19º Domingo
Tiempo Ordinario (A)
Mateo 14, 22-33


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EN MEDIO DE LA CRISIS
José Antonio Pagola

No es difícil ver en la barca de los discípulos de Jesús, sacudida por las olas y desbordada por el fuerte viento en contra, la figura de la Iglesia actual, amenazada desde fuera por toda clase de fuerzas adversas y tentada desde dentro por el miedo y la poca fe. ¿Cómo leer este relato evangélico desde la crisis en la que la Iglesia parece hoy naufragar?
Según el evangelista, “Jesús se acerca a la barca caminando sobre el agua”. Los discípulos no son capaces de reconocerlo en medio de la tormenta y la oscuridad de la noche. Les parece un “fantasma”. El miedo los tiene aterrorizados. Lo único real es aquella fuerte tempestad.
Este es nuestro primer problema. Estamos viviendo la crisis de la Iglesia contagiándonos unos a otros desaliento, miedo y falta de fe. No somos capaces de ver que Jesús se nos está acercando precisamente desde esta fuerte crisis. Nos sentimos más solos e indefensos que nunca.
Jesús les dice tres palabras: “Ánimo. Soy yo. No temáis”. Solo Jesús les puede hablar así. Pero sus oídos solo oyen el estruendo de las olas y la fuerza del viento. Este es también nuestro error. Si no escuchamos la invitación de Jesús a poner en él nuestra confianza incondicional, ¿a quién acudiremos?
Pedro siente un impulso interior y sostenido por la llamada de Jesús, salta de la barca y “se dirige hacia Jesús andando sobre las aguas”. Así hemos de aprender hoy a caminar hacia Jesús en medio de la crisis: apoyándonos, no en el poder, el prestigio y las seguridades del pasado, sino en el deseo de encontrarnos con Jesús en medio de la oscuridad y las incertidumbres de estos tiempos.
No es fácil. También nosotros podemos vacilar y hundirnos como Pedro. Pero lo mismo que él, podemos experimentar que Jesús extiende su mano y nos salva mientras nos dice: “Hombres de poca fe, ¿por qué dudáis?”.
¿Por qué dudamos tanto? ¿Por qué no estamos aprendiendo apenas nada nuevo de la crisis? ¿Por qué seguimos buscando falsas seguridades para “sobrevivir” dentro de nuestras comunidades, sin aprender a caminar con fe renovada hacia Jesús en el interior mismo de la sociedad secularizada de nuestros días?
Esta crisis no es el final de la fe cristiana. Es la purificación que necesitamos para liberarnos de intereses mundanos, triunfalismos engañosos y deformaciones que nos han ido alejando de Jesús a lo largo de los siglos. Él está actuando en esta crisis. Él nos está conduciendo hacia una Iglesia más evangélica. Reavivemos nuestra confianza en Jesús. No tengamos miedo.

José Antonio Pagola
http://www.musicaliturgica.com


REMANDO CONTRA VIENTO Y MAREA
José Luis Sicre

La tempestad calmada y el viento en contra

Hay dos episodios en los evangelios bastante parecidos, aunque muy diferentes. Se parecen en el escenario (una barca en medio del lago de Galilea en circunstancias adversas) y en los protagonistas (Jesús y los discípulos). Se diferencian en que, en el primer caso, la barca está a punto de zozobrar y los discípulos corren peligro de muerte; en el segundo, sólo se enfrentan a un fuerte viento en contra que hace inútiles todos sus esfuerzos.

Traducido a la experiencia de nuestros días, la tempestad calmada recuerda a numerosas comunidades cristianas, sobre todo de África y Oriente Medio, que se ven amenazadas de muerte y gritan a Jesús: «¡Señor, sálvanos, que perecemos!» El viento en contra hace pensar en tantas otras comunidades, especialmente de occidente, que luchan contra viento y marea, cada vez con menos fuerzas, y sin ver resultados tangibles.

El primer episodio, la tempestad calmada, tiene un claro paralelo en el Salmo 107 (106), 23-32, donde los navegantes gritan a Dios en el peligro y él los salva; en el evangelio, los discípulos gritan a Jesús y es este quien los salva.

Pero el segundo episodio, el de la barca con viento en contra y Jesús caminando sobre el agua, no me recuerda ningún episodio del Antiguo Testamento. Sin embargo, está tan anclado en la primitiva tradición cristiana que no sólo lo cuentan Marcos y Mateo, sino incluso Juan, que generalmente va por sus caminos. Es muy curioso que Lucas omita esta escena: probablemente pensó que presentar a Jesús caminando sobre el agua y confundido con un fantasma iba a plantear a sus cristianos más problemas que beneficios.

El relato de Mateo

Se inspira en el de Marcos, pero introduciendo cambios muy significativos. Podemos dividirlo en cuatro escenas.

