Resumen: No sabemos quién somos. Llegar a sí mismo perdiéndose de vista, es llegar al misterio de la Trinidad. Dejando de mirarnos a nosotros mismos, nos veremos en el espejo del eterno Amor.
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No sabemos quién somos

Acaban de escuchar ustedes la pregunta dramática que los fariseos hicieron a Juan el Bautista “¿Qué dices de ti mismo?” (Jn. 1,22) ¿Cómo podía el Bautista responder a esta pregunta? ¿Cómo puede alguien decir: “Yo soy esto” ? En efecto, de todas las preguntas que nos puedan hacer, esa es la más difícil y nadie es capaz de responderla.

Si nos preguntan: “¿Qué dices de ti mismo?”, y tratamos de responder a la pregunta veremos en seguida la imposibilidad de hacerlo. No sabemos quien somos, y si tratamos de definirnos encontramos un ser prefabricado que puede entrar en ciertas categorías psicológicas, pero nunca podremos encontrar el secreto ni el misterio que somos. Es el misterio que busca la madre en su hijito: lo mira, le sonríe… ¿Y qué busca con esa sonrisa sino la revelación de lo que es él?

el amor humano, inclusive en el más carnal y más oscuro, está el deseo de encontrar un secreto. El deseo de comprender esa fuente, el deseo de saber quién es ese ser y de obtener la confidencia de su misterio.

En efecto, ése es el primer impulso del amor: preguntar al ser amado quién es: la madre lo pregunta a su hijo, el hombre a la mujer, la mujer al hombre. Y se comprende que un filósofo, Alain, se haya hecho esa pregunta: “¿Puede un hombre casarse con una mujer loca?” y que haya respondido: “No”. No puede casarse con una mujer loca porque inclusive en el amor más carnal y más oscuro, está el deseo de encontrar un secreto humano. El deseo de comprender esa fuente, el deseo de saber quién es ese ser, y de obtener la confidencia de su misterio.

Esa pregunta en apariencia sencilla es la más profunda e insoluble de todas, al menos cuando la hacen directamente preguntando a alguien: “Y tú, ¿qué dices de ti mismo?”

Un conocimiento de sí mismo mirando a otro

Pero hay una manera en cierto modo lateral de lograr el conocimiento de sí mismo, y sólo tenemos que pensar en lo que evoca o puede evocar en nosotros la música de Clara Haskil. [famosa pianista rumena]

Qué es lo que encanta a tantos en esa música incomparable, sino justamente que cada uno al escucharla sentía brotar en sí mismo una melodía en que se expresaba el misterio de sí mismo, porque la música de Clara era tan interior, tan silenciosa, que su música nos invitaba a todos y a cada uno a convertirnos en música, y cuando uno se hace música, cuando todo el ser brota como un canto es porque uno se ha perdido de vista, es porque uno se ha establecido en otro, es porque uno está en el mundo del encanto donde brilla el rostro adorable siempre desconocido y siempre reconocido, que es el rostro del Dios vivo.

En la experiencia de la música tenemos la posibilidad de expresar y comunicar el secreto de quién somos. En efecto, y comunicarnos es expresarnos a otro y para él.

Así, en la experiencia de esa música, comprendemos la posibilidad de expresar y comunicar el secreto de quien somos. En efecto, expresarnos y comunicarnos es expresarnos y comunicarnos a otro y para él. Entonces Clara con su piano, lo mismo que Dinu Lapatti y tantos otros, como verdaderos artistas, Clara Haskil con su piano, transformada totalmente en música para que a la vez nosotros nos transformemos, no se escuchaba, no se miraba sino que dejaba pasar a través de ella todo el mundo silencioso que es la cuna de todas las melodías.

Y justamente, porque se eclipsaba en la música, la música devenía Presencia y vida, y nos conmovía. Siempre nos conmoverá profundamente, haciéndonos surgir en un impulso silencioso hacia la eterna belleza a la cual podemos confiarnos; pues en ella se expresa nuestro misterio, no para nosotros – lo que es imposible – sino para el amor, para la generosidad infinita que viene a nuestro encuentro y suscita nuestra existencia, dándole la forma de amor, única que puede expresarnos.

Llegar a sí mismo perdiéndose de vista es llegar al misterio de la Trinidad

Una sola posibilidad de llegar a nosotros mismos, de responder a la pregunta: “Y tú, ¿qué dices de ti mismo?”, es perdernos de vista, mirar la eterna belleza y decirnos a Dios, en Dios y por él.

Tenemos pues una posibilidad – una sola – de llegar a nosotros mismos, una sola posibilidad de responder a la pregunta: “Y tú, ¿qué dices de ti mismo?”, y es justamente la de perdernos de vista, mirar la eterna belleza y decirnos a Dios, en Dios y por Dios.

