17º Domingo
del Tiempo Ordinario (A)
Mateo 13,44-52

44 Se parece el reino de Dios a un tesoro escondido en el campo; si un hombre lo encuentra, lo vuelve a esconder, y de la alegría va a vender todo lo que tiene y compra el campo aquél.
45 Se parece también el reino de Dios a un comerciante que buscaba perlas finas; 46 al encontrar una perla de gran valor fue a vender todo lo que tenía y la compró.
47 Se parece también el reino de Dios a la red que echan en el mar y recoge toda clase de peces: 48 cuando está llena, la arrastran a la orilla, se sientan, reúnen los buenos en cestos y tiran los malos.
49 Lo mismo sucederá al fin de esta edad: saldrán los ángeles, separarán a los malos de los buenos 50 y los arrojarán al horno encendido. Allí será el llanto y el rechinar de dientes.
51 – ¿Habéis entendido todo esto?
Contestaron ellos: – Sí.
52 Él les dijo:
– De modo que todo letrado instruido en el reino de Dios se parece al dueño de casa que saca de su arcón cosas nuevas y antiguas.
UN TESORO SIN DESCUBRIR
José Antonio Pagola
Se parece a un tesoro escondido.
No todos se entusiasmaban con el proyecto de Jesús. En bastantes surgían no pocas dudas e interrogantes. ¿Era razonable seguirle? ¿No era una locura? Son las preguntas de aquellos galileos y de todos los que se encuentran con Jesús a un nivel un poco profundo.
Jesús contó dos pequeñas parábolas para «seducir» a quienes permanecían indiferentes. Quería sembrar en todos un interrogante decisivo: ¿no habrá en la vida un «secreto» que todavía no hemos descubierto?
Todos entendieron la parábola de aquel labrador pobre que, estando cavando en una tierra que no era suya, encontró un tesoro escondido en un cofre. No se lo pensó dos veces. Era la ocasión de su vida. No la podía desaprovechar. Vendió todo lo que tenía y, lleno de alegría, se hizo con el tesoro.
Lo mismo hizo un rico traficante de perlas cuando descubrió una de valor incalculable. Nunca había visto algo semejante. Vendió todo lo que poseía y se hizo con la perla.
Las palabras de Jesús eran seductoras. ¿Será Dios así?, ¿será esto encontrarse con él?, ¿descubrir un «tesoro» más bello y atractivo, más sólido y verdadero que todo lo que nosotros estamos viviendo y disfrutando?
Jesús estaba comunicando su experiencia de Dios: lo que había transformado por entero su vida. ¿Tendrá razón? ¿Será esto seguirle?, ¿encontrar lo esencial, tener la inmensa fortuna de hallar lo que el ser humano está anhelando desde siempre?
En los países del Primer Mundo mucha gente está abandonando la religión sin haber saboreado a Dios. Les entiendo. Yo haría lo mismo. Si uno no ha descubierto un poco la experiencia de Dios que vivía Jesús, la religión es un aburrimiento. No merece la pena.
Lo triste es encontrar a tantos cristianos cuyas vidas no están marcadas por la alegría, el asombro o la sorpresa de Dios. No lo han estado nunca. Viven encerrados en su religión, sin haber encontrado ningún «tesoro». Entre los seguidores de Jesús, cuidar la vida interior no es una cosa más. Es imprescindible para vivir abiertos a la sorpresa de Dios.
José Antonio Pagola
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PARÁBOLAS PARA TIEMPO DE CRISIS
José Luis Sicre
En los dos domingos anteriores, el discurso en parábolas ha respondido a tres preguntas que se hace la antigua comunidad cristiana y que nos seguimos planteando nosotros:
1) ¿Por qué no aceptan todos el mensaje de Jesús? (parábola del sembrador).
2) ¿Qué hacer con quienes no lo aceptan? (el trigo y la cizaña).
3) ¿Tiene futuro esta comunidad tan pequeña? (el grano de mostaza y la levadura)
Quedan todavía otras dos preguntas por plantear y responder.
¿Vale la pena?
La pregunta que puede seguir rondando en la cabeza de los seguidores de Jesús es si todo esto vale la pena. A la pregunta responden dos parábolas muy breves, aparentemente idénticas en el desarrollo y con gran parecido en las imágenes. Por eso se las conoce como las parábolas del tesoro y la perla. Lo que ocurre en ambos casos es lo siguiente:
a) El protagonista descubre algo de enorme valor.
b) Con tal de conseguirlo, vende todo lo que tiene.
c) Compra el objeto deseado.
