18º Domingo
Tiempo Ordinario (A)
Mateo 14,13-21

Libro de Isaías (55,1-3)
Así dice el Señor: «Oíd, sedientos todos, acudid por agua, también los que no tenéis dinero: venid, comprad trigo, comed sin pagar vino y leche de balde.
Sal 144
R/. Abres tú la mano, Señor, y nos sacias de favores
Carta a los Romanos (8,35.37-39):
¿Quién podrá apartarnos del amor de Cristo?: ¿la aflicción?, ¿la angustia?, ¿la persecución?, ¿el hambre?, ¿la desnudez?, ¿el peligro?, ¿la espada?
Evangelio según san Mateo (14,13-21):
«No hace falta que vayan, dadles vosotros de comer.»
Ellos le replicaron: «Si aquí no tenemos más que cinco panes y dos peces.»
NECESIDADES DE LA GENTE
José Antonio Pagola
Mateo introduce su relato diciendo que Jesús, al ver el gentío que lo ha seguido por tierra desde sus pueblos hasta aquel lugar solitario, «se conmovió hasta las entrañas». No es un detalle pintoresco del narrador. La compasión hacia esa gente donde hay muchas mujeres y niños, es lo que va a inspirar toda la actuación de Jesús.
De hecho, Jesús no se dedica a predicarles su mensaje. Nada se dice de su enseñanza. Jesús está pendiente de sus necesidades. El evangelista solo habla de sus gestos de bondad y cercanía. Lo único que hace en aquel lugar desértico es «curar» a los enfermos y «dar de comer» a la gente.
El momento es difícil. Se encuentran en un lugar despoblado donde no hay comida ni alojamiento. Es muy tarde y la noche está cerca. El diálogo entre los discípulos y Jesús nos va revelar la actitud del Profeta de la compasión: sus seguidores no han de desentenderse de los problemas materiales de la gente.
Los discípulos le hacen una sugerencia llena de realismo: «Despide a la multitud», que se vayan a las aldeas y se compren de comer. Jesús reacciona de manera inesperada. No quiere que se vayan en esas condiciones, sino que se queden junto a él. Esa pobre gente es la que más le necesita. Entonces les ordena lo imposible: «Dadles vosotros de comer».
De nuevo los discípulos le hacen una llamada al realismo: «No tenemos más que cinco panes y dos peces». No es posible alimentar con tan poco el hambre de tantos. Pero Jesús no los puede abandonar. Sus discípulos han de aprender a ser más sensibles a los sufrimientos de la gente. Por eso, les pide que le traigan lo poco que tienen.
Al final, es Jesús quien los alimenta a todos y son sus discípulos los que dan de comer a la gente. En manos de Jesús lo poco se convierte en mucho. Aquella aportación tan pequeña e insuficiente adquiere con Jesús una fecundidad sorprendente.
No hemos de olvidar los cristianos que la compasión de Jesús ha de estar siempre en el centro de su Iglesia como principio inspirador de todo lo que hacemos. Nos alejamos de Jesús siempre que reducimos la fe a un falso espiritualismo que nos lleva a desentendernos de los problemas materiales de las personas.
En nuestras comunidades cristianas son hoy más necesarios los gestos de solidaridad que las palabras hermosas. Hemos de descubrir también nosotros que con poco se puede hacer mucho. Jesús puede multiplicar nuestros pequeños gestos solidarios y darles una eficacia grande. Lo importante es no desentendernos de nadie que necesite acogida y ayuda.
José Antonio Pagola
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JESÚS ALIMENTA A SU COMUNIDAD
José Luís Sicre
Una vez terminado el discurso en parábolas sobre el Reino de Dios, el evangelio de Mateo ofrece una sección que podríamos titular «Del escándalo a la fe» (13,53-16,20). El escándalo se da en Nazaret, donde sus paisanos lo rechazan; la fe, en la confesión de Pedro en Cesarea de Felipe. En conjunto se trata de nueve episodios, de los que la liturgia ha elegido cuatro para los próximos domingos:
― la multiplicación de los panes (domingo 18)
― la tempestad calmada (domingo 19)
― la curación de la hija de la mujer sirofenicia (domingo 20)
― la confesión de Pedro (domingo 21)
Suave tarea veraniega
Quienes no sepan en qué entretenerse durante el mes de agosto, pueden leer estos capítulos de Mateo, con las sugerencias que ofrezco a continuación.
