateo 23,3), Jesús dirige una afirmación escandalosa, hiriente: «En verdad os digo: los publicanos y las prostitutas van por delante de vosotros en el reino de Dios».

¡Realmente hay que decir que Dios no respeta nuestros esquemas, nuestras categorías, nuestros criterios de orden y de valor!

2. ¿En cuál de los hijos me veo reflejado?

¿Con cuál de los dos hijos nos identificamos? Quizá sintamos cierto malestar al tener que escoger uno u otro. ¡Nos haría falta un tercer hijo, uno que diga SÍ y vaya de verdad a la viña! Sin embargo, este tercer hijo ideal no existe. O mejor dicho: sí existe, pero no somos nosotros. Es Cristo, cuya vida fue un SÍ: «En él se realizó el “sí”. Pues todas las promesas de Dios han alcanzado su “sí” en él» (2 Corintios 1,19-20).

Pero la Palabra nos obliga a confrontarnos con estos dos hijos. Si lo pensamos bien, los dos conviven dentro de nosotros. Goethe decía: «Dos almas habitan, ¡ay!, en mi pecho». Por lo demás, el mismo Pablo dijo: «No logro entender lo que hago, pues no hago lo que quiero, sino lo que detesto» (Romanos 7,15).

También nosotros hablamos muchas veces «con doble corazón», como dice el salmista (Salmo 12,3). ¡Cuántas veces invocamos «Señor, Señor» (Mateo 7,21), y cuántos Amenes —es decir, cuántos SÍES— pronunciamos que contrastan con nuestra vida concreta!

Cada mañana, cada día, digo SÍ al Señor escuchando su Palabra. ¿Y después? Después el día es otra cosa completamente distinta. Claro. Pero ¿cómo podría decir NO al Padre?

Me sucede un poco como en algunas culturas africanas en las que he trabajado, donde sería una falta de respeto decir NO. Como mucho, te dicen: «Mañana». Y ese «mañana», ya lo sabes, significa NO.

Así hago yo también con Dios: ¡cortésmente desobediente!

Las fronteras entre nuestros SÍES y nuestros NOES son muy difusas. Comenta el padre Ermes Ronchi: «Un hombre tenía dos hijos. Y se podría decir: un hombre tenía dos corazones. Porque aquellos dos hijos son nuestro corazón dividido, un corazón que dice sí y dice no, un corazón que dice algo y luego se contradice… Una de las oraciones más importantes de los salmos pide: Señor, dame un corazón íntegro; haz que no tenga dos corazones en lucha entre sí; dame un corazón unificado (cf. Salmo 101)».

3. ¿Quién es mi hermano?

¡Dos hijos, dos hermanos! Sí, porque la filiación crea fraternidad.

¿Quién es mi hermano? Quizá aquel que tiene la osadía de decir NO, que aprecia su libertad frente a cualquier vínculo, un rebelde. Pienso en quien se declara indiferente o no practicante, no creyente… Sin embargo, con gran sorpresa, lo encuentro trabajando en la viña de la solidaridad y de la fraternidad, luchando por un mundo mejor.

«¿Qué os parece?… ¿Cuál de los dos cumplió la voluntad del padre?» Yo también respondo: «El primero», es decir, aquel a quien yo consideraba lejano y que pensaba que no se preocupaba en absoluto por la viña.

4. ¡Se busca al tercer hijo y hermano!

Alguien ha imaginado la presencia de un tercer hijo en la parábola. Este había oído al Padre invitar a sus dos hermanos y, en silencio, sin decir una sola palabra, había ido a trabajar en la viña.

No sé si habéis encontrado alguna vez a este tercer hermano. Yo lo he encontrado muchas veces en nuestras comunidades: hermanos discretos, generosos, disponibles y diligentes que, sin hacerse notar ni tener que ser rogados, hacen que encontremos las cosas ya hechas. Son una bendición para una comunidad. Es una pena que muchas veces solo nos demos cuenta de ello cuando ya no están.

En las familias suele haber alguien que asume este papel —muy a menudo han sido, y siguen siendo, las madres—. Pues bien, este tercer hijo o esta tercera hija hace presente la figura de Jesús, «el que está en medio de nosotros como el que sirve» (cf. Lucas 22,27). El Padre busca hijos e hijas así: «los verdaderos adoradores» (cf. Juan 4,23).

Para la reflexión y la oración personal

  • «Vosotros decís: “No es justo el proceder del Señor”» (Ezequiel 18,25-28, primera lectura).
    ¡Cuántas veces lo he pensado también yo en mi moralismo satisfecho! Conviérteme, Señor, a tu manera de actuar.
  • «Cada uno de vosotros, con toda humildad, considere a los demás superiores a sí mismo» (Filipenses 2,1-11, segunda lectura).
    Líbrame, Señor, de la envidia y haz que mi corazón se alegre del bien de los demás.
  • «En verdad os digo: los publicanos y las prostitutas van por delante de vosotros en el reino de Dios» (Evangelio).
    Despójame, Señor, de mis pretensiones de superioridad. Haz que me maraville al verme adelantado por los últimos de la fila y que vaya contento a ocupar «el último puesto» (Lucas 14,9).

Cada día es el HOY de la parábola:
«Hijo, hoy ve a trabajar en la viña».

P. Manuel João Pereira Correia, MCCJ