16º Domingo
Tiempo Ordinario (A)
Mateo 13,24-43

Lectura del libro de la Sabiduría 12, 13. 16-19
Fuera de ti, Señor, no hay otro dios que cuide de todos, … tu dominio sobre todas las cosas te hace indulgente con todos.
Salmo 85
R/. Tú, Señor, eres bueno e indulgente.
Lectura de la carta de san Pablo a los cristianos de Roma 8, 26-27
El Espíritu intercede con gemidos inefables.
Evangelio de san Mateo 13, 24-43
Jesús propuso a la gente esta parábola:
“El Reino de los Cielos se parece a un hombre que sembró buena semilla en su campo; pero mientras todos dormían vino su enemigo, sembró cizaña en medio del trigo y se fue…
También les propuso otra parábola:
“El Reino de los Cielos se parece a un grano de mostaza que un hombre sembró en su campo. En realidad, ésta es la más pequeña de las semillas, pero cuando crece es la más grande de las hortalizas y se convierte en un arbusto, de tal manera que los pájaros del cielo van cobijarse en sus ramas”.
Después les dijo esta otra parábola:
“El Reino de los Cielos se parece a un poco de levadura que una mujer mezcla con gran cantidad de harina, hasta que fermenta toda la masa”.
Entonces, dejando a la multitud, Jesús regresó a la casa; sus discípulos se acercaron y le dijeron: “Explícanos la parábola de la cizaña en el campo”.
¡El que tenga oídos, que oiga!”
La paciencia de Dios
Papa Francisco
La página evangélica de hoy propone tres parábolas con las cuales Jesús habla a las masas del Reino de Dios. Me detengo en la primera: la del grano bueno y la cizaña, que ilustra el problema del mal en el mundo y pone de relieve la paciencia de Dios (cf. Mateo 13, 24-30. 36-43). ¡Cuánta paciencia tiene Dios! También cada uno de nosotros puede decir esto: «¡Cuánta paciencia tiene Dios conmigo!». La narración se desarrolla en un campo con dos protagonistas opuestos.
Por una parte el dueño del campo que representa a Dios y esparce la semilla buena; por otra el enemigo que representa a Satanás y esparce la hierba mala. Con el pasar del tiempo, en medio del grano crece también la cizaña y ante este hecho el dueño y sus siervos tienen actitudes distintas. Los siervos querrían intervenir arrancando la cizaña; pero el dueño, que está preocupado sobre todo por salvar el grano, se opone diciendo: «no, no sea que, al recoger la cizaña, arranquéis a la vez el trigo» (v. 29). Con esta imagen, Jesús nos dice que en este mundo el bien y el mal están tan entrelazados, que es imposible separarlos y extirpar todo el mal. Solo Dios puede hacer esto, y lo hará en el juicio final. Con sus ambigüedades y su carácter complejo, la situación presente es el campo de la libertad, el campo de la libertad de los cristianos, en el cual se cumple el difícil ejercicio del discernimiento entre el bien y el mal. Y en este campo se trata entonces de combinar, con gran confianza en Dios y en su providencia, dos actitudes aparentemente contradictorias: la decisión y la paciencia. La decisión es la de querer ser buen grano —todos lo queremos—, con todas nuestras fuerzas, y entonces alejarse del maligno y de sus seducciones. La paciencia significa preferir una Iglesia que es levadura en la pasta, que no teme ensuciarse las manos lavando las ropas de sus hijos, antes que una Iglesia de «puros», que pretende juzgar antes del tiempo quién está en el Reino y quién no.
El Señor, que es la Sabiduría encarnada, hoy nos ayuda a comprender que el bien y el mal no se pueden identificar con territorios definidos o determinados grupos humanos: «Estos son los buenos, estos son los malos». Él nos dice que la línea de frontera entre el bien y el mal pasa por el corazón de cada persona, pasa por el corazón de cada uno de nosotros, es decir: todos somos pecadores. Me gustaría preguntaros: «quien no es pecador levante la mano». ¡Nadie! Porque todos lo somos, todos somos pecadores. Jesucristo, con su muerte en la cruz y su resurrección, nos ha liberado de la esclavitud del pecado y nos da la gracia de caminar en una vida nueva; pero con el Bautismo nos ha dado también la Confesión, porque siempre necesitamos ser perdonados por nuestros pecados. Mirar siempre y solamente el mal que está fuera de nosotros, significa no querer reconocer el pecado que está también en nosotros.