Primera escena: Jesús se separa de los discípulos

Hablando en términos cinematográficos, es un montaje en paralelo. Inmediatamente después de la comida, Jesús obliga a sus discípulos a embarcarse, mientras él despide a la gente. Luego se retira a rezar «a solas» y, al anochecer, «seguía allí solo». Mientras, los discípulos se encuentran «a muchos estadios de tierra» (Juan dice que a unos 25-30 estadios, 5-6 km, lo que supone en mitad del lago). Con esto se acentúa la distancia física de Jesús con respecto a los discípulos; y también la distancia temporal, porque los despide por la tarde y no se dirige hacia ellos hasta el final de la noche. [La traducción litúrgica dice «de madrugada»; el texto griego, «a la cuarta vela», entre las 3 y las 6 a.m.; los romanos dividían la noche en cuatro velas, desde las 6 p.m. hasta las 6 a.m.]. A nivel simbólico, quedan contrapuestos dos mundos: el de la intimidad con Dios (Jesús orando) y el de la dura realidad (los discípulos remando). Ha sido Jesús el que los ha abandonado a su destino.

Segunda escena: Jesús se acerca a los discípulos

Mateo cuenta con asombrosa naturalidad y sencillez algo inaudito: el hecho de que Jesús se acerque caminando sobre el lago. Los discípulos no reaccionan con la misma naturalidad: se asustan, porque piensan que es un fantasma, tienen miedo, gritan. Es la única vez que se usa en el Nuevo Testamento el término “fantasma”, que en griego clásico se aplica a los espíritus que se aparecen, o a «las visiones fantasmagóricas de mis ensueños» (Esquilo, Los siete contra Tebas, 710). Es la única vez que Jesús provoca en sus discípulos un pánico que los hace gritar de miedo. Es la única vez que les dice «¡animaos!». Una escena peculiar sobre la que volveremos más adelante.

Tercera escena: Jesús y Pedro

Quien conoce los relatos de Marcos y Juan advierte aquí una gran diferencia. En esos dos evangelios, Jesús sube a la barca y el viento se calma. Pero Mateo introduce una escena exclusivamente suya, que subraya la relación especial entre Jesús y Pedro. Igual que en otros pasajes de su evangelio, Mateo aporta rasgos de la personalidad de Pedro que justifican su importancia posterior dentro del grupo de los Doce. Pero no ofrece una imagen idealizada, sino real, con virtudes y defectos. Su decisión de ir hacia Jesús caminando sobre el agua lo pone por encima de los demás, igual que ocurrirá más adelante en Cesarea de Filipo. Pero Pedro muestra también su falta de fe y su temor. Incluso entonces, es salvado por la intervención de Jesús. Dentro de la sobriedad de Mateo, esta escena llama la atención por la abundancia de detalles expresivos, que adquieren su punto culminante en la imagen de Jesús alargando la mano y agarrando a Pedro.

Cuarta escena: confesión de los discípulos (32-33)

Marcos termina su relato diciendo que los discípulos «no cabían en sí de estupor, pues no habían entendido lo de los panes, ya que tenían la mente obcecada» (Mc 6,51-52). Mateo introduce un cambio radical: los discípulos no se asombran, sino que se postran ante Jesús y confiesan: «realmente eres Hijo de Dios». Esta actitud y estas palabras significan un gran avance. Anteriormente, en el relato de la tempestad calmada (Mt 8,23-27), los discípulos terminan preguntándose: «¿Quién será éste que hasta el viento y el agua le obedecen?» Desde entonces, el conocimiento más profundo de Jesús ha provocado un cambio en ellos. Ya no se preguntan quién es; confiesan abiertamente que es «hijo de Dios», y lo adoran. Este título no podemos interpretarlo con toda la carga teológica que le dio más tarde el Concilio de Calcedonia (año 451). También el centurión que está junto a Jesús en la cruz reconoce que «este hombre era hijo de Dios». Lo que quiere expresar este título es la estrecha vinculación de Jesús con Dios, que lo sitúa a un nivel muy superior al de cualquier otro hombre. De aquí a confesar la filiación divina de Jesús sólo queda un pequeño paso.

Anticipando la gloria de Jesús resucitado.

Este relato, tal como lo cuenta Mateo, ofrece tres datos curiosos: 1) el cuerpo de Jesús desafía las leyes físicas; 2) los discípulos no reconocen a Jesús, lo confunden con un fantasma; 3) Jesús, a pesar del poder que manifiesta, trata a los apóstoles con toda naturalidad.

Estos tres detalles son típicos de los relatos de apariciones de Jesús resucitado: 1) su cuerpo aparece y desaparece, atraviesa muros, etc.; 2) ni la Magdalena, ni los dos de Emaús, ni los siete a los que se aparece en el lago, reconocen a Jesús; 3) Jesús resucitado nunca hace manifestaciones extraordinarias de poder, habla y actúa con toda naturalidad.