Sin embargo, hay curiosas diferencias entre las dos parábolas, empezando por los protagonistas.
El suertudo y el concienzudo (el tesoro y la perla)
El protagonista de la primera es un hombre con suerte. Mientras camina por el campo, encuentra un tesoro. Su primera reacción no es llevarlo a la oficina de objetos perdidos (que entonces no existe) ni poner un anuncio en el periódico (que tampoco existe). Ante todo, lo esconde. Repuesto de la sorpresa, se llena de alegría y decide apropiarse del tesoro, pero legalmente. La única solución es comprar el campo. Es grande y caro. No importa. Vende todo lo que tiene y lo compra.
El protagonista de la segunda parábola es muy distinto. No pierde el tiempo paseando por el campo. Es un comerciante concienzudo que va en busca de perlas de gran valor. Por desgracia, la traducción litúrgica ignora este aspecto: en vez de “El Reino de los cielos se parece también a un comerciante en perlas finas”, debería decir “a un comerciante en busca de perlas finas”. No la encuentra por casualidad, va tras ella con ahínco. Como buen comerciante, calculador y frío, no salta de alegría cuando la encuentra, igual que el protagonista de la primera parábola. Pero hace lo mismo: vende todo lo que tiene para comprarla.
La perla y el comerciante. Otra diferencia curiosa es que la primera parábola compara el Reino de los Cielos con un tesoro, pero la segunda no lo compara con una perla preciosa, sino con un comerciante. Este detalle ofrece una pista para interpretar las dos parábolas.
Ni bonos basura ni timo de la estampita. No olvidemos que estas parábolas se dirigen a una comunidad que sufre una crisis profunda y se pregunta si ser cristiano tiene valor. En términos modernos: ¿me han vendido bonos basura o me han dado el timo de la estampita? La respuesta pretende revivir la experiencia primitiva, cuando cada cual decidió seguir a Jesús. Unos entraron en contacto con la comunidad de forma puramente casual, y descubrieron en ella un tesoro por el que merecía la pena renunciar a todo. Otros descubrieron la comunidad tras años de inquietud religiosa y búsqueda intensa, como ocurrió a numerosos paganos en contacto previo con el judaísmo; también éstos debieron renunciar y vender para adquirir.
Las parábolas, aparte de infundir ilusión, animan también a un examen de conciencia. ¿Sigue siendo para mí la fe en Jesús y la comunidad cristiana un tesoro inapreciable o se ha convertido en un objeto inútil y polvoriento que conservo sólo por rutina?
Al mismo tiempo, nos enseñan algo muy importante: es el cristiano, con su actitud, quien revela a los demás el valor supremo del Reino. Si no se llena de alegría al descubrirlo, si no renuncia a todo por conseguirlo, no hará perceptible su valor. Estas parábolas parecen decir: «Cuando te pregunten si ser cristiano vale la pena, no sueltes un discurso; demuestra con tu actitud que vale la pena».
¿Qué ocurrirá a quienes aceptan el Reino, pero no viven de acuerdo con sus ideales?
A esta última pregunta responde la parábola de la red lanzada al mar. No queda claro si se habla de toda la humanidad, donde hay buenos y malos, o de la comunidad cristiana, donde puede ocurrir lo mismo. Ya que el tema del juicio universal se ha tratado a propósito del trigo y la cizaña, parece más probable que se refiera al problema interno de la comunidad cristiana. Interpretada de este modo, empalmaría muy bien con las dos anteriores. Hay gente dentro de la comunidad que no vive de acuerdo con los valores del evangelio, que no mantiene esa experiencia de haber descubierto un tesoro o una perla. ¿Qué ocurrirá con ellos? La respuesta es muy dura («a los malos los echarán al horno encendido») pero conviene completarla con la última parábola del evangelio de Mateo, la del Juicio final (Mt 25,31-46), donde queda claro cuáles son los peces buenos y cuáles los malos. Los buenos son quienes, sabiéndolo o no, dan de comer al hambriento, de beber al sediento, visten al desnudo, hospedan al que no tiene techo… Los que ayudan al necesitado, aunque ni siquiera intuyan que dentro de ellos está el mismo Jesús.