Y luego Jesús nos enseña un modo diverso de mirar el campo del mundo, de observar la realidad. Estamos llamados a aprender los tiempos de Dios —que no son nuestros tiempos— y también la «mirada» de Dios: gracias al influjo benéfico de una trepidante espera, lo que era cizaña o parecía cizaña, puede convertirse en un producto bueno. Es la realidad de la conversión. ¡Es la perspectiva de la esperanza!
La Virgen María nos ayude a percibir en la realidad que nos rodea no solo la suciedad y el mal, sino también el bien y lo bonito; a desenmascarar la obra de Satanás, pero sobre todo a confiar en la acción de Dios que fecunda la historia.
Angelus 23/07/2017
DIOS CONOCE A LOS SUYOS
José Antonio Pagola
Dejadlos crecer juntos.
Vivimos en una sociedad caracterizada por lo que algunos autores llaman «la diseminación religiosa». Podemos encontramos con creyentes piadosos y con ateos convencidos, con personas indiferentes a lo religioso y con adeptos a nuevas religiones y movimientos, con gente que cree vagamente en «algo» y con individuos que se han hecho una «religión a la carta» para su uso particular, con personas que no saben si creen o no creen y con personas que desean creer y no saben cómo hacerlo.
Sin embargo, aunque vivimos juntos y mezclados, y nos encontramos diariamente en el trabajo, el descanso y la convivencia, lo cierto es que sabemos muy poco de lo que realmente piensa el otro acerca de Dios, de la fe o del sentido último de la vida. A veces ni las parejas conocen el mundo interior del otro. Cada uno lleva en su corazón cuestiones, dudas, incertidumbres y búsquedas que no conocemos.
Entre nosotros se llama «increyentes» a los que han abandonado la fe religiosa. No parece un término muy adecuado. Es cierto que estas personas han abandonado «algo» que un día vivieron, pero su vida no se asienta en ese rechazo o abandono. Son personas que viven de otras convicciones, difíciles a veces de formular, pero que a ellas les ayudan a vivir, luchar, sufrir y hasta morir con un determinado sentido. En el fondo de cada vida hay unas convicciones, compromisos y fidelidades que dan consistencia a la persona.
No es fácil saber cómo Dios se abre hoy camino en la conciencia de cada uno. La «parábola del trigo y la cizaña» nos invita a no precipitarnos. No nos toca a nosotros identificar a cada individuo. Menos aún excluir y excomulgar a quienes no se identifican en el «ideal de cristiano» que nosotros nos fabricamos desde nuestra manera de entender el cristianismo y que, probablemente, no es tan perfecta como nosotros pensamos.
«Sólo Dios conoce a los suyos» decía san Agustín. Sólo él sabe quién vive con el corazón abierto a su Misterio, quién responde a su deseo profundo de paz, amor y solidaridad entre los hombres. Los que nos llamamos «cristianos» hemos de estar atentos a los que se sitúan fuera de la fe religiosa, pues Dios está también vivo y operante en sus corazones. Descubriremos que hay en ellos mucho de bueno, noble y sincero. Descubriremos, sobre todo, que Dios puede ser buscado siempre por todos.
José Antonio Pagola
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SE PARECE A…
Las “cosas de Dios” nos parece que deben ser tan elevadas que cuando alguien las explica de manera asequible apenas nos las creemos y solemos “pedir una explicación”. Esto también les sucedió a los discípulos incluso con el Señor; por eso, cuando Jesús les hablaba en parábolas, le pedían que les aclarara lo que les había contado. La simplicidad cuesta mucho. Demasiado. Asociamos la complejidad a Dios, cuando es todo lo contrario. Por eso a los seguidores del Maestro les resultaba asombroso que no necesitaran ser doctos y “entendidos” en la materia para comprender un mínimo del estilo con el que el Señor había planteado su forma de implementar el Reino.
Que el mismo Jesús utilizara imágenes de la cotidianeidad para hacernos ver cómo es el reino de los cielos es maravilloso. Con ello quiere decir que la Creación es tan rica y significativa que tiene capacidad para remitir a lo divino; transmite así, que lo natural, lo común, encierra verdades hondas. Además, de este modo el mensaje resulta accesible a la mayoría; y entre todos, no solo podemos hacernos una idea, de verdad, de cómo está funcionando ya el Reino, sino saber dónde buscarlo y dónde mirar para encontrarlo.
