26º Domingo
Tiempo Ordinario (A)
Mateo 21,28-32

En aquel tiempo, dijo Jesús a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo: «¿Qué os parece? Un hombre tenía dos hijos. Se acercó al primero y le dijo: “Hijo, ve hoy a trabajar en la viña.” Él le contestó: “No quiero.” Pero después recapacitó y fue. Se acercó al segundo y le dijo lo mismo. Él le contestó: “Voy, señor.” Pero no fue. ¿Quién de los dos hizo lo que quería el padre?» Contestaron: «El primero.»
Jesús les dijo: «Os aseguro que los publicanos y las prostitutas os llevan la delantera en el camino del reino de Dios. Porque vino Juan a vosotros enseñándoos el camino de la justicia, y no le creísteis; en cambio, los publicanos y prostitutas le creyeron. Y, aun después de ver esto, vosotros no recapacitasteis ni le creísteis.»
POR DELANTE DE NOSOTROS
José Antonio Pagola
Un día, Jesús pronunció estas duras palabras contra los dirigentes religiosos de su pueblo: «Os aseguro que los publicanos y las prostitutas entrarán antes que vosotros en el reino de Dios». Hace unos años pude comprobar que la afirmación de Jesús no es una exageración.
Un grupo de prostitutas de diferentes países, acompañadas por algunas Hermanas Oblatas, reflexionaron sobre Jesús con la ayuda de mi libro Jesús. Aproximación histórica. Todavía me conmueve la fuerza y el atractivo que tiene Jesús para estas mujeres de alma sencilla y corazón bueno. Rescato algunos de sus testimonios.
«Me sentía sucia, vacía y poca cosa, todo el mundo me usaba. Ahora me siento con ganas de seguir viviendo, porque Dios sabe mucho de mi sufrimiento […] Dios está dentro de mí. Dios está dentro de mí. Dios está dentro de mí. ¡Este Jesús me entiende…!».
«Ahora, cuando llego a casa después del trabajo, me lavo con agua muy caliente para arrancar de mi piel la suciedad y después le rezo a este Jesús porque él sí me entiende y sabe mucho de mi sufrimiento […] Jesús, quiero cambiar de vida, guíame, porque tú solo conoces mi futuro».
«Yo pido a Jesús todo el día que me aparte de este modo de vida. Siempre que me ocurre algo yo le llamo y él me ayuda. Él está cerca de mí, es maravilloso […] Él me lleva en sus manos, él carga conmigo, siento su presencia».
«En la madrugada es cuando más hablo con él. Él me escucha mejor, porque en este horario la gente duerme. Él está aquí, no duerme. Él siempre está aquí. A puerta cerrada me arrodillo y le pido que merezca su ayuda, que me perdone, que yo lucharé por él».
«Un día, yo estaba sentada en la plaza y dije: “Oh, Dios mío, ¿será que yo solo sirvo para esto? ¿Solo para la prostitución?” […] Entonces es el momento en que más sentí a Dios cargando conmigo, ¿entendiste?, transformándome. Fue en aquel momento. Tanto que yo no me olvido. ¿Entendiste?».
«Yo ahora hablo con Jesús y le digo: aquí estoy, acompáñame. Tú viste lo que le sucedió a mi compañera [se refiere a una compañera asesinada en un hotel]. Te ruego por ella y pido que nada malo les suceda a mis compañeras. Yo no hablo, pero pido por ellas, pues ellas son personas como yo».
«Estoy furiosa, triste, dolida, rechazada, nadie me quiere, no sé a quién culpar, o sería mejor odiar a la gente y a mí, o al mundo. Fíjate, desde que era niña yo creí en ti y has permitido que esto me pasara. Te doy otra oportunidad para protegerme ahora. Bien, yo te perdono, pero, por favor, no me dejes de nuevo».
¿Qué misterio se encierra en Jesús para tener ese poder en el corazón de las personas? Cómo cambiaría la vida de muchos si le conocieran mejor.