Conclusión
Mateo termina las siete parábolas comparando al predicador del evangelio con un padre de familia. Parece un nuevo enigma, esta vez sin explicación. En sentido inmediato, el escriba que entiende del reinado de Dios es Jesús. Para exponer su mensaje ha usado cosas nuevas y viejas. Del baúl de sus recuerdos ha sacado cosas antiguas: alguna alusión al Antiguo Testamento, la técnica parabólica y el lenguaje imaginativo de los profetas. Pero la mayor parte consta de cosas nuevas, fruto de su experiencia y de su capacidad de observación: la vida del campesino, del ama de casa, del pescador, del comerciante, de la gente que lo rodea, le sirven para exponer con interés su mensaje. Por eso, la comparación final es también una invitación a los discípulos y a los predicadores del evangelio a ser creativos, a renovar su lenguaje, a no repetir meramente lo aprendido.
La primera lectura nos invita a pedir a Dios esta sabiduría, igual que Salomón se la pidió para gobernar a su pueblo.
José Luis Sicre
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Jesucristo, tesoro por descubrir, amar y compartir
Romeo Ballan, MCCJ
Es siempre apasionante la búsqueda de un tesoro escondido; el encanto de una perla preciosa enciende la fantasía… Tesoro y perla (Evangelio), descubiertos de manera gratuita, remiten directamente a la palabra de Jesús: “Donde esté tu tesoro, allí estará también tu corazón” (Mt 6,21). El discurso parabólico de Jesús, que abarca siete parábolas (Mt 13), concluye con las tres parábolas de hoy: el tesoro escondido (v. 44), la perla preciosa (v. 45-46) y la red para pescar (v. 47-48). El tesoro y la perla tienen una conexión ideal con las parábolas (anteriores) del sembrador, del granito de mostaza y de la levadura; mientras que la cizaña y la red tienen una dinámica parecida entre sí.
Las siete imágenes son instrumentos didácticos que Jesús utiliza para introducir a sus discípulos en la comprensión de la realidad misteriosa del Reino de Dios o Reino de los cielos. Las siete llevan a una opción de vida: el discípulo debe optar; la puesta en juego en esta opción es el mismo Jesús, porque Él es la plenitud del Reino. El tesoro es Dios, que se manifiesta en la vida, acciones y palabras de Jesús. El Reino es el proyecto, el sueño de Dios que se manifiesta en la vida de Jesús. Él es la semilla buena, la Palabra que el Padre siembra en el campo del mundo, con capacidad para transformarlo desde dentro, por la fuerza intrínseca del granito de mostaza y de la pizca de levadura. Él es el tesoro escondido y la perla preciosa, que es preciso buscar y preferir a cualquier otro valor, abriéndole camino a Él, solamente a Él, evitando así el riesgo de ser tirados como la cizaña y los peces malos (v. 48).
Con la imagen del tesoro y de la perla, Jesús evoca las tradiciones, fábulas y novelas de muchos pueblos en la búsqueda legendaria de tesoros y de joyas. Mirando el Evangelio y la experiencia cristiana, el Reino de los cielos es multiforme en su realidad y expresiones: para Jesús el Reino de los cielos es ante todo Dios mismo amado, gozado y anunciado; el Reino es la hermosura de la gracia divina, que nos hace semejantes al Hijo (II lectura); es la misión que hay que llevar a los pueblos que aún no conocen a Cristo; es la fidelidad en el amor familiar; es la vocación de consagración; es un proyecto de bien por realizar; es la sabiduría del corazón, que Salomón implora de Dios (I lectura), don más importante que una vida longeva, la riqueza o la victoria sobre los enemigos.
Para Jesús descubrir el “tesoro” es descubrir el sentido de la vida; es descubrir que Él mismo da ese sentido. Por este valor supremo, por Jesucristo, los mártires dieron su vida, los misioneros dejan la familia y la patria, el cristiano renuncia a muchas cosas. ¡Con gozo y determinación! (v. 44). Las parábolas subrayan el momento del descubrimiento del tesoro y de la perla: “llenos de gozo”. Escoger a Jesús y el camino de las Bienaventuranzas quiere decir escoger la ruta que nos hace gustar plenamente la vida. Porque en el encuentro con Jesucristo y su Evangelio “siempre nace y renace la alegría”. Pensar que ser cristiano/a es “un regalo-un tesoro” significa concebir la fe no como una renuncia o una carga de deberes, sino como una energía vital, que transforma la vida en una relación constructiva y gozosa con la naturaleza, con los demás, con Dios. Este es el tesoro que Dios nos ofrece y el sentido verdadero de la vida.
