La Pascua del verano
Año A – Fiesta de la Transfiguración del Señor
Mateo 17,1-9: «Señor, ¡qué bien estamos aquí!»
1. La fiesta de la Transfiguración
La «Pascua del verano». El 6 de agosto celebramos la fiesta de la Transfiguración del Señor. Se trata de una celebración especialmente querida por la Iglesia de Oriente, que la llama la «Pascua del verano» y la incluye entre las doce grandes fiestas del calendario litúrgico bizantino.
¿Por qué precisamente el 6 de agosto? Según la tradición, la Transfiguración de Jesús habría tenido lugar cuarenta días antes de su crucifixión. Puesto que el 14 de septiembre celebramos la fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz, la Transfiguración se fijó cuarenta días antes.
La primicia de un universo transfigurado. Si Oriente ha destacado la importancia de esta fiesta, Occidente, en cambio, la ha descuidado. Hoy se percibe la necesidad de redescubrir su valor. Recordemos, además, que la Transfiguración fue incluida entre los «misterios luminosos» del Rosario. Teilhard de Chardin la definió como «el misterio más bello del cristianismo», porque representa la primicia de un universo transfigurado, convertido en «crístico».
La Transfiguración según el Evangelio de Mateo. Los tres Evangelios sinópticos —Mateo, Marcos y Lucas— narran este episodio en términos semejantes. La liturgia nos propone la versión de Mateo, el Evangelio que escuchamos durante este año litúrgico, el ciclo A.
Dónde sucede. Los Evangelios hablan de «un monte». Según la tradición, se trata del monte Tabor, que se alza aislado en la llanura de Galilea. Mateo habla de «un monte alto». Sabemos que, en la Biblia, el monte posee un fuerte valor simbólico: es el lugar de la cercanía y del encuentro con Dios. Mateo atribuye una importancia especial a los montes: este sería el quinto de los siete montes mencionados en su Evangelio.
El contexto del acontecimiento. El contexto en el que se sitúa este episodio parece ser el de la fiesta judía de las Chozas o de los Tabernáculos (Sukkot), que conmemora los cuarenta años que Israel pasó en el desierto. Durante los siete días de la fiesta se habita en chozas. La propuesta de Pedro —«Haré aquí tres chozas»— no es, por tanto, una «tontería» pronunciada por un Pedro balbuceante, sino que expresa el deseo de permanecer en aquel lugar para celebrar la fiesta que tenía lugar en aquellos días.
Moisés y Elías representan la Ley y los Profetas. En tiempos de Jesús, en efecto, la expresión «Moisés y los Profetas» designaba toda la Escritura. Ahora dialogan con la Palabra definitiva, Jesucristo. Ambos, además, están vinculados al Sinaí, llamado también Horeb. ¡Este «monte alto» se convierte así en el nuevo Sinaí!
Una epifanía de Cristo y de la Trinidad. Por último, resulta evidente que este relato revela al Cristo glorioso y constituye una anticipación de la resurrección. Pedro, Santiago y Juan, testigos privilegiados también de la pasión, son conducidos por Jesús al monte e introducidos en el misterio de su persona.
Se trata asimismo de una epifanía trinitaria, semejante a la del bautismo de Jesús: el Padre hace oír su voz y el Espíritu se manifiesta a través de la nube luminosa que los cubre con su sombra.
Como podemos ver, son numerosos los temas de meditación y oración que nos ofrece este Evangelio. Me limitaré a dos reflexiones.
2. La Transfiguración y el «mientras tanto» en el que vivimos
Esta fiesta, la «Pascua del verano», nos recuerda que vivimos en el tiempo del… «mientras tanto». Es el tiempo del ser humano, comprendido entre el nacimiento y la muerte y vivido con la esperanza de alcanzar una plenitud estable: la felicidad.
El «mientras tanto» es también el tiempo del creyente, vivido entre dos Pascuas: la de Cristo y la que nos espera al final de los tiempos. La Transfiguración ilumina este «mientras tanto», no para suprimirlo, sino para alimentarlo de esperanza.
Nuestro deseo sería alcanzar inmediatamente la paz, la alegría, la vida y la felicidad del tiempo definitivo: «Señor, ¡qué bien estamos aquí! ¡Levantemos aquí las tiendas!». Pero no: ¡hay que bajar al valle!
¿Para qué sirve, entonces, aquella visión? «Se sube, se ve y se baja. Después ya no se ve. Pero se ha visto. Existe un arte de orientarse en las regiones inferiores [de la llanura] con el recuerdo de lo que se ha visto en las regiones superiores. Cuando ya no se puede ver, todavía se puede saber, al menos, que hay cosas en lo alto» (René Daumal, filósofo y poeta surrealista francés).
3. La Transfiguración, epifanía de la belleza
La humanidad busca la belleza en todas sus formas. Hoy, más que nunca, aumenta el cuidado del propio cuerpo, se multiplican las intervenciones estéticas y crece la atención dedicada al medioambiente. Sin embargo, en contraste con esta tendencia, también aumentan la explotación de la naturaleza, la degradación de algunos entornos urbanos y la indiferencia ante el crecimiento de la pobreza.
¿Es el nuestro un tiempo de «transfiguración» o de… «desfiguración»?
El 6 de agosto de 1945, Estados Unidos lanzó sobre Hiroshima la primera bomba atómica utilizada en una guerra y, tres días después, una segunda bomba sobre Nagasaki. Precisamente en Nagasaki, sobre todo en el barrio de Urakami, vivía una parte considerable de la comunidad católica japonesa. Aquellos bombardeos contribuyeron trágicamente al final de la Segunda Guerra Mundial y marcaron el comienzo de la era atómica. En el día de la Transfiguración, la humanidad entró así en la época de la «desfiguración» masiva de sus semejantes, y nadie sabe todavía adónde podrá conducirnos este camino.
Jesús, «el más bello de los hijos de los hombres» (Salmo 44,3), vino a revelarnos la verdadera belleza. No se trata de una belleza seductora, sino de una belleza transfigurada y pascual: la del «Pastor bello» (Juan 10,11-18), que da la vida por el rebaño.
A veces esta belleza está velada y resulta irreconocible, como la del Siervo del Señor, «varón de dolores […] ante quien se oculta el rostro» (Isaías 53,3). Solo contemplando la belleza del amor crucificado podremos ser, a nuestra vez, transfigurados y convertirnos en testigos de la verdadera belleza, aquella que transfigurará el mundo.
Para la reflexión y la oración
Profundicemos en esta extraordinaria afirmación de san Pablo:
«Y todos nosotros, con el rostro descubierto, reflejando como en un espejo la gloria del Señor, nos vamos transformando en esa misma imagen, de gloria en gloria, según la acción del Espíritu del Señor» (2 Corintios 3,18).
Gracia que debemos pedir:
«Hazme ver tu rostro» (Salmo 27).
«Muéstrame tu gloria» (Éxodo 33,18-23).
P. Manuel João Pereira Correia, MCCJ

P. Manuel João, Comboniano
Reflexión dominical
de la boca de mi ballena, ELA
Nuestra cruz es el púlpito de la Palabra