a) El tema capital de la sección es la pregunta: ¿quién es Jesús? Encontrará respuestas muy distintas:
- los nazarenos: un hombre (13,55-56)
- Herodes: Juan Bautista resucitado (14,2)
- los de la nave: Hijo de Dios (14,33)
- la cananea: Señor, hijo de David (15,22)
- la gente: diversidad de opiniones (16,14)
- Pedro: el Mesías (16,16)
b) Jesús intensifica su contacto con los extranjeros viajando a Tiro, Sidón (15,21) y Magadán (15,39). Por el contrario, su patria, Nazaret, lo rechaza; y de Jerusalén viene el peligro, la oposición (15,1).
c) Jesús aparece en continuo movimiento. Mateo parece sugerir que la actividad misionera es intensa, aunque la mayoría de los episodios se sitúa en torno al lago de Galilea. A pesar del movimiento continuo, la gente cada vez se une más a él. Y Jesús les demuestra su preocupación y afecto de modo cada vez mayor.
d) El tema de los milagros (dynameis) es fundamental; más aún que en los capítulos anteriores. Se convierten en signo de la salvación mesiánica y, al mismo tiempo, de la aceptación o rechazo de Jesús, de la fe o incredulidad.
Jesús alimenta a su comunidad (la multiplicación de los panes)
Cuando los discípulos de Juan le comunican a Jesús la muerte del maestro, Jesús se retira en barca a un sitio apartado. Este detalle es significativo de la postura de Jesús. No va en busca de Herodes a denunciarlo. Huye, para poder seguir cumpliendo su misión.
Le sigue mucha gente de todas los pueblecillos, Jesús siente lástima y cura a los enfermos. Pero lo más importante ocurre al caer la tarde, cuando Jesús multiplica los panes para alimentar a una gran multitud formada por cinco mil varones acompañados de mujeres y niños. ¿Cómo hay que interpretar este episodio?
Problemas de la interpretación puramente histórica
Podríamos entender el relato como el recuerdo de un hecho histórico que demostraría el poder de Jesús y su preocupación, no sólo por la formación espiritual de la gente, sino también por sus necesidades materiales. Esta interpretación histórica encuentra grandes dificultades cuando intentamos imaginar la escena.
Se trata de una multitud enorme, quizá diez o quince mil personas, si incluimos mujeres y niños. Para reunir esa multitud tendrían que haberse quedados vacíos varios pueblos de aquella zona.
La propuesta de los discípulos de ir a los pueblos cercanos a comprar comida resulta difícil de cumplir: harían falta varios Hipercor y Alcampo para alimentar de pronto a tanta gente.
Aun admitiendo que Jesús multiplicase los panes, su reparto entre esa multitud, llevado a cabo por sólo doce camareros (a unas mil personas por cabeza) plantea grandes problemas.
¿Cómo se multiplican los panes? ¿En manos de Jesús, o en manos de Jesús y de cada apóstol? ¿Tienen que ir dando viajes de ida y vuelta para coger nuevos trozos cada vez que se acaban?
¿Por qué no dice nada Mateo del reparto de los peces? ¿Es que éstos no se multiplican?
Después de repartir la comida a una multitud tan grande, ya casi de noche, ¿a quién se le ocurre ir a recoger las sobras en mitad del campo?
¿No resulta mucha casualidad que recojan precisamente doce cestos, uno por apóstol? ¿Y cómo es que los apóstoles no se extrañan de lo sucedido?
Estas preguntas, que parecen ridículas, y que a algunos pueden molestar, son importantes para valorar rectamente lo que cuenta Mateo. ¿Se basa su relato en un hecho histórico, y quiere recordarlo para dejar claro el poder y la misericordia de Jesús? ¿Se trata de algo puramente inventado por el evangelista para transmitir una enseñanza?
Problema de la interpretación racionalista y moralizante
En el siglo XIX, por influjo especialmente de la Vida de Jesús de Renan, se difundió la tendencia a interpretar los milagros de forma racionalista, que no supusieran una dificultad para la fe.
En concreto, lo que ocurrió en la multiplicación de los panes fue lo siguiente: Jesús animó a sus discípulos y a la gente a compartir lo que tenían, y así todos terminaron saciados. El relato pretende fomentar la generosidad y la participación de los bienes.
Esta opinión, que sigue apareciendo incluso en libros pretendidamente científicos, inventa algo que el evangelio no cuenta, incluso en contradicción expresa con él, e ignora el mundo en el que fueron redactados los evangelios.
La interpretación simbólica y eucarística
A la comunidad de Mateo este episodio no le resultaría extraño. Con su conocimiento del Antiguo Testamento vería en el relato la referencia clarísima a dos pasajes bíblicos.