José Antonio Pagola
http://www.musicaliturgica.com
RECTIFICAR ES MÁS HUMANO QUE HACER ALARDE DE BONDAD
Fray Marcos
Jesús acaba de realizar la “purificación del templo”. En el episodio inmediatamente anterior, los sumos sacerdotes y los senadores, preguntan a Jesús con qué autoridad actúa así. Él les responde con otra pregunta: ¿El bautismo de Juan era cosa de Dios o cosa humana? No se atreven a contestar, y Jesús les cuenta esta parábola. Mateo trata de justificar que la comunidad cristiana se apartara del organigrama religioso judío, pero quiere advertir también a la nueva comunidad, que no debe caer en el mismo error.
En este capítulo, siguen las advertencias a la comunidad. Es muy peligroso creerse perfecto. Lo importante es descubrir los fallos y rectificar lo que has hecho mal. La pura teoría no sirve para nada, solo la vida salva. Lo que digamos o lo que proclamemos son palabras vacías, mientras no vayan acompañadas por una actitud vital, que inevitablemente se manifestará en las obras. En el evangelio de Juan, Jesús pone como instancia definitiva sus obras. “Si no me creéis a mí, creed a las obras”.
El domingo pasado nos hablaba de jornaleros. Hoy nos habla de hijos. En el AT, el pueblo en su conjunto, se consideraba hijo de Dios. Jesús distingue ahora dos hijos: los que se consideran verdaderos israelitas y los que los jefes religiosos consideran pecadores. Recordemos que ser hijo significaba hacer en todo la voluntad del padre. Un buen hijo era el que salía al padre. El que dejaba de hacer la voluntad del padre, dejaba de ser hijo. “¿Quién hizo la voluntad del padre?” quiere decir “¿quién es verdadero Hijo?”
Jesús se enfrenta a los jefes religiosos, como respuesta a la radical oposición que ellos le han manifestado. Todos los evangelios dejan clara esa lucha a muerte de las instancias religiosas contra Jesús. Sin embargo, no podemos sacar de estas parábolas argumentos antisemitas.
Las prostitutas y los recaudadores de impuestos, que Jesús pone por delante de los jefes religiosos, eran también judíos; y los primeros cristianos eran todos judíos.
Los fariseos no tenían nada de qué arrepentirse, eran perfectos, porque decían “sí” a todos los mandamientos. Consideraban que tenían derecho al favor de Dios, por eso rechazan de plano, el cambio que les propone Jesús. Como los de primera hora del domingo pasado exigen la paga justa por su trabajo. Para ellos es intolerable que Dios pague lo mismo al que no ha trabajado. No se dan cuenta de que su respuesta es solamente formal, sin compromiso vital alguno. El espíritu de la Ley les importaba un pito.
El escándalo está servido: Para Jesús no hay duda, los que se consideran buenos son los malos, y los malos son los buenos. Los primeros eran lo estrictos cumplidores de la Ley, los segundos ni la conocían, ni podían cumplirla. Los primeros ponían su empeño en el cumplimiento externo de las normas. Los otros buscaban una posibilidad de hacerse más humanos, porque se sabían pecadores. Jesús deja claro cual es la voluntad de Dios, y quién la cumple. Pero Jesús da a entender que tanto los unos como los otros, son hijos.
Los recaudadores y las prostitutas os llevan la delantera en el Reino. Es una de las frases más hirientes que pudo decir Jesús a los jerifaltes religiosos. Eran las dos clases de personas más denigradas y odiadas por las instancias religiosas. Pero Jesús sabía muy bien lo que decía. El organigrama religioso-social de su tiempo era represivo e injusto. Que esa situación se mantuviera en nombre de Dios no podía aguantarlo quien había descubierto un Dios, que lo único que quiere es el bien del hombre.
No se alude en el relato a las otras dos situaciones que se pueden dar: El hijo que dice sí y va a trabajar a la viña; y el hijo que dice no, y no va. En estos dos casos no hay posibilidad de equivocarse ni cabe la pregunta de quién cumple la voluntad del padre. Lo que pretende el relato es advertir sobre el engaño en que puede caer el que interprete superficialmente la situación del que dice “sí” y no va; y del que dice “no” pero va.
