24º Domingo
Tiempo Ordinario (A)
Mateo 18,21-35


XXIXA

En aquel tiempo, se adelantó Pedro y preguntó a Jesús: «Señor, si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces le tengo que perdonar? ¿Hasta siete veces?»
Jesús le contesta: «No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete. Y a propósito de esto, el reino de los cielos se parece a un rey que quiso ajustar las cuentas con sus empleados. Al empezar a ajustarlas, le presentaron uno que debía diez mil talentos. Como no tenía con qué pagar, el señor mandó que lo vendieran a él con su mujer y sus hijos y todas sus posesiones, y que pagara así. El empleado, arrojándose a sus pies, le suplicaba diciendo: “Ten paciencia conmigo, y te lo pagaré todo.” El señor tuvo lástima de aquel empleado y lo dejó marchar, perdonándole la deuda. Pero, al salir, el empleado aquel encontró a uno de sus compañeros que le debía cien denarios y, agarrándolo, lo estrangulaba, diciendo: “Págame lo que me debes.” El compañero, arrojándose a sus pies, le rogaba, diciendo: “Ten paciencia conmigo, y te lo pagaré.” Pero él se negó y fue y lo metió en la cárcel hasta que pagara lo que debía. Sus compañeros, al ver lo ocurrido, quedaron consternados y fueron a contarle a su señor todo lo sucedido. Entonces el señor lo llamó y le dijo: “¡Siervo malvado! Toda aquella deuda te la perdoné porque me lo pediste. ¿No debías tú también tener compasión de tu compañero, como yo tuve compasión de ti?” Y el señor, indignado, lo entregó a los verdugos hasta que pagara toda la deuda. Lo mismo hará con vosotros mi Padre del cielo, si cada cual no perdona de corazón a su hermano.»


VIVIR PERDONANDO
José Antonio Pagola

Los discípulos le han oído a Jesús decir cosas increíbles sobre el amor a los enemigos, la oración al Padre por los que nos persiguen, el perdón a quien nos hace daño. Seguramente les parece un mensaje extraordinario pero poco realista y muy problemático.

Pedro se acerca ahora a Jesús con un planteamiento más práctico y concreto que les permita, al menos, resolver los problemas que surgen entre ellos: recelos, envidias, enfrentamientos, conflictos y rencillas. ¿Cómo tienen que actuar en aquella familia de seguidores que caminan tras sus pasos. En concreto: «Si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces le tengo que perdonar?».

Antes que Jesús le responda, el impetuoso Pedro se le adelanta a hacerle su propia sugerencia: «¿Hasta siete veces?». Su propuesta es de una generosidad muy superior al clima justiciero que se respira en la sociedad judía. Va más allá incluso de lo que se practica entre los rabinos y los grupos esenios que hablan como máximo de perdonar hasta cuatro veces.

Sin embargo Pedro se sigue moviendo en el plano de la casuística judía donde se prescribe el perdón como arreglo amistoso y reglamentado para garantizar el funcionamiento ordenado de la convivencia entre quienes pertenecen al mismo grupo.

La respuesta de Jesús exige ponerse en otro registro. En el perdón no hay límites: «No te digo hasta siete veces sino hasta setenta veces siete». No tiene sentido llevar cuentas del perdón. El que se pone a contar cuántas veces está perdonando al hermano se adentra por un camino absurdo que arruina el espíritu que ha de reinar entre sus seguidores.

Entre los judíos era conocido un “Canto de venganza” de Lámek, un legendario héroe del desierto, que decía así: “Caín será vengado siete veces, pero Lámek será vengado setenta veces siete”. Frente esta cultura de la venganza sin límites, Jesús canta el perdón sin límites entre sus seguidores.

En muy pocos años el malestar ha ido creciendo en el interior de la Iglesia provocando conflictos y enfrentamientos cada vez más desgarradores y dolorosos. La falta de respeto mutuo, los insultos y las calumnias son cada vez más frecuentes. Sin que nadie los desautorice, sectores que se dicen cristianos se sirven de internet para sembrar agresividad y odio destruyendo sin piedad el nombre y la trayectoria de otros creyentes.

Necesitamos urgentemente testigos de Jesús, que anuncien con palabra firme su Evangelio y que contagien con corazón humilde su paz. Creyentes que vivan perdonando y curando esta obcecación enfermiza que ha penetrado en su Iglesia.

