Pero tú, Jesús, ¿quién dices que soy yo?
Año A – 21.º Domingo del Tiempo Ordinario
Mateo 16,13-20: ¡Tú eres el Cristo!… ¡Y tú eres Pedro!
El Evangelio de hoy nos presenta la «confesión de fe» de Pedro en las proximidades de la ciudad de Cesarea de Filipo, al nordeste de Israel, en una región semipagana. Jesús se había «retirado» a aquella zona, fuera de los límites habituales de su predicación, para poder estar en la intimidad con los suyos. Estaba a punto de producirse un cambio radical en su misión y Jesús quería preparar a sus discípulos.
En este contexto de retiro —Lucas 9,18 llega incluso a decir que esto sucedió cuando «Jesús se encontraba orando a solas»—, el Señor, que había percibido a su alrededor los indicios de una crisis, hace una especie de… «sondeo»: «¿Quién dice la gente que es el Hijo del hombre? Ellos contestaron: Unos dicen que Juan el Bautista; otros, Elías; otros, Jeremías o uno de los profetas». Las multitudes, por tanto, vislumbraban en Jesús a un profeta, a un gran profeta, pero lo interpretaban según las categorías del pasado. El mismo sondeo, realizado hoy, arrojaría resultados no muy distintos: un hombre extraordinario, un iluminado, un revolucionario, un innovador, un idealista… Categorías siempre insuficientes.
Jesús prosigue: «Y vosotros, ¿quién decís que soy yo? Simón Pedro respondió: Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios vivo». Pedro, también en nombre de los Doce, pronuncia una profesión personal de fe, que Jesús reconoce como inspirada por el Padre. En ese momento, Jesús revela a Pedro su vocación, su identidad: «Y yo te digo: tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia… Te daré las llaves del Reino de los Cielos: todo lo que ates en la tierra quedará atado en los Cielos, y todo lo que desates en la tierra quedará desatado en los Cielos». Observemos la simetría: «Tú eres el Cristo» y «Tú eres Pedro». Sin embargo, no se trata de un intercambio de cortesías, sino de la revelación de una identidad recíproca.
Tenemos aquí una verdadera investidura, simbolizada por tres signos: el cambio de nombre (Pedro, la piedra), la entrega de las llaves y la potestad de atar y desatar. Podríamos decir que Jesús confiere a Pedro tres de sus prerrogativas mesiánicas: ser Piedra (véanse Daniel 2,31-35; Mateo 21,42; 1 Corintios 10,4), poseer las llaves del Reino y tener el poder de atar y desatar (Apocalipsis 3,7: «El que tiene la llave de David: cuando él abre, nadie puede cerrar; y cuando cierra, nadie puede abrir»). Jesús, el Señor de la Iglesia, confiere en este texto a Pedro una autoridad vicaria al servicio de su Iglesia.
1. ¿Quién soy yo para ti?
Esta pregunta se dirige hoy a nosotros. Cristo no espera la respuesta aprendida en el catecismo. Sería una respuesta enmohecida. No espera una respuesta dictada por la costumbre. Sería una respuesta sin pasión. No espera una respuesta elaborada únicamente por la mente. Sería una respuesta fría, sin corazón. Jesús espera una respuesta que nazca de nuestra intimidad con él. ¿Cómo podemos encontrarla? Preguntémonos hasta qué punto estamos dispuestos a arriesgar por él. ¿La medida extrema? ¡El don de la vida! Hoy el testimonio cristiano puede asumir, bajo diferentes formas, la dimensión del martirio. No solo en Pakistán, India, China o Nigeria… sino también aquí, en Europa, con el continuo goteo de la burla y la indiferencia. A las cuatro notas de la Iglesia —una, santa, católica y apostólica— casi podríamos añadir una quinta: ¡perseguida!