No debemos engañarnos. La simplicidad del relato esconde una enseñanza fundamental. Como conclusión general, tenemos que decir que los hechos son lo importante, y que las palabras sirven de muy poco. La praxis prevalece siempre sobre la teoría. El evangelio no nos invita a decir primero no y después sí. El ideal sería decir sí y hacer; pero lo maravilloso del mensaje está precisamente ahí: Dios comprende nuestra limitación y admite la posibilidad de rectificación, después de “recapacitar”, dice el texto.
Nuestras actitudes religiosas son incoherentes. Llevamos muchos siglos haciendo una religión de ritos, doctrinas y preceptos. Desde el bautismo decimos “sí voy”, pero nos quedamos siempre en donde estamos. No hay más que ver lo que se entiende por “practicante” para darse cuenta de que no tiene nada que ver con la vida real. Nos estamos yendo cada vez más por las ramas y alejándonos de la raíz del evangelio.
Se nos llena la boca proclamando pomposamente que somos cristianos, pero hay muchos que sin serlo, cumplen el evangelio mucho mejor que nosotros. El fariseísmo se ha convertido en moneda corriente entre nosotros, y damos por hecho que basta hablar del evangelio u oír hablar de él para tranquilizar nuestra conciencia. Hay un refrán que lo expresa muy bien: “Una cosa es predicar y otra dar trigo”.
En la primera lectura ya se nos dice que ni siquiera los mayores fallos son definitivos. Podemos en cualquier momento rectificar la trayectoria equivocada. Los errores cometidos pueden ayudarnos a encontrar el camino verdadero. Somos limitados y tenemos que aceptar esta condición porque es parte de nuestra naturaleza. No podemos pretender, ni para nosotros ni para los demás, la perfección. Cuando exigimos a un ser humano ser pluscuamperfecto estamos exigiéndole que deje de ser humano.
Solo la experiencia me dice qué es lo que me deteriora como ser humano y qué es lo que me enriquece. Cuando damos por absoluta una norma nos anclamos en el pasado y nos negamos a progresar. El gran peligro para esta fijación es creer que Dios nos ha dado directamente esa norma. Desde esa perspectiva se siguen cometiendo verdaderas barbaridades en contra del ser humano. El Dios de Jesús nunca puede ir en contra del hombre; las normas que hemos promulgado en su nombre, sí. Entender la religión como verdades, normas y ritos absolutos, es fundamentalismo puro.
También hoy podemos ir un poco más allá de la parábola. Ni siquiera las obras tienen valor absoluto. Las obras pueden ser la manifestación de una actitud vital, pero pueden ser reacciones automáticas desconectadas de nuestro verdadero ser, y conectadas solo al interés egoísta. Los fariseos cumplían escrupulosamente todas las normas, pero lo hacían mecánicamente, sin ninguna sinceridad de corazón. No pierdas el tiempo tratando de situarte en una de las partes. Todos estamos diciendo “no” cada tres por cuatro, y todos estamos diciendo “sí” con una pasmosa ligereza. La vida es una constante rectificación.
Fray Marcos
https://www.feadulta.com
“¡Vete hoy a trabajar…!” Actualidad de la misión
Romeo Ballan, MCCJ
Un padre, dos hijos, una hacienda familiar que llevar adelante con el trabajo de todos, haciendo equipo, sin echarse atrás… Es la escena que Jesús presenta en la parábola (Evangelio), con la invitación-mandato a ir a trabajar en la viña. Es decir, para el crecimiento del Reino de Dios en el mundo. Retorna aquí el mensaje del domingo pasado sobre el trabajo en el campo de Dios, la conversión del corazón, la gratuidad del amor y del servicio, la aceptación del plan de Dios Padre… El Señor no se conforma con palabras, se fija en los frutos: “No todo el que me diga: ‘Señor, Señor’, entrará en el Reino de los cielos, sino el que haga la voluntad de mi Padre celestial” (Mt 7,21). La palabra de Jesús y el mensaje de la parábola suenan como una fuerte llamada a la conversión, a la coherencia entre fe y obras. Una llamada que aparece evidente en los frecuentes debates-polémicas entre Jesús y los fariseos. Cuando Mateo, algunas décadas después de la muerte y resurrección de Jesús, escribía estos textos, las comunidades cristianas estaban ya formadas principalmente por personas procedentes del paganismo, mientras que la mayoría de los hijos de Israel no había reconocido en Jesús al Mesías prometido, y, por tanto, había rehusado entrar en la viña.