En resumen, podemos decir que el tesoro es Cristo, un don totalmente gratuito; la plenitud del Reino es el mismo Jesucristo, conocido, amado, anunciado. El Papa Pablo VI nos dejó un vivo testimonio de ello en la apasionada homilía misionera del 29 de noviembre de 1970, ante dos millones de personas en el “Quezon Circle” de Manila: «¡Ay de mí si no anuncio el Evangelio! (1Cor 9,16). Jesús es el Cristo, el Hijo del Dios vivo. Él es el Maestro y Redentor de los hombres. Él es el centro de la historia y del universo. Él nos conoce y nos ama, compañero y amigo de nuestra vida, hombre de dolor y de esperanza… Yo nunca me cansaría de hablar de Él; Él es la luz, la verdad, más aún, ‘el camino, y la verdad, y la vida’ (Jn 14,6). Él es el pan y la fuente de agua viva que satisface nuestra hambre y nuestra sed; Él es nuestro pastor, nuestro guía, nuestro ejemplo, nuestro consuelo, nuestro hermano… A todos lo anuncio: Jesucristo es el principio y el fin; el alfa y la omega, el rey del mundo nuevo, la arcana y suprema razón de la historia humana y de nuestro destino; Él es el mediador, a manera de puente, entre la tierra y el cielo; Él es el Hijo del hombre por antonomasia, porque es el Hijo de Dios, eterno, infinito, y el Hijo de María. ¡Jesucristo! Recuérdenlo: Él es el objeto perenne de nuestra predicación; nuestro anhelo es que su nombre resuene hasta los confines de la tierra y por los siglos de los siglos». (cf. Liturgia de las Horas, II lectura, Dom. XIII T.O.). Hoy también, Jesucristo es el tema principal del anuncio misionero, porque la mayor parte de la familia humana aún no lo conoce. ¡Hace falta un mayor número de testigos y mensajeros!
LA ALEGRÍA DE DESCUBRIR UN TESORO
FernandoArmellini
Introducción
El arqueólogo Carter se quedó momentáneamente sin palabras, estupefacto, casi paralizado, cuando, habiendo introducido una luz a través de una apertura de la tumba inviolada de Tutankhamón, vislumbró el tesoro más rico jamás descubierto. Ansiosos de saber qué había visto, los tres amigos que estaban con él lo interrogaban con insistencia. Carter pudo solamente articular estas palabras: “cosas maravillosas, cosas maravillosas”. Si no hubiera sido por este tesoro de Tutankhamón, el faraón de la XVIII dinastía del Antiguo Egipto, muerto a los 19 años, apenas si recordaríamos hoy su nombre.
Salomón vivió en el lujo: “Acumulé oro y plata, tesoros y propiedades; me procuré cantantes y coristas, y lo que más deleita a los hombres: vinos y mujeres” (Ecl 2,8), pero no fue esto lo que lo hizo famoso.
“Tesoro” es el epíteto más recurrente en boca de los enamorados. No se puede vivir sin tener el corazón ligado a un tesoro; ni siquiera Dios puede dejar de tener su tesoro. De hecho,“escogió Jacob para sí; Israel es su propiedad” (Sal 135,4). El tesoro de los sabios es lasabiduría: “Conseguir la sabiduría vale más que extraer perlas. No la iguala el topacio de Etiopía, ni con el oro más puro se valora” (Job 28,18-19). Los rabinos dedicaban tiempo y energía a la sabiduría porque está escrito: “medítala día y noche” (Jos 1,8) y comentaban: “Si encuentras una hora que no sea ni de día ni de noche, dedícala a otras ciencias”.
En la búsqueda del tesoro se puede uno engañar, porque es fácil dejarse llevar por lo que reluce, confiar en lo que no es fiable ni tiene consistencia: “No se hagan tesoros en la tierra donde la polilla y la herrumbre los echan a perder, y donde los ladrones rompen los muros y los roban. Acumulen tesoros en el cielo, donde ni las polillas ni la herrumbre los echan a perder, ni hay ladrones para romper los muros y robar” (Mt 6,19-21).
En la vida hay que comprometerse con algo que nos llene. Nuestra vida es una inversión que tenemos que realizar. No existe otra alternativa. Es necesario escoger un tesoro sobre el cual poner todo nuestro empeño. Pero ¿cuál?