José Antonio Pagola
http://www.musicaliturgica.com


¿CUÁNTAS VECES TIENE QUE PERDONARTE A TI?
Fray Marcos

El evangelio de hoy es continuación del que leíamos el domingo pasado. Allí se daba por supuesto el perdón. Hoy es el tema principal. Mt sigue con la instrucción sobre como comportarse con los hermanos dentro de la comunidad. Sin perdón mutuo sería imposible cualquier clase de comunidad. El perdónes la más alta manifestación del amor y está en conexión directa con el amor al enemigo. Entre los seres humanos es impensable un verdadero amor que no lleve implícito el perdón. Dejaríamos de ser humanos si pudiéramos eliminar la posibilidad de fallar y el fallo real.

La frase “setenta veces siete“, no podemos entender­la literalmente; como si dijera que hay que perdonar 490 veces. Quiere decir que hay que perdonar siempre. El perdón tiene que ser, no un acto, sino una actitud que se mantiene durante toda la vida y ante cualquier ofensa. Los rabinos más generosos del tiempo de Jesús hablaban de perdonar las ofensas hasta cuatro veces. Pedro se siente mucho más generoso y añade otras tres. Siete era ya un número que indicaba plenitud, pero Jesús quiere dejar muy claro que no es suficiente, porque todavía supone que se lleva cuenta de las ofensas.

La parábola de los dos deudores no necesita explicación. El punto de inflexión está en la desorbitada diferencia de la deuda de uno y otro. El señor es capaz de perdonar una inmensa deuda (270 t. de plata). El empleado es incapaz de perdonar una minucia (400 grs.). Al final del texto, encontramos un ramalazo de AT: “Lo mismo hará con vosotros mi Padre del cielo”. Jesús nunca pudo dar a entender que un Dios vengativo puede castigar de esa manera, o negarse a perdonar hasta que cumplamos unos requisitos.

El perdón sólo puede nacer de un verdadero amor. No es fácil perdonar, como no es fácil amar. Va en contra de todos los instintos. Va en contra de lo razonable. Desde nuestra conciencia de individuos aislados en nuestro ego, es imposible entender el perdón de evangelio. El ego necesita enfrentarse al otro para sobrevivir y potenciarse. Desde esa conciencia, el perdón se convierte en un factor de afianzamiento del ego. Perdono (la vida) al otro porque así dejo clara mi superioridad moral. Expresión de este perdón es la famosa frase: “perdono, pero no olvido” que es la práctica común en nuestra sociedad.

Para entrar en la dinámica del perdón, debemos tomar conciencia de nuestro verdadero ser y de la manera de ser de Dios. Experimentando la ÚNICA REALIDAD, descubriré que no hay nada que perdonar, porque no hay otro. Con un ejemplo podemos aproximarnos a la idea. Si tengo una infección en el dedo meñique del pie y me causa unos dolores inaguantables, ¿puedo echar la culpa al dedo de causarme dolor? El dedo forma parte de mí y no hay manera de considerarlo como un objeto agresor. Hago todo lo posible por curarlo porque es la única manera de ayudarme a mí mismo.

Desde nuestro concepto de pecado como mala voluntad por parte del otro, es imposible que nos sintamos capaces de perdonar. El pecado no es fruto nunca de una mala voluntad, sino de una ignorancia. La voluntad no puede ser mala, porque no es movida por el mal. La voluntad solo puede ser atraída por el bien. La trampa está en que se trata del bien o el mal que le presenta la inteligencia, que con demasiada frecuencia se equivoca y presenta a la voluntad como bueno, lo que en realidad es malo. Sin esta aclaración, es imposible entrar en una auténtica dinámica del perdón.

“Lo mismo hará con vosotros mi Padre del cielo”. Dios no tiene acciones, mucho menos puede tener reacciones. Dios es amor y por lo tanto es también perdón. No tiene que hacer ningún acto para perdonar; está siempre perdonando. Su amor es perdón porque llega a nosotros sin merecerlo. Ese perdón de Dios es lo primero. Si lo aceptamos, nos hará capaces de perdonar a los demás. Eso sí, la única manera de estar seguros de que lo hemos descubierto y aceptado, es que perdonamos. Por eso se puede decir, aunque de manera impropia, que Dios nos perdona en la medida en que nosotros perdonamos.

Es muy difícil armonizar el perdón con la justicia. Nuestra cultura cristiana tiene fallos garrafales. Se trata de un cristianismo troquelado por el racionalismo griego y encorsetado hasta la asfixia por el jurisdicismo romano. El cristianismo resultante, que es el nuestro, no se parece en nada a lo que vivió y enseñó Jesús. En nuestra sociedad se está acentuando cada vez más el sentimiento de Justicia, pero se trata de una justicia racional e inmisericorde, que la mayoría de las veces esconde nuestro afán de venganza. El razonamiento de que sin justicia los malos se adueñarían del mundo, no tiene sentido.