Tres comparaciones propone el Señor en el evangelio de hoy:
En la primera identifica el Reino con su persona –se parece a un hombre que sembró buena semilla–. Y explica que la semilla son ya los ciudadanos de ese reino, es decir, los que viven con Él y en Él. Pero junto al trigo crece la cizaña. Una compañía nada agradable que a veces ahoga al mejor de los frutos. Una imagen de las mezclas tan potentes que se dan en la vida. Sin embargo, solo a Dios le corresponde recoger la cosecha y separarlos. Porque Él siempre estará atento para que no se pierda ningún tallo, ramita, u hojarasca, por pequeña que sea, que contenga algo aprovechable y salvable. Recolectar así es laborioso, pero se gana mucho (y sobre todo, ganamos todos).
En la segunda, el Reino es como un minúsculo grano de mostaza, de un tamaño parecido a la punta de un alfiler, que la persona siembra en su huerto. El Señor se hace semilla; y no entra en nuestra vida como un huracán, sino como una brisa suave; tampoco como una tormenta, sino como una suave lluvia. Apenas se percibe su presencia, pero va penetrando y haciendo su obra.
En la tercera, compara el Reino de los cielos con la levadura. Un ingrediente muy apreciado por los cocineros pues hace crecer de forma asombrosa la harina que utilizamos para elaborar, por ejemplo, lo bizcochos y el pan. Lo curioso es que con una medida casi ridícula es suficiente para que salgan unas raciones generosas. No hay proporción entre cada uno de los ingredientes. Con un poco de levadura bien repartida la masa “se crece”.
Tres parábolas que nos ayudan a grabarnos a fuego algunas ideas importantes: que el Reino no es otro que Jesús, su persona, pero que en esta vida está amenazado; que no nos corresponde a nosotros cosechar (siempre nos llevaríamos a alguien por delante); y que su apariencia es pequeña y penetra en la realidad de una forma apenas perceptible, en lo oculto, entremezclado con la realidad, y allí, dentro, queda activo y activado, creciendo a su ritmo de una manera misteriosa.
María Dolores López Guzmán
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El trigo, al final, vencerá a la cizaña
Romeo Ballan, MCCJ
¡Está prohibido poner barreras y crear separaciones entre buenos y malos, entre santos y malvados! ¿Por qué existe el mal en el mundo? ¿De dónde viene la cizaña? Nos lo explica Jesús. En las tres parábolas del Evangelio (cizaña, grano de mostaza y levadura) afloran las enseñanzas de la parábola del sembrador (cfr. domingo XV): la insignificante pequeñez de la semilla en comparación con sus potencialidades internas; el dueño que siembra buena semilla en su campo, mientras que el enemigo siembra allí la cizaña; la vengativa impaciencia de los criados y la tolerante paciencia del dueño… (v. 25.28-29). Al final, en el tiempo de la cosecha y la siega, llega el momento del balance definitivo: se evalúan los resultados, con el consiguiente premio o castigo (v. 30). Nuevamente, Jesús mismo nos da la clave para interpretar su parábola, que se aplica a la vida de cada uno (todos somos un poco buenos y un poco menos), a la vida y a la historia de la Iglesia, la cual está llamada a vivir inmersa en un mundo de violencias y de injusticias, pero siempre animada por la esperanza y la paciencia de Dios. En cada tiempo y lugar, la Iglesia misionera “debe continuar su peregrinación entre las persecuciones del mundo y los consuelos de Dios” (S. Agustín, De civitate Dei).
El santo Papa Karol Wojtyla, en uno de sus libros, nos ha dejado un comentario autorizado sobre el mysterium iniquitatis que azota el mundo y la historia, y sobre la coexistencia del bien y del mal, haciendo una referencia explícita a la parábola de hoy: “La manera como el mal crece y se desarrolla sobre el terreno sano del bien constituye un misterio. Misterio es también esa parte de bien que el mal no ha logrado destruir y que se propaga, a pesar del mal, avanzando incluso sobre el mismo terreno. Es inmediata la alusión a la parábola evangélica del trigo y de la cizaña… En efecto, esta parábola puede considerarse como una clave de toda la historia del hombre. En distintas épocas y en diferente medida, el trigo crece junto a la cizaña y la cizaña junto al trigo. La historia de la humanidad es el teatro de la coexistencia del bien y del mal. Esto significa que, si el mal existe al lado del bien, el bien, sin embargo, persevera al lado del mal y crece, por así decirlo, sobre el mismo terreno, que es la naturaleza humana” (cfr. Memoria e Identidad, p. 14).