Primera Lectura: 1 Reyes 3,5.7-12
5En Gabaón el Señor se apareció aquella noche en sueños a Salomón, y le dijo: “Pídeme lo que quieras” … 7“Señor, Dios mío, tú has hecho a tu siervo sucesor de mi padre, David; pero yo soy un muchacho que no sé valerme. 8Tu siervo está en medio del pueblo que elegiste, un pueblo tan numeroso que no se puede contar ni calcular. 9Enséñame a escuchar para que sepa gobernar a tu pueblo y discernir entre el bien y el mal; si no, ¿quién podrá gobernar a este pueblo tuyo tan grande?”. 10Al Señor le pareció bien que Salomón pidiera aquello, 11y le dijo: “Por haber pedido esto, y no haber pedido una vida larga, ni haber pedido riquezas, ni haber pedido la vida de tus enemigos, sino inteligencia para acertar en el gobierno, 12te daré lo que has pedido: una mente sabia y prudente, como no la hubo antes ni la habrá después de ti”.
No fueron tranquilos ni felices los últimos años del reino de David: levantamientos, revueltas, intentonas para destronarlo. En las intrigas para hacerse con el poder, hasta tres de sus hijos perecieron de muerte violenta. Los desórdenes continuaron hasta que Salomón logró imponerse y afianzarse en el poder. No fue un guerrero como su padre pues no quedaban yaenemigos contra quienes combatir. Fue un hombre de paz; heredó un gran reino que debía ser gobernado con justicia y equidad… y así lo gobernó.
Fue un hábil político, un gran constructor, un hombre riquísimo, pero lo que le dio verdadera fama fue su sabiduría. En el Antiguo Testamento su nombre, que significa “paz”, “prosperidad”, es citado cerca de trescientas veces. De todo el mundo acudían a Jerusalén para conocerlo y escucharlo. La visita más célebre fue la de la reina de Sabá quien, llena de admiración por su sabiduría, exclamó: “¡Es verdad lo que me contaron en mi país de ti y tu sabiduría! Yo no quería creerlo; pero ahora que he venido y lo veo con mis propios ojos, compruebo que no me habían contado ni siquiera la mitad. En sabiduría y riquezas superas todo lo que yo había oído. ¡Dichosa tu gente, dichosos los cortesanos, que están siempre en tu presencia aprendiendo de tu sabiduría! ¡Bendito sea el Señor, tu Dios, que, por el amor eterno que tiene a Israel, te ha elegido para colocarte en el trono de Israel y te ha nombrado rey para que gobiernes con justicia!” (1 Re 10,6-9).
¿De dónde le venía tanta sabiduría? Nos lo dice la lectura de hoy. Antes de iniciar su gobierno, Salomón peregrinó al santuario de Gabaón para ofrecer sacrificios. Durante la noche, el Señor se le apareció en sueños y lo invitó a expresar un deseo; cualquier cosa deseada le sería concedida. No pidió nada para sí: ni riqueza, ni salud, ni la victoria contra los enemigos (v. 11).
Era jovencísimo cuando David, a sugerencia de Betsabé, la esposa de Uría que se convirtió después en su favorita, lo había designado como su sucesor. Salomón era consciente de su inexperiencia y de cuán fácil es para quien gobierna dejarse corromper por el frenesí del poder y cometer así errores e injusticias. Pidió a Dios: “Enséñame a escuchar para que sepa gobernar a tu pueblo y discernir entre el bien y el mal” (v. 9). Fue escuchado. El Señor le concedió sabiduría e inteligencia como nadie la tuvo antes de él ni la tendrá después (v. 12).
Este fue el comienzo de su buena fortuna: “Y te daré también lo que no has pedido: riquezas y fama mayores que las de rey alguno” (v. 13). Todos los demás bienes le vinieron de la sabiduría. “Cuando la reina de Sabá vio la sabiduría de Salomón, la casa que había construido, los manjares de su mesa, toda la corte sentada a la mesa, los camareros con sus uniformes sirviendo, las bebidas, los holocaustos que ofrecía en el templo del Señor, se quedó asombrada” (1 Re 10,4-5).
Si nos encontráramos frente a la lámpara de Aladino y pudiéramos expresar un deseo probablemente no pediríamos “un corazón capaz de escuchar la voz del Señor”. Y la razón es que no poseemos la sabiduría de Salomón: no hemos entendido que la “sabiduría de Dios” no solamente no exige la renuncia a ningún bien verdadero sino que es la fuente de todo bien.