Nuestro sentido de la justicia se la hemos aplicado al mismo Dios y lo hemos convertido en un monstruo que tiene que hacer morir a su propio Hijo para “justificar” su perdón. Es completamente descabellado pensar que un verdadero amor está en contra de una verdadera justicia. Luchar por la justicia es conseguir que ningún ser humano haga daño a otro en ninguna circunstancia. La justicia no consiste en que una persona perjudicada, consiga perjudicar al agresor. Seguiremos utilizando la justicia para dañar al otro.

Lo que decimos en el Padrenuestro es un disparate. No es un defecto de traducción. En el AT está muy clara esta idea. En la primera lectura nos decía exactamente: “Del vengativo se vengará el Señor”. “Perdona la ofensa de tu prójimo y se te perdonarán los pecados cuando lo pidas”. Cuando el mismo evangelista Mateo relata el Padrenues­tro, la única petición que merece un comentario es ésta, para decir: “…Porque si perdonáis a vuestros hermanos, también vuestro Padre os perdonará; pero si no perdonáis, tampoco vuestro Padre os perdonará (Mt 6,14). ¿No sería más lógico pedir a Dios que nos perdone como solo Él sabe hacerlo, y aprendamos de Él nosotros a perdonar a los demás?

Para descubrir por qué tenemos que seguir amando al que me ha hecho daño, tenemos que descubrir los motivos del verdadero amor a los demás. Si yo amo solamente a las personas que son amables, no salgo de la dinámica del egoísmo. El amor verdadero tiene su justificación en la persona que ama, no en el objeto del amor y sus cualidades. El amor a los que son amables no es garantía ninguna del amor verdaderamente humano y cristiano. Si no perdonamos a todos y por todo, nuestro amor es cero, porque si perdonamos una ofensa y otra no, las razones de ese perdón no son genuinas.

No solo el ofendido necesita perdonar para ser humano. También el que ofende necesita del perdón para recuperar su humanidad. La dinámica del perdón responde a la necesidad psicológica del ser humano de un marco de aceptación. Cuando el hombre se encuentra con sus fallos, necesita una certeza de que las posibilidades de rectificar siguen abiertas. A esto le llamamos perdón de Dios. Descubrir, después de un fallo grave, que Dios me sigue queriendo, me llevará a la recuperación, a superar la desintegración que lleva consigo un fallo grave. La mejor manera de convencerme de que Dios me ha perdonado es descubrir que aquel a quien ofendí me ha perdonado.

Fray Marcos
https://www.feadulta.com


El tema central de los cinco textos bíblicos de hoy, incluido el Padre nuestro, es el perdón. Pedro, como hebreo observante de la Ley, pregunta a Jesús cuántas veces debe perdonar y el Maestro le explica la necesidad de perdonar hasta setenta veces siete”, es decir, siempre, como enseña Jesús en el pasaje del Evangelio, que continúa y concluye el discurso eclesial-comunitario (Mt 18) sobre las relaciones entre las personas. Se trata de una enseñanza insistente de Jesús, que va desde el sermón de la montaña con la bienaventuranza de los misericordiosos, hasta el Calvario (Mt 5,7; 6,14-15; 9,2-6; 12,31-32; 18,21-35; 26,28). Después de la palabra, Jesús nos da el ejemplo en la cruz: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen”; y más: “Hoy estarás conmigo en el paraíso” (Lc 23,34.43). Es lo máximo del amor, el amor sin medida: ¡el perdón de los enemigos! “Mateo quiere sacudir a una comunidad que corre el riesgo de subestimar el compromiso del perdón fraterno; el perdón es signo de la autenticidad de nuestra oración… Para Mateo, es especialmente en la praxis del perdón en donde la comunidad se revela como verdadera y auténtica fraternidad” (C. Ginami).

La Biblia da cuenta de un progreso en la comprensión de la ley y en la praxis del perdón. En los tiempos arcaicos, el brutal Lamec, hijo de Caín, conoce tan solo la represalia cruel, la venganza sin límites, hasta ‘setenta veces siete’ (cfr. Gen 4,23-24). Más tarde, se introduce una reacción más equitativa, con la primitiva ley del talión: “ojo por ojo, diente por diente, mano por mano…” (Ex 21,24). Lo cual no se debe entender como una incitación a devolver el mal recibido, sino como un tope que no se ha de sobrepasar en la respuesta. Se llega, finalmente, al punto más alto en el Antiguo Testamento, con la invitación a rechazar venganzas y rencores, y a amar al prójimo como a sí mismo (cfr. Lv 19,18); el texto del Eclesiástico (I lectura) refleja esta postura. Los rabinos del tiempo de Jesús limitaban el perdón hasta tres veces. Pedro llega hasta siete (Mt 18,21), pero Jesús no admite topes: “hasta setenta veces siete”. El perdón debe ser sin medida, así como la misericordia del Padre es infinita, sin medida (Lc 6,36). Realmente, ¡el perdón es un “híper-don”, un súper-don! Porque Dios es perdón. El perdón va más allá de la justicia y del derecho humanos. Perdonar tiene algo extraordinario, “divino”; nos hace más semejantes a Dios.