Por consiguiente, lo que tenemos en Mateo (no en Marcos) es algo muy parecido a un relato de aparición de Jesús resucitado. ¿Qué sentido tiene en este momento del evangelio? Anticipar su gloria. Igual que el relato de la muerte de Juan Bautista, contado poco antes, anticipa su pasión, su maravilloso caminar sobre el agua anticipa su resurrección.

Sentido eclesial y personal

Desde antiguo, se ha visto en la barca una imagen de la Iglesia, metida por Jesús en una difícil aventura y, aparentemente, abandonada por él en medio de la tormenta. Este sentido, que estaba ya en Marcos, lo completa Mateo con un aspecto más personal, al añadir la escena de Pedro: el discípulo que, confiando en Jesús, se lanza a una aventura humanamente imposible y siente que fracasa, pero es rescatado por el Señor. En la imagen de Pedro podían reconocerse muchos apóstoles y misioneros de la Iglesia primitiva, y podemos vernos también a nosotros mismos en algunos instantes de nuestra vida: cuando parece que todos nuestros esfuerzos son inútiles, cuando nos sentimos empujados y abandonados por Dios, cuando nosotros mismos, con algo de buena voluntad y un mucho de presunción, queremos caminar sobre el agua, emprender tareas que nos superan. Ellos vivenciaron que Jesús los agarraba de la mano y los salvaba. La misma confianza debemos tener nosotros.

La primera lectura

Ha sido elegida porque en ella Dios se revela en la brisa suave, después del viento huracanado, el fuego y el terremoto. En el evangelio, después de la tormenta, cuando Jesús sube a la barca, el viento amaina. Este paralelismo no impide que la lectura parezca traída por los pelos; es preferible no detenerse en ella.

José Luis Sicre
https://www.feadulta.com


Las lecturas de hoy nos presentan un tema fundamental. ¿Cómo es Dios? ¿Qué hace con todo su poder? ¿Qué tiene que ver Dios con mi vida? ¿Cómo se manifiesta? Son las preguntas que cada persona se hace, tarde o temprano; de una u otra manera. Inútilmente algunos ‘ateos’ quisieran borrar esta realidad. Las etapas de la manifestación de Dios y los pasos del hombre en la búsqueda de su Señor y Padre van desde la creación a Cristo, al testimonio de los creyentes. Este es el hilo conductor que une las lecturas de hoy. De manera libre y sorprendente, Dios se manifiesta a los hombres: primero en la creación del mundo y de cada persona; luego, por medio de las alianzas y de los profetas; y, finalmente, en el evento único y definitivo de Jesucristo, Dios hecho carne, que acompaña la historia humana

Ante la manifestación gratuita de Dios, normalmente se produce la respuesta del hombre, en una búsqueda a menudo trabajosa e incierta. Todas las religiones y filosofías de los pueblos son un índice y el resultado del deseo profundo que Dios ha inscrito en el corazón de las personas y de las culturas: ¿Quién es Dios? ¿Dónde está? ¿Qué hace?… Las religiones naturales son diferentes según las épocas y las culturas, pero tienen un origen común: la aspiración humana a establecer una relación con la divinidad. Este es el terreno religioso natural en el cual los misioneros encuentran a los pueblos ya desde el primer anuncio del Evangelio.

La teología cristiana, desde sus inicios (s. II, con los santos Justino e Ireneo), enseña a los obreros del Evangelio que han de descubrir las “semillas del Verbo”, es decir, los valores humanos y espirituales presentes en las culturas. Por la acción del Verbo, por medio del cual han sido creadas todas las cosas (cfr. Col 1,15-17), y gracias a la presencia del Espíritu Santo, protagonista de la misión (cfr. RMi 21s), estos valores se encuentran ya en las culturas de los pueblos, aun antes de que se les anuncie la Buena Nueva de Cristo. En virtud de su origen divino, estos valores constituyen una buena preparación para acoger el Evangelio. La presencia del Verbo y del Espíritu, que anteceden la llegada del misionero, crea una especial sintonía entre el Evangelio y las culturas, que en general facilita la recepción del mensaje cristiano. Cristo llega como plenitud de la revelación de Dios, como don gratuito, pero no por eso es algo opcional o alternativo. Viene aquí muy oportuna la invitación del Papa Francisco a buscar y dejarse encontrar por Cristo.

Además de la revelación basada en la creación, Dios se reserva la iniciativa de manifestarse en el modo, en el tiempo y en las personas que Él quiere. En el caso de Elías (I lectura) la manifestación de Dios se da con signos diferentes a la de Moisés, aunque se realice sobre el mismo monte. Elías está regresando de las faldas del monte Carmelo, donde, en un exceso de celo y fanatismo, ha masacrado a los profetas de Baal (cfr. 1Reyes 18); ahora Elías necesita convertirse: reconocer a Dios no a través de signos fuertes (viento huracanado, terremoto y fuego), sino en el “susurro” (v. 12). En el mar borrascoso y entre los gritos de miedo a los fantasmas (Evangelio), Jesús se revela primero como orante solitario sobre el monte (v.23) y luego como portador de paz y seguridad: “¡Ánimo, soy yo, no tengan miedo!” (v.27). Al igual que en otras epifanías de Jesús, la conclusión es la fe de los discípulos (v.33). Más ampliamente, es la comunidad misionera de Mateo la que, probada por las incipientes persecuciones y la “poca fe” (v.31), renueva la adhesión a su Señor resucitado, invocándolo con el título pascual de Kurios, Señor (v. 28.30).