La profecía de Jesús ya se había hecho realidad: “Los publicanos y las prostitutas les llevan la delantera en el camino del Reino de Dios” (v. 31). Esta palabra no da pie a una gradación de mérito o de lugares privilegiados, indica tan solo una precedencia en la disponibilidad y apertura a la novedad de Dios. Jesús no quiere elogiar la prostitución, sino más bien elogiar a quien tiene el valor de cambiar su vida, de convertirse, como la adúltera, como Mateo y Zaqueo. La parábola nos garantiza que nuestro Padre bueno acepta que uno se atrase y necesite tiempo para recapacitar, acoge incluso a aquellos que parecen los más indignos, si creen y se arrepienten (v. 32). Porque Él es un Dios especial, que manifiesta su poder sobre todo con el perdón y la misericordia.
Los dos hijos de la parábola son dos pueblos (Israel y los paganos), son dos corazones con diversas vicisitudes, son dos caras de la misma moneda. En realidad, los dos hijos somos cada uno de nosotros, con nuestros altibajos e incoherencias, en una mixtura de Sí y de No, entre tiempos de fidelidad y de fragilidad, según los momentos y épocas de la existencia… La fe no se limita a un sentimiento interior, conlleva un estilo de vida, listos para cambiar, emprender un nuevo camino. No basta con decirse creyentes, hace falta ser creíbles. Ya a finales del primer siglo cristiano (hace unos 1.900 años), san Ignacio de Antioquía escribía: “Es mejor ser cristianos sin decirlo, que decirlo sin serlo”.
Además de los dos hijos de la parábola con su Sí y No, hay un tercer hijo, que no somos nosotros: es Jesús, Hijo del Padre, que conoce y realiza una sola palabra: el Sí de Dios para la salvación de la humanidad (cfr. 2Cor 1,19; Mt 11,26). El grandioso himno cristológico en la carta de San Pablo a los Filipenses (II lectura) es una contemplación orante del misterio de Cristo Jesús: Él es Dios como el Padre y el Espíritu, pero se anonada, se despoja de su rango, toma la condición de siervo obediente, se humilla hasta la muerte de cruz. Pero Dios lo exalta por encima de todos, hasta el punto de que toda lengua proclame que “Jesucristo es Señor, para gloria de Dios Padre” (v. 11). Cristo no se ha encerrado en sus intereses, ha buscado el interés de los demás (v. 4): Él, el Misionero del Padre, ha entregado su vida por todos; por tanto, todo cristiano, cada misionero está llamado a seguir su ejemplo, asumiendo los sentimientos de Cristo Jesús (v. 5): amor, humildad, compasión, entrega total. Él es el camino de la misión.
La orden del padre a los hijos es clara: “Hijo, vete hoy a trabajar a la viña” (v. 28). Esta escena agrícola está en conexión con otra invitación de Jesús a hacerse cargo de la mies ya madura: “Alcen sus ojos y vean los campos que blanquean ya para la siega” (Jn 4,35). Se trata de una mies abundante, para la cual, lamentablemente, faltan obreros (cfr. Mt 9,37). La orden es clara y plenamente actual: “Hijo, vete hoy…” Es una orden para nuestro tiempo. ¡Es para hoy! Las necesidades son cuantiosas y urgentes: en la Jornada mundial del migrante y del refugiado, al comienzo del octubre misionero y cercanos ya al DOMUND, es fácil identificar la viña de la parábola con el mundo de las misiones, donde el trabajo por el anuncio del Evangelio es proverbialmente inmenso, mientras que las fuerzas disponibles – personas y medios – escasean. La orden de Jesús es semejante a la invitación que el sacerdote dirige a los fieles al final de la Misa: vayan en paz a realizar la misión. En latín se decía: ‘Ite, missa est’, que equivale a: ‘Ite, missio est’; es decir: “Vayan. ¡Es la hora de la Misión!Jesucristo espera de cada uno una respuesta personal, libre, generosa y coherente.
