Una generosidad escandalosa
Año A – Domingo 25.º del Tiempo Ordinario
Mateo 20,1-16: «Id también vosotros a la viña»
Hoy comenzamos un ciclo de tres parábolas de Jesús sobre la viña: la parábola de los jornaleros contratados para trabajar en la viña, este domingo; la de los dos hijos enviados a trabajar en la viña, el próximo domingo; y, finalmente, la parábola de los viñadores homicidas, el domingo siguiente.
La viña tiene un significado profundo en la Biblia. Un detalle de la parábola de hoy llama inmediatamente la atención. Aunque se dice que se trata de la viña de un propietario, este nunca dice «mi viña», sino «la viña»: «¡Id también vosotros a la viña!»
¿Cuál es esta viña? Es la viña del Reino, la viña de Dios. Pero también es la viña de Israel, el pueblo con el que Dios estableció su Alianza (Isaías 5,1-7; Jeremías 2,21; Ezequiel 15,4). Por tanto, este «ir a la viña» no es tanto una invitación a trabajar en ella como a entrar en la Alianza, a compartir el amor de Dios.
Una generosidad escandalosa
La parábola atrae nuestra atención, ante todo, hacia el insólito comportamiento del dueño de la viña, que va cinco veces a la plaza a buscar trabajadores: a las 6 de la mañana, a las 9, al mediodía, a las 3 de la tarde e incluso a las 5, una hora antes de que termine la jornada laboral. El núcleo del relato está precisamente en el contraste entre los trabajadores contratados al amanecer y los de la hora undécima, a quienes el dueño paga de la misma manera: un denario a cada uno, el salario acordado con los primeros.
Pero lo que resulta irritante y provocador en el comportamiento del dueño es el hecho de que hace esperar a los primeros para que sean testigos de su generosidad hacia los últimos. Esta decisión, en un primer momento, aumenta las expectativas de los primeros, que lo consideran un dueño bueno y generoso, para luego suscitar su protesta cuando terminan juzgándolo injusto. Y aún más provocadora es la conclusión de Jesús: «Así, los últimos serán primeros y los primeros, últimos». ¡Qué parábola tan extraña!
Una crítica a la meritocracia
Probablemente esta parábola, que encontramos solo en el Evangelio de Mateo, tenía en el punto de mira a un cierto número de creyentes de la primera hora, procedentes del judaísmo, que se consideraban superiores y con mayores derechos que los de la última hora, los paganos recién convertidos. Esta situación de la comunidad de Mateo no es en absoluto ajena a nuestro tiempo. También hoy existen estos «supercristianos». Y ¡ay de nosotros, sacerdotes, si por casualidad nos enfrentamos a ellos!, porque pueden encontrarse precisamente entre los más voluntariosos y comprometidos de la comunidad, ¡los buenos! Es más, podríamos ser precisamente nosotros mismos, tú y yo. Me explico.
A menudo hemos sido educados para concebir la vida cristiana según una lógica casi meritocrática: multiplicar las buenas obras para acumular méritos en el cielo, ante Dios, de modo que podamos recibir una hermosa recompensa en el paraíso. Pero ¿se obtiene realmente así la salvación? Ya la primera lectura nos advierte: «Mis pensamientos no son vuestros pensamientos, vuestros caminos no son mis caminos». La salvación será siempre un don. No es un derecho adquirido por haber «soportado el peso del día y el calor» (v. 12); no es un salario debido a quien realiza determinadas obras. Y así, el llamado «buen ladrón» es el primero en entrar en el Reino, mientras que el hijo mayor de la parábola del «hijo pródigo» protesta —¡«con razón»!— por lo que considera una afrenta del Padre, después de haberle servido durante tantos años.