Sin embargo, no basta con dar una respuesta de una vez para siempre. La vida es cambio. En todas las relaciones surgen momentos de crisis en los que nos parece que ya no reconocemos al otro. Es un momento crítico que puede convertirse en ocasión de una ruptura definitiva o en una oportunidad para crecer en el conocimiento mutuo. Esto también puede suceder en nuestra relación con Cristo. También por esta razón algunos cristianos acaban alejándose de él. La relación con Jesús se vuelve rutinaria y sin entusiasmo y, poco a poco, aparecen la indiferencia y el distanciamiento. Presumimos de conocerlo y pensamos que ya no tiene nada que decirnos. Su Evangelio es como un libro «ya leído». Entonces, o nos marchamos, cansados y decepcionados, o nuestra relación con él languidece en una lenta y triste agonía.
¿Cómo podemos evitar este peligro? Podemos señalar dos caminos.
2. ¡Los ojos fijos… en la «liebre»!
¡No apartemos la mirada de Jesús! «Corramos con perseverancia la carrera que tenemos por delante, fijos los ojos en Jesús, quien inicia y completa la fe» (Hebreos 12,1-2). Un relato de los antiguos Padres del Desierto lo expresa de una manera simpática, pero elocuente.
Un joven monje fue un día a visitar a un anciano monje, cargado de años y experiencia, y le dijo: «Padre mío, explícame por qué tantos abrazan la vida monástica y tan pocos perseveran; tantos vuelven atrás». El monje respondió: «Mira, sucede como cuando un perro ve una liebre. Comienza a correr detrás de ella y ladra con fuerza. Otros perros oyen al perro ladrar mientras corre detrás de la liebre y también ellos se ponen a correr: son muchos los que corren juntos, ladrando; sin embargo, solo uno ha visto la liebre, solo uno la sigue con los ojos. En un momento dado, uno tras otro, todos aquellos que no han visto realmente la liebre y corren solamente porque otro la ha visto se cansan y quedan exhaustos. En cambio, el que ha fijado personalmente los ojos en la meta llega hasta el final y atrapa la liebre». Y decía: «Mira, eso mismo les sucede a los monjes. Solo quienes han fijado verdaderamente los ojos en la persona de Jesucristo, nuestro Señor crucificado, llegan hasta el final».
3. Mirarse en la mirada de Cristo
La pregunta de Jesús continúa llegando hasta nosotros: «¿Quién soy yo para ti?». ¿Has pensado alguna vez en dirigirle tú también la misma pregunta: «Pero tú, Jesús, ¿quién dices que soy yo?». Solo su respuesta puede iluminar el misterio de lo que somos; de lo contrario, seguimos siendo una incógnita para nosotros mismos. Solo él puede revelarnos nuestro verdadero nombre (Apocalipsis 2,17), nuestra identidad. Solo este encuentro cara a cara puede dar profundidad y solidez a nuestra relación con él.
«Cuando nos acercamos al misterio de Dios, descubrimos nuestro rostro; cuando nos aproximamos a la Verdad de Dios, recibimos a cambio la verdad sobre nosotros mismos. Confesar la identidad de Cristo nos devuelve nuestra identidad más profunda… Si queréis descubrir quiénes sois verdaderamente, miraos en la mirada de Dios» (Paolo Curtaz).
Para la reflexión personal
1) En un momento de «retiro», interroguemos al Señor y dejémonos interrogar por él: «Señor, ¿quién eres tú para mí? ¿Y quién soy yo para ti?».
2) Confrontémonos con la identidad de Pedro, que ilumina la vocación del cristiano: ser PIEDRA, es decir, servir de apoyo para la fe de los demás, a pesar de la fragilidad de la nuestra; utilizar la LLAVE del Reino, es decir, la cruz de Jesús, para romper las ataduras de la esclavitud y unir a las personas con los vínculos de la fraternidad.
P. Manuel João Pereira Correia, MCCJ

P. Manuel João, Comboniano
Reflexión dominical
de la boca de mi ballena, ELA
Nuestra cruz es el púlpito de la Palabra