En primer lugar, la imagen de una gran multitud de hombres, mujeres y niños, en el desierto, sin posibilidad de alimentarse, evoca la del antiguo Israel, en su marcha desde Egipto a Canaán, cuando es alimentado por Dios con el maná y las codornices gracias a la intercesión de Moisés.
Hay también otro relato sobre Eliseo que les vendría espontáneo a la memoria. Este profeta, uno de los más famosos de los primeros tiempos, estaba rodeado de un grupo abundante de discípulos de origen bastante humilde y pobre. Un día ocurrió lo siguiente:
«Uno de Baal Salisá vino a traer al profeta el pan de las primicias, veinte panes de cebada y grano reciente en la alforja. Eliseo dijo:
– Dáselos a la gente, que coman.
El criado replicó:
– ¿Qué hago yo con esto para cien personas?
Eliseo insistió:
– Dáselos a la gente, que coman. Porque así dice el Señor: Comerán y sobrará.
Entonces el criado se los sirvió, comieron y sobró, como había dicho el Señor”
(2 Reyes 4,42-44).
Cualquier lector de Mateo podía extraer fácilmente una conclusión: Jesús se preocupa por las personas que le siguen, las alimenta en medio de las dificultades, igual que hicieron Moisés y Eliseo en tiempos antiguos.
Al mismo tiempo, quedan claras ciertas diferencias. En comparación con Moisés, Jesús no tiene que pedirle a Dios que resuelva el problema, él mismo tiene capacidad de hacerlo. En comparación con Eliseo, su poder lo sobrepasa también de forma extraordinaria: no alimenta a cien personas con veinte panes, sino a varios miles con solo cinco, y sobran doce cestos. La misericordia y el poder de Jesús quedan subrayados de forma absoluta.
Sin embargo, aquellos lectores antiguos se preguntarían qué sentido tenía ese relato para ellos. Porque su generación no podía beneficiarse del poder y la misericordia de Jesús para saciar su hambre en momentos de necesidad. Y sabían que otros muchos contemporáneos de Jesús habían pasado hambre sin ser testigos de ningún milagro parecido. En el fondo, la pregunta es: ¿sigue saciando Jesús nuestra hambre, nos sigue ayudando en los momentos de necesidad?
Aquí entra en juego un aspecto esencial del relato: su relación con la celebración eucarística en las primeras comunidades cristianas. Es cierto que estos detalles no pueden exagerarse. Por ejemplo, el levantar la vista y pronunciar la bendición antes de la comida era un gesto normal en cualquier familia piadosa. También era normal recoger las sobras.
Sin embargo, Mateo ofrece un detalle importante: omite los peces en el momento de la multiplicación. Algunos autores se niegan a darle valor a este detalle. Pero es interesantísimo. Cuando se come pan y pescado, lo importante es el pescado, no el pan. Carece de sentido omitir la mención del alimento principal. Si se omite, es por una intención premeditada: acentuar la importancia del pan, con su clara referencia a la eucaristía. Porque en ella acontece lo mismo que en la multiplicación de los panes.
Jesús la instituye antes de morir con el sentido expreso de alimento: «Tomad y comed… tomad y bebed». Los cristianos saben que con ese alimento no se sacia el hambre física; pero también saben que ese alimento es esencial para sobrevivir espiritualmente. De la eucaristía, donde recuerdan la muerte y resurrección de Jesús, sacan fuerzas para amar a Dios y al prójimo, para superar las dificultades, para resistir en medio de las persecuciones e incluso entregarse a la muerte.
Un cristiano de hoy debería sacar el mismo mensaje de este pasaje: Jesús se compadece de nosotros y manifiesta su poder alimentándonos con su cuerpo y su sangre, mucho más importante que la multiplicación de los panes y los peces.
También podríamos sacar otras enseñanzas: la obligación de preocuparnos por las necesidades materiales de los demás, de poner a disposición de los otros lo poco o mucho que tengamos. Así, los benedictinos alemanes han querido recordar la preocupación de Jesús por los necesitados instituyendo en el sitio donde se recuerda la multiplicación de los panes un centro de atención a niños disminuidos físicos. Pero lo esencial del relato es lo que decíamos anteriormente.