El «sí» más convencido pasa a través de un «no»
Fernando Armellini
Introducción
Hay quien responde sí porque no ha entendido y quien, más lealmente, dice no porque no está convencido y quiere comprender mejor. Su no es un modo no muy elegante de pedir explicaciones y de decir que quiere ver más claro. Quien responde inmediatamente sí al Señor, quizás no se haya dado cuenta de quién es Él, cómo piensa y qué está proponiendo.
En nuestra sociedad es apreciado quien produce. El viejo, el enfermo, el minusválido, son respetados, amados, ayudados, pero frecuentemente se los considera como un peso; no es percibido inmediatamente su valor y su preciosa contribución a hacer más humano nuestro mundo. Premiamos a los eficientes y a los capaces; estimamos a quienes han logrado subir a lo más alto por sí mismos, por su propio esfuerzo; remuneramos a quien trabaja. Dios piensa y actúa diferentemente: comienza por los últimos, se interesa de los últimos y premia a los últimos. Gratuitamente.
La parábola del pasado domingo nos dejó un tanto desconcertados y, quizás, hemos reflexionado a lo largo de la semana sobre el comportamiento ilógico del patrón que retribuye a los trabajadores de última hora como a los primeros. Es difícil renunciar a la religión de los méritos y creer en la gratuidad del amor de Dios. La primera lectura de hoy parece responder a nuestras objeciones: “Uds. dicen: «No es justo el proceder del Señor.» Escucha Casa de Israel: ¿Es injusto mi proceder? ¿No es el proceder de ustedes el que es injusto?” (Ez 18,25).
Decir sí a Dios es renunciar a los propios pensamientos y aceptar los suyos. El Señor no busca a los saciados sino a quien tiene hambre para colmarlo de sus bienes (cf. Lc 1,53); no aprecia a los poderosos que se sientan sobre tronos sino que se inclina para levantar a los humildes (cf. Lc 1,52); no premia a los justos por sus méritos sino que se hace compañero de los débiles y da el primer lugar apublicanos y prostitutas en su reino (cf. Mt 21,31). Solo quien se considera el último, pecador y necesitado de su ayuda, podrá experimentar la alegría de ser salvado.
Primera lectura: Ezequiel 18,25-28
25Ustedes objetarán: “No es justo el proceder del Señor”. Escucha, Casa de Israel: ¿Es injusto mi proceder? ¿No es el proceder de ustedes el que es injusto? 26Cuando el justo se aparta de su justicia, comete la maldad y muere, muere por la maldad que cometió. 27Y cuando el malvado se convierte de la maldad que hizo y practica el derecho y la justicia, él mismo salva su vida. 28Si recapacita y se convierte de los delitos cometidos, ciertamente vivirá y no morirá.
¿De qué conversaban los deportados de Babilonia sino de la destrucción de su ciudad y de los responsables de la catástrofe? Por más que se estrujaban el cerebro, llegaban siempre a la misma conclusión: “Hemos sido víctimas de errores cometidos por otros; nuestros padres han pecado y nosotros cargamos con las consecuencias.” Y, como un escribillo, iban repitiendo el proverbio: “Los padres comieron uvas agrias y a los hijos se les destemplan los dientes” (Ez 18,2).
Las previsiones de futuro eran oscuras. Lejos de Jerusalén, apartados del lugar santo, del templo en el que habrían podido pedir perdón al Señor y ofrecerle sacrificios de expiación por los pecados, se sentían derrotados y sin esperanza alguna.
Entre los deportados se encontraba también Ezequiel, quien se plantó frente a estos prejuicios difundidos entre el pueblo. Es verdad, decía, que existe una solidaridad en el mal; es cierto que las consecuencias del pecado afectan no solo a quien lo comete sino también a los inocentes, prolongándose, a veces por generaciones; sin embargo no se trata de un destino ineluctable; es posible romper esta cadena y a cada uno se le exige la propia contribución parahacer cambiar de rumbo a la historia. Quien baja los brazos, quien se resigna, no puedeatribuir la culpa a los padres. La responsabilidad recae sobre el mismo que se comporta como un inerme: “muere por la iniquidad que ha cometido” (v. 26).