Pero, si ante Dios no podemos reivindicar derechos adquiridos, ¿por qué esforzarse tanto? ¿Por qué habría tenido yo que entrar en el seminario a los diez años y hacerme misionero? ¿No habría sido mejor casarme y llevar una vida «normal», como todo el mundo? Así razona quien concibe el Evangelio como un peso, un esfuerzo, una fatiga, un sacrificio y una servidumbre, y no como un golpe de suerte que nos ha permitido encontrar el tesoro en el campo de nuestra vida.
Me viene a la mente aquel sacerdote del relato del jesuita indio Anthony de Mello (en El canto del pájaro), que, al ver que Dios concedía su mismo «premio» a su hermano, que había llevado una vida normal, se alegró enormemente y dijo a Dios: «Señor, eres tan bueno que por ti estaría dispuesto a sacrificar otra vez mi vida».
La vida cristiana vivida como esclavos, siervos o hijos
La vida cristiana puede vivirse con tres actitudes y comportamientos diferentes: la del esclavo, que tiene miedo al castigo y para quien Dios es un juez; la del siervo, que trabaja por un salario y para quien Dios es un amo; y la del hijo, que trabaja desinteresadamente, por amor, y para quien Dios es un Padre.
Sin embargo, en realidad —¡y esto es lo extraño!— el Evangelio parece dirigirse a estas tres formas de relacionarse con Dios según sus respectivas expectativas. Jesús afirma: «El que diga [a su hermano]: “Necio”, será condenado al fuego de la Gehenna» (5,22). A Pedro, que le pregunta: «Mira, nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido; ¿qué nos tocará, pues?», Jesús responde: «Os sentaréis [conmigo] en doce tronos para juzgar a las doce tribus de Israel». Y a cuantos lo abandonan todo para seguirlo les promete el «ciento por uno», y concluye diciendo: «Muchos primeros serán últimos y muchos últimos serán primeros», que, curiosamente, ¡sirve de marco al Evangelio de hoy! (Mateo 19,27-30).
¿Por qué recurre Jesús a imágenes deliberadamente fuertes como el castigo de la «Gehenna» (siete veces en Mateo)? ¿Por qué insiste Jesús tanto en la «recompensa» (una docena de veces en Mateo)? Ciertamente, para Jesús Dios es el «Padre» (mencionado unas cuarenta veces en el Evangelio de Mateo, de las cuales 16 como «Padre mío» y 14 como «Padre vuestro»). El Padre no quiere que vivamos como asalariados o esclavos: ¡quiere hijos! Y el objetivo de la misión de Jesús es hacernos semejantes al Padre: «para que seáis hijos de vuestro Padre que está en los cielos» (Mateo 5,45). Dios nos quiere hijos que lo busquen por amor.
Desgraciadamente, muchas veces son el miedo o el interés los que nos mueven. Y ¡quién sabe si también estas motivaciones imperfectas pueden servir en ciertos momentos de la vida! Tal vez Dios sepa servirse también de estas motivaciones imperfectas, porque no quiere perder a ninguno de sus hijos.
Sorprendentemente, esta convicción de que hay que servir a Dios por amor, y no por interés ni por temor, aparece también en otros contextos religiosos. Es muy elocuente un célebre relato de la tradición sufí atribuido a la mística musulmana Rabia de Basora, del siglo VIII: «Quisiera incendiar el paraíso y apagar el infierno para que estos dos velos desaparezcan y sus siervos Lo adoren sin esperar recompensas y sin temer castigos».
Para la reflexión personal
- ¿Qué motivación prevalece en mi relación con Dios: el miedo, el interés o el amor?
- ¿Qué responderías a esta provocación de alguien: «Si el Paraíso no existiera, ¿seguirías creyendo en Dios?»
- Medita sobre el hermoso testimonio de san Pablo en la segunda lectura de hoy: «Para mí, vivir es Cristo».
P. Manuel João Pereira Correia, MCCJ

P. Manuel João, Comboniano
Reflexión dominical
de la boca de mi ballena, ELA
Nuestra cruz es el púlpito de la Palabra