Del 1 de septiembre al 4 de octubre de 2026 se celebra el Tiempo de la Creación, un tiempo ecuménico de oración y acción por nuestra Casa Común, con el tema anual «Agua Viva».

Del 1 de septiembre al 4 de octubre, las Iglesias cristianas están invitadas a celebrar el Tiempo de la Creación, un periodo de algo más de un mes dedicado a la oración, la conversión y la acción por el cuidado de la casa común. No se trata simplemente de un «mes ecológico», sino de un tiempo en el que la fe en Dios creador se pone en relación con nuestras decisiones cotidianas, la economía, la paz, la justicia y la responsabilidad hacia las generaciones futuras.
Su comienzo coincide con la Jornada Mundial de Oración por el Cuidado de la Creación y su conclusión con la fiesta de san Francisco de Asís, el santo del Cántico de las criaturas y patrono de la ecología.
Las raíces de esta iniciativa son profundamente ecuménicas. En 1989, el Patriarca Ecuménico Dimitrios I propuso para la Iglesia ortodoxa el 1 de septiembre como jornada de oración por la creación, fecha que coincide además con el inicio del año litúrgico ortodoxo.
En 2007, durante la Tercera Asamblea Ecuménica Europea celebrada en Sibiu, se propuso ampliar esta atención a un verdadero «tiempo» de cinco semanas; en 2008, el Consejo Mundial de Iglesias invitó a las Iglesias a celebrarlo mediante la oración y la acción.
En 2015, el papa Francisco instituyó para la Iglesia católica la Jornada Mundial de Oración por el Cuidado de la Creación. Progresivamente, el Tiempo de la Creación se ha convertido así en una experiencia compartida por ortodoxos, católicos, anglicanos, luteranos, reformados y otras comunidades cristianas.
En este caso, el ecumenismo no consiste solamente en dialogar sobre aquello que nos une, sino también en colaborar concretamente para custodiar lo que pertenece a todos.
En estas décadas ha aumentado ciertamente la sensibilidad ecológica. Cada vez más personas comprenden que el medio ambiente no es un simple escenario exterior a la vida humana, sino el tejido mismo que la sostiene.
El aire, el agua, el suelo, el clima, la biodiversidad, los bosques, los mares y los sistemas agrícolas están directamente relacionados con la salud, el trabajo, la seguridad alimentaria y la paz. Sin embargo, mientras crece la conciencia, aumenta también la urgencia.
El cambio climático, la pérdida de biodiversidad, la degradación de los suelos y de las aguas y la contaminación comprometen los ecosistemas y afectan sobre todo a las personas más vulnerables. La crisis ecológica, en efecto, no puede separarse de la crisis social: con mucha frecuencia, quienes menos han contribuido al deterioro del medio ambiente son quienes sufren sus consecuencias más graves.
A todo ello se suma el regreso de la guerra. Las guerras matan personas, destruyen ciudades y comunidades, pero también devastan campos, bosques, cursos de agua, infraestructuras y territorios que pueden permanecer contaminados durante muchos años.
El papa León XIV insiste precisamente en este vínculo: el sufrimiento humano y la destrucción del equilibrio de la creación no son dos problemas independientes, sino una única llamada a la sanación y a la paz que se eleva desde un mundo herido.
También la amenaza nuclear, que algunos creían definitivamente relegada al pasado, vuelve a pesar sobre el futuro de la humanidad. La modernización de los arsenales nucleares y el crecimiento de las tensiones geopolíticas recuerdan que no es posible hablar seriamente del cuidado de la creación sin hablar también de desarme, reconciliación y construcción de la paz.
Otro obstáculo está representado por los intereses económicos, cuando el beneficio inmediato se convierte en el criterio absoluto.
La economía es indispensable para la vida humana y puede ser un gran instrumento de desarrollo; sin embargo, se vuelve destructiva cuando considera la naturaleza como un depósito inagotable de materias primas y traslada los costes ambientales al conjunto de la sociedad o a las generaciones futuras.
El propio papa León XIV señala entre las raíces de la crisis la pérdida del sentido del límite, el deseo de dominio y la búsqueda del beneficio inmediato.
A ello se añade el negacionismo climático y ecológico: no solamente la negación explícita de los problemas, sino también formas más sutiles de minimización, aplazamiento, desinformación o resignación.
Decir que «no podemos hacer nada», que toda intervención sería inútil o que siempre habrá tiempo para afrontar el problema puede convertirse en una manera de no cambiar nada.