Segunda Lectura: Romanos 8,28-30
28Sabemos que Dios dispone todas las cosas para el bien de los que lo aman, de los llamados según su designio. 29A los que escogió de antemano los destinó a reproducir la imagen de su Hijo, de modo que fuera Él el primogénito de muchos hermanos. 30A los que había destinado los llamó; a los que llamó los hizo justo; a los que hizo justos los glorificó.
Es fácil creer que Dios existe y que ha creado el mundo; es más difícil creer en su providencia y, no obstante los signos aparentemente contradictorios con que nos encontramoscada día, concluir que Él, a pesar de todo, llevará a buen término su proyecto. Las palabras con que comienza la lectura son una invitación a la esperanza: nada de lo que acontece escapa a la mirada amorosa de Dios; nada lo toma por sorpresa. Él hace que “todo contribuya al bien” y a la realización de la Salvación (v. 28).
En la segunda parte del pasaje (vv. 29-30) se recuerdan las etapas del camino que lleva a la Salvación. Viene, en primer lugar, la predestinación eterna: Dios escoge a aquellos que están destinados a convertirse en hijos suyos; después está la llamada: a través de la predicación, a quienes han sido predestinados les es anunciado el Evangelio y la invitación a recibirlo. A la llamada sigue la justificación, es decir, la transformación interior que tiene lugar en el bautismo. Finalmente viene la glorificación, el momento en que se manifiesta la nueva condición de hijos e hijas de Dios.
De todo este proceso, la etapa que nos deja un poco desconcertados es la primera: la predestinación. ¿Significa, acaso, que Dios escoge a algunos y rechaza a otros? Absolutamente no pues antes de ser llamadas a la Salvación, las personas, todas sin excepción, son amadas por el amor eterno de Dios. Naturalmente, solo una parte de ellas tendrá la fortuna de llegar a conocer el Evangelio y de recibir el bautismo. Pero Dios quiere que también todas las demás personas se salven (cf. 1 Tim 2,4).
Evangelio: Mateo 13, 44-52
44El reino de los cielos se parece a un tesoro escondido en un campo: lo descubre un hombre, lo vuelve a esconder y, lleno de alegría, vende todas sus posesiones para comprar aquel campo. 45El reino de los cielos se parece a un comerciante de perlas finas: 46al descubrir una de gran valor, va, vende todas sus posesiones y la compra. 47El reino de los cielos se parece a una red echada al mar, que atrapa peces de toda especie. 48Cuando se llena, los pescadores la sacan a la orilla, y sentándose, reúnen los buenos en cestas y los que no valen los tiran. 49Así sucederá al fin del mundo: vendrán los ángeles y separarán a los malos de los buenos 50y los echarán al horno de fuego. Allí será el llanto y el crujir de dientes. 51“¿Lo han entendido todo?” Le respondieron que sí.52Y Él les dijo: “Pues bien, un letrado que se ha hecho discípulo del reino de los cielos se parece al dueño de una casa que saca de su tesoro cosas nuevas y viejas”.
Con frecuencia los arqueólogos encuentran bajo el pavimento de las habitaciones cajas o vasijas con monedas. Probablemente fueron enterradas por los propietarios antes de una huida precipitada. Ante la inminencia de una guerra o invasión enemiga, todos procuraron esconder a toda prisa lo que tenían de valioso y que no podían llevárselo consigo, con la esperanza de poder recuperarlo un día, una vez pasado el peligro. Pero muchas veces esos propietarios no regresaban y las casas eran ocupadas por otros que no sospechaban la riqueza que yacía bajo sus pies.
En tiempos de Jesús se fantaseaba mucho acerca de tesoros descubiertos al azar. Se narraba que algunos pobres jornaleros, durante la dura tarea de preparar con el arado un campo del que no eran propietarios, se topaban accidentalmente con un obstáculo, se inclinaban para ver y he aquí la aparición de un ánfora rebosante de monedas, gemas, joyas y piedras preciosas. La fantasía popular gustaba de estos sueños de inesperados golpes de fortuna.
La primera parábola del evangelio de hoy (v. 44) retoma una de estas historias: por pura suerte un jornalero agrícola descubre en el campo en que estaba trabajando un tesoro y lo esconde de nuevo; después, va, vende todo lo que posee y compra el campo.