No se obtiene la liberación del pecado mediante la observancia de ritos; es inútil repetir: “No tenemos ya ni príncipe, ni jefe, ni profeta, ni holocaustos, ni sacrificios, ni ofrendas, ni incienso, ni lugar donde ofrecerte primicias y alcanzar tu misericordia” (Dn 3,38). La triste herencia del pecado se cancela con la conversión: “Quien se convierte de la maldad que hizo y practica el derecho y la justicia, él mismo salva su vida” (v. 27).
El mensaje de Ezequiel es consolador: El «no» del hombre a Dios siempre tieneconsecuencias, pero no es definitivo; no es nunca la última palabra. En todo momento se puede convertir en un «sí»: “si recapacita y se convierte de los delitos cometidos, ciertamente vivirá y no morirá” (v. 28).
Segunda lectura: Filipenses 2,1-11
1Si algo puede una exhortación en nombre de Cristo, si algo vale el consuelo afectuoso, o la comunión en el espíritu, o la ternura del cariño, 2les pido que hagan perfecta mi alegría permaneciendo bien unidos. Tengan un mismo amor, un mismo espíritu, un único sentir. 3No hagan nada por ambición o vanagloria, antes con humildad estimen a los otros como superiores a ustedes mismos. 4Nadie busque su interés sino el de los demás. 5Tengan los mismos sentimientos de Cristo Jesús, 6quien, a pesar de su condición divina, no hizo alarde de ser igual a Dios 7sino que se vació de sí y tomó la condición de esclavo haciéndose semejante a los hombres. Y mostrándose en figura humana 8se humilló, se hizo obediente hasta la muerte, y una muerte en cruz. 9Por eso Dios lo exaltó y le concedió un nombre superior a todo nombre, 10para que, ante el nombre de Jesús, toda rodilla se doble, en el cielo, la tierra y el abismo; 11y toda lengua confiese “¡Jesucristo es Señor!” para gloria de Dios Padre.
La comunidad de los filipenses era muy buena y Pablo estaba muy orgulloso de ella pero, como sucede a veces, había un poco de envidia entre sus miembros. Por lo visto, cuando alguien quería atraer sobre sí la atención se comportaba como el patrón, queriendo imponer su voluntad a los demás. A causa de esta situación, Pablo los amonesta y recomienda con apasionamiento en la primera parte de la carta: “Les pido que hagan perfecta mi alegría permaneciendo bien unidos. Tengan un mismo amor, un mismo espíritu, un único sentir. No hagan nada por ambición o vanagloria… nadie busque su interés sino el de los demás” (Fil 2,2-4).
Para mejor imprimir en la mente y en el corazón de los filipenses esta enseñanza, presenta el ejemplo de Cristo. Lo hace citando un himno estupendo, conocido en muchas de las comunidades cristianas del siglo I.
En dos estrofas el himno cuenta la historia de Jesús. Él existía ya antes der hacerse hombre. Encarnándose, “se vació” de su grandeza divina, aceptando entrar en una existencia esclava de la muerte. No se ha revestido de nuestra humanidad como quien endosa un vestido para quitárselo después. Se ha hecho para siempre semejante a nosotros: ha asumido nuestra debilidad, nuestra ignorancia, nuestra fragilidad, nuestras pasiones, nuestros sentimientos y nuestra condición mortal. Ha aparecido a nuestros ojos en la humildad del más despreciado de los hombres, el esclavo, aquel a quien los romanos reservaban el suplicio ignominioso de la cruz (vv. 6-8). El camino que él ha recorrido, sin embargo, no ha concluido con la humillación y muerte de cruz.
En la segunda parte del himno (vv. 9-11) canta la gloria a la que ha sido elevado: el Padre lo ha resucitado, lo ha puesto como modelo a todo hombre, le ha dado el poder y el dominio sobre toda criatura. La humanidad entera terminará uniéndose a Él y, en aquel momento, se habrá cumplido el proyecto de Dios.