José Luís Sicre
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Compartir con los muchos ‘Lázaros’
hambrientos que pueblan el planeta
Romeo Ballan, MCCJ
El proyecto de Dios es claro: ¡que todos tengan vida en abundancia! (Jn 10,10). En las lecturas de hoy se habla de abundancia, de gratuidad. Esta es la salvación que nuestro Dios ofrece generosamente. ¡A todos! El profeta (I lectura) invita a todos a beber agua, vino y leche en abundancia, “sin dinero, sin pagar” (v. 1), promete que comerán y comerán bien. El Salmo responsorial insiste sobre la ternura y bondad del Señor, que es clemente y misericordioso con todos, sacia de favores a todo viviente y está cerca de los que lo invocan con corazón sincero. El apóstol Pablo (II lectura) afirma con entusiasmo que ninguna criatura nos podrá apartar del amor de Cristo, porque en todo “vencemos fácilmente por Aquel que nos ha amado” (v. 37). Un signo tangible de esa abundancia es la multiplicación de los panes y peces (Evangelio), en la que todos comieron “hasta quedar satisfechos”, y hasta sobró.
Para las primeras comunidades cristianas la multiplicación de los panes fue un acontecimiento extraordinario. Los cuatro evangelistas nos lo narran hasta seis veces. La inicial situación de carencia (es tarde, lugar desértico, falta de comida y de dinero, cantidad de gente…) queda superada por la compasión de Jesús hacia el gentío (v. 14). Él no duda en renunciar incluso al tiempo de luto por la muerte de su amigo y pariente Juan el Bautista (v. 13), activa su poder milagroso y el compartir, a fin de que el alimento llegue a todos, y con abundancia. La primera reacción de Jesús es la compasión, le empatía con la gente: capta su cansancio, la desesperación, los escucha, sana sus enfermos (v.14). Después decide tomar una solución innovadora, ejemplar.
Para resolver el problema de la gente hambrienta, la primera reacción suele ser superficial: ‘vayan a comprarse algo, cada uno se las arregle…’ También los discípulos piensan en dos soluciones: despedirlos o comprar… Jesús se opone a estas dos propuestas. “Jesús no despide a la gente, jamás ha despedido a nadie. Los discípulos hablan de comprar, Jesús habla de dar. Abre una nueva manera de ser: dar sin calcular, dar sin pedir, generosamente, gratuitamente. Cuando mi pan se convierte en nuestro pan, el don es semilla de milagro” (Hermes Ronchi). Jesús involucra a los discípulos y los compromete en la solución del problema: “Denles ustedes de comer” (v. 16). El milagro comienza a partir de lo poco que los discípulos ofrecen: cinco panes y dos peces, que en las manos de Jesús se convierten en muchos, hasta sobreabundar. Comprar se sustituye con compartir. El sistema de comprar crea afortunados y desafortunados: los hay que pueden y otros que no pueden. Según el Evangelio la palabra de orden es: ¡compartir!
Jesús quiere que los discípulos tomen conciencia de ello; que busquen con creatividad y audacia las soluciones posibles. ¡Sin descargar sobre otros y sin retrasos! Solamente en la lógica del compartir es posible superar problemas tan graves como el hambre en el mundo, las enfermedades endémicas… Donde no hay compartir prevalece la lógica de la acumulación, por la cual la mayor multiplicación de bienes acaba en las manos de pocas personas. Donde no hay compartir impera el egoísmo. Son frecuentes los llamados de los Papas a la solidaridad y al compartir, con documentos, en las cumbres de la FAO, de los G8 y en otras ocasiones, levantando la voz contra el escándalo del hambre y en favor de los pobres de la tierra, especialmente de África, continente a menudo postergado y muy necesitado.
Sobre los arenales de Villa El Salvador, en la periferia del sur de Lima (Perú), la mañana del 5 de febrero de 1985, el Santo Papa Juan Pablo II se reunió con un millón de pobres. Durante la liturgia de la Palabra, se proclamó el Evangelio de la multiplicación de los panes y el Papa pronunció su homilía. Al final del encuentro, visiblemente emocionado por el comportamiento humilde y devoto de esa muchedumbre, improvisó una síntesis de su mensaje con estas palabras: “Hambre de Dios, SÍ. Hambre de pan, NO”. Inmediatamente esta síntesis misionera dio la vuelta al mundo y quedó grabada también en el monumento que recuerda, para perpetua memoria, esa visita del Papa. Se trata de una síntesis que explica y sustenta el trabajo misionero: una tarea exigente para fomentar el hambre de Dios y acabar con el hambre de pan.