Así entramos en el misterio de la Santísima Trinidad. La Trinidad nos parece algo tan abstracto, tan lejano, ¡y de repente adivinamos! En efecto, Dios mismo no puede decirse a sí mismo quién es, a menos de decirlo a Otro y para Otro. ¡Hay pues en Dios una vida que se comunica, hay en Dios todo un secreto que se intercambia, hay en Dios, hay en Dios un nacimiento, y una paternidad! Dios sólo puede decirse como un secreto que va del Padre al Hijo y del Hijo al Padre; así como Dios sólo llega al Amor en la comunicación que va del Padre y del Hijo al Espíritu Santo y del Espíritu Santo al Padre y al Hijo.

Jesús viene a enseñarnos quiénes somos. Viene a iniciarnos en el conocimiento supremo de nosotros mismos, conocimiento que es un nacimiento, pues justamente para conocernos es necesario nacer en Dios y dejarlo nacer en nosotros.

Y porque Dios es Trinidad, porque es comunicación en el Amor, porque es la música eterna que sólo puede brotar en un impulso de generosidad, por eso la religión de Jesús es lo que es. Justamente, Jesús viene para hacer brotar en nosotros esa música silenciosa. Viene a enseñarnos quien somos. Viene a iniciarnos en el conocimiento supremo de nosotros mismos, conocimiento que es un nacimiento, pues justamente para conocernos es necesario que nazcamos en Dios y lo dejemos nacer en nosotros.

Y la maravilla es que toda la grandeza, toda la santidad cristiana esté centrada en esa comunicación interior: Dios que es el Amor supremo nos pide precisamente lo que pide siempre el amor. Como la madre: por la sonrisa de su hijito, la madre desea llegar al misterio de su alma; como busca el secreto inagotable del ser humano el novio en la novia, o el esposo en la esposa. Dios nos pide, y es lo único que nos pide, que seamos la respuesta luminosa, la respuesta generosa, que descubramos quien somos y se lo digamos perdiéndonos en él, naciendo en nuestro corazón y de su corazón, y dejándolo nacer en y de nuestro corazón.

La única respuesta es escuchar la música interior e ir hasta el final del silencio

El único templo de Dios somos nosotros, en nuestra mente, en nuestro corazón, en el intercambio total de nosotros mismos con Dios que se comunica… y en el intercambio silencioso con Dios es como devenimos todo lo que somos capaces de ser.

¿No es eso lo que Jesús deseaba decir a la samaritana, sí, a esa pecadora que vivía en el desorden? Jesús le murmura un secreto incomparable, la eleva a esas cumbres supremas; le dice a ella la verdadera religión del Espíritu, construye y suscita en ella el santuario eterno, el único Templo de Dios, el único santuario del Nuevo Testamento que somos nosotros mismos en nuestra mente, en nuestro corazón, en el intercambio total de nosotros mismos con Dios que se nos comunica infinitamente. Y entonces, lo que parecía abstracto se hace sumamente concreto. Finalmente, ¡nada es más apasionante que el ser humano! En el ser humano se sitúa toda revelación, por el rostro humano se hace conocer Dios, y es en el intercambio silencioso con Dios como devenimos todo lo que somos capaces de ser.

Ustedes recuerdan que Ángelo Silesio comparaba los abismos del hombre y los abismos de Dios: “El abismo de mi espíritu no cesa de invocar con un grito el abismo de Dios. De estos dos abismos, dime, ¿cuál es el más grande?”

A eso nos lleva el Evangelio de hoy: “¿Qué dices de ti mismo?” Hay una sabiduría cristiana que es infinita, una sabiduría arrodillada, una sabiduría arrodillada, una sabiduría transparente, una sabiduría, una sabiduría infinita, una sabiduría inimitable, una sabiduría basada en el don de sí mismo, en la pobreza de espíritu, en la generosidad. Y hoy estamos invitados a esa sabiduría, al banquete de la eterna Sabiduría.

Dejando de mirarnos a nosotros, nos veremos en el espejo del eterno Amor; Dios… nos habrá revelado a la vez su grandeza y la nuestra, en el intercambio sin fin que es la vida de ahora, y que es ya en la vida de ahora la única vida eterna.

¡Cómo es necesario escuchar esa voz del Evangelio: “Y tú, ¿qué dices de ti mismo?”! Y cuando la pregunta haya llegado al primer plano de la mente, todos y cada uno sentiremos que no hay otra respuesta sino escuchar la música interior, ir hasta el final del silencio, hasta que por fin encontremos a la base de nuestro ser el rostro amado que nos está esperando. Y entonces, como escuchando a Clara Haskil o a otros grandes, a otros grandes artistas, de repente sintamos que hemos nacido, que comenzamos a existir en la plenitud de nuestro ser, porque cesando de mirarnos, nos veremos en el espejo del eterno Amor, y Dios, suscitando en nosotros los inmensos espacios de luz y generosidad, nos habrá revelado a la vez su grandeza y la nuestra, en el intercambio sin fin que es la vida de ahora, y que es ya en la vida de ahora la única vida eterna! Porque la vida eterna consiste justamente en conocer, en conocer a Dios y amarlo. ¿Y cómo conocerlo y amarlo sino naciendo de él y dejándolo nacer en nosotros y de nosotros?