Evangelio: Mateo 21,28-32
28A ver, ¿qué les parece? Un hombre tenía dos hijos. Se dirigió al primero y le dijo: “Hijo, quiero que hoy vayas a trabajar a mi viña”. 29El hijo le respondió: “No quiero”; pero luego se arrepintió y fue. 30Acercándose al segundo le dijo lo mismo. Éste respondió: “Ya voy, señor”; pero no fue. 31¿Cuál de los dos cumplió la voluntad de su padre? Le dijeron: “El primero”. Y Jesús les dijo: “Les aseguro que los recaudadores de impuestos y las prostitutas entrarán antes que ustedes en el reino de Dios. 32Porque vino Juan enseñando el camino de la justicia, y no le creyeron, mientras que los recaudadores de impuestos y las prostitutas le creyeron. Y ustedes, aun después de verlo, no se han arrepentido ni le han creído”.
La tierra prometida de Dios a su pueblo no es solo aquella “donde mana leche y miel”, sino también aquella en la que abundan el trigo, el aceite…y el vino (cf. Dt 8,6-10). “Invitar a su vecino bajo su vid y bajo su higuera” era el sueño que cultivaba todo israelita (cf. Zac 3,10).
En un tiempo como el nuestro en que todo está mecanizado, lo único que interesa es la cantidad de los productos y su valor comercial; hablar de una relación afectiva con la propia viña sonaría a ingenuo y un poco patético. No era así en Israel. Mientras podaba, el campesino acariciaba, con la mirada conmovida del enamorado, su propia vid, a la cual le dirigía palabras dulces y tiernas. Los poetas han cantado a menudo este amor y Dios se ha servido de él para describir la pasión que lo une a su pueblo (cf. Is 5,1-7). Israel es “la viña hermosa! Yo, el Señor, soy su guardián. La riego con frecuencia para que no le falte su hoja;noche y día la guardo” (Is 27,2-3).
Jesús ha retomado frecuentemente esta imagen: ha hablado de obreros enviados en horas diversas a trabajar en la viña (cf. Mt 20,1-15), de viticultores homicidas que no quieren entregar los frutos (cf. Mt 21,33-40) y, sobre todo, se ha presentado a sí mismo como “la vid verdadera” (cf. Jn 15,1-8).
La parábola del evangelio de hoy pone es escena a tres personajes: un padre y dos hijos. Los oyentes de Jesús intuyen inmediatamente que el padre representa a Dios, pero ciertamente se quedan sorprendidos del hecho de que tenga dos hijos. El hijo de Dios es uno solo, Israel; por boca del profeta Oseas, el Señor ha dicho: “De Egipto he llamado a mi hijo” (Os 11,1) y ha declarado al faraón: “Israel es mi hijo primogénito” (Éx 4,22). La escritura afirma que solamente “los judíos son hijos del Dios Altísimo” (Est 8,12q), “hijos que no engañarán” (Is 63,8). Oír hablar de dos hijos de Dios es desconcertante para un israelita; y esto es solo el comienzo, el resto de la parábola será aún más provocador.
A la invitación del padre de ir a trabajar en la viña, el primogénito responde entusiasta, con presteza: “Sí, Señor” (literalmente: “¡Yo, señor!”, como diciendo: No pienses en otro;aquí estoy yo), pero después no fue (v. 29). No se dice que, por desgano o por alguna otra opción más atrayente propuesta por los amigos, “cambió de idea”; no era él cuando había dicho que sí; no estaba para nada de acuerdo con el programa del padre; había solamente pronunciado palabras, palabras vacías.
La referencia a otro dicho de Jesús es clara: “No todo el que me diga «¡Señor, Señor!»entrará en el reino de los cielos sino el que cumpla la voluntad de mi Padre que está en el cielo.” (Mt. 7,21). Este primogénito representa evidentemente a los israelitas a quienes ya Moisés había calificado de “hijos degenerados”, “generación perversa”, “hijos infieles” (Dt 32,5.20.) No todos los israelitas, evidentemente, sino aquellos que, de palabra, habían aceptado los compromisos de la Alianza, y después, los habían reducido a ritos externos, a ceremonias sin valor, convencidos de estar en buenas relaciones con el Señor porque le ofrecían sacrificios, holocaustos, oraciones. Ésta era, al tiempo de Jesús, la religión practicada por los sacerdotes del templo y los notables del pueblo. No producían los frutos requeridos por el Señor: “Esperó de ellos derecho, y ahí tienen: asesinatos; esperó justicia, y ahí tienen: lamentos” (Is 5,7). Las solemnes liturgias eran solo hojas, no frutos (cf. Mt 21,18-22).