En la historia de las personas y de los pueblos se van alternando a menudo épocas de apertura y de cerrazónante el misterio de Dios, períodos de indiferencia, resistencia, y hasta de rechazo. Ante estas situaciones, el misionero adopta una actitud humilde y orante: la fuerza para la misión procede de la fe y de la oración. Es el caso de Pablo (II lectura), que siente un dolor grande y un continuo sufrimiento (v. 2) por sus hermanos y correligionarios (v. 3). Lamentablemente, la mayoría del pueblo judío, si bien recibió, a lo largo de los siglos, hasta ocho privilegios inestimables (v. 4-5), se ha cerrado al Mesías, que nació “de los patriarcas, según lo humano”: No lo reconocen como el Salvador, muerto y resucitado, como Dios bendito por los siglos (v. 5).

El misterio del pueblo elegido lleva a pensar en la realidad misionera de tantos pueblos que aún no se han abierto al Evangelio, con excepción de unas minorías. Cabe pensar en China, India, Japón, en el mundo budista, islámico… Ciertamente estos pueblos no están fuera de la acción salvífica de Cristo, el único salvador de todos; sin embargo, permanece el misterio de su llamada a la Fe en Cristo y de su pertenencia a la Iglesia. También para ellos Dios tiene su proyecto y los tiempos precisos. Nosotros no conocemos los tiempos y los caminos por los cuales el Espíritu realiza el encuentro salvífico de cada persona con Cristo (GS 22). Pero la certeza que este encuentro se realiza, sostiene la esperanza del misionero, incluso cuando la barca está sacudida por las olas (Evangelio) y el viento es contrario (v. 24).


Introducción

Tensiones, conflictos, incomprensiones han acompañado siempre las relaciones Iglesia-mundo, pero se  exacerbaron  con la llegada del empirismo y  el  racionalismo, corrientes filosóficas  que  caracterizaron  el pensamiento de los siglos XVII y XVIII. La visión puramente naturalista del mundo y la confianza sin límites en la razón parecían haber minado los fundamentos de la fe y de lo sobrenatural.

Por su parte, los avances históricos y arqueológicos del siglo XIX  demostraron las evidentes incongruencias ligadas a la interpretación racional de la Biblia.  La respuesta de los creyentes, dictada por miedos y sospechas, no fue serena,  al menos inmediatamente;  por consiguiente,  el movimiento de purificación de las ideas, del lenguaje y de  la práctica religiosa sufrió  retardos,  periodos  de inmovilismo,  marchas  atrás,  replanteamientos e involuciones.

​Hoy es ya posible constatar los grandes cambios que, estimulados por  desafíosde siglos, se  realizaron  especialmente después del Concilio Vaticano II. Del estudio y de la meditación de la palabra de Dios, finalmente en manos de los cristianos, está  emergiendo ysiendo  ofrecida  al mundo, aun en medio de contradicciones, una imagen de Dios no más encorsetada  en categorías arcaicas; está apareciendo  un nuevo rostro del hombre y  una Iglesia más evangélica  fundada  sobre  valores auténticos.

Algo semejante  ocurría  en tiempos del profeta Elías,  como nos contará la primera lectura.  Jesús exigió a sus discípulos un cambio de mentalidad todavía mayor,  como veremos en el pasaje evangélico.  El Espíritu invita a los cristianos, no solo a través de los  signos de  los tiempos  sino también por medio de las críticas  crueles  de los no creyentes,  a dirigir las miradas, las mentes y los corazones más allá de los estrechos horizontes en  los  que  corremos el peligro de permanecer  prisioneros por  el  temor a crecer.

Primera lectura:  1 Reyes 19,9.11-13

9En aquellos días, al llegar Elías al monte de Dios,  el Horeb, se metió en una cueva  donde pasó la noche. Y el Señor le dirigió la palabra:  “¿Qué haces aquí, Elías?”  10Elías respondió:  “Me consume el celo por el Señor, Dios Todopoderoso, porque los israelitas han abandonado tu alianza, han derribado tus altares y asesinado a tus profetas; solo quedo yo, y me buscan para matarme”.  11El Señor le dijo:  “Sal y ponte de pie en el monte ante el Señor. ¡El Señor va a pasar!”  Vino un huracán tan violento, que descuajaba los montes y resquebrajaba las rocas delante del Señor; pero el Señor no estaba en el viento. Después del viento vino un terremoto;  pero el Señor no estaba en el terremoto.  12Después del terremoto vino un fuego; pero el Señor no estaba en el fuego. Después del fuego se oyó una brisa  tenue.  13Al sentirla, Elías se tapó el rostro con el manto, salió afuera y se puso en pie a la entrada de la cueva.