Las lecturas presentan varios fundamentos del perdón. La parábola de Jesús(Evangelio) pone de manifiesto la inmensa distancia entre el corazón de Dios, que lo perdona todo y siempre (Salmo responsorial), y el corazón del hombre, que a menudo es estrecho y mezquino (Mt 18,33). El Eclesiástico (I lectura) amonesta severamente: “Piensa en tu fin… en la muerte” (v. 6). La agresividad vengativa se diluye cuando se piensa en las limitaciones humanas. “Puede parecer un axioma banal, pero tiene una profundidad sicológica: el rechazo de la muerte está en la raíz de la violencia… Rechazar el sentido de la finitud humana significa haber puesto en nuestras raíces las premisas de todos los sin sentidos” (E. Balducci). El apóstol Pablo (II lectura) invita a la acogida y a la comprensión mutua, poniendo en el centro de la vida no al yo egoísta sino a Cristo, que ha muerto y ha resucitado por todos (v. 9), el único que da sentido y valor a la vida y a la muerte (v. 7). La experiencia de la misericordia del Señor que perdona y regenera nos empuja a vivir por Él. Sentirnos perdonados nos hace capaces de perdonar, de comprometernos en la misión, para invitar a todos a abrir de par en par el corazón a Cristo.

¿Por qué perdonar? ¿Qué quiere decir? Con la parábola de hoy Jesús nos dice que perdonar significa tomar conciencia de que todos nos equivocamos, cometemos errores, todos somos deudores, necesitados de que se nos perdone. Solo el perdón logra romper la cadena de la venganza y la violencia. Pero perdonar no significa ser ingenuos, dejar correr las cosas; es bien compatible con la exigencia de una justa compensación. Además, perdonar no significa olvidar el pasado, cosa, a menudo, psicológicamente imposible. Perdonar es una opción cristiana difícil y sufrida, que produce frutos preciosos: libera el corazón de sentimientos de odio y venganza; abre a un futuro de libertad y paz; da confianza al que se ha equivocado, para que pueda corregirse. El perdón es una terapia benéfica para quien lo ofrece, para quien lo recibe y para la comunidad humana.

El perdón regenera interiormente a la persona y a las comunidades, en todo nivel; las hace semejantes a Dios, a su imagen; libera de tensiones y agresividades que a menudo contaminan las relaciones interpersonales y sociales; rompe la cadena de venganzas; pone de manifiesto la grandeza de ánimo de una persona y de una institución. El perdón es creativo, porque es capaz de abrir caminos que parecían cerrados. Además del ámbito interpersonal y doméstico, el perdón cristiano tiene dimensiones y aplicaciones sobre todo en los grupos, sociedades y naciones; es, a menudo, un criterio y un camino de solución de las tensiones entre los pueblos. “El perdón tiene también un valor civil y político. Mientras no se llegue a renunciar a algo a lo que se tendría teóricamente derecho, si se exige a toda costa lo que corresponde, lo que es de derecho propio, y se siguen enumerando las razones de cada uno, nunca se llegará a la paz, porque no se quiere pagar nada. La paz, en cambio, tiene su costo… La paz supone una constante voluntad de perdón: en las familias, en el seno de las comunidades, en las Iglesias entre sí, y aún más en el contexto civil” (Carlos M. Martini). La paz y el perdón son mensajes prioritarios de la misión: perdonar de corazón (Mt 18,35) y amar a los enemigos (Mt 5,44) son Evangelio puro, la novedad cristiana.

La literatura mundial ofrece un florilegio de expresiones sobre el tema del perdón, tanto el de Dios como el del hombre. He aquí algunas. “¡Dios perdona muchas cosas por una obra de misericordia!” (A. Manzoni). – “El perdón no cambia el pasado, pero dilata el futuro” (Boros S.). – “Solo el que es fuerte es capaz de perdonar” (Gandhi). – “Perdonen enseguida: ahorrarán un tiempo precioso, y harán mejor su digestión” (Card. O’Connell).


Introducción

“No rompas el tenue hilo de la amistad porque, una vez roto, aunque lo recompongas de nuevo, quedará siempre el nudo Este es el consejo que nos dio nuestro maestro cuando yo estaba en la escuela primaria; me quedó grabado en la memoria y me viene a la mente cada vez que soy testigo de desavenencias, contrastes, sinsabores, divisiones… Y me angustia el solo pensar que basta un error para poner un fin definitivo a la amistad, a esa relación que la Biblia llama “bálsamo de vida”  (Eclo 6,16).  “Has soltado un pájaro de la mano;  así has soltado a tu amigo y no lo cazarás; no lo persigas que ya está lejos”  (Eclo 27,19-20). La incapacidad de perdonar, el miedo a confiar plenamente de nuevo en quien se ha equivocado, son las fuerzas malignas que hacen irrecuperables los lazos de un amor roto, hecho pedazos.  