La aplicación de este mensaje al mundo misionero es inmediata. Ante el mal que avanza o la cerrazón y maldad de muchas personas, a menudo el misionero y el educador se ven tentados a jugar el papel de los siervos de la parábola, que quieren arrancar en seguida la cizaña (v. 28). A menudo ostentan el cuchillo del ‘celo’ para aplicar el aut-aut (o-o). Jesús, el divino sembrador del buen grano, invita a tener más paciencia y misericordia, concede tiempo para la maduración, respetando los tiempos de Dios, el único juez que sabe lo que hay en el corazón humano.
Aun teniendo la fuerza incontenible del Evangelio (v. 31-32), la misión comienza siempre en situaciones de pequeñez y de fragilidad de cara a la fuerza poderosa del maligno. El misionero es, ciertamente, portador de una levadura capaz de renovar el mundo desde dentro (v. 33), pero actúa en los tiempos largos de la paciencia, de la escasa relevancia, de la derrota momentánea y de la tolerancia. Ya lo había prefigurado el libro de la Sabiduría (I lectura): oh Dios, “tu soberanía universal te hace perdonar a todos” (v. 16). Mientras los poderosos de la tierra a menudo se exceden y abusan del poder, Dios es siempre “poderoso soberano”, juzga con mansedumbre, nos gobierna “con gran indulgencia” (v. 18). El Dios cristiano manifiesta su omnipotencia sobre todo perdonando y usando misericordia. En efecto, Él otorga a sus hijos la “dulce esperanza” de que, tras el pecado, da “lugar al arrepentimiento”. Este es el estilo de Jesús, que el discípulo y el misionero asumen como programa de vida y de acción.
El corazón humano es un campo de buen grano mezclado con cizaña, bajo la presión del maligno y los embates de la intolerancia. Necesitamos que el Espíritu (II lectura) venga en ayuda de nuestra debilidad (v. 26), nos sostenga en el tiempo de la coexistencia del bien y del mal, aliente nuestra esperanza y nos eduque según el corazón misericordioso de Dios (v. 27).
LA IMPACIENCIA DEL HOMBRE Y LA CALMA DE DIOS
Fernando Armellini
Introducción
La obra de la Creación se inició separando la luz de las tinieblas (cf. Gén 1,4); el firmamento fue creado para separar las aguas que están por encima del cielo de aquellas que se encuentran en la tierra (cf. Gén 1,6-7). Dios dijo: “Que existan astros en el firmamento del cielo para separar el día de la noche” (Gén 1,14). Al término de estas separaciones, el autor sagrado comenta: “Y vio Dios todo lo que había hecho: y era muy bueno” (Gén 1,31).
Desde aquel día, el hombre –quizás por el miedo inconsciente a que los opuestos puedanfundirse de nuevo y desencadenar el caos– se ve instintivamente llevado a erigir vallas y a establecer separaciones: entre buenos y malos, entre puros e impuros, entre santos e impíos, entre amigos y enemigos de Dios. Algunos textos de la Biblia, interpretados superficialmente,parecen aprobar semejantes distinciones: “Sean para mí santos, porque yo, el Señor, soy santo y los he separado de los demás pueblos para que sean míos” (Lev 20,26).
En el mundo bueno salido de las manos de Dios, la presencia del mal sigue siendo un enigma, un elemento de disgusto y desconcierto que el hombre no soporta e, impaciente como los siervos de la parábola, se pregunta: “¿De dónde viene la cizaña?” Después, se suele dejarllevar por el frenesí de resolver inmediatamente las tensiones que sufre y termina por recurrir a remedios que son peores que los males a combatir: se convierte en despiadado e intolerante consigo mismo y con los demás, castiga de manera cruel, desencadena guerras santas y es presa fácil de la “ira del hombre (que) no realiza la justicia de Dios” (Sant 1,20).
Comete así dos errores: no acepta serenamente la realidad de este mundo en el que el bien y el mal están destinados a convivir, y confunde el tiempo del crecimiento con el tiempo de la cosecha.
Primera lectura: Sabiduría 12,13.16-19
13Además, fuera de ti, no hay otro dios al cuidado de todos, para que puedas mostrar que no juzgas injustamente… 16Porque tu poder es el principio de la justicia y ser dueño de todos te hace perdonarlos a todos. 17Ante el que no cree en la perfección de tu poder, despliegas tu fuerza y confundes la imprudencia de aquellos que la conocen; 18pero tú, dueño de tu fuerza, juzgas con moderación y nos gobiernas con mucha indulgencia; hacer uso de tu poder está a tu alcance cuando quieres. 19Actuando así, enseñaste a tu pueblo que el hombre justo debe ser humano, e infundiste a tus hijos la esperanza, porque dejas arrepentirse a los que pecan.