Las palabras y los gestos de Jesús en la multiplicación de los panes son los mismos de la Última Cena; por tanto, el milagro tiene una evidente referencia a la Eucaristía, sobre todo en cuanto banquete del Pan de vida que se parte y se multiplica para todos. También la misión es pan partido para la vida del mundo. Eucaristía, misión y compartir constituyen un trinomio inseparable. La Eucaristía es el banquete de los pueblos: la misión convoca a todas las gentes para este banquete de la Vida de gracia; y estimula a compartir de manera fraterna y solidaria, para que haya pan sobre la mesa de todos. Nosotros los cristianos, que nos alimentamos con el pan de la Palabra y de la Eucaristía, y a menudo estamos hartos del pan sobre la mesa, estamos fuertemente interpelados para un mayor compromiso con la misión y con la sustentación de los pobres.
La mejor manera de participar en la Eucaristía es hacer de nuestra vida un don, es hacerse pan partido para los demás. Aquel muchacho dio de lo suyo (su comida) y se hizo solidario con todos. La Eucaristía que celebramos se convierte en signo auténtico de un mundo que cambia, cuando mi pan se convierte en pan nuestro. Oremos “que el pan multiplicado por la Providencia sea partido en la caridad” y que nos abramos “al diálogo y al servicio hacia todos” (Oración colecta). ¡Para que todos tengan Vida en abundancia! (Jn 10,10).
TAMBIÉN LOS SACIADOS TIENEN HAMBRE
Fernando Armellini
Introducción
“El Señor hace justicia a los oprimidos, proporciona su pan a los hambrientos” (Sal 146,7), son las palabras con las que el israelita piadoso profesaba su fe en la providencia. De ello se hace eco María en su canto de alabanza: “Ha colmado de bienes a los hambrientos”(Lc 1,53). ¿Cómo pueden ser verdad estas afirmaciones cuando una cuarta parte de la humanidad vive en condiciones de absoluta miseria, cuando cada día decenas de miles de niños mueren de hambre y millones de personas hurgan en la basura buscando qué comer? El Dios que viste los lirios del campo y alimenta las aves del cielo, ¿se ha olvidado, quizás, de sus hijos? ¿Por qué el Padre no escucha la oración de quien le suplica cada día: “Danos hoy nuestro pan de cada día”?
Los pobres tienen hambre, pero también los saciados están tristes, frustrados y solos; la gratificación que nos da lo que poseemos es de muy breve duración, apenas unos días, incluso pocas horas; después reaparece el ansia, y el vacío interior obliga a recomenzar la desesperada búsqueda de otros bienes. El tener más, en vez de saciar, aumenta el hambre y nos hace entrar en una vorágine de muerte sin salida.
Esta espiral, sin embargo, se puede romper. Es posible encontrar el pan que sacia y el banquete en el que abunda el vino de la alegría, pero solo hay una senda que conduce a esta abundancia; no existen atajos. El imaginario colectivo considera los caminos que llevan a las boutiques, a las joyerías, a los negocios de anticuarios y tiendas de modas como “caminos defelicidad”, pero son engañosos. Es ilusorio también el atajo que traza el predicador milagreroo el que conjura e interpreta intervenciones sobrenaturales; el Señor nunca suplanta alhombre con sus intervenciones.
Dios promete, sin embargo, un prodigio que siempre se realiza: su Palabra. Allí donde su Evangelio es escuchado, los corazones se desintoxican del egoísmo y brotan la solidaridad y el compartir fraterno. Cuando emergen estos sentimientos, el hambre de pan desaparece y es saciada la sed de Amor.
Primera lectura: Isaías 55,1-3
1¿Quién creyó nuestro anuncio? ¿A quién mostró el Señor su brazo? 2Creció en su presencia como brote, como raíz en tierra árida: no tenía presencia ni belleza que atrajera nuestras miradas ni aspecto que nos cautivase. 3Despreciado y evitado de la gente, un hombre habituado a sufrir, curtido en el dolor; al verlo se tapaban la cara; despreciado, lo tuvimos por nada.
Estamos en Babilonia. Han pasado ya más de 50 años desde la destrucción de Jerusalény del inicio del triste período del exilio. Los israelitas, que viven desanimados en tierra extranjera oyen resonar un día la voz de un profeta que anuncia la inminente caída del imperio babilonio, la liberación y el regreso a la patria.
En el pasaje de hoy, este anuncio profético viene expresado como invitación a un banquete en el que habrá abundancia de manjares y bebidas. Para participar en él, no será necesario tener dinero; bastará solamente con tener hambre y sed (v. 1).