Con fatiga nos perdonamos a nosotros mismos: nos atormentan los remordimientos, no acabamos de aceptar la humillación que nos ha acarreado una debilidad y, como una bomba sin explotar, pero siempre en peligro de hacerlo, arrastramos penosamente nuestra culpa. Solo quien tiene una relación serena consigo mismo está en situación de reconocer el propio error y de saber que es posible superar y sacar provecho de la experiencia amarga del pecado.

No perdonamos a los otros.  Son demasiado grandes las desilusiones, el dolor por sentirnos traicionados, el temor a que se pueda repetir; es casi irrefrenable el impulso a romper una relación y vengarse de una ofensa recibida.

Atrapados en esta vorágine de resentimientos y pasiones, dejamos escapar de las manos la alegría más grande, la que experimenta también Dios, centuplicada, cuando logra hacer reflorecer una relación de amor. Dios ofrece, aun al anciano, la oportunidad de volver a comenzar, concediéndole así una perenne juventud.

Primera Lectura: Eclesiástico 27,30–28,7

30Ira y enojo son odiosos: el pecador los posee.  28.1Del vengativo se vengará el Señor y llevará estrecha cuenta de sus culpas.  2Perdona la ofensa a tu prójimo, y se te perdonarán los pecados cuando lo pidas.  3¿Cómo puede un hombre guardar rencor a otro y pedir la salud al Señor?  4No tiene compasión de su semejante, ¿y pide perdón de sus pecados?  5Si él, que es un simple mortal, conserva la ira, ¿quién le perdonará sus pecados?  6Piensa en tu fin y acaba con tu enojo, piensa en la muerte y en la corrupción, y guarda los mandamientos.  7Recuerda los mandamientos y no te enojes con tu prójimo; recuerda la alianza del Señor  y perdona las ofensas.

Quien se cree víctima de una injusticia, siente instintivamente el impuso de agredir al responsable. De aquí se derivan los odios, los rencores, la ira, los ajustes de cuentas. Dando rienda suelta a estas pasiones, ¿se pone remedio a los abusos o se empeoran las cosas? Diversas respuestas se han dado lo largo de los siglos a este interrogante. En épocas más remotas, se aplicaban métodos bien  ‘expeditivos‘  contra las injurias recibidas y para garantizar que no se repitieran: se reaccionaba con la represalia, se devolvía el mal hecho…con intereses. El ejemplo más célebre de esta venganza sin límites es el caso de Lamec, hijo de Caín, el primer polígamo que se vanagloriaba ante sus dos mujeres: “¡mataré a un hombre por herirme y a un joven por golpearme! Si la venganza de Caín valía siete, la de Lamec valdrá por setenta y siete”  (Gén 4,23-24).

Un paso adelante respecto a esta reacción brutal vino con la famosa Ley del Talión:  «Ojo por ojo, diente por diente, herida por herida»  (Éx 21,24) que –como hemos visto en elcomentario al Evangelio de la semana pasada– no es una invitación a devolver con intereses el mal recibido, sino a hacer que el castigo sea equivalente. El Antiguo Testamento no se ha contentado con esta justicia razonable, legítima, aunque todavía primitiva, sino que ha ido más allá. En el Libro del Levítico se ordena: “No serás vengativo ni guardarás rencor a tu propia gente, sino que amarás a tu prójimo como a ti mismo”  (Lev 19,18). Es la meta más alta a la que llegaron los sabios de Israel. El pasaje de la Escritura que se nos propone hoy se mueve en esta línea.

Ben Sirá, lleno de la sabiduría que le proporcionaba la experiencia de los años, se dirige al discípulo y, de hombre a hombre, trata de convencerlo para que evite comportamientos insensatos dictados por la sed de venganza, de la ira y del rencor. Estos sentimientos son abominables, crean una barrera impenetrable en las relaciones entre Dios y el hombre e impiden entre ellos diálogo y mutuo entendimiento. Después, continúa su reflexión invitando al discípulo a ir más allá de la simple justicia y a abrir de par en par el corazón a la misericordia. La clemencia hacia quien nos ha hecho algún mal –dice– es la condición indispensable para orar y obtener el perdón de Dios:  “¿Cómo puede un hombre guardar rencor a otro y pedir la salud al Señor?  (v. 3).