La Sabiduría es el último libro del Antiguo Testamento que se ha escrito. Su autor, un judío de Alejandría de Egipto, quizás estuviera aún vivo cuando Jesús nació.
Hacía siglos que la mayoría de los israelitas estaban dispersos por el mundo. En cada ciudad del imperio romano, los judíos constituían una comunidad aparte: tenían sus sinagogas, sus rabinos, sus tribunales, sus fiestas, sus tradiciones. No contraían matrimonio con los paganos y tomaban todas las precauciones para no dejarse corromper por las costumbres de los otros pueblos, para no dejarse influenciar por su moral y sus prácticas religiosas.
Algunos de estos israelitas de la así llamada diáspora habían alcanzado una buena calidad de vida en el extranjero, ejercitaban profesiones bien remuneradas, pero la mayoría vivía con estrecheces y era víctima de la discriminación. Estos se preguntaban: ¿Por qué nosotros, a pesar de ser fieles a la ley de Dios, somos humillados y oprimidos, mientras que los idólatras prosperan? ¿Por qué Dios tolera que suframos insolencias e injusticias? Nuestros padres nos han contado que en tiempos antiguos el Señor realizaba signos y prodigios en favor de su pueblo. ¿Cómo es que ahora no interviene? ¿Ha disminuido quizás su fuerza?
En el pasaje de hoy el autor responde a estas preguntas. La fuerza de Dios –asegura– es siempre la misma, es decir, infinita, pero no la usa para castigar, sino solamente para el bien del hombre. Esta es su justicia: tener misericordia de todos. Su dominio es universal, extendiéndose sobre justos e injustos; no puede querer bien solo a algunos (v. 16).
Los hombres emplean la fuerza para infundir temor y respeto, para subyugar a los más débiles y forzarlos a permanecer sometidos. Dios, por el contario, a pesar de ser el dueño de la fuerza, no la usa para imponer su soberanía; no recurre a castigos y escarmientos o a la venganza, sino que se muestra con todos, aun con los malvados, manso e indulgente (vv. 17-18).
Conmovedoras son las dos razones que, en el último versículo (v. 19), explican el sorprendente comportamiento de Dios: es paciente, en primer lugar, porque quiere enseñar a su pueblo que el justo debe amar a los hombres. Existen, sí, acciones innobles e infames, pero ningún hombre es despreciable; todos merecen ser amados. La segunda razón: Dios no interviene con escarmientos ni castigos porque no quiere la muerte del malvado sino que “se convierta de su conducta y viva” (Ez 18,23). Por eso deja siempre la puerta abierta a laposibilidad del arrepentimiento (v. 19). Quien espera una intervención suya punitiva, está simplemente proyectando en Dios sus propios instintivos vengativos.
Segunda lectura: Romanos 8,26-27
26De ese modo el Espíritu nos viene a socorrer en nuestra debilidad. Aunque no sabemos pedir como es debido, el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos que no se pueden expresar. 27Y el que sondea los corazones sabe lo que pretende el Espíritu cuando suplica por los consagrados de acuerdo con la voluntad de Dios.
¿Qué hay que hacer para orar? Si fuera suficiente repetir fórmulas, sería sencillo. Jesús ha dicho, sin embargo, que la oración de sus discípulos no debe ser de este tipo: “Cuando ustedes recen, no sean charlatanes como los paganos, que piensan que por mucho hablar serán escuchados” (Mt 6,7).
En la lectura de hoy, Pablo reconoce cándidamente que nosotros no sabemos orar, que no tenemos idea de qué se deba pedir a Dios y que nuestras invocaciones son, a menudo, intentosde hacer adherir el Señor a nuestros proyectos.
El Espíritu Santo viene en socorro de nuestra debilidad y nos sugiere las palabras que debemos dirigir al Padre (v. 26). Rezar es abrir la mente y el corazón a su luz y disponerse a cumplir su voluntad en cada instante de la vida. Quien nos ofrece la luz de Dios y nos da la fuerza de seguirla es el Espíritu, aquel que “lo escudriña todo, incluso las profundidades de Dios” (1 Cor 2,10) y nos hace partícipes de sus misterios. Los pensamientos del Señor, sin embargo, son incomprensibles para la sabiduría de este mundo (cf. 1 Cor 2,3-7). Por eso Pablo los define como “gemidos que no se pueden expresar”.
La oración que viene del Espíritu es siempre escuchada porque concuerda con los deseos de Dios: no busca doblegar la voluntad de Dios a la nuestra sino que propicia nuestra conversión a la suya (v. 17).