El profeta, sin embargo, se da cuenta pronto de que la mayoría de los exiliados no tienenni hambre ni sed. Mal que bien, se han establecido ya en Babilonia adaptándose a la nuevasituación y no piensan rehacer sus vidas en la patria de origen. Prefieren quedarse donde están y emplear sus ahorros en comprarse casas y tierras en Mesopotamia; no se atreven acorrer riesgos, a lanzarse a una aventura que les puede traer sorpresas desagradables. En resumen: “el banquete” no les interesa y, por tanto, rechazan la invitación.
El profeta insiste, trata de hacerlos reflexionar: lo de ustedes no es vida y los que gastansus ahorros para establecerse definitivamente en tierra extranjera “están gastando dinero en aquello que no sacia” (v. 2). Solo quien tenga el coraje de partir experimentará la alegría de la nueva realidad social preparada por el Señor. No fue escuchado. Solo unos pocos y raros grupos, formados por poca gente, dejaron Babilonia. La mayoría de los exiliados no quisoarriesgarse en un nuevo éxodo. Y los que regresaron… no encontraron ningún banquete;fueron acogidos con frialdad y a veces incluso hostilidad; debieron afrontar incomodidades y dificultades de todo tipo… De ahí que muchos sospecharon haber sido engañados. Tuvo que pasar mucho tiempo para que Israel finalmente comprendiera el verdadero significado de las promesas del Señor. No había que entenderlas materialmente…
Las condiciones en que se encontraban los deportados a Babilonia son la imagen de todos los miedos y zozobras que esclavizan también al hombre y a la mujer de hoy: la inclinación a malgastar dinero en lo que no sacia, la desconfianza hacia quien invita al banquete y promete la auténtica alegría, el pánico a emprender el camino hacia la tierra de la verdadera libertad son siempre las mismas y se presentan una y otra vez continuamente.
Dios no nos coloca frente a la evidencia; no proporciona pruebas convincentes; pide una confianza sin condiciones en lo que promete. Solo quien ha tenido el coraje de entrar en la sala del banquete del reino de los cielos puede dar testimonio de haber encontrado la mesa de la abundancia, la única capaz de saciar toda hambre y toda sed. Su alegría puede ser contagiosa y convencer a los más reticentes a entrar.
Segunda lectura: Romanos 8,35.37-39
35¿Quién nos apartará del amor de Cristo? ¿Tribulación, angustia, persecución, hambre, desnudez, peligro, espada?… 37En todas esas circunstancias salimos más que vencedores gracias al que nos amó. 38Estoy seguro de que ni muerte ni vida, ni ángeles ni potestades, ni presente ni futuro, ni poderes 39ni altura ni hondura, ni criatura alguna nos podrá separar del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús Señor nuestro.
¿Qué es lo que puede llevarnos a abandonar la fe? Las situaciones más disparatadas, como pueden ser los acontecimientos tristes, pero también la fortuna y el éxito. Cuando en la vida todo va bien, puede surgir la tentación de prescindir de Dios, pues ya se tiene todo lo que se desea. Pero son, sobre todo, las contrariedades, la fatiga, los disgustos, las desgraciaslos que generan malestar y desasosiego y pueden alejarnos de Dios y de Cristo.
Pablo enumera siete de estas situaciones que pueden poner en peligro nuestra fe: “la tribulación, la angustia, las persecuciones, el hambre, la desnudez, el peligro, la espada” (v. 35). Son solamente algunas, las experimentadas por Pablo en carne propia (cf. 2 Cor 11,24-33); la lista puede ser completada por cada uno de nosotros con los propios problemas que nos acosan. Este es un elenco de las dificultades que hoy estorban, más que otras, la adhesión a Cristo: el miedo de perder oportunidades de ser felices; el desánimo yabatimiento frente a la constatación de la propia debilidad y miseria moral; la vergüenza que nos impide admitir serenamente los propios errores; el remordimiento que nos hace sentir miserables, nos angustia y nos lleva a la desesperación y a dudar de ser amados, tal y como somos, por el Señor.
La tentación de escoger una vida opuesta a los principios evangélicos está siempre al acecho, pero Pablo asegura: “nada podrá separarme del amor de Dios y de Cristo” (vv. 35.39). Ha sido Dios quien ha abierto el debate con la humanidad y será Él quien lo concluya, como solo Él sabe hacerlo, es decir, ganándolo, para que también lo ganemos todos nosotros.