Es probable que muchos se paren a discutir sobre el comportamiento moral de este hombre y la licitud de la operación financiera llevada a cabo, pero no es éste el punto en cuestión. El hecho de que el tesoro, después de descubierto, haya sido inmediatamente escondido, ha atraído siempre la curiosidad de los comentaristas. Este detalle, aparentemente superfluo e ilógico es, sin embargo, precioso: nos lleva a suponer que el jornalero, atraído por el inconfundible destello de un objeto de oro, haya inmediatamente intuido la posibilidad deinmensas riquezas bajo los surcos que abría en la tierra y, no queriendo perderse ni la más mínima parte, haya decidido comprar todo el campo.
Estas consideraciones nos introducen ya en la parábola: el tesoro del que habla Jesús es elreino de los cielos, la condición nueva en la que entra quien acoge la propuesta de las bienaventuranzas. Tiene un valor incalculable y solo es descubierto, poco a poco, por quien está decidido a jugarse la propia vida en su búsqueda. El hecho de que este tesoro sea hallado por pura casualidad indica su gratuidad: Dios nos lo ofrece sin ningún mérito por nuestra parte; no es un premio por nuestras buenas obras.
Existe un comportamiento a asumir frente a este don. Quien lo descubre no puede albergar dudas, perplejidad, vacilaciones. Si se duda se pierde un tiempo precioso; la ocasión favorable puede escaparse de las manos y no presentarse más. Hay que decidirse con urgencia; la elección no se puede postergar. No puede uno faltar a la cita con el Señor.
Después es necesario jugárselo todo. No se pide que se renuncie a alguna cosa sinoconcentrar todos los pensamientos, toda la atención, los propios intereses, todo nuestro esfuerzo sobre el nuevo objetivo.
El Tesoro –como sucederá también con la perla– no se adquiere para ser revendido y volver a la posesión de los bienes de antes, sino para poseerlo en substitución de cuanto, hasta aquel momento, había dado sentido a la vida. El descubrimiento del reino de Dios lleva consigo un cambio radical. Es éste el significado de la decisión de “vender todas las posesiones para comprar el campo”.
Es esto justamente lo que sucedió con Pablo, el judío irreprensible y fanático, convencido de que la Torá era el tesoro que le habría conseguido la salvación. Un día, camino de Damasco, encontró a Cristo y, desde entonces, todo lo que antes para él era ganancia, fue considerado como pérdida. “Lo que para mí era ganancia lo consideré, por Cristo, pérdida. Más aún, todo lo considero pérdida comparado con el bien supremo de conocer a Cristo Jesús mi Señor; por Él doy todo por perdido y lo considero basura con tal de ganarme a Cristo” (Fil 3,7-8).
Un cambio tal provoca sorpresa, maravilla, estupor. Quien no ha descubierto este mismo tesoro, no logra prepararse para conseguirlo, no encuentra una explicación que justifique la novedad de vida de quien ha entrado en el reino de Dios.
Quien ha visto al jornalero vender todo para comprar el campo, debe haber pensado que se había vuelto loco: la tierra árida y pedregosa de Palestina no justificaba semejantessacrificios. Solo él sabía lo que se traía entre manos. Solo él sabía que estaba concluyendo el negocio de su vida.
Quien conocía a Pablo –el rabino escrupuloso observante de la ley– e imprevistamente lo vio abandonar sus seguridades para jugárselo todo por un hombre ajusticiado, pensó que estaba loco: “Pablo, tú estás loco –le dijo el procurador Festo.– Tu mucha cultura te ha trastornado” (Hch 26,24). El apóstol, por el contrario, ha encontrado el bien más precioso:“Cristo crucificado, escándalo para los judíos y locura para los paganos” (1 Cor 1,23).
Sin embargo, tanto los vecinos del jornalero como los correligionarios de Pablo, tenían ante sus ojos una prueba de que ambos estaban actuando con plena lucidez y convicción: la alegría. Quien ha comprendido que tiene entre manos un inesperado e increíble tesoro, no puede menos de estar lleno de alegría: “desbordo de gozo” (2 Cor 7,4), asegura el apóstol. “El Señor me llenó de alegría” (Fil 4,10), “el reino de Dios es gozo” (Rom 14,17).Contemplando el rostro radiante de quien ha descubierto el reino de Dios, podemos intuir que ha vislumbrado, como el arqueólogo Cárter, “cosas maravillosas”.
