¡La corrección fraterna, una cuestión de sinfonía!
Año A – 23.º Domingo del Tiempo Ordinario
Mateo 18,15-20: «Si tu hermano comete una falta…»
Los pasajes del Evangelio de este domingo y del próximo pertenecen al IV discurso de Jesús según san Mateo: el discurso eclesial o comunitario (Mateo 18). Recordemos los anteriores: el primero, el discurso de la montaña (caps. 5-7); el segundo, el discurso misionero (cap. 10); el tercero, el discurso de las parábolas (cap. 13). En este cuarto discurso, Mateo ha reunido algunas enseñanzas de Jesús sobre la vida de la comunidad eclesial.
El pasaje de hoy trata de la «corrección fraterna», en el caso de un pecado grave que obstaculiza la comunión fraterna. El texto nos ha llegado en dos variantes: una más breve, que pone mayor énfasis en la dimensión eclesial: «Si tu hermano comete una falta»; y otra más larga, que añade «contra ti», hablando así de una ofensa personal (la versión elegida por el texto litúrgico). El pasaje reúne tres enseñanzas de Jesús, estrechamente interconectadas. Las tres lecturas de este domingo, por otra parte, pueden relacionarse fácilmente entre sí y arrojan una luz adicional sobre el Evangelio: el profeta Ezequiel es puesto como centinela responsable de sus hermanos (Ezequiel 33), mientras san Pablo proclama la caridad como plenitud de la Ley (Romanos 13,8-10).
El arte de la corrección fraterna
La corrección fraterna es un arte que requiere caridad y delicadeza, inteligencia y tacto. Me resulta difícil hablar de corrección fraterna. Por tres razones. La primera, por la dificultad inherente a esta tarea. La segunda, porque, durante siglos, nosotros, los sacerdotes, nos hemos arrogado indebidamente esta misión como un «derecho» nuestro, cuando en realidad es un deber de todo bautizado; además, la hemos ejercido torpemente y, a veces, de manera desastrosa. Por tanto, más que corregir, ¡deberíamos dejarnos corregir! La tercera, porque hoy hablar de corrección no es «politically correct»; se corre el riesgo de ir contra la «privacidad» de cada uno y de ser reprendidos por entrometernos en los asuntos ajenos. Por tanto, nos movemos en un campo minado y preferimos refugiarnos en la crítica, el chisme o la indiferencia.
1. ¡Una operación de rescate!
¿POR DÓNDE empezaría? Por el versículo que precede inmediatamente al pasaje de hoy: «Es voluntad de vuestro Padre que está en los cielos que ni uno solo de estos pequeños se pierda» (v. 14). Como punto de partida encontramos, por tanto, la voluntad salvífica del Padre. Se trata de una «pedagogía de recuperación» (papa Francisco). Y el objetivo es «ganar al hermano» (v. 15). ¡Recuperar a un hijo y ganar a un hermano! ¡Se trata de una operación de… rescate!
¿QUÉ hacer concretamente? Jesús propone un método articulado en tres pasos graduales, introducidos por la partícula «si» (cinco veces): primero a solas, luego, eventualmente, con uno o dos testigos y, por último, si fuera necesario, haciendo intervenir a la comunidad, hasta llegar al caso extremo de constatar la autoexclusión del hermano o de la hermana de la comunidad: «Sea para ti como el pagano y el publicano». Esto, sin embargo, no significa excluir a esa persona del amor fraterno, porque Jesús era amigo de publicanos y pecadores.
2. Un acto de fraternidad
¿CÓMO hacerlo? ¿Cuál es la condición esencial para hacer la corrección? ¡La fraternidad! ¡Hacerse hermano!
La palabra «hermano» en el Evangelio de Mateo tiene una importancia particular. Es interesante observar que generalmente va acompañada de un posesivo: «mi hermano», «tu hermano», «mis hermanos»… El evangelista quiere subrayar el valor relacional que está en el centro del mensaje de Jesús: «uno solo es vuestro Padre» y «todos vosotros sois hermanos» (Mateo 23,8-9). Cristo es el Hijo primogénito de una multitud de hermanos (Romanos 8,29).
El amor está en el centro de la relación: «Hermanos, no tengáis ninguna deuda con nadie, excepto la del amor mutuo» (Romanos 13,8, segunda lectura).
Caridad y verdad van de la mano, pero la caridad es la hermana mayor. En la corrección fraterna, poner la verdad en primer lugar es como exponer a alguien al sol del mediodía: se corre el riesgo de cegar a quien es conducido fuera de la habitación oscura del error. La caridad, en cambio, es como la aurora que conduce progresivamente hacia la plena luz.
3. ¡Una cuestión de sinfonía!
¿ADÓNDE lleva la corrección fraterna? ¡A la sinfonía de la comunión fraterna! «Si dos de vosotros en la tierra se ponen de acuerdo para pedir cualquier cosa…».
El verbo griego utilizado por Mateo para «ponerse de acuerdo» (symphonei) pertenece a la misma familia que nuestra palabra «sinfonía»: casi podríamos traducirlo, de manera sugerente, como «sinfonizar». La comunidad es como una orquesta en la que cada uno interpreta su propia parte y toca su propio instrumento. Cada uno aporta una nota o un sonido particular que enriquece la belleza global de la sinfonía. Si alguien desafina, toca mal o pierde el compás, no se le excluye, sino que se le «corrige». El Padre, que ama la «sinfonía» creada por la presencia de su Hijo, escucha con agrado a la comunidad que reza en armonía. Y el cielo se pone en sintonía con la tierra: «Todo lo que atéis en la tierra quedará atado en el cielo, y todo lo que desatéis en la tierra quedará desatado en el cielo».
Puede suceder, sin embargo, que alguien quiera imponer su propia voz o sobresalir por encima de los demás instrumentos, provocando desarmonía y confusión; o que alguien pretenda ser capaz de tocar todos los instrumentos y prescindir de la colaboración de los demás. Tal protagonismo acaba generando en los otros pasividad, apatía y desinterés.
Desgraciadamente, incluso en ese momento privilegiado de «sinfonía» que debería ser la Eucaristía, a menudo falta este «ponerse de acuerdo», este «sinfonizar». A veces se reza o se celebra unos junto a otros, simplemente yuxtapuestos. Se repiten las mismas oraciones y los mismos gestos, pero no hay «un solo corazón y una sola alma» (Hechos 4,32). Además, el presbítero que preside la Eucaristía, y que debería ser como el «director de orquesta», termina a menudo siendo casi el único protagonista, monopolizando gran parte de la celebración. Tenemos verdaderamente una urgente necesidad de sinodalidad, de caminar juntos como pueblo de Dios.
Reflexión para la semana
Os invito a meditar y a aplicar a vosotros mismos el versículo del Aleluya: «Dios reconcilió consigo al mundo en Cristo, confiándonos la palabra de la reconciliación» (2 Cor 5,19). ¡La vocación del cristiano es reconciliar!
P. Manuel João Pereira Correia, MCCJ

P. Manuel João, Comboniano
Reflexión dominical
de la boca de mi ballena, ELA
Nuestra cruz es el púlpito de la Palabra