Evangelio: Mateo 14,13-21
13Al enterarse, Jesús se fue de allí en barca, solo, a un paraje despoblado. Pero lo supo la multitud y lo siguió a pie desde los poblados. 14Jesús desembarcó y, al ver la gran multitud, sintió lástima y sanó a los enfermos. 15Al atardecer los discípulos fueron a decirle: “El lugar es despoblado y ya es tarde; despide a la multitud para que vayan a los pueblos a comprar algo de comer”. 16Jesús les respondió: “No hace falta que vayan; denle ustedes de comer”.17Respondieron: “Aquí no tenemos más que cinco panes y dos pescados”. 18Él les dijo: “Tráiganlos”. 19Después mandó a la multitud sentarse en la hierba, tomó los cinco panes y los dos pescados, alzó la vista al cielo, dio gracias, partió el pan y se lo dio a sus discípulos; ellos se lo dieron a la multitud. 20Comieron todos, quedaron satisfechos, recogieron las sobras y llenaron doce canastos. 21Los que comieron eran cinco mil hombres, sin contar mujeres y niños.
Si se reduce este milagro a un mero gesto de poder llevado a cabo por Jesús para probar su condición divina, tendremos que enfrentarnos con una serie de objeciones difíciles de evitar; por ejemplo: no es muy verosímil que una muchedumbre de tantos miles de personasse traslade tan fácilmente de un lugar a otro; la hora tardía, cercana ya a la puesta del Sol, no es la más idónea para proceder a una distribución de pan para tanta gente. ¿De dónde han salido las doce canastas? ¿Las llevaban los discípulos vacías?… Pero la objeción más provocadora es esta: ¿Qué interés puede tener para el hombre de hoy el hecho de que, hace dos mil años, Jesús haya dado de comer a cinco mil personas si después Dios permite que continúe muriendo tanta gente por falta de alimento?
Lo que haya ocurrido realmente aquella tarde junto al lago de Tiberíades es difícil de saber; sin embargo no es esto lo importante. Los evangelistas, de hecho, nos refieren hasta seis versiones del episodio, cada una con su mensaje específico. Tratemos, pues, de aclarar lo que el pasaje de hoy quiere decirnos. Estaba bastante difundida en tiempos de Jesús la convicción de que el Mesías realizaría signos y prodigios extraordinarios, que reuniría al pueblo, lo llevaría en el desierto donde se repetiría el milagro del maná.
Presentándonos a Jesús dirigiéndose a un lugar desierto seguido de una gran multitudque ha abandonado la ciudad (v. 13), el evangelista nos dice que Jesús es el nuevo Moisés. Israel había salido de Egipto y entrado en la tierra prometida, pero aún no había alcanzado la libertad, todavía no había entrado en plena comunión con su Dios. Ahora, una vez llegada la plenitud de los tiempos, es conducido nuevamente al desierto de la mano del Mesías.
Si se quiere llevar el paralelismo más lejos, basta colocar el episodio en su contexto.Mateo acaba de narrar el banquete organizado para el cumpleaños de Herodes, en el que ha tenido lugar la ejecución del Bautista (cf. Mt 14,3-12), banquete que representa de una manera viva la sociedad corrompida, opresora y sanguinaria que debe ser rechazada por quienes siguen a Cristo.
Es en el desierto donde se ponen las bases de una sociedad nueva, con estas características: tiene a Jesús como guía y son los mismos sentimientos del Maestro la norma de las relaciones recíprocas. Jesús “siente compasión” (v. 14). El verbo empleado –splagknizomai– no indica un vago sentimiento de empatía sino una emoción que surge de lo más profundo, lo más visceral (splagkna en griego significa “vísceras”). Hemos encontrado ya este término en Mateo: “Viendo a la multitud, Jesús se conmovió por ellos, porque estaban decaídos y desanimados, como ovejas sin pastor” (Mt 9,36).
Jesús no permanece insensible frente a las necesidades de cada hombre y cada mujer,sino que se implica personalmente, siente, participa de ellas desde lo más íntimo, se le rompe el corazón, pero su conmoción no lo lleva al desaliento, no desemboca en imprecaciones, en palabras de amargura o en llanto estéril. Se convierte en estímulo de acción inmediata a favor del que sufre: “descendió de la barca, vio una gran muchedumbre… sanó a los enfermos” (v. 14).
La com-pasión, el sufrir-junto a los hermanos constituye la fuerza que lleva al discípulo a comprometerse en la construcción de una sociedad nueva. Solamente quien ha asimilado la sensibilidad del Maestro se siente movido a intervenir, a realizar sus mismos gestos de amor: “Tengan los mismos sentimientos que Cristo Jesús” (Fil 2,5), recomienda Pablo; “Alégrense con los que están alegres y lloren con los que lloran. Vivan en armonía unos con otros” (Rom 12,15-16).