La segunda parábola (vv. 15-16) es considerada como gemela de la precedente y contiene el mismo mensaje. Se diferencia por algunos detalles significativos: el protagonista, en primer lugar, no es un pobre jornalero sino un rico comerciante que da vueltas por el mundo con un objetivo bien preciso: encontrar perlas.
En la antigüedad, las perlas eran tan apreciadas como lo son hoy los diamantes. Eranpescadas en el Mar Rojo, en el Golfo Pérsico y en el Océano Índico. En la época imperial se estimaban como los objetos más preciosos, hasta el punto de convertirse en referentes simbólicos. Afrodita, la diosa del amor y de la belleza, era venerada como “la diosa de las perlas”; a un niño muy amado se le decía “perla”. De un hombre sabio se decía que “tenía una boca de la que salían perlas” y las doce puertas del cielo –escribe el vidente del Apocalipsis–“son 12 perlas; cada puerta está formada por una sola perla” colosal, maravillosa (cf. Ap 21,21). Teniendo este gran prestigio, Jesús las ha escogido como imagen del tesoro inestimable que Él ofrecía: el reino de Dios.
A diferencia del jornalero que encuentra fortuitamente un tesoro, el comerciante descubrela perla después de una extenuante búsqueda. El comportamiento del comerciante es la imagen de la persona que busca apasionadamente aquello que pueda dar sentido a su vida y llenar de gozo sus días. Las dos parábolas, sin embargo, se complementan: el reino de Dios, por un lado, es don gratuito; por otro, es también fruto del esfuerzo humano.
La tercera parábola (vv. 47-50) retoma el tema del grano y la cizaña introducido el domingo pasado. La imagen está tomada de la pesca en el lago de Tiberíades, en la que se empleaban grandes redes de arrastre que capturaban peces buenos, pero también peces no comestibles o impuros (cf. Lv 11,10-11). En la playa, los pescadores procedían a la separación. Así –dice Jesús– acontece en el reino de los cielos.
Según la mentalidad de los antiguos, el mar era el reino de las fuerzas diabólicas, enemigas de la vida. A los discípulos se les confía la misión de “ser pescadores de hombres”, arrebatándolos al poder del mal. Pasiones incontenibles, egoísmos, concupiscencias, losazotan como olas impetuosas que, como una vorágine, los arrastran al abismo. El reino de los cielos es una red que los saca afuera, los hace respirar, los lleva hacia la luz, hacia la Salvación.
En esta red no se reúnen solamente los buenos y virtuosos, sino todos, sin distinción. El reino de Dios aquí en la tierra no se presenta en estado puro; en la comunidad cristiana se admite serenamente, junto al bien, la presencia del mal y del pecado. Ninguno, aunque sea impuro, debe sentirse excluido o marginado. Este es el tiempo de la misericordia y de la paciencia de Dios que “no quiere que ninguno se pierda sino que se arrepientan” (2 Pe 3,9).
Ciertamente, llegará el momento de la separación y Mateo, como suele hacer, habla de ello sirviéndose del lenguaje dramático de los predicadores de su tiempo; emplea las imágenes con las que en la Biblia se describe la destrucción de los enemigos del pueblo de Israel (cf. Ez 30; cap. 38 y 39): Los justos entrarán en la paz y los malvados serán castigados en una prisión de fuego.
En la literatura rabínica se habla a menudo de este juicio de Dios, no para amenazar con el castigo eterno a los pecadores, sino para resaltar la importancia del tiempo presente y la urgencia de las decisiones que hay que tomar hoy: todo momento desperdiciado estádefinitivamente perdido y los errores cometidos en este mundo tendrán consecuencias eternas. La eventualidad de disipar, de malgastar la propia existencia orientándola sobre “tesoros” equivocados, no es una posibilidad remota. Sin embargo, al final, la separación no se hará entre buenos y malos, sino entre el bien y el mal: solo el bien entrará en el cielo; todas las negatividades serán aniquiladas… por el fuego del amor de Dios.
El discurso de Jesús concluye con la pregunta: ¿Han comprendido?, y con la referencia a la labor del escriba (vv. 51-52). La pregunta va dirigida a los discípulos, a aquellos que hanencontrado el tesoro y la perla preciosa.
El reino de los cielos que ahora poseemos ha sido preparado a lo largo del Antiguo Testamento (las cosas viejas) y se ha realizado en Cristo (las cosas nuevas). Los cristianos estamos invitados a darnos cuenta, a tomar conciencia, a través del estudio de las Sagradas Escrituras, del inmenso don que hemos recibido de Dios.