Son reflexiones simples, claras, serenas; acompañan hasta el umbral mismo del reino de Dios, disponen a la escucha de la palabra de Jesús que lleva a su perfección a la sabiduría ya presente en el Antiguo Testamento.

Segunda Lectura:  Romanos 14,7-9

7Ninguno vive para sí, ninguno muere para sí.  8Si vivimos, vivimos para el Señor; si morimos, morimos para el Señor; en la vida y en la muerte somos del Señor.  9Para eso murió Cristo y resucitó: para ser Señor de muertos y vivos.

En el capítulo 14 de la carta a los romanos, Pablo trata un problema de perenne actualidad: ¿cómo resolver las diferencias de opinión entre los miembros de una comunidad? Había en Roma dos grupos de cristianos: algunos –llamados por Pablo  los débiles–  estaban ligados a las tradiciones de los antiguos, observaban los días de ayuno, practicaban una ascesis severa, se abstenían de ciertas carnes; otros –los fuertes–, más maduros, por el contrario, solamente se sentían vinculados a la ley del Amor al hermano; por lo demás, se comportaban como personas libres.  

A causa de estos contrastes entre  tradicionalistas e innovadores, habían surgido en la comunidad de Roma bastantes tensiones. Los primeros acusaban a los  fuertes  de permisividad, los consideraban poco virtuosos, infieles a la ley de Moisés. Éstos, por su parte, reaccionaban con epítetos nada amables; trataban a los  débiles  de retrógrados, de obtusos mentales, incapaces de comprender la novedad absoluta del Evangelio. ¿Cómo construir  una convivencia pacífica  entre personas con convicciones tan dispares? No era fácil, como tampoco lo es hoy. 

Pablo –que pertenecía al grupo de  los fuertes– propone dos reglas, una para cada uno de los grupos, que, si se practican, permiten llegar a una aceptación mutua. Se refiere, sobre todo, a los de su grupo,  a los fuertes,  y les pide respeto para  los débiles,  para sus prácticas religiosas un poco anticuadas, a sus devociones y tradiciones obsoletas. También  los débiles, sin embargo, deben estar atentos a no prevaricar. A ellos el Apóstol les exige abstenerse de juzgar a  los fuertes,  no considerar como infieles al Evangelio a aquellos que no siguen las tradiciones de los antiguos (cf.  Rom 14,1-6). Si los dos grupos se atienen a estas normas, podrán convivir pacíficamente; de lo contrario, surgirán entre ellos incomprensiones, desencuentros y tensiones. 

Los versículos siguientes (vv. 7-9)  –los únicos que se incluyen en la lectura de hoy–proponen un principio que ayuda a resolver cualquier desencuentro:  todo cristiano debe tener siempre presente que no vive para sí mismo, para la búsqueda de sus propios intereses, sino para el Señor. En sus relaciones con los hermanos, por tanto, no debe nunca dejarse guiar por consideraciones humanas. Vive y muere “para el Señor”. 

Evangelio:  Mateo 18,21-35

21Entonces se acercó Pedro y le preguntó:  “Señor, si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces tengo que perdonarlo? ¿Hasta siete veces?”  22Le contestó Jesús:  “No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete.  23Por eso, el reino de los cielos se parece a un rey que decidió ajustar cuentas con sus sirvientes.  24Ni bien comenzó, le presentaron  a  uno  que  le adeudaba diez mil monedas de oro.  25Como no tenía con qué pagar, mandó el rey que vendiera  a su mujer, sus hijos y todas sus posesiones para pagar la deuda.  26El sirviente se arrodilló ante él suplicándole:  «¡Ten paciencia conmigo, que todo te lo pagaré!»27Compadecido de aquel sirviente, el rey lo dejó ir y le perdonó la deuda.  28Al salir, aquel sirviente tropezó con un compañero que le debía cien monedas. Lo agarró del cuello y,mientras lo ahogaba,  le decía:  «¡Págame lo que me debes!»  29Cayendo a sus pies, el compañero le suplicaba:  «¡Ten paciencia conmigo y te lo pagaré!»  30Pero el otro se negó y lo hizo meter en la cárcel hasta que pagara la deuda.  31Al ver lo sucedido, los otros sirvientes se sintieron muy mal y fueron a contarle al rey todo lo sucedido.  32Entonces el rey lo llamó y le dijo:  «¡Sirviente malvado;  toda aquella deuda te la perdoné porque me lo suplicaste!  33¿No tenías tú que tener compasión de tu compañero como yo la tuve de ti?»  34E indignado, el rey lo entregó a los verdugos hasta que pagara toda la deuda.  35Así los tratará mi Padre del cielo si no perdonan de corazón a sus hermanos”.