Las provocaciones de la parábola no han terminado. El padre pidió también al segundo hijo que fuera a trabajar a la viña y la respuesta fue: “No, no tengo ganas”. Después, sin embargo, lleno de remordimiento, fue (v. 30). La referencia a los odiados paganos, que ahora son elevados al rango de hijos, es explícita. Éstos no han dado ninguna adhesión formal a la voluntad del Señor; sin embargo, han entrado como los primeros en el reino de Dios.
Cuando Mateo escribe este pasaje evangélico, han pasado cincuenta años de la muerte y resurrección del Señor y la profecía se había ya realizado: las comunidades cristianas estaban compuestas sobre todo por ex-paganos, mientras que la mayoría de los hijos de Abrahán no habían reconocido en Jesús al Mesías de Dios, no habían entrado en la viña.
Leyendo nosotros hoy la parábola, podemos caer en la peligrosa ilusión de que los dos hijos sean personajes prehistóricos que no tienen nada que ver con nosotros. Los cristianos serían el “tercer hijo”, aquel que responde sí y hace la voluntad del Padre. Profesan una fe clara e inmune de errores teológicos, se empeñan a observar los mandamientos y ensalzan al Seños con cantos y oraciones.
Intentemos, sin embargo, preguntarnos qué incidencia tienen en la vida de cada día (¡quiero que hoy vayas a trabajar en mi viña!) nuestras fórmulas, nuestras declaraciones, nuestras formales tomas de posición, nuestro ritos. ¿Ponen fin a los odios, a las guerras, a los abusos? Aun cuando continuemos profesando nuestra fe cristiana, ¿nos resignamos fácilmente a una vida de compromisos? ¿No nos adherimos frecuentemente a los criterios de este mundo y al “sentido común” de los hombres? ¿No convivimos, quizás, con las injusticias, las desigualdades, las discriminaciones?
El tercer hijo existe, pero no somos nosotros. Solamente “el Hijo de Dios, Jesucristo –escribe Pablo– no fue «sí »y no; Él solo fue el «sí». Todas las promesas de Dios se convirtieron en Él en un sí (cf. 2 Cor 1,19). Él es el único que ha dicho siempre “Sí, Padre, ésa ha sido tu elección” (Mt 11,26).
La conclusión de la parábola (vv. 31b-32) contiene la que probablemente sea la afirmación más provocadora de Jesús: “Les aseguro que los recaudadores de impuestos y las prostitutas están entrando antes que ustedes en el reino de Dios”. El verbo está en presente; se trata, pues, de una constatación: los pecadores públicos que no tienen ningún refugio religioso donde esconderse, los que no pueden fingir porque su condición es conocida por todos, también conocida por ellos mismos, aventajan a los que se tienen por justos. Éstos se sienten seguros y protegidos por las prácticas religiosas que cumplen fielmente, y no se dan cuenta de lo lejos que están de la viña del Señor.
A los publicanos ya las prostitutas, que saben que están alejados de Dios, no les pasa por la cabeza estar haciendo la voluntad de Dios. Son conscientes de haber dicho «no»”. No tratan de engañarse a sí mismos cumpliendo normas y preceptos inventados por ellos; no tranquilizan sus conciencias con prácticas que nada tienen que ver con la verdadera religión. Saben que son pobres, débiles, pecadores, necesitados de ayuda… y esto los predispone a ser los primeros en recibir el don de Dios.
El otro hermano entrará en la viña cuando deje de considerarse justo, cuando renuncie al orgullo de lo que él cree que son buenas obras, cuando reconozca y sienta hastío de su propia hipocresía, cuando abandone la seguridad que le da el haber dicho siempre que sí de palabra y se alegre al sentirse salvado por el amor gratuito del Padre.