Estamos en la primera mitad del siglo 9  a.C., cuando Omri, un general hábil y resuelto, tomó el poder por medio de  una revuelta. El libro de los Reyes  le dedica una brevísima mención, apenas seis versículos (cf.  1 Re 16,23-28). Sin embargo,  los cambios políticos, sociales y especialmente religiosos que tuvieron lugar  durante los once  años de su reinado,marcaron profundamente la historia de Israel. Construyó una nueva capital en el monte de Samaría, introdujo nuevas técnicas agrícolas, incentivó el comercio, favoreció la cultura, reforzó el ejército.

Para consolidar las alianzas con los reinos vecinos recurrió,  sobre todo,  a los matrimonios  políticos.  Uno  de ellos  tuvo consecuencias dramáticas:  el que contrajo  su hijo  Acab  con  la intrigante, ambiciosa y tan  fascinante  como pérfida Jezabel, hija  de  Et-baal,  rey de Tiro.  Fue el principio de la apostasía  y  alejamiento del Señor  por parte del pueblo, porque la malvada princesa extranjera intentó inmediatamente  que  Baal y  Ashera, las divinidades de su tierra, fueran adoradas en  Israel. Hizo construir para ellas un espléndido templo en Samaría  e impuso su culto como religión oficial del reino.

En este período de tensiones “se alzó como fuego un profeta  cuyas palabras eran unaantorcha encendida”  (Eclo 48,1). Venía de Galaad, la tierra más allá del Jordán, en los confines del desierto.  “Era un hombre peludo y llevaba una piel ceñida con un cinto de cuero”  (2 Re 1,8)…  viviendo en la austeridad. Se dio inmediatamente cuenta de la “colonización” de las mentes y de las conciencias llevada a cabo por la reina,  e intervino para denunciar el peligro de la corrupción religiosa y moral. No obstante, no logró, a pesar de su esfuerzo  y su coraje,  convencer al pueblo a  permanecer fiel al Señor. Al borde  de la desesperación, un día se desahogó  con su Dios: “Los israelitas han abandonado tu alianza; solo quedo yo, y me buscan para matarme”  (1 Re 19,14).

Es en este punto donde  comienza nuestra lectura.  Para escapar de Jezabel,  que lo quería matar, Elías huye y  se adentra en el  desierto  dirigiéndose al monte de Dios, el Horeb  (Sinaí)donde, 400 años antes, Moisés había hablado con el Señor. Apenas llegado, entra en una cueva para pasar la noche cuando  Señor lo invita a salir  afuera y ser testigo de una manifestación divina.

Se desencadena un viento fuerte e impetuoso,  tanto que rompía las rocas; después del viento,  sobrevino un terremoto y un fuego (vv. 11-12). Eras éstas, según la mentalidad delprofeta,  señales  inequívocas del paso del Señor, pues era en medio de estos  impresionantesfenómenos naturales que  Dios, en el pasado,  había  entrado en comunicación  con  sus siervos fieles.  Se había manifestado a  Moisés  por medio  del fuego, entre relámpagos y truenos,mientras temblaban  los  fundamentos  de la montaña  (cf.  Ex 19,16-19). También Baal, el dios de Jezabel, se aparecía en la tempestad y  el huracán, cabalgaba sobre las nubes, lanzaba rayos y se movía entre remolinos.

Elías quedó sorprendido  de  que el Señor no estuviera ni en el viento impetuoso, ni  en el terremoto, ni en el fuego.  Después del fuego se oyó una brisa tenue”  (v. 12). Apenas la  oyó,Elías se cubrió el rostro  con el manto: había intuido  que  ese  era  justamente  el  momento en  que pasaba el Señor. Dios se le había revelado de un modo completamente nuevo.  Hay que corregir la traducción del versículo 12. El texto original hebreo no habla de “brisa tenue”, sino de  una voz de silencio tenue  oída por el profeta.

Fue en el silencio que Elías recibió la revelación del Señor y dio  un salto  hacia delante en su camino de fe. El Dios en quien hasta entonces había firmemente creído conservaba las características arcaicas de las divinidades paganas: era fuerte, truculento, siempre dispuesto a exhibir  su  fuerza contra los enemigos,  como  aquel que,  en el monte Carmelo, según había creído el profeta,  se había enfrentado a Baal y había vencido (cf.  1 Re 18,20-40).  Ahora, por fin,  Elías  había  comprendido que no era el Señor quien  lo  había  impulsado  a degollar en el torrente  Kison  a los profetas de Baal, sino la falsa imagen que  se había hecho de  Dios.