Evangelio: Mateo 13,24-43
24Jesús les contó otra parábola: “El reino de los cielos es como un hombre que sembró semilla buena en su campo. 25Pero, mientras la gente dormía, vino su enemigo y sembró cizaña en medio del trigo, y se fue. 26Cuando el tallo brotó y aparecieron las espigas, también apareció la cizaña. 27Fueron entonces los sirvientes y le dijeron al dueño: «Señor, ¿no sembraste semilla buena en tu campo? ¿De dónde le viene la cizaña?» 28Les contestó: «Un enemigo lo ha hecho.» Le dijeron los sirvientes: «¿Quieres que vayamos a arrancarla?».29Les contestó: «No, porque, al arrancarla, van a sacar con ella el trigo. 30Dejen que crezcan juntos hasta la cosecha. Cuando llegue el momento, diré a los cosechadores: ‘Arranquen primero la cizaña, y en atados échenla al fuego; luego recojan el trigo y guárdenlo en mi granero‘»”.
31Les contó otra parábola: “El reino de los cielos se parece a una semilla de mostaza que un hombre toma y siembra en su campo. 32Es más pequeña que las demás semillas; pero, cuando crece es más alta que otras hortalizas; se hace un árbol, vienen los pájaros y anidan en sus ramas”. 33Les contó otra parábola: “El reino de los cielos se parece a la levadura: una mujer la toma, la mezcla con tres medidas de harina, hasta que todo fermenta”.
34Todo esto se lo expuso Jesús a la multitud con parábolas; y sin parábolas no les expuso nada. 35Así se cumplió lo que anunció el profeta: «Voy a abrir la boca pronunciando parábolas, profiriendo cosas ocultas desde la Creación del mundo». 36Después, despidiendo a la multitud, entró en casa. Fueron los discípulos y le dijeron: “Explícanos la parábola de la cizaña”. 37Él les contestó: “El que sembró la semilla buena es el Hijo del Hombre; 38el campo es el mundo; la buena semilla son los ciudadanos del reino; la cizaña son los súbditos del Maligno; 39el enemigo que la siembra es el Diablo; la cosecha es el fin del mundo; los cosechadores son los ángeles. 40Como se junta la cizaña y se echa al fuego, así sucederá al fin del mundo: 41El Hijo del Hombre enviará a sus ángeles que recogerán de su reino todos los escándalos y los malhechores 42y los echarán al horno de fuego. Allí será el llanto y el crujir de dientes. 43Entonces, en el reino de su Padre, los justos brillarán como el Sol. El que tenga oídos que escuche”.
Con otras tres parábolas, Jesús revela progresivamente el misterio del reino de los cielos. La primera –la del grano y la cizaña (vv. 24-30)– viene acompañada, como en la del sembrador de la pasada semana, de una explicación (vv. 36-43); se trata de la homilía de un predicador del tiempo de Mateo que ha actualizado el relato y lo ha aplicado a las necesidades de sus comunidades. A continuación, vienen otras dos parábolas –la del grano de mostaza y lade la levadura– (vv. 31-33) que ponen de relieve la fuerza irresistible del bien. Los versículos 34-35, retoman lo que se dice en los vv. 10-17 y aclaran las razones por las que Jesús habla en parábolas. Examinemos las partes principales del relato.
¿De dónde viene la cizaña? (vv. 24-30). La existencia del mal, a la que el hombre no ha podido dar nunca una explicación satisfactoria, constituye un angustioso problema. A esto hay que añadir otro problema que afectaba especialmente a los cristianos de las comunidades de Mateo: habían pasado ya cincuenta años desde la muerte y Resurrección de Jesús y, mirando alrededor, comprobaban que, sí, había tantas cosas buenas en el mundo, pero que, sin embargo, el mal no solo estaba también presente, sino que continuaba floreciendo y creciendo. ¿Cómo era posible que el reino de los cielos, inaugurado por Jesús, no lograse un éxito total e inmediato?
La pregunta era embarazosa. Algunos la formulaban en términos hirientes y provocativos: “Desde que murieron nuestros padres, todo sigue igual que desde el principio del mundo” (2 Pe 3,4). El enigma de la existencia del mal exigía y exige una explicación y el evangelista la da con una parábola de Jesús.