En la explicación de la primera lectura, hemos hecho referencia a la progresiva evolución de la manera de reaccionar ante las ofensas e injurias recibidas: se ha pasado del arreglo de cuentas a soluciones más ecuánimes y finalmente al perdón.  

En tiempos de Jesús se insistía mucho en la necesidad de mantener relaciones pacíficas. Se condenaba la venganza, la ira, el rencor y se exigía la reconciliación. Quien se ha equivocado, enseñaban los guías espirituales, debe reconocer el propio error e implorar el perdón; la persona ofendida, por su parte, está obligada a otorgarlo. Si lo rechaza, el culpable debe pedir perdón ante dos testigos para demostrar que ha hecho todo lo posible para restablecer la paz. Si el ofendido muere antes de la reconciliación, el ofensor debe ir a su tumba y, colocando una piedra sobre ella, declarar: «He hecho el mal contra ti». La obligación de perdonar, sin embargo,  se extendía solamente a los miembros de pueblo de Israel  y no era ilimitada.  No más de tres veces,  concurrían los rabinos; a la cuarta, se debía recurrir a la vía legal.

La pregunta con la que se abre el evangelio de hoy  –“¿Cuántas veces debo perdonar a mi hermano, hasta setena veces?” (v. 21)– revela que Pedro ha comprendido que Jesús quiere ir más allá de los límites establecidos por los escribas. Recuerda ciertamente lo dicho en el sermón de la montaña: “Si mientras llevas tu ofrenda al altar te acuerdas de que tu hermano tiene algo contra ti, deja la ofrenda delante del altar, ve primero a reconciliarte con tu hermano y después vuelve a llevar tu ofrenda  (Mt 5,23-24). Y: “Si perdonan a los demás las ofensas, su Padre del cielo los perdonará a ustedes, pero si no perdonan…”  (Mt 6, 14-15). Pedro tiene también presente la otra afirmación inequívoca del Maestro:  “Si siete veces al día te ofende tu hermano y siete veces vuelve a ti diciendo que se arrepiente, perdónalo”  (Lc 17,4).  

Pedro está desconcertado: el número  siete  indica la totalidad. ¿Habrá, entonces, que perdonar siempre y sin condiciones? El apóstol pide la confirmación de lo que ya hacomenzado a intuir (v. 21). La respuesta de Jesús va incluso más allá de lo que esperaba Pedro (es decir, siempre):  setenta veces siete,  más aún que siempre (v. 22). Es una referenciaa las palabras descaradas de Lamec que se jactaba de practicar la venganza sin límites. Retomándolas, Jesús quiere enseñar que el perdón debe  llegar al infinito  como al infinito había llegado la arrogancia del hijo de Caín. Para aclarar mejor su pensamiento relata  una parábola  (vv. 23-35).

Fue presentado al rey un deudor que le debía 10.000  talentos. El talento corresponde a 36 kilos de oro; su valor, multiplicado  por 10.000  –la cifra más elevada en la cultura griega–, da una suma enorme, equivalente al salario  de 200.000  años de trabajo  o 2.400.000  salarios. Es impensable que alguno pueda restituir semejante suma.

A las veinte imágenes usadas por la Biblia para definir el pecado, se había añadido otra en los últimos siglos antes de Cristo, que terminó por prevalecer: la imagen de la deuda contraída con Dios. La gente simple del pueblo se sentía siempre atrasada en el pago. Oraciones, sacrificios, ofertas, ayunos, buenas obras… no bastaban para compensar las innumerables infracciones de la Ley; nunca terminaban de pagar a Dios la deuda. Solo los fariseos estaban convencidos de tener las cuentas al día. Trágica ilusión la suya, pues –como declara Pablo quien, por otra parte, había vivido de manera irreprensible–:  “Todos han pecado y están privados de la gloria de Dios”  (Rom 3,23). Frente a Dios, el hombre es un deudor insolvente.

Mostrando una generosidad sin límites, el rey de la parábola –que representa a Dios–,enternecido por las súplicas de su siervo,  le  perdona toda la deuda.  No existe un pecado que Dios no perdone, no hay culpa superior a su inmenso Amor. También Pablo recurre a la misma imagen:  “Clausuró el documento  de nuestras deudas con sus cláusulas adversas a nosotros y lo quitó de en medio clavándolo en la cruz”  (Col 2,14).

¿Cómo ha podido el hombre acumular una deuda tan exorbitante? ¿Aceptando, quizás, los innumerables dones que le ha ofrecido el Señor? No puede ser, porque el don es gratuito y no convierte en deudores a quienes lo reciben. ¿Se trata, entonces, como pensaban los rabinos, de los pecados y transgresiones cometidas? Tampoco es satisfactoria esta interpretación y más adelante veremos las razones.