En la “voz del  tenue  silencio” había llegado a descubrir  el verdadero rostro de su Dios ycomprendido que su “celo por  el Señor” no era otra cosa que  fanatismo  puro y duro,  y quesu convicción de “haber quedado solo” a adorar al Señor  no era sino dogmatismo, soberbia  eintolerancia, pues no se había dado cuenta  de que, además de él, otros  7.000  hombres en Israel no habían doblado  las rodillas ante Baal  (cf.  1 Re 19,18).  Trasformado interiormente por la  voz del tenue silencio  que había escuchado, Elías estaba ya preparado para partir:  “¡Levántate  –le dice el Señor–;  vuelve sobre tus pasos!”  (1 Re 19,15).

La experiencia espiritual de Elías puede ser repetida por quien sepa  hacer silencio dentro de sí, por quien  logre  enmudecer  las voces desviadas que le hayan inculcado una falsa imagen de Dios y, en la reflexión pausada y serena de la palabra de Dios,  y  especialmente  en  el  Evangelio, se deje inundar por la verdadera luz,  la luz que brilla en el rostro de Cristo.

Segunda lectura:  Romanos 9,1-5

Hermanos:  1les voy a hablar sinceramente, como cristiano, sin mentir,  y el Espíritu Santo confirma el testimonio de mi conciencia.  2Siento una pena muy grande, un dolor incesante en el alma:  3hasta desearía ser aborrecido por  Dios y separado de Cristo si así pudiera favorecer a mis hermanos, los de mi linaje.  4Ellos son israelitas, adoptados como hijos de Dios;  tienen  su presencia, las alianzas, la Ley, el culto, las promesas,  5los patriarcas; de su linaje carnal desciende Cristo. Sea por siempre bendito el Dios que está sobre todo. Amén.

El sabio Qohelet afirmaba: “Quien aumenta el saber, aumenta el dolor”  (Eclo 1,18).Nosotros podríamos añadir: también quien acrecienta el amor acrecienta el dolor.  El recuerdo de un hijo, un hermano, una hermana que hayan tomado decisiones equivocadasarruinándose así la vida, nos entristece profundamente, nos acompaña continuamente como una obsesión,  oscurece  de amargura y melancolía  los momentos de gozo.  No nos resignamos a que estas personas queridas dejen escapar de las manos la felicidad de la que podrían gozar.

Amamos a la Iglesia y la querríamos como la ha soñado su Esposo: pura como  “el narciso de Sarón  y el lirio de los valles”  (Cant 2,1). Por el contrario, la encontramos, a veces, corrompida, inconsciente,  aliada con los poderes de este mundo, vacilante, poco evangélica. ¿Qué debe hacer  quien sufre por amor? Nada, sino seguir amando  y esperando, con la  paciencia de Dios, que la semilla del Evangelio realice el prodigio de la conversión de los corazones.

El ejemplo de Pablo es iluminador. Ha sentido profundamente el drama del rechazo de su pueblo a Cristo. Tomaba tan a pecho  la salvación de Israel que afirma, recurriendo a una paradoja, estar dispuesto hasta  a  ser excomulgado y separado de Cristo si esto hubiera servido  para ganar a su pueblo para el Señor (v. 3). Sus apasionadas palabras recuerdan las de Moisés,  que intercedía ante Dios:  “Dígnate perdonar su pecado…;  si no, bórrame del libro que has escrito”  (Ex 32,32).

Pablo no acertaba a comprender que el pueblo elegido, los hijos de Abrahán, los herederos de las promesas hechas a los patriarcas hubieran  rechazado al Mesías de Dios (vv.1-2). Cuando escribe a los romanos han pasado  ya treinta años de la muerte y Resurrección de Jesús. Durante este tiempo ha intentado anunciar Cristo a sus hermanos israelitas de todas las maneras posibles  sin obtener resultado alguno; es más, acentuando  el rechazo.

En los dos últimos versículos (vv.  5-6) se enumeran los privilegios que Israel ha recibido de Dios; el último, el más importante de todos,  es el hecho de que Cristo es hijo de este pueblo. No  obstante  la tristeza que experimente, a Pablo le consuela la  firme convicción de que las promesas de Dios son irrevocables  y  de  que,  si ha permitido el endurecimiento de Israel,  si  “Dios hizo pasar a todos por la desobediencia,  lo hizo  para ejercer con todos su misericordia”  (cf.  Rom 11,29-32).  Es el pensamiento que debe consolar a  todo el que sufre por amor: la historia de cada persona  concluirá con la Salvación.