El primer personaje que entra en escena es el dueño. Representa a Dios. Él es el que siembra o es, en todo caso, el responsable de la calidad de la semilla, que viene definida como “buena” (v. 24). Este adjetivo no es banal; hace referencia a aquel estribillo repetido, hasta diez veces, en el primer capítulo del Génesis: “Y Dios vio que era bueno”. Todo lo que Dios había hecho era bueno, no en el sentido de que no ocurrieran cataclismos y catástrofes naturales, de que no existiera el dolor, la enfermedad y la muerte, sino de que todo era bueno porque estaba perfectamente adaptado y encauzado a la realización del proyecto del Señor. La Creación es buena, como es buena la semilla de la Palabra anunciada por Jesús.
El segundo personaje es el enemigo: representa la lógica de este mundo, la mentalidad antievangélica. El enemigo llega de noche, cuando todos duermen, y siembra la cizaña, una graminácea muy semejante al grano, que crece hasta alcanzar los 60 centímetros y produce una espiga de granos negruzcos; sus raíces se mezclan con las del trigo y es muy difícil arrancarlas sin arrancar también el trigo.
Cuando las mentes están entorpecidas por el sueño y el hombre se abandona a la disipación y a la frivolidad, es ese justamente el momento en que el enemigo encuentra la manera de introducirse en el campo para sembrar el mal. Basta un descuido y uno termina por adecuarse a la moral corriente, por asimilar los principios de este mundo. No es fácil, en un primer momento, caer en la cuenta de lo sucedido; el mal, de hecho, se enmascara frecuentemente como “ángel de luz” (cf. 2 Cor 11,14). Es solamente después, a la hora de los resultados, cuando nos damos cuenta del germen de muerte que ha penetrado en la mente y en el corazón. He aquí la razón por la que Pablo recomienda: “Ya es hora de despertar del sueño: ahora la Salvación está más cerca que cuando abrazamos la fe. La noche está avanzada; el día se acerca” (Rom 13,11-12).
El tercer personaje –que nos resulta simpático porque nos representa muy bien– son los siervos. Su reacción, mezcla de estupor y desconcierto frente a la constatación de la presencia de la cizaña, es la que nosotros experimentamos cuando nos damos cuenta de la presencia del mal en el mundo, en la comunidad cristiana, en cada hombre. El diálogo entablado con el dueño es conmovedor: muestra el interés de los siervos por el campo, su empeño por la producción. No parecen extraños, sino miembros de la familia.
Es en este punto donde se encuentra el mensaje central de la parábola: la pasión y compromiso de los siervos por la causa del bien los lleva a proponer incluso una acción disparatada. Están dominados por la impaciencia, por el ansia de desembarazarse inmediatamente de la cizaña; no dudan; quieren intervenir de modo enérgico e inmediato.
El dueño, por el contrario, no pierde el control, mantiene la calma. No se extraña de losucedido, no comparte la inquietud de sus siervos. En su respuesta (que ocupa más de un tercio del relato) se expresa la perspectiva de Dios: en este mundo, el bien y el mal no se pueden separar; están destinados a crecer juntos, y así hasta el fin.
Pero, ¿por qué no se pueden acelerar los tiempos? Si Dios es omnipotente ¿por qué no elimina inmediatamente todo rastro del mal? Respuesta: Porque no es omnipotente de la manera como nosotros imaginamos el poder. La Biblia nunca le atribuye este título; lo llama potente (cf. Lc 1,49) o pantokrátor (cf. Ap 1,8), que no significa “aquel que puede hacer loque quiera”, sino “aquel al quien nada se le escapa de las manos”. El hombre es libre y Diosha querido iniciar con él una historia de Amor de la que podría incluso salir derrotado. Su proyecto contempla la presencia del mal, aceptada serenamente como un componente de la vida. Creer que Él es el pantokrátor quiere decir alimentar la convicción de que Él conducirá hábilmente esta historia de Amor con cada hombre y que, la última palabra, la decisiva, será siempre la suya.
La presencia de la cizaña, sea que se encuentre en nosotros o en los demás, fastidia enormemente. Nos cuesta admitir que no (Ecl 7,20). Quisiéramos abandonarnos a la ilusión de ser perfectos, confirmar la elevada imagen que tenemos de nosotros mismos. El mal no puede ser justificado, es cierto. Pero Jesús nos exhorta a considerarlo con los ojos serenos y pacientes de Dios.
El crecimiento del reino de los cielos es sorprendente (vv. 31-35).
A la parábola del grano y de la cizaña siguen otras dos, breves, llamadas “gemelas” porque contienen el mismo mensaje: la desproporción entre el pequeño, insignificante comienzo y el inesperado, fantástico resultado final. Un granito de mostaza, casi invisible, da origen a un arbusto capaz de llegar a los cuatro metros de altura; pocos gramos de levadura hacen fermentar cincuenta kilos de harina. ¡El contraste es enorme!