Esta imperiosa necesidad interior de hacer el bien constituye la señal inequívoca de la presencia del Espíritu de Cristo en el discípulo.
No son solamente las enfermedades, manifestaciones de la debilidad y fragilidad humanas, con las que Jesús se enfrenta. También se enfrenta a la urgente necesidad de comida y a la falta de los bienes necesarios para la vida. ¿Qué respuesta da Jesús al hambre que existe en el mundo? Si la solución fuera la del milagro, el pasaje de hoy no tendría mucho que decirnos porque ninguno de nosotros podemos realizar tales prodigios. Con su gesto Jesús indica, por el contrario, lo que cada discípulo puede y debe hacer para que a ninguno le falte el pan. Él no resuelve el problema del hambre sin nuestra colaboración.
La primera sutil tentación contra la que nos pone en guardia es la inclinación a no implicarse, a querer “despedir a la gente” para que cada uno se las arregle como pueda, yendo a los pueblos vecinos a comprar comida (v. 15). Es la propuesta insinuada por los discípulos quienes, evidentemente, no han comprendido que la adhesión a Jesús implica un compromiso concreto a favor de quien tiene necesidad. No es necesario que vayan –responde Jesús–; son ustedes mismos los que les deben dar de comer (v. 16).
Inmediatamente surge una dificultad que es también la nuestra: lo que tenemos no es suficiente (v. 17). Si cada uno retiene egoístamente lo que posee por temor a que un día le pueda faltar lo necesario, en el mundo habrá siempre hambre.
Jesús pide al discípulo entregarle lo que tiene, aunque a éste le parezca poco. Cinco panes y dos peces –siete porciones de alimento– son el símbolo de la totalidad. No hay que reservarse nada; la generosidad debe ser ilimitada. El compartir los bienes es la propuesta de Cristo y es la única en sintonía con el proyecto de Dios que es ‘Padre’ y quiere que sus hijos vivan como hermanos, que no acumulen solo para ellos mismos, que no acaparen los bienes destinados a todos. Cuando cada uno ponga a disposición de los otros lo que posee (no solamente el dinero, sino su misma persona: el propio tiempo, las propias aptitudes, la propia inteligencia, las propias capacidades…), se cumplirá el prodigio: habrá comida para todos y sobrará. Las bendiciones de Dios se derraman y se prodigan siempre sobre la generosidad de las personas.
El pan que Jesús distribuye no es, sin embargo, solamente pan material. Como el agua, también el pan era en Israel símbolo de la sabiduría de Dios. Tanto los profetas como los sabios del Antiguo Testamento se refieren a ello con frecuencia: “la Sabiduría ha colmado la mesa –dice el autor del libro de los Proverbios–; a los que no tienen dinero, la Sabiduría invita: “vengan y coman mi pan” (Prov 9,1-5). Y Amós anuncia que Dios enviará hambre y sed al país, “no hambre de pan, ni sed de agua, sino de oír la Palabra del Señor” (Am 8,11).
Jesús dijo un día: “No solo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios” (Mt 4,4). La comida que Él da y que alimenta la vida del hombre es su Palabra. Más aún, es Él mismo Palabra de Dios que debe ser comida y asimilada.
Jesús “mandó a la multitud sentarse en la hierba, tomó los cinco panes y los dos pescados, alzó la vista al cielo, dio gracias, partió el pan y se lo dio a sus discípulos; ellos se lo dieron a la multitud” (v. 19). Estas palabras que nos resultan familiares son las de la Eucaristía. El evangelista las retoma para hacer comprender a los cristianos de su comunidad que, después de haber asimilado el pan del Evangelio dado a través de la predicación de los apóstoles, deben acercarse también al banquete eucarístico para ser saciados.
Los que comieron “fueron cinco mil”, número que simboliza a Israel. A este pueblo se le ofrece el pan como primer invitado al banquete anunciado por los profetas. Después de que Israel se haya saciado, sobrarán 12 canastas. El número “12” indica la nueva comunidad de los 12 apóstoles constituida en torno a Jesús. A este pueblo nunca le faltará el pan –que esCristo– sino que siempre sobrará para ser nuevamente distribuido. A través de sus discípulos –a quienes ha entregado su pan– es Jesús mismo el que continúa saciando el hambre de los hombres de cada tiempo y cada lugar en el mundo.