Evangelio:  Mateo  14,22-33

22Después que se sació la gente, Jesús, mandó a los discípulos embarcarse y pasar antes que Él a la otra orilla, mientras Él despedía a la multitud.  23Después de despedirla, subió Él solo a la montaña a orar. Al anochecer, todavía estaba allí, solo.  24La barca se encontraba a buena distancia de la costa, sacudida por las olas, porque tenía viento contrario.  25Ya muy entrada la noche,  Jesús se acercó a ellos caminando sobre el lago.  26Al verlo caminar sobre el lago, los discípulos comenzaron a temblar y dijeron:  “¡Es un fantasma!”  Y gritaban de miedo.  27Pero Jesús les dijo:  “¡Ánimo! Soy yo, no teman”.  28Pedro le contestó:  “Señor, si eres tú, mándame ir por el agua hasta ti”.  29”Ven”  –le dijo. Pedro saltó de la barca y comenzó a caminar por el agua acercándose a Jesús;  30pero, al sentir  el [fuerte] viento, tuvo miedo;  entonces empezó a hundirse y gritó: “¡Señor, sálvame!”  31Al momento Jesús extendió la mano, lo sostuvo y le dijo: “¡Hombre de poca fe! ¿Por qué dudaste?”  32Cuando subieron a la barca, el viento amainó.  33Los de la barca  se postraron ante Él diciendo:  “Ciertamente eres Hijo de Dios”.

“Levántate y come.  Sino  el camino será más largo”  dice el ángel de Señor a Elías  huyendo hacia  el desierto. El profeta se levantó, comió, bebió y “con la fuerza que le dio aquella comida, caminó cuarenta días y cuarenta noches hasta el monte de Dios, el Horeb”(1  Re 19,7-8).  Esta famosa narración del don del pan y  el agua por parte del ángel a Elíasviene seguida de la revelación del Señor narrada en la primera lectura.

La escena se repite en el pasaje evangélico: los discípulos, alimentados por el pan ofrecido por Jesús (cf.  Mt 14,13-20), reciben ahora la orden de marchar, entrar en la barca y dirigirse hacia la otra orilla. Les espera, como a Elías, una revelación del Señor.

Existen en este relato diversos detalles  bastante extraños. He aquí algunos de ellos: no es fácil encontrar una razón a la orden dada por Jesús… ¿Por qué los hace ir  solos?; ¿hacia dónde deben dirigirse a  aquella hora del atardecer?; ¿por qué no va con ellos?, ¿cómo han empleado tantas horas  en atravesar el lago?  No parece que fuera a causa del mal tiempo porque Jesús sube tranquilo a la montaña para orar y permanece allí hasta el  amanecer (v.25). Extraño  es, sobre todo, el deseo de Pedro de querer caminar sobre  el agua y –tratándose  presumiblemente  de un experto nadador–  su miedo a hundirse (cf.  Jn 21,7).

Estos detalles extraños harían sospechar a cualquier lector atento…  y con razón.  En realidad, son una invitación a acercarnos al pasaje evangélico con circunspección, pues no setrata de un relato de prodigio  sino de una página de teología narrada a través de  imágenes bíblicas.  Algunas de estas imágenes nos son familiares.  La oscuridad de la noche  se encuentra,  con toda su carga  de significados negativos,  en muchos pasajes del Antiguo Testamento.  Recordemos, por ejemplo, la oración del salmista  quien,  en la noche de su dolor,  grita al Señor sin encontrar reposo (cf.  Sal 23,2).

Son  estas  las  tinieblas  con las  que los discípulos deben enfrentarse.  Al atardecer, Jesús  los obliga  (es el término usado en el texto original)  a entrar en la barca y dirigirse hacia “la otra orilla”. Se tiene la impresión  de  que ellos se resisten,  de  que quieren quedarse con el Maestro. Pero éste, después de haberlos alimentados con su pan, quiere que se vayan, que emprendan solos el arriesgado viaje. El  alimento que les ha dado es su Palabra y su misma Persona presente en el sacramento de la Eucaristía. Nutridos por este doble pan, disponen de la fuerza necesaria para llevar a  buen fin la difícil travesía.  Si Jesús estuviera visiblemente en la barca, las tinieblas  se disolverían; en cambio, la oscuridad es espesa.

La referencia  al  atardecer  (v.  13),  en el lenguaje simbólico del evangelista, alude  a la conclusión de la jornada de Jesús, el fin de su vida; es el momento en el que “sube al monte solo”, se aleja de la muchedumbre y entra definitivamente en el mundo de Dios.  He aquí por qué los discípulos se encuentran en la oscuridad. Las sombras  son la imagen de  la desorientación, de la duda  que asalta hasta al creyente más convencido.  En  ciertos momentos, todos, incluso los que tienen  una  fe sólida, atravesamos  la angustiosa experiencia del silencio de Dios y  surge, entonces, la duda  sobre el sentido de tantossacrificios,  decisiones,  compromisos, certezas.

Después,  está la referencia al  viento en contra. Los israelitas  experimentaron  el “fuerte viento del desierto”  que enviste  y derrumba las casas (Job 1,19);  conocen el viento de Oriente  que  “desarbola a  los navíos”  (Sal 48,8);  el “viento huracanado  que levanta las olas, hace  subir  (las naves)  hasta el cielo y bajar a los abismos…y tambalear  (a los marineros)  como borrachos”  (Sal 107,26-27).