No se trata de una invitación a gozar del prestigio presente y pregustar los futuros triunfos de la Iglesia que, iniciada con un grupo poco cualificado de pescadores y con personas impuras y pecadoras, se ha convertido en una estructura temida, apreciada, capaz de hacerse notar y de imponerse. Tampoco es un anuncio de la progresiva e irresistible cristianización de todo el mundo.
Como la parábola precedente, que exhortaba a la paciencia y a la confianza, estas dos son una invitación al optimismo que surge de la certeza de que, en el Espíritu y en la palabra de Cristo –aunque insignificantes a los ojos del mundo–, está presente la fuerza irresistible de Dios.
El evangelista concluye con una reflexión sobre el objetivo que ha querido lograr Jesúscon estas parábolas: revelar el proyecto que, desde el principio de la Creación, Dios tiene sobre el mundo (vv. 34-35).
La aceptación serena del mal no significa falta de compromiso (vv. 36-43).
La escena cambia. Jesús no está ya en la barca sino en casa y no se dirige a la multitud, sino a un grupo reducido de discípulos. Así introduce el evangelista la explicación de la parábola.
Leyendo estos versículos, está claro que el contexto narrativo ha cambiado completamente: los personajes ya no son los mismos; la parábola se convierte en alegoría; la semilla no es ya la propuesta del reino y la cizaña el anti-reino, sino que ahora parecen ser los individuos buenos y malos; el campo no es el mundo sino el reino del Hijo del Hombre; el mensaje, sobre todo, no es el mismo: antes, el dueño invitaba a aceptar serenamente la existencia del mal junto al bien y recriminaba la intolerancia de los siervos; ahora, también el dueño parece dejarse llevar del frenesí de “recurrir al fuego” (v. 42).
Se trata, como hemos referido antes, de una catequesis dirigida a la comunidad de Mateo a finales del siglo I. Después de los primeros decenios de gran fervor, es probable que los cristianos se hubieran relajado un poco y que no se tomaran ya muy en serio los compromisos de su bautismo. ¿Qué hacer? El evangelista ha sentido la necesidad de sacudir sus conciencias, de llamar su atención sobre la seriedad de la vida, y lo ha hecho sirviéndose del lenguaje de los predicadores de su tiempo. El evangelista era judío, hablaba a judíos y, para hacerse comprender, recurría a imágenes bíblicas comprensibles para su gente: el fuego, los hornos ardientes, el llanto, el rechinar de dientes, la siega, los ángeles, los diablos…. Se trata de metáforas impresionantes, empleadas comúnmente por los rabinos de aquel tiempo y que, hoy, no se pueden repetir sin añadir las correspondientes aclaraciones.
No es correcto derivar de ellas conclusiones referentes al fin del mundo y al juicio de Dios, porque Mateo no estaba dando informaciones sobre el asunto; no intentaba describir lo que sucederá en el futuro a los pecadores, sino que estaba dirigiendo un llamamiento apasionado y apremiante a sus cristianos.
Una cosa es cierta: quien hace el mal arruina su propia vida. En cuanto al futuro, más que universalizar la alegoría (en la que la exuberante fantasía oriental ha cargado ciertamente las tintas) es mejor quedarse con lo que afirma la Escritura de modo explícito al respecto; es decir, que Dios es Padre y “quiere que todos se salven” (1 Tm 2,4). Y que “Dios no envió su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por medio de Él” (Jn 3,17).
¿Y el fuego? Dios conoce un único fuego: su Espíritu, que desciende sobre los apóstoles en Pentecostés (cf. Hch 2,3), otorgado por el Resucitado en el día de la Pascua como fuerza destructora del pecado (cf. Jn 20,22-23). Es éste el fuego al que aludía Jesús: “¡Vine a traer fuego a la tierra, y ¡cómo desearía que ya estuviera ardiendo!” (Lc 12,49). Es la llama irresistible que quemará –esta es la ¡Estupenda noticia!– todo rastro de cizaña en el corazón del hombre, dejando solo el buen grano, el único que será admitido al reino futuro.
En el momento de la siega, serán recogidos y arrojados al fuego “todos los escándalos y todos los hacedores de maldad”. No es una amenaza de castigo, sino un anuncio gozoso: el fuego de Dios, su Espíritu, hará desaparecer un día toda forma de mal. En el reino de los cielos, llegado a su cumplimiento, no habrá ya nadie que cometa iniquidad.