En la segunda parte del relato (vv. 28-30) entra en escena otro siervo que debe al primero 100 denarios, una suma bastante respetable, equivalente a 100 jornadas de trabajo, pero irrisoria en comparación con la deuda perdonada por el rey. El segundo deudor dirige al colega la misma petición y espera obtener la misma compasión. El siervo despiadado, por el contrario, lo agarra por el cuello y trata de asfixiarlo diciéndole: ¡Devuélveme lo que me debes! El mensaje central de la parábola hay que buscarlo –es evidente– en la enorme desproporción entre las dos deudas y en el estridente contraste entre el comportamiento de Dios, que perdona siempre, y el del hombre, que exige la restitución hasta el último centavo. La imagen de la asfixia expresa bien la idea la sumisión sicológica a que ha sido reducido el deudor. Como un acreedor despiadado, el ofendido lo tiene “atrapado”, sofocado, y le puede quitar la respiración y la alegría de vivir con solo mencionarlo, con la simple alusión a la culpa cometida.

La parábola podría sugerir la idea de que nosotros somos responsables de enormes pecados, mientras que nuestros hermanos nos habrían ocasionado solamente algún pequeño entuerto. No es así; es más, a veces es exactamente de lo contrario: hemos infligido, quizás, algún contratiempo a nuestros prójimos, mientras que hemos sido víctimas de graves daños e injurias por parte de los demás. No se trata de hacer cálculos sobre la consistencia de los daños sufridos. A Jesús le interesa poner en evidencia la distancia inaudita entre el corazón de Dios y el corazón del hombre, entre su amor y el nuestro.

El pecado no es un simple error sino la ruptura de la relación de alianza esponsalicia que une al hombre con Dios. Si tenemos presente que el discípulo es llamado a “ser perfecto como su Padre celestial es perfecto”  (Mt 6,48), es fácil intuir que “la deuda” en cuestión es abismal (como es impagable la deuda  de 10.000  talentos). En comparación, la distancia que separa al santo más grande del más grande pecador es irrisoria y podría ser fácilmente saldada (como lo es la restitución de 100 denarios).

En la oración del Padrenuestro pedimos al Padre que perdone nuestras deudas.  Las culpas  que hemos cometido  no representan toda nuestra deuda.  Las culpas cometidas se refieren al pasado y no son infinitas; constituyen solamente una pequeña señal de la distancia inmensa que nos separa del Amor del Padre: esa es la deuda que pedimos a Dios saldar…Cuando, en el Padrenuestro, rezamos  “Perdona nuestras deudas”,  no hacemos referencia solamente a los errores pasados sino sobre todo a los del futuro.

¿Qué espera Dios de nosotros? Su misma “compasión”. Quiere que no mantengamos al hermano esclavo de su pasado; pretende que  no lo  sofoquemos  mientras él trata de salir delatolladero; Dios pide ayudarlo “setenta veces siete”, renunciando a cualquier represalia contra él. Los hijos del reino de Dios “son misericordiosos como el Padre celestial”  (Lc 6,36) y han comprendido que: “el amor no busca su interés, no se irrita, sino que deja atrás las ofensas y las perdona”  (1 Cor 13,5-7). Quien ha hecho propia esta nueva lógica y se ha empeñado a fondo en ponerla en práctica, se olvida de todos los derechos propios con tal de ver al hermano nuevamente feliz, sereno y libre de su culpa.

La última escena produce escalofríos (vv. 31-35). Frente a la manera con que el siervo, a quien se le perdonó la deuda, trata a su semejante, el rey, disgustado y presa de un desprecio incontenible, lo hace llamar, le echa en cara su maldad y lo deja en manos de los verdugos que lo torturarán hasta que pague cuanto debe. La conclusión es desconcertante: “Así los tratará mi Padre del cielo si no perdonan de corazón a sus hermanos”.  ¿Paga el Señor, por tanto, con la misma moneda a aquellos que son despiadados con sus deudores? Una interpretación semejante iría contra el mensaje mismo de la parábola que quiere, por el contrario, presentar a un Dios que  siempre perdona al hombre.

Estamos frente a un relato que emplea imágenes dramáticas. Los predicadores del tiempo de Jesús introducían frecuentemente en sus discursos imágenes semejantes para sacudir a sus oyentes y hacerlos caer en la cuenta de la importancia de un cierto mensaje. El evangelista no está describiendo lo que Dios hará al final de los tiempos sino lo que Dios quiere que el hombre haga hoy. Para no falsear el evangelio de Jesús es necesario, por tanto, pulir la parábola de los tonos fuertes con que ha sido revestida por el lenguaje cultural semítico de hace dos mil años. Considerarla como una descripción del comportamiento del Padre que está en los cielos, sería una interpretación blasfema.

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