El autor de la carta a los efesios emplea esta imagen para describir los pensamientos insensatos de los hombres, la mentalidad de este mundo opuesta a la de Cristo. Su autor recuerda a los cristianos de sus comunidades que no  seamos  “como niños a los cuales mueve cualquier oleaje o cualquier viento de doctrina, a quienes los hombres pueden engañar para arrastrarlos al error”  (Ef 4,14).

Las  aguas  eran en el Antiguo Testamento  la  imagen de las fuerzas que llevan a la muerte. El salmista, afectado por una enfermedad que lo está conduciendo a la tumba, grita al Señor: “Extiende tu mano desde lo alto para salvarme de las aguas profundas”  (Sal 144,7); otro, habiendo obtenido la curación, dice: “la muerte me acechaba, los torrentes me asustaban…pero Dios  desde lo alto extiende su mano, me toma, me saca de las profundas aguas”  (Sal 18,5.17). El  Señor  promete a su pueblo: “Si atraviesas un río, yo estaré contigo y no  tearrastrará la corriente”  (Is 43,2).

Las aguas han atemorizado siempre a los israelitas. Solo el Señor, decían, no teme  a  los aguaceros ni  a  las borrascas. Él  es quien, con su Palabra,  ha separado las aguas  “que estaban encima del firmamento de las que estaban debajo de él  (Gén 1,7), el único capaz  de  calmar la violencia de las  olas (cf.  Sal 107, 25-30) y caminar  “sobre las olas del mar”  (Job 9,8).

Si se tiene en cuenta este simbolismo, se comprende el pavor de los discípulos: temen ser arrastrados por las fuerzas del mal y  de la muerte, se mueven en la oscuridad y no ven al Maestro junto a ellos. Una situación dramática e inevitable  que deben afrontar.  La barca  estaba siendo agitada por las olas. El texto original emplea aquí el término griego  basanizoque significa  “someter a prueba”.  El  básanos  era una piedra durísima  usada en Lidia para verificar  si el metal, golpeado con fuerza contra ella,  era precioso o vil. Las olas  queatormentaban, casi torturaban a los discípulos,  representan  la prueba necesaria  a  que debemos ser sometidos si queremos alcanzar la madurez  de la fe.

Hacia el final de la noche, aparece Jesús caminando sobre las olas como Dios solo sabe hacer (cf.  Job 9,8). Los discípulos no lo reconocen, creen que se encuentran ante unfantasma. ¡Extraña reacción! ¿Qué ha sucedido? ¿Cómo no lo han reconocido?  No se trata de un hecho de crónica sino de una página de teología. Mateo está describiendo con lenguaje bíblico  la situación de las comunidades cristianas de su tiempo “atormentadas” por tantas pruebas, angustiadas por las dudas y desorientadas, sobre todo,  al  no contar con la presencia visible del Maestro que les habría infundido seguridad y coraje.

El evangelista quiere animarlos  recordándoles que Jesús estará siempre con sus discípulos; todos los días  hasta el fin del mundo, como ha prometido (cf.  Mt 28,20). Pero no físicamente como cuando recorría los caminos de Palestina; está presente de manera distinta,  como un fantasma.  Es ésta la pálida imagen empleada en los evangelios para describir al  Resucitado  en su nueva condición de vida. Cuando en el día de Pascua se aparece a sus discípulos, éstos  se quedaron  “atónitos y asustados, pensando que veían algún fantasma”  (Lc 24,37).  No es fácil darnos cuenta de su Presencia. Solo los  ojos de la fe pueden reconocerlo.

La segunda parte del pasaje  (vv. 28-33) contiene el diálogo entre Jesús y Pedro. Se inicia con la petición del apóstol: “Señor, si eres tú, manda que yo vaya a ti caminando sobre el agua  (vv.  28-33). Su petición es extraña, pero solamente  si la entendemos en sentido literal. Su significado, sin embargo, aparece  claro dentro  del contexto simbólico de todo el relato. Pedro, el primero de los discípulos, contempla al Maestro, el Resucitado  quien,  habiendoatravesado las aguas de la muerte  y  caminando ahora sobre el mar, está en el mundo de Dios.   

Pedro sabe que ha sido llamado a seguirlo  incluso  en  la entrega de su  vida, pero la muerte lo espanta;  teme no ser capaz y su fe se viene abajo;  cuando comienza a dudar de la  decisión tomada, comienza a hundirse, temer ser  tragado por  el mar, perder la vida.  Es la descripción de nuestra condición.

“Ven hacia mí”  repite hoy el Resucitado a cada discípulo. No teman perder la vida; si dudas, la muerte  te producirá miedo;  si,  por el contrario, te fías de mi Palabra, las aguas  de la muerte no te amedrentarán;  las atravesarás y te reunirás conmigo en la Resurrección.

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