La conversión ecológica exige, por el contrario, realismo, responsabilidad y una esperanza capaz de convertirse en acción.
«Agua viva»: el tema de 2026
El tema elegido para el Tiempo de la Creación 2026 es «Agua viva», inspirado en la gran visión del profeta Ezequiel, en el capítulo 47.
El profeta contempla un agua que brota del Templo, se convierte en un río cada vez más profundo y, allí donde llega, sana, fecunda la tierra, llena las aguas de peces y hace crecer árboles cargados de frutos.
Es una imagen de esperanza nacida en un contexto de exilio y pérdida: no niega la desolación, sino que anuncia que la vida puede volver a florecer.
El símbolo elegido este año invita, por tanto, a «sumergirnos en el Agua viva»: a no permanecer como espectadores en la orilla, sino a entrar cada vez más profundamente en una relación renovada con Dios, con los demás seres humanos y con toda la creación.
El agua es, al mismo tiempo, un símbolo espiritual potentísimo y una realidad material decisiva. Es signo de creación, purificación, bautismo y vida nueva; pero también es un bien esencial y frágil, distribuido de manera profundamente desigual.
El tema de 2026 invita, por tanto, a las comunidades cristianas a contemplar el agua como don y a defenderla como bien común: proteger manantiales y ríos, combatir la contaminación, evitar el despilfarro, apoyar el acceso al agua potable y comprender la relación entre el ciclo del agua, el clima, la agricultura, la biodiversidad y la paz.
«Agua viva» no es, pues, solamente una bella imagen bíblica: es un programa de conversión y de acción.
Un recorrido por los temas de los años anteriores
El camino de los últimos años muestra una significativa continuidad.
En 2020, el tema fue «Jubileo por la Tierra», con la invitación a devolver el descanso a la tierra y a replantear modelos económicos fundados en un consumo sin límites.
En 2021: «¿Una casa para todos? Renovar el Oikos de Dios», para redescubrir la tierra como casa común y comunidad de vida.
En 2022: «Escucha la voz de la creación», representado simbólicamente por la zarza ardiente.
En 2023: «Que la justicia y la paz fluyan», inspirado en las palabras del profeta Amós.
En 2024: «Esperar y actuar con la creación», a partir del capítulo octavo de la Carta a los Romanos.
Finalmente, en 2025, el tema fue «Paz con la creación», inspirado en Isaías 32 y acompañado por el símbolo del jardín de la paz.
Podemos reconocer un auténtico itinerario espiritual: desde el descanso de la tierra y la justicia económica hasta la casa común; de la escucha a la justicia; de la esperanza a la acción; de la paz con la creación al «Agua viva» de 2026.
Es un camino que une cada vez con mayor claridad espiritualidad, paz, justicia social y responsabilidad concreta.
El mensaje del papa León XIV
Para la XI Jornada Mundial de Oración por el Cuidado de la Creación, celebrada el 1 de septiembre de 2026, el papa León XIV eligió como título las palabras de Isaías: «De las espadas forjarán arados y de las lanzas, podaderas» (Is 2,4).
El Papa parte del don de la vida. Cristo vino para que la humanidad tenga vida en abundancia; cuidar la tierra que sostiene la vida se convierte, por tanto, en una forma concreta de alabar al Creador.
El corazón del mensaje es la estrechísima relación entre paz y cuidado de la creación.
La guerra no hiere solamente los cuerpos y las relaciones entre los pueblos: deja tras de sí una destrucción social y ecológica que perdura durante generaciones, contamina recursos esenciales como el aire y el agua, compromete la seguridad alimentaria y alimenta la pobreza y nuevas tensiones.
León XIV lleva todavía más lejos la reflexión. Las raíces de la violencia y de la explotación no son solamente técnicas, económicas o políticas: afectan al corazón humano.
Cuando prevalecen el deseo de dominio, la pérdida del sentido del límite, la indiferencia y la búsqueda del beneficio inmediato, también las estructuras económicas y sociales terminan reflejando ese desorden.
Por ello, la conversión ecológica no puede reducirse a algunos gestos «verdes»: requiere una conversión del corazón y, al mismo tiempo, una transformación de las estructuras.
La meta indicada por el Papa consiste en pasar «del desierto al jardín, de la división a la comunión y de la violencia a la paz».
Las espadas transformadas en arados se convierten así en símbolo de una civilización capaz de transformar los recursos destinados a la destrucción en instrumentos al servicio de la vida.
¿Qué podemos hacer?
¿Cómo vivir concretamente el Tiempo de la Creación?
Cada comunidad puede elegir iniciativas sencillas pero verificables. Se puede dedicar una celebración dominical o una vigilia ecuménica al tema del Agua viva; organizar una lectio divina sobre Ezequiel 47; realizar una caminata de oración junto a un río, un lago o un manantial; promover una jornada de limpieza de un curso de agua o de un espacio natural; invitar a expertos para conocer la situación hídrica, climática y ambiental del propio territorio.
Las parroquias y comunidades pueden además revisar su propio consumo de agua y energía, eliminar derroches, reducir los plásticos de un solo uso, mejorar la recogida selectiva, favorecer la movilidad sostenible y elegir compras más responsables.
Niños y jóvenes pueden participar mediante talleres, visitas a manantiales, adopción y cuidado de un espacio del territorio, encuentros con asociaciones ambientales y actividades de ciudadanía activa.
También es importante la dimensión pública. Cuidar la creación significa informarse, combatir con paciencia y competencia el negacionismo, apoyar políticas capaces de proteger el agua, el clima y la biodiversidad, exigir transparencia en las decisiones energéticas y en las inversiones y promover economías que no descarguen los costes ambientales sobre los pobres y las generaciones futuras.
Una comunidad cristiana puede igualmente preguntarse dónde deposita e invierte sus recursos, privilegiando criterios éticos, sociales y ambientales.
Finalmente, el Tiempo de la Creación puede convertirse en un verdadero laboratorio ecuménico.
Una oración común, un encuentro entre comunidades cristianas, una conferencia o una iniciativa pública compartida para proteger un río, un manantial o un barrio pueden hacer visible una unidad que ya es posible en el cuidado de la casa común.
El Tiempo de la Creación no nos pide que pensemos que podemos salvar el mundo por nosotros mismos ni nos invita a cultivar el miedo.
Nos invita, más bien, a reconocer el don, escuchar el clamor, convertirnos y actuar.
El Agua viva de Ezequiel no nace de nuestra autosuficiencia: brota de Dios y hace fecundo lo que parecía estéril.
La esperanza cristiana no es un optimismo ingenuo, sino la decisión de colaborar con el Dios de la vida. Incluso los pequeños gestos, si son compartidos y perseverantes, pueden convertirse en arroyos que se unen hasta formar un río capaz de llevar vida.
Oración para el Tiempo de la Creación
Padre de la vida,
fuente de todo bien
y aliento de toda criatura,
te alabamos por la tierra que nos has confiado,
por el agua que sacia, purifica y hace germinar,
por el cielo, los mares, los ríos y los bosques,
por todo ser vivo y por la familia humana.
Perdónanos cuando transformamos el don en posesión,
cuando consumimos sin medida,
cuando preferimos el beneficio a la justicia,
la indiferencia a la responsabilidad,
la violencia al diálogo.
Perdónanos cuando permanecemos en la orilla
y no tenemos el valor de sumergirnos
en el Agua viva de tu amor.
Mira, Padre, nuestro mundo herido:
las tierras resecas, las aguas contaminadas,
las especies que desaparecen,
los pueblos obligados a huir,
las víctimas de las guerras y del hambre.
Líbranos de la locura de las armas,
especialmente de la amenaza de las armas nucleares;
convierte las espadas en arados
y los recursos de la guerra en instrumentos de vida.
Danos un corazón nuevo,
capaz de reconocer el límite como sabiduría,
la sobriedad como libertad,
el compartir como riqueza,
el cuidado como forma del amor.
Haznos custodios del agua,
de la tierra y de toda criatura;
enséñanos a elegir con responsabilidad,
a hablar con verdad,
a colaborar con toda persona de buena voluntad.
Haz de nuestras Iglesias
lugares de reconciliación y esperanza,
donde cristianos de distintas confesiones
aprendan a orar y actuar juntos
por nuestra casa común.
Padre de la vida,
haz fluir en nosotros y a través de nosotros
tu Agua viva.
Donde haya desierto, haz nacer un jardín;
donde haya división, haz crecer la comunión;
donde haya violencia, haz germinar la paz.
Haznos colaboradores humildes y valientes
de tu obra de renovación,
para que la tierra vuelva a cantar tu gloria
y toda criatura pueda tener vida en abundancia.
Amén.